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A propósito del 10-N

Javier Paniagua
Publicada el 29/12/2019 a las 06:00 Actualizada el 29/12/2019 a las 17:14
Hay dos maneras de enfocar el estudio y la comparación de dos o más fenómenos sociales. O destacando las diferencias o señalando las similitudes. No voy a cansarles con los porcentajes, el número de votos o los escaños que obtuvieron los diferentes partidos en las elecciones del 10-N, se ha hablado ya de ello en diarios impresos y digitales, en radios y televisiones. Mi propósito es disparar en la línea de flotación de lo que se viene frecuentemente analizándose y publicando sobre que España es un país dividido radicalmente entre lo que se acostumbra a considerar derecha e izquierda. Así PP, Vox y Ciudadanos estarían en el ámbito de la derecha con sus matices propios, mientras que PSOE, UP y Mas País representarían a la izquierda con sus peculiaridades, no siempre coincidentes. Es la historia de siempre: las dos Españas que vienen enfrentándose desde el comienzo del siglo XIX. Ya Antonio Machado, con su verso “españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón”, contribuyó al mito que perdura por doquier en las interpretaciones históricas y políticas. Incluso los movimientos populistas que han querido superarlo han colaborado al mismo paradigma. Sin embargo, me ha parecido siempre un enfoque superficial y falso, que no explica nada. Los dos bloques pueden aplicarse a cualquier sociedad. Existen también dos Francias, dos Gran Bretañas, dos Méxicos, dos Canadás, dos Alemanias y así sucesivamente en cualquier país que se visite. Es como si no hubiera más que formas binarias, abierto o cerrado, apagado o encendido, la noche y el día, blanco o negro… y no es exactamente así en la complejidad del mundo actual.

Es verdad que hay momentos en que existe una frontera inexpugnable, que acaba en guerras internas o externas. Pero la razón y la ciencia han dado lecturas diferentes a esa bipolaridad radical con la que analizamos los conflictos sociales. Incluso en las guerras civiles los dos bandos enfrentados contienen grandes disparidades. Ocurrió en la de 1936-39 y aunque exista un vencedor y un derrotado varias de las cuestiones abordadas podían haberse solucionado sin batallas. Hubo un tiempo en los años 30 en que se creía que el ser humano podía crear una nueva sociedad donde se alcanzaría la mayor felicidad posible. Comunismo o fascismo se convirtieron en los elementos del dilema y parecía que las posiciones sociales cristianas, socialdemócratas o liberales estaban en retroceso o les quedaba poco tiempo para su derrumbamiento definitivo. No cabían posiciones intermedias y la guerra advino irremediablemente. Pero aún entonces los aliados no estaban por el mismo modelo, como se demostró después de 1945 y cuyo símbolo lo representó el muro de Berlín, ahora recordado a los 30 años de su caída.

Hoy las diferencias, mayoritariamente, nada tienen que ver con aquellas utopías. Y los conflictos forman parte de cualquier estructura social, pero eso no impide alcanzar acuerdos. Podemos debatir si es necesario aumentar los impuestos o rebajarlos, creer que las desigualdades hay que eliminarlas al máximo o mantenerlas en un nivel aceptable, que es necesario aumentar o restringir algunos derechos, que el Estado debe tener mayor o menor presencia en la vida de los ciudadanos o en las políticas económicas, que la educación debe estar más o menos controlada por el Estado, que debemos tomar unas medidas u otras sobre el fenómeno de la inmigración, el clima, el orden público, la administración de justicia, etc., etc. Y por eso las elecciones democráticas determinan por lo que apostamos. Pero, hoy por hoy, ¿qué parte de la población quiere un mundo nuevo aun yéndoles mal?, ¿quiénes están dispuestos a eliminar radicalmente la sociedad de economía libre y embarcarse en una alternativa total a la vida que tenemos, que otras partes del mundo también desean? Es verdad que existen propuestas de difícil consenso, como la separación territorial de un Estado o la vuelta al control central del Estado, por partidos escorados hacia posiciones radicales del actual sistema, pero no parece que sus propuestas vayan a poder cumplirse, sobre todo si las fuerzas políticas que están de acuerdo en lo básico llegan a acuerdos y aplican un cierto consenso racional.
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Javier Paniagua es socio de infoLibre
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