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El mundo en el que vives

Fernando Pérez Martínez
Publicada el 01/12/2017 a las 06:00
Desde la niñez te han llenado la cabeza de bienintencionados condicionamientos, que conforman un candado mental que tiende a hacerte inofensivo en un mundo regido subrepticiamente, en la sombra que proporcionan los medios de comunicación y propaganda al servicio del poder, por unas normas brutales y despiadadas, que explotan a la humanidad en términos de ganadería intensiva.

Bien sé que nadie merece ser informado del modo que me veo en la obligación de enterar descarnadamente al amable lector, como un oncólogo frente a un paciente diagnosticado al que debe notificar sin pamplinas cuál es su situación. De padres a hijos venimos, desde no sé cuándo, mintiéndonos y repitiendo las mentiras tomándolas por deliciosas fantasías. Cuando eres padre, embarras la racionalidad de tu hijo durante los primeros años de su vida, con el legendario embuste de los Reyes Magos o sus equivalentes en otras tradiciones, con la invención de que la chica al final se salva, con el embuste de que el mundo es una sucesión de aventuras cuyo desenlace invariablemente acaban pagando las perdices, con las películas y cuentos en los que siempre ganan los buenos…, no se considera mentir. Pero lo es. La bondad que tratamos de despertar en los corazones infantiles responde al mismo esquema que las explicaciones de un mundo tierno y humanitario que le describimos y en el que se supone que deberá integrarse mediante la bondad, la sinceridad y la generosidad que dejaron de existir desde que Europa perdió la inocencia. Fije usted mismo la fecha.

Sin embargo el mundo en el que vivimos es una selva donde impera la ley del más fuerte, del más taimado, del más bruto, de la ventaja, del abuso, en el que podemos poner como ejemplo piadoso y compasivo para ilustrar los usos y costumbres que imperan, el comportamiento irreprochablemente “legal” de los propietarios de la industria farmacéutica que han conseguido imponer las reglas de mercado sobre la ética hipocrática de los médicos. Según esta lógica, desarrollar medicamentos que curan es antieconómico porque atenta contra la razón del mercado. Curar a un enfermo es perder un cliente, es perder dinero, es un insulto a la razón. La enfermedad es la base de la industria farmacéutica y hay que cuidarla, mimarla para mantenerla productiva, conservarla en ese delicado equilibrio en el cual es más beneficiosa, sin llegar a acabar con la vida colonizada por el máximo de patologías tratables, rentables y no mortales. A los enfermos debemos proporcionarles un amable entorno de fármacos que hagan posible la vida normalizando la enfermedad.

Un enfermo crónico es un filón, una bendición del altísimo, que convenientemente medicado puede disfrutar de una aceptable calidad de vida con la ayuda de los fármacos que produce la industria, y por tanto ser un puntal de la sociedad, buen cliente durante muchos y fructíferos años.

Si le proporcionasen un tratamiento farmacológico que le devolviese la salud dejaría de necesitar los productos que atenúan sus síntomas y que necesitaría durante toda su vida; y que a los trabajadores de la industria farmacéutica les permiten ganarse la vida, y a los dueños del invento liderar un planeta de enfermos crónicos, por tanto ese medicamento habrá que guardarlo bajo siete llaves en el agujero más profundo e inaccesible, para evitar el paro de las masas trabajadoras y el empobrecimiento del desarrollo de la industria química, de la ciencia y del conocimiento en suma…

¿Qué prefiere usted, comercializar un medicamento que mediante una pastilla quita el mal aliento durante seis horas, o uno que lo quita definitivamente?

La lógica del mercado apunta claramente en un sentido, contrario al que le demanda la ética hipocrática, y cuando se produce esta contradicción se impone la lógica del beneficio individual frente al interés colectivo. La humanidad gozará de buen aliento mientras se trague cuatro píldoras diarias pasando por caja. La buena salud es antieconómica según este punto de vista.
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Fernando Pérez Martínez es socio de infoLibre
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