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Librepensadores

Muertes en directo

Héctor Delgado Fernández Publicada 13/07/2017 a las 06:00 Actualizada 12/07/2017 a las 21:33    
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Ojeando la prensa electrónica estos días me encuentro con dos noticias estremecedoras: tres jóvenes fallecidas y otra en cuidados intensivos tras sendos accidentes de tráfico –Ucrania y República Checa– que, por algún capricho del destino, fueron retransmitidos en directo a través de las redes sociales, en este caso las plataformas de Facebook e Instagram.

Más allá de la macabra coincidencia, la muerte al volante de estas jóvenes abre un espacio para la reflexión: ¿hasta qué extremo las redes sociales se han convertido en un factor o elemento pernicioso para una adolescencia ensimismada y demasiado habituada a exteriorizar continuamente su vida? Me explico. Que las redes sociales sean hoy el escaparate donde jóvenes y no tan jóvenes exhiben a diario la cotidianeidad de sus vidas es de por sí sabido y consabido, lo que no resulta tan evidente son los efectos derivados de este hábito adquirido, hábito de mostración, de exhibición. ¿Qué necesidad tendría una de las jóvenes fallecidas de 16 años de grabarse en directo mientras bebía champán sobre el capó de un BMW antes de estrellarse mortalmente contra un poste de la luz? Alguien podría zanjar la cuestión aludiendo a una simple imprudencia, pero no obstante yo creo que la cuestión avala otra interpretación y merece una meditación más detallada.

Sumidos en el universo de la inmediatez, adolescentes de todo el mundo hacen de sus vidas una gran vitrina cuyo muestrario no es otro que las fotos y vídeos captados en numerosas situaciones y circunstancias: en la playa tomando el sol o luciendo palmito, sentados a la terraza de un bar, posando frente al espejo, de vacaciones, con la familia, de juerga con los amigos etc etc. El contexto es múltiple y variable, lo que, sin embargo, no varía es el acto de retratase a sí mismo para luego subir las imágenes a la red. Acto que, a primera vista, podría parecer inocente pero que, en realidad, resulta crucial para entender el problema que aquí nos ocupa. Vídeos e instantáneas que, a la sazón, constituyen las teselas de un mosaico o, si se prefiere, los hilvanes de una trama que, no es otra, que la propia existencia; existencia que, despojada de su interioridad, sólo cobra relieve merced a esos fragmentos, momentos de vida captados con la cámara y el celular. En ese sentido no es extraño constatar la aparición años atrás de un fenómeno como el selfie, práctica idolátrica del yo por antonomasia, adulación del ego, radical anulación del espacio interior en detrimento de la exterioridad, con todo lo que supone la anulación de este espacio interior que, recordémoselo, desde San Agustín es el taller, el laboratorio del yo o para decirlo en otros términos, el lugar privilegiado donde se forja y configura la personalidad.

Desgraciadamente, en la actualidad, este espacio interior, bastión del yo, lugar de recogimiento que establece un amplio oasis de libertad con respecto al mundo exterior se desvanece poco a poco en una sociedad donde priman, mucho más que nunca, las apariencias. ¿No es precisamente ahí, en ese espacio interior, donde yace la verdadera libertad, una libertad independiente de los avatares del mundo exterior? El acto mismo, digamos mejor, el reflejo condicionado de experimentar la imperiosa necesidad de mostrarse, de desvelarse o denudarse continuamente en las redes sociales a amigos y seguidores - la mayoría absolutos desconocidos-, denota el sometimiento del yo, de un yo que, carente de interioridad, sólo sabe construirse por fuera, a través de la mirada ajena del otro. Los ansiados likes y dislikes forjadores de la personalidad de ese yo adolescente que, con tal de incrementar su popularidad no duda en hacer de su vida un pomposo escaparte, lleno de colores y lucecitas, zarandajas, al fin y al cabo, de una existencia servil, esclava de su propio egocentrismo, desprovista de ese refugio interior tan necesario para escudarse de las amenazas del mundo y constituir una personalidad fuerte, nutrida desde el interior de sí mismo y sin necesidad de supeditar sus estados de ánimo a las cascadas de comentarios, opiniones y apreciaciones de los usuarios de las redes sociales.
Tres vidas segadas y una debatiéndose entre la vida y la muerte parecen, pues, argumento suficiente como para denunciar una realidad que, cada día, cobra tintes más trágicos y siniestros.
_________________

Héctor Delgado Fernández es socio de infoLibre


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3 Comentarios
  • Ciro2 Ciro2 13/07/17 15:29

    No estoy de acuerdo con lo del selfie como práctica idolátrica del yo. Todas las fotos son de yo, solo o en grupo, pero el selfie evita molestar al vecino para que te haga la foto. Más selfies hacen falta. Otra cosa es que exista una necesidad de hacerse fotos en posiciones y ubicaciones extremas y que antes no se hacían, pero no se hacían más que nada porque no había con qué hacerla, salvo que tuvieras una mano como la de Gollum, con unos dedos largos para manejar una cámara de las antiguas al revés.

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  • AMP AMP 13/07/17 12:30

    La estupidez creciente, que no llegó a conocer Einstein, hace tiempo que presenta matices muy preocupantes. No obstante no hay que alarmarse, según algunos.

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  • jorgeplaza jorgeplaza 13/07/17 08:33

    Tampoco hay que ponerse tan tremendos. Imbéciles siempre ha habido, de todas las edades, nacionalidades y tendencias sexuales (y mira que hay tendencias sexuales, que los de la LGT y no sé qué más están agotando el alfabeto). Lo que pasa es que antes a los retrasaditos no les era tan fácil retransmitir su estupidez urbi et orbi. Hasta el nacimiento de las redes sociales, necesitaban llegar a concursantes de algún asqueroso "reality" o cosa equivalente para conseguir sus cinco minutos de gloria. Ahora les basta con un móvil. Pero la Naturaleza, aunque bastante cabrona, es sabia: cuando el grado de imbecilidad alcanza cotas excesivas, el imbécil perece. Selección natural de los más aptos o, mejor, eliminación natural de los más ineptos. Tampoco son tantos: ¿qué son un par de mentecatos suicidas en medio de las decenas de millones que retransmiten sus asquerosas vidas por internet?

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