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Librepensadores

Bajo la piel de la Tramontana

Fernando Pérez Martínez Publicada 23/10/2017 a las 06:00 Actualizada 22/10/2017 a las 13:20    
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Todos sentimos la piel fría del viento del norte cuando su paso helado de refinada sutileza roza nuestras mejillas, capaz de hacer sentir una herida donde apenas su estela insinuó levemente la quemazón tímida de un beso casto, seco e hiriente.

Miramos en el espejo buscando la huella que arde y apenas distinguimos el leve rubor con el que el flujo de nuestra sangre respondió a la helada caricia del céfiro en la cara.

Ardían los pómulos encendidos por la gélida brisa, traspasada de filos de hielo, hasta doler bajo el contacto invisible con los remolinos que el movimiento del planeta produce en su desplazamiento sin rumbo al atravesar el vacío glacial del cosmos.

Tan cierta e irrefutable la existencia de la sensación, como las lágrimas que fluyen a los ojos en su auxilio para caldearlos. Tan verdad incuestionable como la locura que trae el viento siroco que trastorna a los habitantes del desierto del Sáhara. Comienza alentando como un soplo que aligera la fiebre solar y termina por confundir la mente con ensoñaciones arrebatadas fruto de la temperatura de la sangre al irrigar el cerebro desmesurando los estímulos neuronales que imponen visiones inexistentes, sensaciones tan inapelables como irreales que turban el entendimiento de los alterados por él.

Qué trae el viento que arrebata los corazones humanos de personas cabales, formadas, cultas, sensatas que viven felices entre sus convecinos y tal día y en tal momento son capaces de arriesgar la estabilidad y el progreso de la familia propia, el equilibrio de la ciudadanía, el futuro de los suyos al ser tocados por el soplo que les inunda de profunda desazón y de quimérica ansiedad de trascendencia, haciéndoles correr destempladamente, hiriendo y quebrando confianzas, dando al traste equilibrios costosísimos de alcanzar pacientemente por generaciones durante años de esfuerzo y contención, derribando cuanto a su paso encuentran sin reparar en lo que no sea la llama que fulminantemente el viento prendió detrás de sus ojos encendiendo todas sus emociones que les impulsan a toda costa.

Y propaga entre los suyos el fuego en que se consume, hasta verlos temblar poseídos por la misma ansiedad, y maquinan buscando la estrategia que les lleve al logro anhelado que no es desarrollo, cultura, economía, ni bienestar, ni felicidad. Aún hoy nadie dio con las palabras capaces de definir racionalmente su afán. Durante años cobró adeptos, se propagó prendiendo en los corazones de gentes cuya ambición fue alcanzar su objetivo postergando cualquier otro, propio o ajeno, personal o colectivo, la demora en su consecución, por pequeña que sea, resulta insufrible. Si atinaran a definirlo…, pero lo primero es alcanzarlo, después tiempo habrá para caracterizarlo y explicarlo académicamente en los términos que resalten sus indudables virtudes, sus incontables ventajas que hacen soñar al pueblo, que resolverán las insatisfacciones públicas y privadas de las masas de cualquier clase y condición. Hagámoslo, aún a costa de perder socios y empresas, amistades y compañeros. Lo que el viento trae bajo la piel nadie supo explicarlo, pero sus efectos movilizaron a millones de personas durante años, enfrentaron a la sociedad física y sentimentalmente. Produjo repudios familiares y abrió abismos entre los ciudadanos. Y al cabo de hacer temblar la tierra, como en el parto de los montes, tras el caótico riesgo corrido…, parió un ratón. Qué traía bajo la piel la Tramontana que puso cabeza abajo a millones de humanos
__________

Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre


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2 Comentarios
  • M.T M.T 23/10/17 11:26

    Bellísima metáfora o alegoría este artículo bajo el nombre de Tramontana para referirse al sentir de las gentes que la viven en estos días. He convivido años con ese viento y con el calor de sus gentes en tierras del Ampurdán. Mis mejores deseos para todos ellos.

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  • platanito platanito 23/10/17 08:26

    En un refrán francés perder la Tramontana es perder la cabeza, volverse loco. Y Brassens canta en Gastibelza: El viento norte a través la montaña me vuelve loco y en otra de sus canciones he perdido la Tramontana al encontrar a Marga. ¡Que ese simún del Canigú rebaje su tempestad y pueda volver el seny!

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