Librepensadores

La jinetera santa

José López

Este relato pretende ser un pequeño y humilde homenaje a las mujeres, a todas las mujeres, pero en especial a aquellas que viven en terceros y cuartos mundos donde siguen siendo esclavas física y moralmente.

(Dedicado a Yudelkis, esté donde esté, cazando tiburones blancos.)

La primera vez que llegué a la Habana eran las doce y media de la noche y el sol lucía aún radiante, tratando de escapar en balsa por el horizonte hacia los cayos de Florida, como todo el mundo allí. Luego, retrasé el reloj seis horas para ponerlo a la par del horario de aquellas latitudes y retrasé mis sentidos otras seis décadas para enfrentarme a un país que, a mediados de los 90, vivía en otro tiempo.

Aquella primera vez, y luego todas las demás, lo primero que se te tatúa en el cerebro como recuerdo imborrable de La Habana es el olor; nada más salir del José Martí, nada más abrir una de las puertas del pequeño aeropuerto que dan al enorme parqueo lleno de coches viejos y de antigüedades con ruedas, te golpea los sentidos como un mazo húmedo un intenso olor a petróleo, a combustible mal quemado, pero con aromas de caña de azúcar como todo por allí.

Aquel primer viaje y todos los que le siguieron así como los cinco años vividos de sol a sol en el corazón vital de la isla con forma de caimán, yo solo iba a trabajar, a ser hormiguita hacendosa, a ejercer de payés catalán huraño y tacaño en el país de los seres felices y despreocupados. Algo así como pretender ser abstemio en La Rioja y ejerciendo como catador de vinos.

Pero el propósito de este corto relato anecdótico no es narrar las venturas y desventuras de un extranjero perdido en un paraíso caribeño, si no recordar algo de la historia de Yudelkis (que no se llamaba así en realidad. O quizás sí ).

La primera vez que la vi, organicé un escándalo público circulatorio.

A finales de los 90, cuando el “periodo especial” aún tenía agonizando a los hijos de Fidel, puede que en toda La Habana hubiera diez semáforos funcionando bien; uno de ellos el del final o principio del Malecón, según si escapas al norte o al sur llegando a la altura del Paseo del Prado, era parada obligada para dar botella, que en aquellas épocas era casi el único medio por el que personas particulares sin carro, podían moverse por la espaciosa ciudad, y consistía en pararse en un semáforo u otro lugar a pedir a los afortunados conductores motorizados que tuvieran la generosidad de acercarles en un tramo u otro de su destino. Yo, que llevaba ya casi dos años duchándome con regadera eléctrica de las que te electrocutan cada dos por tres, y sufriendo una vida amoldada a los “alumbrones”, es decir a los escasos ratitos en que existía luz eléctrica en los domicilios, era ya un extranjero cubanizado y escéptico, “un gallego pesao” que diría mi simpática y pequeñita vecinita, la cosa más dulce y cariñosa que ha parido madre; yo era de los que además nunca daban botella, por el que dirán, o por el que no, pero aquel día laborable, caliente, húmedo e intranscendente de pronto se transformó en revelación mística de ya te puedes morir, cuando a lo lejos vi a un ángel bronceado de ojos verdes y vestido de blanco flotar hacia mí con una sonrisa milagrosa y curativa en los labios. Yo me quedé trancado allí, embalsamado, clavado con pernos de acero, esperando al ángel que a veinte metros me había robado el alma y la sangre, o esperando el fin de mis días, que para el caso me daba lo mismo mientras continuara viéndola, el semáforo se puso verde, yo estaba catatónico, las dos docenas de coches detrás de mí histéricos matándome con sus bocinas a falta de garrotes y el resto de gentes peatonales gesticulando y cuchicheando sobre el pasmo que le había dado al chófer del carro azul con matrículas color naranja.

Y llegó hasta mí, y sin preguntar, ni dudar, abrió la puerta de atrás del coche vacío, entró y se sentó, y sin perder la sonrisa me dijo: “Compañero, tendría usted que moverse porque está armando tremenda bulla”.

Tras un rato en silencio, destino a no sé dónde porque además me daba lo mismo, yo el hombre del millón de palabras por segundo, el ingeniero verbal, el Dalí de la cháchara, no sabía qué decir y lo único que se me ocurrió, aunque ya me sabía el cuento, fue preguntarle por su atuendo blanco e inmaculado de pies a cabeza.

Me explicó sin apasionamientos, cual avezado mecánico de taller explicando por qué te tiene que cambiar las bujías y el delco cuando tú fuiste solo a reparar una rueda, qué ella era, “santa”, más concretamente, “aleya” que es el grado inicial de los que practican oficialmente el culto a los Orishas en la religión Yoruba versión cubana y lo era porque toda su familia se dedicaba profesionalmente a ello, su padre y su tío eran “babalawos” una especie de sumos sacerdotes santeros y su tía y prima santeras de circo, de las que hacen ritos para los turistas delante de la catedral de La Habana mientras fuman puros.

A aquellas alturas del viaje, Yudelkis que conocedora de sus encantos y embrujos ya sabía que el extranjero estaba no solo dispuesto a llevarla donde quisiera, sino incluso a nadar hasta Miami ida y vuelta con tal de traerle una Cola-Cola fresquita si ella la pedía, sugirió sin despeinarse la sonrisa: “ es hora de almuerzo, si usted no ha comido aún podría invitarme, comemos juntos y le explico más sobre la religión Yoruba”. Yo y mis 40 años de ateo recalcitrante y practicante, de pronto sentimos la urgente necesidad de creer en los Orishas, en la virgen de la Caridad del Cobre. O en lo que fuera.

Total -para ir resumiendo, que a Mariola se le hace largo-, aquel ángel con el que jamás tuve nada y al que jamás volví a ver después de una hora de pizza y dos horas de sobremesa, porque al sentarnos a la mesa de la pizzería del parque Armendáriz decidimos desnudarnos la sinceridad y quemar todos los puentes, resultando que entre su mundo y el mío, existían todo tipo de distancias insalvables y casi ningún atajo, me contó con la cédula de identidad en la mano, que su familia era originaria de Holguín, que tenía escasos veinte años, que estudiaba Biología en la Universidad de La Habana, que practicaba la creencia Yoruba por tradición familiar y como plan B para comer algo caliente y que un par de días a la semana visita las inmediaciones del Hotel Habana Libre o el Nacional paseando La Rampa de 23, arriba y abajo, para hacer de jinetera con alguno de aquellos turistas que entonces aterrizaban en manadas buscando en la Mayor de las Antillas lo que eran incapaces de conseguir por sí mismos en sus tierras.

Ni yo me escandalicé ni ella se avergonzó, pero no pude evitar sacar a pasear la hipocresía y hacer un ejercicio de buenismo quizás para demostrar falsamente que no todos los hombres somos iguales y preguntarle:

- Pero, ¿por qué?, ¿por qué una muchacha extremadamente bella, joven, inteligente, con estudios y una familia como tú, hace eso?

Entonces aquella Jinetera “santa” me explicó algo que hoy aún me retumba de cuando en cuando en mi viejo y reseco paramo cerebral.

- Pues precisamente porque soy bonita, soy joven, soy mujer llamativa y a los hombres solo les interesa una cosa que yo les pueda vender y no es solo el desahogo sexual, es el orgullo de sentir que han poseído a una hembra que jamás en sus vidas hubieran podido poseer, ni podrán volver a hacerlo, por eso algunos están más interesados en hacerse fotos conmigo que en singar, cosa que como te imaginas la mayoría ni consiguen hacer ni con cierta hombría.

- Pero ¿no te da repugnancia irte con desconocidos?

- Cuando se tiene hambre en el estómago y sobre todo en la esperanza, dejarse tocar por idiotas pedantes es menos asqueroso de lo que parece, cuando los tengo encima sobándome torpemente, viajo, vuelo al trocito de futuro que aquellos pocos dólares que me estoy ganando con las ingles me darán si consigo salir al mundo.

- ¿Qué es lo que más te cuesta de tu actividad ?, insistía inquisidor para lograr ser empático.

- Sonreír. Sonreír es lo más difícil, simular ante el que quiere comprarte el cuerpo que estás de acuerdo, que él se lo ha ganado, que te entregas de buen grado a la superioridad del que viene de un mundo rico y por eso se cree mejor, sonreír y aparentar que no sientes desprecio por el miserable que porque tiene unos billetes en el bolsillo viene en busca de tu desesperación y tu hambre para en vez de ayudarte, humillarte en tu condición de ser humano sometido.

- ¿Y qué vas hacer, dedicarte a eso hasta que ahorres lo suficiente?

- No, claro qué no, porque, como sabes, de la isla no se sale aunque tengas algo de moneda dura y yo que no sé nadar no estoy dispuesta a coger unos ahorros meterlos en una javita y tirarme en balsa para La Yuma, yo hago lo que hago para ir matando el hambre, que nos come ahora a mí y a los míos, pero con el propósito de pescar un tiburón blanco.

- Ven acá, ¿qué cosa es eso de un tiburón blanco?, pregunté cubano y dudoso, recibiendo como respuesta una explicación casi científica y digna de un businnes plan empresarial.

- A esta isla llegan ahora miles de extranjeros solo a singar, a gozar y pasárselo bien, bobos sin oficio ni beneficio, pero llegan también unos cuantos empresarios a buscar oportunidades de negocio, empresarios que no son tan tontos como para invertir aquí y encima quedarse, me soltó aquel dardo llamándome idiota a la cara, con una sonrisa tan encantadora y sincera que solo pude asentir dándole la razón. Y añadió:

- Yo espero, con la paciencia que me permiten mis veinte años, a ese tipo inteligente que no solo vea una mujer hermosa que poder comprar, sino a una persona de igual condición, con dignidad, inteligencia y el amor propio necesario para hacer un trato honesto, mi cuerpo y mi amor sincero a cambio de su amor sincero y una vida decente con un futuro digno.

Luego, tras hablar de otras cosas nos dijimos adiós, ella sin duda a buscar su futuro y yo a pasarme los siguientes treinta años de mi vida, soñando de cuando en cuando con aquel semáforo de Malecón con Paseo del Prado y con un ángel vestido de blanco que era en realidad pescadora de tiburones.

En este ocho de marzo del 2021, que acabamos de pasar, seguimos sin ser conscientes -o quizás mirando a otro lado- del hecho de que en el mundo, en nuestro mundo y en los terceros y cuartos mundos de nuestro planeta, hay cientos de miles, quizás incluso millones, de mujeres que se tienen que vender, o que son obligadas a la fuerza, para que miserables hombres inútiles puedan satisfacer su ego o vaciar su mala leche. Aún hoy, hay cientos de miles de mujeres que son tratadas como mercancía, no solo objetos, sino carne cruda para la ingesta de hombres que no suelen tener de hombres ni siquiera la hombría.

No hay nada más fácil para un ser humano que juzgar a otros, y cada cual tiene su ley, pero yo hoy me declaro admirador incondicional de las mujeres supervivientes, de las cazadoras de tiburones blancos, la mayoría de ellas más dignas, valientes, valiosas y decentes que los jueces que a veces las señalamos.

Que Oxum bendiga y proteja a todas las mujeres en su día.

José López es socio de infoLibre 

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