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Eduardo de Tena
Publicada el 31/07/2017 a las 06:00
Me hace mucha gracia cuando utilizan el término populista para desacreditar al adversario político. Según todos, el populismo se basa en dar soluciones fáciles a los votantes; tratarles como si fueran críos que no saben pensar soluciones lógicas por sí mismos y toman todas sus decisiones de manera visceral. A su vez, quienes tachan a sus enemigos electorales de populistas no tardan en ofrecer sus soluciones a la gente: ¡Aquello es populismo señores! ¡Votadme a mí, que yo sí os daré soluciones reales a sus problemas!”.

Y yo me pregunto: ¿Qué le da validez a unos argumentos frente a otros? Quiero decir, ¿por qué unas políticas económicas han de ser “reales” y “veraces” y las otras no? Al fin y al cabo, la economía da respuestas siempre a posteriori de los hechos, nunca al revés. No es –muy a pesar de los grandes intelectuales económicos– una ciencia exacta, no son leyes naturales inalterables de las que se puedan extraer ecuaciones generales que se vayan a cumplir bajo cualquier circunstancia. Es una ciencia social, y por tanto está sujeta a la actividad humana, la cual es de todo menos parametrizable.

Es más, lo que alguna vez ha funcionado, lo hizo bajo una serie de circunstancias concretas e irrepetibles. No se puede, como en las ciencias naturales, extrapolar una política económica a cualquier parte y en cualquier tiempo. Aplicar una política económica que ya ha sido implementada en algún punto de la historia y esperar que vuelva a funcionar, es, básicamente, un acto de fe. No digo que las ideas que sustenten esas políticas sean erróneas –pues el acierto y el error son tremendamente subjetivos–, pero lo que sí es un error es aplicarlas de la misma forma. Y esto vale para cualquier espectro ideológico, no sólo a la izquierda que es a la que siempre tachan de ser populista: cualquier política económica es populista.

Es más, todos nuestros políticos e intelectuales siguen inmersos en las mismas discusiones económicas que surgieron hace ya unos cuantos siglos. El mundo sigue girando, pero ellos parece que se hayan quedado atrapados en el tiempo. Creo, y soy consciente de que mucha gente también lo cree, que no se están poniendo en primera línea de debate los problemas que de verdad importan y van a suponer, quieran nuestros políticos e intelectuales o no, brutales cambios en las estructuras de nuestras sociedades. ¿Qué ocurre con el avance imparable de la automatización y la robotización de nuestro mundo? ¿Qué ocurre con el calentamiento global? ¿Qué ocurre con el agotamiento de los recursos? ¿Qué ocurre con la sobrepoblación del planeta?

Todas las políticas debieran situar esas preguntas como piedra angular de sus programas, construir sus modelos económicos a partir de ellas. Sin embargo, parece que no existan en los debates intelectuales, o si acaso les dedican algunos míseros minutos. ¿Quizás les de miedo afrontar estas preguntas? Sinceramente, no puedo reprocharles eso. Son temas demasiado grandes y profundos como para que alguien por sí sólo tenga la solución. Lo que sí me indigna es que no sean capaces de reconocer que esos temas les sobrepasan –de hecho, nos sobrepasan a todos–, y se sienten todos a abordarlos. Ninguna línea ideológica por separado va a ser capaz de poner algún tipo de solución. Necesitamos todos los puntos de vista posibles y la parte más sencilla y compleja a la vez: cooperar.

Aunque, evidentemente, lo importante es discutir sobre quién es populista.
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Eduardo de Tena es socio de infoLibre
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