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Del rapto de Proserpina

Rafael Santana
Publicada el 22/08/2019 a las 06:00 Actualizada el 23/08/2019 a las 18:35
Escribir sobre el rapto de Proserpina o la transformación ovidiense que se produce tras un abrupto arrebato que emerge desde lo más profundo, y del que aflora la llama de la lujuria, eterna daga de Damocles, del carácter de un soñador como yo; y conectar esta imagen del mito con esa otra faceta de mi personalidad en la que me veo impelido a conocer y profundizar en los laberintos de la psique humana, para poner paz allí donde hay desasosiego, aquilatar las aristas de la basta y desconocida ventana de Johari, para atisbar lo oculto, lo velado, las sombras que hay en cada uno, me lleva a intentar plasmar en este escrito, a modo de unión de dos pasiones contrapuestas, que coexisten en mi vida desde que tengo consciencia de ello, allá en los albores de la adolescencia.

De un lado la facultad de curar la psique humana, en sus devaneos circunspectos, laberínticos, de las eternas contradicciones humanas, y de otro mi gusto ancestral por la máscara del sadomasoquismo como una forma enriquecida de percibir la sexualidad. Todo esto me lleva a la necesidad de reconocer, aceptar e integrar ambos opuestos, ambas caras de una misma moneda, la luz y la sombra de una espada, que discierne el conocimiento de uno mismo, para dar a luz así, a una nueva forma emergente de creación vital, como un hecho heroico de sanación, extensible a todas las almas aprisionadas en su laberinto interior.

Nos cuenta el mito que estaba Proserpina tranquilamente recogiendo flores en el prado junto a otras ninfas, cuando de repente se abre la tierra y emerge en su carro de fuego el dios de las entrañas, de lo profundo, el dios de la muerte. Proserpina es raptada así, de manera abrupta, como en un arrebato de lujuria del dios, y la lleva consigo de vuelta a su reino, al reino de los infiernos, de las sombras Jungianas, de lo profundo que hay en la psique humana, que nos es velado. La diosa Ceres, diosa de las cosechas, de la tierra cultivada, del conocimiento de la germinación de la semilla tras el enterramiento de la misma, madre de Proserpina a la postre, al tener noticia de tan cruenta violación de la dignidad de su hija, arde en un largo desconsuelo, vagando de aquí para allá y castigando así a la humanidad con una tierra yerma, fría, con largas sequías y devastadoras inundaciones—como hoy día— desprovista de vida, haciéndola entrar en un invierno permanente.

Finalmente, ante el clamor de la humanidad, intercediendo el padre de todos los dioses del Olimpo, a la sazón hermano tanto de Ceres como de Plutón—el raptor—llegan a un acuerdo, enviando al mensajero de los dioses Hermes para retornar a la diosa Proserpina de entre el mundo de los muertos; no sin antes establecer que pasará dos tercios del año junto a su madre y el tercio restante, junto a su marido, en lo más profundo de las entrañas de la tierra, convirtiéndose así, en reina de los mundos del subconsciente, de los mundos velados a la vista terrena.

Alegoría que refleja claramente el eterno ciclo de la regeneración y la muerte, del resurgir de la vida vegetal tras el paso del invierno—de ahí también la advocación de diosa de la primavera— la fecundación de la llama de la fertilidad en lo profundo de la tierra, como promesa de júbilo, el desarrollo y esplendor y realización de toda vida, de toda semilla germinada, y el inevitable decaer hasta la muerte, que cierra el ciclo y vuelve a poner a cero los marcadores en un eterno ciclo sin fin.

El mito del rapto de Proserpina, o de Perséfone (mitología original griega), nos habla de una fuerza bruta, incontrolable, de un arrebato que necesita ser escuchado por parte del ser. Es de carácter sexual, pues las necesidades sexuales que están encerradas bajo la superficie terminan buscando una salida, que a veces abrupta y emergente, atentan contra la dignidad de la otra persona. ¿Pero y si esta necesidad nos está hablando de una fuerza primigenia que pugna por salir, que necesita ser escuchada, que su afloramiento solo lo que busca es poner luz en las tinieblas y dar así paso a una flor más bella aún, que la que ha sido marchitada en el arrebato? ¿Y si en vez de demonizar al arrebatador, este se expresa tranquilamente, a través de sus necesidades compulsivas, con el otro, en un acuerdo que una el extremo de lo sombrío con la luz del amor más bello? ¿Y si se establece una relación de consentimiento, de mutuo acuerdo, desde un espacio de libertad plena de cada uno de los actuantes, de un consentimiento erótico entre adultos, que permita la plena expresión del individuo, sin el lastre que suponen los prejuicios heredados de una sociedad castrante hasta en lo más íntimo?

Estas preguntas me llevan a encontrar respuestas. Y llevan tiempo dando vueltas en el interior, pugnando por ser escuchadas y puestas de manifiesto.

En una máscara, la facultad está en poder ponérsela y quitársela a voluntad. No hay remedio más eficaz que deambular por la vida, con sus laberintos y sus devaneos, con sus continuas contactos y retiradas, con sus salidas de tono y su vuelta a la normalidad, como si las dos serpientes del conocimiento, de la vara del caduceo de Hermes estuvieran danzando en un continuo entrelazado vital, que con una máscara del carácter, que confiere una personalidad distinta a voluntad de quien la maneja, pudiendo así dar rienda suelta a sus necesidades mas ocultas, y que de otra manera no sería capaz.

Así la máscara del sadomasoquismo nos permite afrontar lo que de otro modo sería inconfesable en una sociedad, que pese a las apariencias peca de hipócrita, y no solo en su aspecto relacionado con la sexualidad, con lo que ella conlleva de motor de la vida, generadora de vida; sino y también, como modo de expresión del goce que no es dado al nacer, en nuestro cuerpo, en nuestras relaciones con todos los sexos habidos y por haber, sin exclusión de ninguno: y que siempre y cuando parta desde el reconocimiento mutuo, de la propia sexualidad, reconozca, acepte y respete la sexualidad de la otra persona. Y así pueda entablarse una relación sexual sana, de tú a tú, con plena medida de todas las formas posibles de entender la misma, sin exclusiones, y abriéndose al goce sin límites, que permite una mayor apertura de la mente, que promueve a que la claridad entre en nuestro subconsciente y nos libere de las ataduras, que suponen un esclavitud y una involución en nuestro desarrollo.

Por tanto la aparente contradicción del sadomasoquismo, ese gusto por provocar dolor en el otro a modo de goce sexual y sentir a través del propio dolor igual goce, nos puede parecer a priori una desviación del carácter hacia lo oculto, por inconfesable en una sociedad altamente hipócrita. Aquí entra en juego la máscara, que nos permite ocultarnos por los entresijos de la sociedad, alternando la luz con la sombra, la noche con el día, la expresión vehemente de una necesidad vital y compulsiva, con la alternancia y apariencia de normalidad, compungido, impelido a contenerse, inmisericorde, en contra de sus más ansiados anhelos internos, ocultos por el velo de Proserpina.

Si he de ser sincero, yo encuentro en estas dos caras de una misma moneda, paralelismo y parangones que en nada afectan a mi sobriedad. El exceso de lujuria que desata el dios Plutón, al arrebatar abruptamente, innecesariamente, a la ninfa Proserpina, la convierte de repente en su esposa—mediante la toma del fruto de la granada—y en diosa de los infiernos, para siempre. Pero no hay necesidad tal en la expresión de nuestros más íntimos arrebatos. La expresión del sadismo y a la par de su hermano el masoquismo no tienen que ver necesariamente con una irrupción violenta, con una violación del acuerdo de amor, que supone entablar una relación de mutuo propio entre dos seres, para manifestarse lujuriosamente su necesidades de relaciones sexuales: más allá de los cánones establecidos por las circunstancias sociales, y su cohorte de normas, prejuicios, estereotipos de una sexualidad encorsetada, banalizada, hipersexualizada, comercializada—sobre todo en la figura de la mujer—restándonos así otras oportunidades de ensanchar nuestros propios límites como personas, en este vasto mundo que nos alberga.

Es más, no debe verse esta necesidad—abrupta—que irrumpe con fuerza en el escenario de la relación sexual entre dos personas como una máscara entre la realidad vital y la realidad virtual que supone velarse tras dicha máscara, escondiéndose a uno mismo, sus propias pulsiones vitales que pugnan por salir de la caverna de las sombras de Platón. El amor que finalmente profesa Plutón hacia Proserpina hacen de ella la diosa a la que recurren los mortales en busca de alivio, de compresión, de sosiego de sus temores más ocultos, en busca de un consuelo que no encuentra en la faz de la tierra, y que por eso han de indagar en lo más profundo de su psique, para comprender que es lo que les impide ser plenamente felices mostrando su sexualidad al mundo, como un ofrenda a la diosa, para así hallar la plenitud que contaba Antoine de Saint Exupèry: "Ser, ser por fin, y morir en la plenitud del ser". También Rainer Maria Rilke nos recuerda: "Porque incluso los mejores se equivocan en las palabras cuando se trata de dar significado a lo más sutil y casi indecible". Y si hablamos de indecible recurro a Thomas Merton cuando dice: "Nadie la ha puesto en marcha y nadie la va a parar. Hablará mientras quiera, esta lluvia. Y mientras hable, voy a escuchar".

Y hablando de la lluvia—que tanta falta nos hace—quisiera entonar desde aquí un canto, y como Merton rogar por esta lluvia y maldecir al mismo tiempo a este capitalismo salvaje que tanto daño está haciendo a este planeta Tierra que nos alberga y nos lleva de viaje, y de lo que no debede estar contenta la madre de Proserpina, la diosa Ceres, la diosa Virgo del zodíaco, madre de todas las tierras cultivadas o no, y que ve cómo se van dejando en barbecho estos campos arrasados en las cuatro direcciones del planeta para su posterior extracción maderera, sus nuevos sembradíos productivos, vegetales o ganaderos, con la extinción que conlleva a su población indígena, la pérdida de biodiversidad, con su incidencia directa en la calidad de nuestras vidas, del aire, del oxígeno que consumimos, del agua dulce que sacia nuestra sed de justicia...

Queridos, queridas, mi mayor gusto es que lean estos escritos y luego los trituren, los digieran y finalmente los desechen, para fertilizar así nuevas consciencias, para que ampliemos nuestras miras y nos hagamos conscientes de que las verdaderas necesidades del ser humano suelen ser sencillas pero de consecuencias enormemente inmensas. Como dice Emilio Lledó en su Epicureísmo: "El saber no solo nos hará libres, sino que nos hará mucho más felices". Saber que sí podemos liberar nuestras necesidades más intangibles, aquellas que permanecen en la cara oculta de la luna, tras la máscara de la envidia, o de la compasión mal entendida. Que desde el respeto mutuo, el respeto al otro, el respeto a la diversidad, entendida esta como las múltiples formas que de entender y de vivir la vida, en cualquier región del mundo, y en cualquier espectro de la personalidad humana, de sus relaciones vitales, de las relaciones sexuales inclusive, pueden darnos a todos, a todas, una mayor riqueza de lo humano, y por ende, de lo vivo, en esta vida, que nos ha tocado en suerte, y que nos es dado cuidar, fomentar, proteger y ampliar, si cabe, para generaciones venideras.
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Rafael Santana es socio de infoLibre
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