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Admonición a un expresidente

Publicada el 14/07/2020 a las 06:00

En estos momentos, en que determinadas fuerzas nacionalistas intentan aflorar el caso de los GAL, por ciertas revelaciones de la CIA, quiero entender que su verdadera pretensión es la de despejar de la ecuación la incógnita de la X, a pesar de que después de 30 años transcurridos no se haya resuelto algebraicamente.

En primer lugar, parece oportuno aclarar que, en este episodio tan tenebroso de la historia de la democracia, con la creación de los Grupos Antiterroristas de Liberación, no fue la de poner en marcha una paralela acción pseudojusticiera, de forma improvisada y con escasa profesionalidad, como se demostró con el craso error de secuestrar al señor Marey, un vendedor de mobiliario de oficina, confundiéndolo con el dirigente de ETA Mikel Lujua, de infausto recuerdo. El nudo gordiano de esta formación parapolicial tuvo como objetivo el abuso, el manejo y la malversación de los fondos reservados.

Estas retiradas de dinero público en manos de la Secretaría del Estado de Seguridad se venían utilizando de forma excepcional para operaciones sensibles, entregas a confidentes de la policía, sobresueldos etc. Sin embargo, en el caso de los GAL, se utilizaron de forma descontrolada en partidas de dinero que se destinaban presuntamente a joyas, regalos a secretarias, juegos en casinos y dispendios en locales nocturnos con la absoluta indiferencia en el control y supervisión de estos fondos, por los responsables del Ministerio del Interior.

En cualquier caso, y gracias a las investigaciones del periodista Pedro J. Ramírez y Melchor Miralles en Diario 16, derivó en el enjuiciamiento de los dirigentes del Ministerio del Interior y Seguridad del estado, que condenaron al ministro José Barrionuevo y al secretario de Estado Rafael Vera.

El señor X ha quedado dentro de los anales de la historia judicial como las conjeturas matemáticas pendientes de resolver, como es el caso de los números primos de Poignac.

El señor Felipe González debería ser más cauto con las respuestas a las preguntas capciosas de los periodistas y morderse la lengua. Todo apunta quizá a su pretensión de pasar a la historia como un hombre ilustre, vamos como uno de los varones, quien en su obra de Vidas paralelas elogiaba a los eximios dignatarios griegos y romanos, definiendo a estos personajes con categoría de varones de Plutarco como estadistas revestidos de virtudes superiores.

En mi reciente libro publicado por Editorial Punto Rojo “El Magnicidio empresarial más perverso de la democracia española – La vil expropiación de Rumasa", narro sus dotes de hombre de Estado, al conducir en esos años difíciles del inicio de la democracia el timón de la entrada en el Mercado Común, seduciendo con maestría a su mecenas, el dignatario alemán Willy Brandt (quien puso especial dinamismo, eliminando las barreras para el ingreso en la Comunidad Europea, y de la que nos beneficiamos como país receptor de unas ingentes cuantías que impulsaron actividades vitales para la economía española, con la ayuda de fondos estructurales destinados a la agricultura, ganadería, construcciones de infraestructuras de carreteras y ferroviarias, además de implantar un instrumento esencial en esos años del I + D, facilitando la llegada de los turistas extranjeros en una España consagrada democráticamente).

No cabe duda de que Felipe González demostró en esos años ser un gran seductor y lo evidenció no solo con el ingreso en la Comunidad Europea, sino en el famoso episodio que mantuvo con el presidente del Tribunal Constitucional Don Manuel García Pelayo y que relato con detalle en mi libro al inclinar la votación de dicho presidente del Tribunal en el recurso de inconstitucionalidad reconocido por los más excelsos juristas de la época, con su voto de desempate, en un claro ejercicio de extorsión ante una pérfida expropiación, efectuada con nocturnidad y alevosía.

Qué magia, qué faena de tauromaquia le hizo el señor González, nada más entrar en el ruedo del albero al jurista de alta alcurnia García Pelayo. Al iniciar la faena, lo recibió por chicuelinas con la maestría del capote, de tal suerte que desaparecieron por encanto aquellas cláusulas comprometidas incluidas en la Constitución que puntualizaban la inconstitucionalidad de la expropiación. Seguidamente con la muleta y haciendo uso del arte del birlibirloque, que tan magistralmente definió José Bergamín, le cautivó con un pase cambiado, de tal suerte que quedara embrujado, en el preciso momento de decantar el voto decisivo del presidente del Tribunal a favor del gobierno. Una faena propia del maestro Joselito el Gallo. No fue necesario utilizar el estoque, la faena se había rematado con las dos orejas y el rabo. Pocos meses más tarde el eximio jurista dimitió y cabizbajo con la pesada carga de los remordimientos y censuras de sus correligionarios, se exilió para purgar las penas en su Caracas del alma.

Hace unos pocos días, volvió a lanzar pedradas a su propia bancada, esta vez caricaturizando al Gobierno de Pedro Sánchez como el camarote de los hermanos Max. ¿Cómo es posible que un avezado expresidente que utiliza con destreza las puertas giratorias del albero político lance misiles a la criatura que engendró y protegió durante tantos años? ¿Obedece a un despiste o a una derivada del Campo de Agramante?

Antonio Agar es socio de infoLibre

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