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Librepensadores

¿Y por qué nos cuesta tanto?

Antonio García Gómez
Publicada el 03/05/2018 a las 06:00 Actualizada el 02/05/2018 a las 20:30
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Es verdad que condenamos y hasta nos escandalizamos y sin embargo una cierta sombra de no tenerlas todas con nosotros nos corroe, aunque no los confesemos. Tal vez porque como dice David Trueba: “Tan solo es preciso que, de una vez por todas, nos traslademos de verdad al corazón de la mujer vejada”.

Porque ahí se encuentra, seguramente, el quid del asunto, tal vez porque nos hemos detenido demasiado en el particular del consentimiento sí o consentimiento no, colocando la carga de la prueba en la actitud de la mujer, vejada, molestada, humillada, maltratada, agredida, violada… porque no lo olvidemos esa es la evidencia de los hechos, y volviendo de nuevo a David Trueba en el comportamiento de los agresores se reafirma esa evidencia incontestable: “Los integrantes de la pandilla no dieron signo de partir con culpa, ni de regresar a la fiesta nacional con un mínimo de remordimiento. Habían consumido lo que habían ido a hacer entre las espumas del jolgorio y el vapor alcohólico”.

Un conocido mío me ha estado insistiendo estos días en que lo que más le sorprende es que, ante un mismo vídeo, los jueces hayan concluido apreciaciones tan distintas. Por eso mismo y ahí, otra vez, podemos apreciar otra clave de la realidad juzgada, tal vez porque visionando la barbaridad no se aprecia el horror de la actitud de los pandilleros y se insiste en escudriñar a la mujer, a la víctima.

Porque si no se ve ni se entiende que la actitud de los tipos de  La manada es despreciable y condenable per se, sobre la cosa, la mujer, la muchacha, la víctima… que utilizan para sus desahogos entonces es que el problema, la enfermedad ya está instalada en nuestra sociedad.

Tal vez porque aún ¿nos reímos ante un chiste, un comentario machistas?, tal vez porque pasamos sin sobresaltarnos por lo que siente una mujer y a nosotros nos pilla tan lejos.

Para regresar de nuevo a lo que comentaba David Trueba: “Me gustaba mucho aquello que sostenía Chesterton cuando afirmaba que deberíamos poder compartir el dolor de un hombre al que han insultado, no porque nos hayan insultado antes, sino porque somos hombres como él”.

Y es que, tal vez, la asignatura pendiente se encuentre en la percepción sentida y establecida de que “la joven de 18 años indefensa, confusa y sola en aquel banco de la calle de Pamplona es sencillamente una mujer, una mujer como nosotros”.
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Antonio García Gómez es socio de infoLibre
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