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Librepensadores

Sobre turismo

Antonio García Gómez
Publicada el 14/08/2019 a las 06:00 Actualizada el 13/08/2019 a las 16:39
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"El mundo se ha hecho demasiado pequeño como para llamar viaje a deambular por un parque temático o a hacerse selfis de espaldas a unas ruinas milenarias".


La última vez que acompañé a unos familiares a visitar La Alhambra y El Generalife, tras el sucedáneo de visita cultural sometida a un peregrinaje borreguil por distintas fases y estancias del monumento, la desazón fue apoderándose de una visita frustrada de un mínimo de interés y gozo espiritual, puesto a merced de un quitarse continuo frente al bombardeo de autofotos, sin el mínimo interés por saber qué demonios se estaba visitando, haciéndoseme eterna la visita reservada con antelación, de grima.

"El turismo como símbolo de una modernidad capitalista que degrade el medio ambiente y proporciona experiencias huecas de consumo efímero; la degradación de culturas autóctonas, vendidas en paquetitos, que reducen la complejidad a folklore", Marta Sanz


Nos cambiaron el orgullo de dejar que nuestros pantalones vaqueros fueran desgastándose por el uso, por la posibilidad barata y necia de comprarlos ya… desgastados, usados, rotos.

De niños leíamos las proezas de los viajeros intrépidos, de aquellos exploradores indómitos, de los pioneros infatigables descubriendo mundos y gentes diferentes… a los ya conocidos, como parte de epopeyas soñadas, relatadas, vividas desde la épica de la lectura encendida y puesta a ser llevada alguna vez a la práctica.

Sin mayor necesidad de alejarse mucho de casa, de cuando la mayoría aprovechaba la sombra amable de una parra, la umbría reconfortante de un soto a la orilla de un río serrano, de un paseo vespertino, flanqueado de sombras acogedoras, al caer la tarde agosteña, en la conversación pausada, en la tertulia apaciguada, al relente, bajo la luna creciente, en medio de la bóveda estrellada, dejando que creciera la noche y se ahondara en el sueño revelador bajo aquellas sábanas recias e inmaculadas.

Me contaban mis padres que, recién casados, se hicieron con una bici, con parrilla y barra, para poder salir los domingos a hacer excursiones a los alrededores, a las umbrías de las choperas, a los claros de los bosques, a las fuentes de los montes… llevando la comida en la parrilla, mi madre de medio lado sobre la barra y mi padre pedaleando feliz y ardiente.

Yo, de mozo y adolescente, con mis amigos, inicié mi afición por la acampada, libre, atrevida. Recuerdo que mi primera tienda no tenía suelo, me costó de segunda mano 100 pesetas y me acompañó los primeros años, desde al lado del río Tirón en Belorado hasta el camping del Igueldo en San Sebastián.

Mientras de niño había veraneado con mis padres en el pueblo de los abuelos paternos, en Fresno, en La Riojilla burgalesa, y en Bilbao, en casa de mis abuelos maternos. Sin estridencias, sin excesos, veraneando, cambiando de aires, cuando se creía que los cambios eran buenos, aunque los primeros días aflojasen o apretasen nuestros vientres, según, decían que por culpa del agua…

En realidad eran los tiempos en que "el verano del pobre consistía en volver al pueblo de donde había tenido que emigrar. Ir a no hacer nada adónde no había nada que hacer"… Algunos con el coche más grande que haiga … para dárselas de triunfadores.

Luego apareció el turismo, con aquello de las suecas. Desde el año 1965, un avión diario hace el vuelo Estocolmo a Málaga y vuelta. Como para que en los pueblos más remotos de aquella España aún de blanco y negro se adivinara que "el turismo sería un buen invento".

Hasta que se dieron cuenta que además sería un gran negocio y en Benidorm empezaron a levantarse rascacielos, y las sangrías y las paellas se abarataron a la vez que se presentaban incomibles, y comenzaron a batirse récords, y al turista un millón siguieron muchos millones más, hasta lograr dieciséis, diecisiete … Y siguen subiendo, hasta convertir los centros de las ciudades en parque temáticos, echar de ellos a los vecinos de toda la vida, encarecer hasta lo impagable los alquileres, en aras del turismo. Como si se tratara de un monocultivo, de… camareros, a seis euros la hora, trabajando doce horas seguidas, y las kellys enfermando de la espalda, a razón de 2,50 euros la habitación…

Mientras el turismo crece y crece, y ya no hay viajeros, si está todo descubierto, y los veraneantes ya han desechado el botijo por el aire acondicionado a todo soplar… cogiendo temibles faringitis de verano. Todo un éxito.

Y es que el turismo fue un gran invento y si no, que se lo pregunten a los "espabilados" de Valdemorillo del Moncayo.
__________________

Antonio García Gómez es socio de infoLibre
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1 Comentarios
  • AMP AMP 14/08/19 11:37

    El muy insigne Saramago ya nos advirtió hace años del cáncer de la frivolidad.

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