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¿Soñarán los robots con la declaración de la renta?

Alfonso Puncel
Publicada el 18/05/2017 a las 06:00
"El progreso, en resumen, ha dejado de ser un discurso que habla de mejorar la vida de todos para convertirse en un discurso de supervivencia personal"
Zygmunt Bauman. La cultura en el consumo de la modernidad líquida

“Es toda una experiencia vivir con miedo,
eso es lo que significa ser esclavo”
Roy Batty (androide Nexus 6, nació el 8 de enero de 2016), interpretado por Rutger Hauer en Blad Runner (1982)


Si en el Foro Mundial de Davos se reflexiona en torno a la cuarta revolución industrial, habrá que estar muy interesados en las conclusiones a las que lleguen, tratándose como se trata, de la mayor reunión del neoliberalismo del planeta. El Foro Económico Mundial que se organiza en torno a una fundación “sin fines de lucro” (sic), reúne anualmente en el Davos (Suiza), a los principales líderes empresariales, políticos internacionales, periodistas e intelectuales selectos de un determinado prisma ideológico, para analizar los problemas más apremiantes que afronta el mundo. Desde 1991 este foro mundial aborda cuestiones tales como la salud, el medio ambiente y más recientemente, desde 2008, reúne a las asambleas regionales la “Cumbre Inaugural sobre la Agenda Global" en Dubái, con la presencia de 700 expertos mundiales de cada sector que trataron 68 cambios globales identificados por el Foro. Todo ello bajo la atenta mirada, desde 1971, de Klaus M. Schwab cuyo último libro, titulado La Cuarta Revolución Industrial anuncia el advenimiento de la globalización avanzada y una transformación radical de la forma de producir, relacionarnos, trabajar, comprar y en definitiva, definir una forma diferente de ser ciudadanos.

Si la derecha económica y la caterva de acólitos subyugados por los avances científico-técnicos de esta revolución industrial, han decidido que eso es el futuro, la izquierda y las fuerzas progresistas deberán aliarse para asumir el poder político e intentar que esa revolución no nos convierta en esclavos felices, esperanzados de que la nanotecnología aplicada a la sanidad nos dé la inmortalidad; la reconstrucción celular la eterna juventud; la realidad virtual nos ofrezca un futuro de soledad hiperconectada; la ingeniería genética nos sirva una alimentación creada a partir de nuestras propias heces y la exploración espacial una salida hacia exoplanetas, cuando comprobemos que, todo esto, no nos da la felicidad. Todo ello, por supuesto, para quien pueda pagarlo.

El control del poder político se convierte en una necesidad para equilibrar los poderes económicos dado que la izquierda no controla el poder económico y la ciudadanía se ve intuitivamente acomodada a los avances que nos ofrece la industria, revolucionada por las tecnologías más insospechadas. En la batalla por la hegemonía, la izquierda y las fuerzas progresistas vamos de perdedores, enredados en si lo primero es movilizar a la sociedad y después tomar el poder político o viceversa, en si debemos construir un movimiento político-social o debemos disponer de partidos políticos estructurados, en si la licuefacción social que acuñó Bauman, en lugar de ser una crítica irreverente, profunda y mordaz a la sociedad contemporánea, es un principio para el quehacer político. En este último enredo, la reinterpretación de Bauman que se acepta acríticamente por la simple razón de que suena bien, o porque es un concepto novedoso, sin darse cuenta de que esta lectura de Baumen es una interpretación errónea y da paso a prescindir de principios, fuertes convicciones y profundos conocimientos, por el simple hecho de que principios, convicciones y conocimientos son conceptos supuestamente rígidos que no acoplan con una acción política basada en la imagen, las redes sociales y la fatuidad narcisista de las pequeñas diferencias, que son el signo de nuestros tiempos.

Si los avances técnico y científicos son una realidad asumida por las personas, sea cual sea su posición social, la propuesta de la izquierda no debe posicionarse en contra de ellas como neoludistas, sino convencer a la ciudadanía de que estos avances deben ser democratizados y, para ello, el primer paso sería su gratuidad o cuanto menos, su disponibilidad universal por igual para todos, incluso a costa de reducir los beneficios de las empresas que los producen o comercializan. Pero para obligar a las industrias a democratizar estos avances, la mayoría de ellos positivos, en sectores como la salud, la educación, la atención social y el bienestar colectivo, la izquierda debe disponer del poder político, salvo que seamos capaces de crear una economía alternativa y competitiva al sistema capitalista, algo que por el momento no se vislumbra en el horizonte. De no democratizarse y ponerse al servicio del objetivo de mejorar la calidad de vida de las personas, los avances científicos supondrán el mayor factor de desigualdad entre unos pocos ricos y la mayoría pobre, una desigualdad que no sólo supondrá vivir mejor o peor sino, simplemente, vivir.



Alfonso Puncel es socio de infoLibre
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