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España, ¿qué España?

Juan Manuel García Paulino Publicada 02/10/2017 a las 06:00 Actualizada 01/10/2017 a las 13:42    
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Hace ya algún tiempo, leí que se achacan los males, males políticos de España, y de todos los territorios que formaron parte del Imperio español, según Jean Meyer (catedrático emérito del CIDE, cosa que no vamos a entrar a valorar aquí), a Napoleón Bonaparte. Pero últimamente, y según Arturo Pérez-Reverte, luego de 40 años de nuestra democracia, se debe o se inculpa a nuestros políticos, autonomías, presidentes del gobierno, etc., por la permisividad con los nacionalismos, entre otras cosas.

Yo no soy nada ni nadie para debatir o defender esto, pero, también me creo, como español –como ciudadano de esta pobre y maltratada España, que, como decía el canciller alemán Bismarck, “es el país más fuerte del mundo, los españoles llevan siglos intentando destruirlo y no lo han conseguido”– con el derecho a opinar y –dentro de mis cortas entendederas– quizá deberíamos partir (antes de llegar al punto de no retorno, al “horizonte de sucesos”, o punto de inflexión), como lo hicieron Italia y Alemania, desde una nueva reunificación, refundación o llámese como se quiera; pero llegar a una meta para siempre, a un acuerdo, a entendernos. Y para ello, para esta reunificación, hemos, en primer lugar, de definirnos o redefinirnos. No como Estado-nación, que ya lo somos y llevamos siéndolo – y tenemos la base– desde varios siglos, sino buscar una norma de convivencia y desarrollo económico-político y social, y, de una vez por todas, olvidarnos y dejarnos de buscar en los anales de la historia, aquello que pueda diferenciarnos (Alfonso IX y la unificación de Castilla y León; Martín El Humano, el interregno y el compromiso de Caspe; los Reyes católicos y la unificación de los reinos peninsulares –como quería, después en su tiempo, Enric Prat de la Riba, la Unión Ibérica… y para qué seguir. Sólo buscar, y no tardaremos en encontrar, lo que nos unió y nos une; que cada cual (pues existen infinitud de puntos y efemérides) ponga los que le vengan a la memoria y verá que, como decimos, hay gran cantidad de ellos.

En esta nueva definición, refundación, o como lo queramos llamar, sólo hace falta una cosa, una idea para partir: Estado fuerte. Pero aquí está el problema. Y, como tal, debe tener y por tanto buscarse una gran solución. Aquí es donde deben entrar al terreno de juego los Messi de la política, los grandes políticos. Grandes estadistas, si es que los hay.

En un mundo globalizado, dónde –y fuera del tópico– ahora más que nunca, la unión hace la fuerza, no deberá ser muy difícil, y por el bien de todos, llegar a un acuerdo; pero para ello hay que dejarse de inmovilismo, no amar tanto lo que antes no podíamos ver, estábamos en su contra, e impelerlo hacia adelante, ¿innovar?

¿Tan difícil es? O es falta de querencia. Ahora, como hemos dicho, más que nunca, habrá llegado el momento de laborar, de faenar todos juntos. ¿Por qué no, un referéndum nacional para ello? Esto no es cosa ni causa de partidos, sino de Estado. Unámonos, sólo por una vez, y para una causa –como en las Navas de Tolosa, y con Alfonso VIII–. Luego, después, restañadas las posibles heridas y, si puede ser, todas olvidadas, aunque muy difícil, pero, si todos queremos y ponemos algo de nuestra parte, no imposible: trabajar, si de momento no codo con codo, sí pie con pie.

Galicia tiene una cultura y lengua propia; Euskadi lo mismo y sus fueros; Catalunya, también y su afán –por algunos– de independencia. ¿Y el resto de España, qué? O es como el dicho “Asturies es España, y lo demás tierra conquistada”. Y, ¿durante el tiempo que llevamos juntos no hemos convivido, no han estado juntas estas lenguas y culturas? Además, nos ganan a los castellano-parlantes, ya que, como mínimo, disponen de un conocimiento lingüístico mayor, dos lenguas, los demás una.

Somos un pueblo quizá, y sin quizá, heterogéneo, pero esa heterogeneidad viene marcada por el asentamiento de las diferentes culturas que nos han visitado, se han mezclado, y, en algunos casos, nos han colonizado. También decir que, en la actualidad, existen pocos pueblos meros, puros dentro de nuestro entorno; me aventuraré al decir Islandia; los demás, los otros, fueron aniquilados, piénsese en América y sus indios. Tampoco fuimos confirmados, en lo que llevamos de unidad, por ningún agente exterior. No somos un país de África delimitado por mariscales y cartógrafos de una potencia Europea.

Además tenemos los años vividos a la fuerza, con la fuerza y por la fuerza; en los que, o durante los que, no había dos Españas, sino tres Españas: derecha (antiguos conservadores), izquierda (antiguos liberales) y arribistas (los que pelearon, las más de las veces, por ellos y sus familias). Durante este tiempo, la dictadura, época que, probablemente, sea la que más daño ha hecho a la convivencia –aunque esto, como todo, también es relativo–, y más bien al movimiento secesionista centrífugo.

No sé qué querrá decir, aunque creo no debe ser nada malo, “nación de naciones”, como propone el compañero Pedro Sánchez; pero sí sé qué es un Estado federal, con dos buenos ejemplos por delante EE,UU y Alemania, dos de los más grandes países del mundo.

Pero España ante toda decadencia y crisis, como siempre, como el Ave Fénix, resurge. Volverá a levantarse, a caminar y a seguir adelante. Así que para hacer frente a los problemas y alegrarnos ante nuestros logros y consecuciones: ¡señores políticos, trabajen!; hagan lo duro y, nosotros, españoles, ayudemos.
______________

Juan Manuel Garcia Paulino es socio de infoLibre


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3 Comentarios
  • jorgeplaza jorgeplaza 02/10/17 23:41

    El único problema real entre Cataluña y España es precisamente el que los secesionistas siempre niegan que exista: la difícil coexistencia de dos idiomas, incluso siendo próximos como el catalán y el español. En cualquier otro aspecto de la vida que se piense, desde el clima al peculiar horario de las comidas, las diferencias entre la vida en Cataluña y el resto de España son microscópicas. De hecho, para un madrileño, por ejemplo, suele ser más difícil acostumbrarse al clima lluvioso del norte que al de Cataluña. Pero en los países en que hay profundas diferencias lingüísticas (Bélgica, por ejemplo) suele haber profundas diferencias políticas. Alemania es un estado federal y, según los alemanes, muy heterogéneo, pero el idioma está hoy unificado aunque no era así en el siglo XIX. En la Unión Soviética las fronteras geográficas, aunque no bien definidas en todos los casos, coincidían bastante con las fronteras lingüísticas y siguiendo esas fronteras se fragmentó el país: parte del conflicto actual entre Ucrania y Rusia es precisamente lingüístico, ya que en el este de Ucrania predominan los rusoparlantes. En Finlandia, cuya capital aún se llamaba Helsingfors (en sueco, en vez del Helsinki finés) en tiempos escolares de mis padres, la comunidad de habla sueca está en franca decadencia. Parece, pues, inevitable que predomine un idioma de forma abrumadora o, si eso no llega a ocurrir, que los estados se dividan en zonas lingüísticamente homogéneas.
    En España, para facilitar las cosas, no hay dos idiomas sino al menos cuatro. Es un problema que la práctica ha demostrado que es irresoluble.

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    • christopher lee christopher lee 04/10/17 10:02

      Claro que ex irresoluble, Suiza no existe.

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  • viaje_itaca viaje_itaca 02/10/17 11:02

    NO es posible estado fuerte alguno con la base franquista en las instituciones y el PP en el gobierno, alternándose un poco con el PPSOE. Dudo que los catalanes estuvieran tan hartos si se les hubiera respetado su estatuto. Por otra parte, es mejor para competir globalmente que nos unamos con Alemania, pero los alemanes van a votar siempre contra nosotros y nosotros, que incialmente no lo hacíamos por la esperanza de compartir su riqueza, haremos lo propio y los odiaremos. También era bueno que nos uniéramos con los tigres asiáticos, pero están muy hartos de ser pobres y los occidentales ricos, así que seguirán trabajando como locos y no nos aceptarán en su club. Etcétera. En definitiva, le recuerdo que está hablando de seres humanos. Las abstracciones ideales tienen la mala costumbre de no funcionar.

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