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Librepensadores

Un callejón sin salida

Mario Diego Publicada 02/07/2017 a las 06:00 Actualizada 01/07/2017 a las 17:52    
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De Syriza en Grecia a Unidos Podemos en España, pasando por el Bloque de Izquierda en Portugal, y añadiendo dirigentes como Jeremy Corbyn en Inglaterra, Jean-Luc Mélenchon en Francia o el nuevo Pedro Sánchez en España, más allá de lo que les puede diferenciar, por muy a izquierda que se posicionen algunos o por mucho que se les atribuya un supuesto radicalismo a otros, todos tienen un denominador común: “Otra manera de hacer política” que no es ni nada más ni nada menos que otra cara del reformismo.

Aunque algunos de los citados en el párrafo anterior se autodefinan antisistema, todos ellos abogan por la idea de que es posible imponer una política, en el marco parlamentario, que tendría en cuenta los intereses de todos aquellos que la crisis – provocada por los poderosos – marginó y vapuleó. Los mismos, nos explican, que si votásemos por ellos, a fin de darles una mayoría parlamentaria, podrían influir sobre las decisiones de los que realmente detentan el poder, decisiones, dicho sea de paso, exclusivamente y antes que nada, dictadas por sus propios intereses.

Otro postulado común de los de “hacer política de otra manera” es el de proclamarse representantes del pueblo, defensores de la verdadera democracia, pero por extraño que parezca, ninguno apela a una movilización y generalización de las luchas por parte de las trabajadoras y trabajadores de este país, esos, que a cambio de dejarse la piel, un día sí y otro también, para que nuestra sociedad funcione, puedan, por su intervención directa, imponer con eficacia la toma en cuenta de sus intereses y del conjunto de la sociedad.

Por lo visto, a pesar de querer hacer política de otra manera, la vieja idea de “votar por nosotros y nosotros haremos el resto”, perdura en el esquema de esos “renovadores” de la política. La democracia de la que nos hablan, por muy participativa que sea, no deja de ser un medio como otro cualquiera para permitir a la burguesía mantener su dominación a cambio de algunos logros sociales, logros con los que acabará a la primera de cambio.

El hecho de que los posesores de los medios de producción, los verdaderos detentores del poder, no compitan directamente en las diferentes elecciones institucionales, acredita la idea de que el Parlamento resultante de esas elecciones controla “democráticamente” la sociedad, mientras que en realidad, lo único que hace ese parlamento es gestionar los negocios de los poderosos y siempre desde sus propios intereses.

Pero pocos o ninguno, de estos renovadores de la política, nos dirán que para que haya democracia real, tiene que haber igualdad económica y social, más allá de lo estipulado por una Constitución –actual o futura– por muy “progresista” que sea; tal situación, dentro del marco capitalista, es imposible.

Mientras nos posicionemos dentro del marco impuesto por el sistema –los múltiples ejemplos de nuestra historia están ahí para atestiguarlo y sin necesidad de ir más allá de lo ocurrido en Chile con Salvador Allende– todas las conquistas adquiridas gracias a la movilización y a una correlación de fuerzas favorable, acabaremos por perderlas si dejamos lo esencial en manos de la burguesía: los medios producción.

Otra perspectiva que no sea la de arrebatarles esos medios de producción para ponerlos al servicio del conjunto de la sociedad, desde mi punto de vista, es, desgraciadamente, un callejón sin salida para la población trabajadora.
 


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