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Mario Diego
Publicada el 06/11/2018 a las 06:00 Actualizada el 05/11/2018 a las 21:34
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Jair Bolsonaro ha sido elegido presidente de Brasil con 55% de los votos válidos emitidos. Después de haber languidecido 28 años en su escaño parlamentario, este capitán jubilado consiguió convencer a una parte de la población de que su eventual elección podría ser una solución para solventar sus problemas. Su discurso demagógico está basado esencialmente en el combate que está dispuesto a liderar en contra de la inseguridad, incluso declarándose dispuesto a instaurar la libre venta de armas.

Si la violencia pudre efectivamente la vida de la población brasileña –y en particular la de la población que vive en las favelas– lo que Bolsonaro omitió decir en su campaña es que esa violencia, que padece la población más pobre y marginalizada, es fruto de una sociedad en la que reina la desigualdad y en la que ni Policía ni Justicia se inmuta por el fallecimiento violento de 60.000 personas al año, una y otra mucho más preocupadas por la protección de los poderosos y de sus privilegios.

En su campaña también hubo espacio para una defensa acérrima de la moral, del patriotismo, de la religión y de la propiedad privada, naturalmente con el apoyo incondicional de las iglesias evangélicas y la industria agrícola e industrial. Especuló con los prejuicios más retrógrados y venenosos hacia los indios, los negros, las feministas y los homosexuales.

Como si esto fuese poco, hizo suyas las tesis de la extrema derecha más anticomunista, prometiendo ametrallar a los “macarras del PT”, asimilando, las leyes sociales, los campesinos sin tierra ocupando “ilegalmente” las grandes propiedades privadas en barbecho, resumiendo, todo lo que de cerca o de lejos se aparenta a la izquierda –sea ésta la más moderada– al “espectro rojo” del colectivismo. Envolviendo el conjunto de sus eructos, en un homenaje a las virtudes de la dictadura militar, que se mantuvo en Brasil durante dos décadas, mediante una sangrienta y feroz represión.

No obstante, el éxito de Bolsonaro no significa que la mayoría de la población brasileña, 209 millones de habitantes, se haya convertido súbitamente en misógina, en homofóbica y violenta o en nostálgica de la dictadura. 30 millones de votantes se quedaron en casa, lo que representa 20% de los inscritos, a los que hay que añadir 11 millones de votos blancos y nulos. Entre esos 41 millones de electores se encuentran probablemente una parte de los 7 millones y medio de votos que perdió el Partido de los Trabajadores (PT) en cuatro años y los 11 que perdió desde 2006.

No, la victoria de ese político de extrema derecha expresa, por parte de los electores, el rechazo masivo al conjunto de la clase política brasileña, derecha e izquierda confundidas, aunque la principal víctima de ese rechazo es el PT de Lula. Este último fue elegido en 2003 después de haber prometido ser honesto en el ejercicio de su mandato y ejerciéndolo a favor de las castigadas clases populares. Lula, una vez elegido, aprovechando el contexto económico favorable de entonces, puso en marcha programas sociales que sin la menor duda mejoraron la suerte de las capas más pobres de la sociedad, sin por ello, cambiar verdaderamente la sociedad brasileña, la sociedad más desigual de toda América Latina.

Cuando la crisis económica, en 2014, golpeó salvajemente el país, el PT, como todo buen partido socialdemócrata, se comportó como un leal gerente de los intereses de la burguesía haciendo pagar dicha crisis a la clase trabajadora. Jamás los líderes de la industria azucarera, cárnica, petrolífera, minera, productora de OGM, de soja y también los banqueros y terratenientes, atesoraron tantos beneficios en sus arcas como lo hicieron durante la presidencia de Lula. Los millones de personas que manifestaron en contra del incremento del precio de los transportes públicos en 2015, son los que expresaron en estas elecciones su hartazgo, ya sea refugiándose en la abstención, en el voto nulo o blanco, o votando por Bolsonaro.

Después de 13 años gobernando, el PT consiguió decepcionar a su base obrera, hasta tal punto que una parte de esta acabó dando su voto a su peor enemigo. En el Estado de São Paulo, Estado que vio nacer al PT, su candidato obtuvo 16% de votos en la primera vuelta y 32% en la segunda, mientras, 53% y 68% de votos fueron para Bolsonaro. En la ciudad de São Bernardo –con más de 700.000 habitantes, 300.000 asalariados de los cuales 130.000 metalurgistas, asiento de las grandes empresas automovilísticas, feudo del PT y en donde Lula militó– Bolsonaro obtuvo 46% de los votos en la primera vuelta y 64% en la segunda, el PT se llevó 24 y 40% respectivamente.

Como muy a menudo, la elección de Bolsonaro no solo es la consecuencia de la crisis económica y de su brutal agudización, sino también y sobre todo, de la bancarrota y traiciones de la izquierda socialdemócrata, que una vez alcanzada la cumbre política, su objetivo primordial es salvaguardar los intereses de los poderosos, aplicando políticas que solo se diferencian de las aplicadas por la derecha, parcialmente, en algunos aspectos sociales siempre y cuando la coyuntura económica impuesta por el capital lo permita.
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Mario Diego es socio de infoLibre
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