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Esperpéntico

Mario Diego
Publicada el 27/07/2019 a las 06:00
El 26M cerró un ciclo electoral maratoniano, pero no estoy convencido de que ese cierre sea definitivo. Más allá de los tira y afloja de las negociaciones, entre el PSOE y Unidas Podemos, que desde mi punto de vista no fue tal realmente, porque para los dos, gobernar juntos en coalición no es algo que les guste, la estabilidad desesperadamente deseada por el establishment político, mediático y económico, como por una parte del electorado de izquierda, no está garantizada.

Es más, en el contexto mundial de crisis económica, de competencia comercial y de efervescencia nacionalista la situación empeorará y creer que la estabilidad proporcionada por un supuesto gobierno de “izquierdas” o uno de derechas, sería la solución para acabar con la pobreza, las desigualdades y las injusticias, es una mera ilusión. Siempre serán los mismos quienes tendrán que pagar las consecuencias, de la dictadura económica impuesta por los poderosos mediante el personal político a su servicio, la clase trabajadora.

Sí, es verdad que la situación no está exenta de un incremento de la tensión, pero no tanto porque no sepamos si vamos a tener gobierno y qué clase de gobierno, que también, sino porque la situación de la clase trabajadora seguirá empeorando a pesar de que la última Encuesta de Población Activa (EPA) arroje un descenso del desempleo. La cifra anunciada del incremento de empleados sigue siendo inferior a las registradas en todos los segundos trimestres de los últimos seis años y además, más de la mitad del empleo creado durante este segundo trimestre del año es empleo temporal, con lo cual desaparecerá tras el verano; esos despidos se añadirán a los ya programados y anunciados por diferentes empresas.

He escrito con anterioridad, en otro artículo de opinión, que no quería perder tiempo comentando los tejes y manejes que se traen el microcosmo político y su séquito para formar un gobierno. No obstante, el hecho de ver la satisfacción y entusiasmo con el que cada bancada respectiva, aplaudía con exuberancia a sus campeones en el Congreso de los Diputados, durante la segunda sesión de investidura de Pedro Sánchez –y a sabiendas de que estaba asistiendo a una escenificación para probablemente justificar futuras elecciones–, me indignó.

Contestando a las preguntas de los periodistas, una vez abandonado el hemiciclo, todos parecían satisfechos del papel desempeñado durante su actuación y por haber respetado el guion. “Están a años luz de las preocupaciones de la clase obrera”, ha sido mi primera reflexión una vez apagada la televisión, es más, lamenté no haber podido asistir a la victoria de etapa, en el Tour de Francia, de Nairo Quintana (que dicho sea de paso, para alguien que los especialistas consideraban acabado, chapeau!, como dicen los franceses).

Todo a lo que hemos asistido, es la demostración práctica de la utilidad real de una papeleta en las urnas. Es más, hay quienes opinan que la democracia está en peligro, que no se puede seguir así y que hay que modificar la ley electoral. Hasta ahora, el hecho de que, por ejemplo, el PSOE con el doble de votos obtenidos frente a Unidas Podemos, se haya concretado por la obtención de casi tres veces más de escaños, era al parecer la perla de la democracia, pues no, ya no.

Hoy en día ese sistema tan “democrático” que nos vendían, ya no asegura una gobernabilidad estable, entiéndase por estable: una vez tú el PP otra vez yo el PSOE, o viceversa. Hoy la democracia exigiría, según algunos, un sistema electoral similar al francés, a dos vueltas. La primera para acreditar la idea de que la población es quien decide y la segunda para corregir, eventualmente, el voto equivocado de dicha población.

Algunos analistas, aquellos para quienes el fracaso de la investidura es un desastre, miden la magnitud de la catástrofe observando la satisfacción de la derecha y extrema derecha. Les invito a medir con la misma vara la catástrofe que significó la ley Corcuera y la reforma laboral del PSOE para la clase trabajadora. Un gobierno estable y responsable solo beneficia a los que tienen los medios de producción, los explotadores, en detrimento de los explotados. Ya les falta poco a esos analistas para dar el paso siguiente: reclamar un gobierno de coalición PSOE-PP.
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Mario Diego es socio de infoLibre
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