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Librepensadores

Canto a la vieja ola atlántica de la emigración

Juan Bautista Filgueira
Publicada el 14/07/2019 a las 06:00 Actualizada el 13/07/2019 a las 17:55
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Hace ya bastantes años, cuando todavía era yo rapaz, oía contar a menudo hazañas e historias de emigrantes, cosa nada extraña en mi Galicia natal, pues rara era allí la familia en la que alguno de sus parientes no había "cruzado el charco" ("Este vaise, aquel vaise, e todos, todos se van. Galicia sin homes quedas que te poidan traballar". Rosalía de Castro) y digo además que el "charco lo cruzaban con su maleta preñada de ilusiones, alguna de ellas tal como el "hacer las Américas", allende los mares.

Y doy fe aquí que algunos, muchos, las hacían como lo demostraba el hecho de aquellos indianos que retornaban conduciendo formidables cadillacs, a través de viejas y depauperadas carreteras  que discurrían por aldeas o pueblos semiabandonados. Pero también doy fe de que otros muchos de aquellos viejos emigrantes, muchos miles, cientos de miles de emigrantes, no regresaban jamás a la tierra que les vio nacer y partir, como si el inmenso océano, aquel "charco"que se decidieron a cruzar en larga y zozobrante singladura, se los hubiera tragado para siempre y nunca jamás. Y, por último, doy fe de que también eran muchos los que retornaban a su tierra, viejos, abatidos y sin fortuna, como viejo y abatido retornó aquel afilador llamado Pancho de Rábade, al que me imagino ver, como el cuento que oí de rapaz, sentado sobre un peñasco a las puertas de su aldea natal, meditando sobre el embarazoso trance de encontrarse con los suyos.

Estaba el viejo Pancho sumergido en tales cavilaciones, cuando acertó a pasar por allí un joven afilador, entablándose entre ambos el siguiente dialogo:

-¿Hacia donde caminas, rapaz?

-Voy a recorrer mundo, como un día lo hizo mi padre, el famoso Pancho de Rábade . ¡Voy a América a hacer fortuna!

De pronto, el viejo emigrante se ha quedado mudo y sin aliento; acaba de darse cuenta que el joven y animoso afilador era su propio hijo. Piensa entonces en decirle  que lo de su fama es mentira, que no abandone a los suyos y que no cometa el mismo error, pues él no ha cosechado por el mundo más que penalidades y desilusiones. Pero al mismo tiempo el viejo Pancho de Rábade acaba de reconocer en los animosos ojos de su hijo aquella misma ilusión con la que él partió un ya lejano día; y no se atreve entonces a desanimarle, pues piensa que aquella ilusión... ¡valía por todo el oro del mundo!

Y sin darse a conocer, el viejo emigrante se despidió del joven afilador, arrancándose de esta manera:

-Suerte, rapaz.

-Gracias, viejo.

Y Pancho de Rábade baja, seguidamente, hacia su aldea. A encontrarse de nuevo con los suyos...

Pero... ¿por qué se iban aquellos jóvenes gallegos, asturianos, leoneses, vascos, entre otros, la flor y nata de la juventud? Y cuando digo la flor y nata no lo digo por decir, si no convencido de que así lo eran, porque a falta muchos de ellos de formación y de conocimientos -y no precisamente por su culpa-, suplían con creces ambas cosas en valor, fortaleza y espíritu aventurero, avales necesarios entonces para arribar al  nuevo y lejano continente: la boina a la cabeza, la hogaza de pan bajo el brazo, faltos de protección y de derechos, cuando no carnaza de desaprensivos contrabandistas del trabajo, de la ignorancia y de la buena fe, en aquellos lejanos puertos de contratación.

Alguien, tal vez parodiando a cierto famoso torero, me diría que esos jóvenes se iban por aquello de "más cornás da el hambre", con lo que no andaría descaminado al así opinar, pero añadiría también aquí el valor, la ilusión y el espíritu aventurero de una raza, ya que otros, teniendo más "hambre" y los mismos barcos a la puerta de embarque, no han tenido el valor de "arrancarse", jugándose como ellos a una carta la aventura de un larguísimo y penoso viaje a veces sin posibilidades de retorno.

Es muy cierto que más de un millón de emigrantes de la vieja ola no han hecho las Américas como otros compañeros de viaje y de aventura. Pero también es cierto que si no han hecho "su América" han contribuido a hacer América; y, lo que es más importante, se ha hecho a sí mismos -los que no se han "deshecho"- y lo que han hecho tantos por sus descendientes, muchos de ellos hoy pilares de la joven sociedad americana. Justo es reconocer este dato -y que sirva a la vez de  homenaje a la grandiosa odisea de la gran ola atlántica de la emigración española- ahora precisamente que tantos jóvenes andan vacíos de ilusiones y de rumbo, pues al menos aquellos jóvenes emigrantes si sabían lo que querían, aunque ahora sus ideales estén ya desfasados, como desfasada está -al menos en parte, para no pecar de optimistas- aquella injusta y voraz circunstancia que les ha tocado vivir.



Juan Bautista Filgueira es socio de infoLibre y autor del libro Los Emigrantes (Plaza Janes, 1974)
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1 Comentarios
  • Ambon Ambon 14/07/19 12:09

    Cuanta verdad hay al recordar que la gran mayoría no hizo las américas, solo logró hacer una familia en américa y recordar cada día su pueblo y su gente.

    Cuantos de ellos a base de idealizar su tierra y su España durante años, se sintieron frustrados a la vuelta, cuantos de ellos en su afán de conseguir un poco mas dinero para comprar casa en su pueblo dejaron crecer a sus hijos y estos ya no quisieron seguirles de vuelta a una aldea que en ocasiones despreciaban por paleta.

    La emigración tienen poco de romántica y mucho de desgarro, muchos de aquellos emigrantes son hoy forasteros en su aldea igual que siempre fueron extranjeros en América

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