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La desconocida que roba rayos de sol

Publicada el 20/04/2021 a las 06:00 Actualizada el 20/04/2021 a las 18:13

Los túneles oscuros por los que transita su vida son cada vez más largos, los espacios de la razón ya apenas existen, las voces son lejanas, los recuerdos opacos, los pensamientos difuminados. Desde su niñez cada gota de sudor sangrado en tintas de escribano había hecho su mar, cada grano de fantasía pintada con letras para otros había construido su desierto y ahora su mar y su desierto eran sombras invisibles de su memoria. José, como cada día después del desayuno, tras el enésimo intento fallido de asesinar a la mosca que jugaba al escondite con él, de nueve a diez, de lunes a viernes y de que la auxiliar del comedor con alma de carcelero de bata blanca insistiera en limpiarle las babas que no tenía y de paso una precoz sonrisa, salió al patio a encontrarse con su amigo íntimo, aquel con el que se besuqueaba a escondidas, el único al que podía reconocer, el rayo del sol de julio, que al final de la hilera de árboles presuntuosos justo en el rincón más apartado al final del patio, solía filtrarse entre las frondosas hojas, dejando que miles de partículas de polvo cabalgaran sobre una autopista de luz. A José le gustaba ponerse en el punto exacto donde su amigo el rayo de purpurina blanca se estrellaba durante siete minutos y medio contra su cara y sus pensamientos, para luego huir saltando el muro gris pintado de blanco, dejándolo allí solo.

Solía caminar despacio, saboreando el contacto de las suelas de las alpargatas de felpa y cuadros con el cemento, pero sin arrastrar los pies, porque consideraba que ese era el síntoma que revelaba la identidad oculta de quienes eran desde hacía más de ocho meses, sus compañeros de encierro, esos extraños con lagañas permanentes que se adormilaban por los rincones. Porque él, aunque era el inquilino de la habitación mil trece de aquel establecimiento llamado Centro Geriátrico Virgen de la Merçé donde ochenta internos vivían su soledad amurallada en sillas de ruedas, con turno dado en corredores de la muerte por aburrimiento y cultivaban sus recuerdos sin cosecha, su locura y la indiferencia de los demás, sabía a ciencia cierta que era el único que no debería estar allí, el único libre de la culpa de ancianidad, pero ellos no lo conocían, no sabían quién era él, porque ni siquiera él sabía ya quién era.

Sí sabía, que si estaba allí era no era por suficientemente viejo o incomprensiblemente solo, era por estar desnudo de recuerdos, expoliado de vida vivida, por haberse dejado robar en un descuido el tarro de la memoria y el cofre de los recuerdos, por haber escogido un mundo diferente y vacío una mañana gris, sin saber por qué, por sentarse a mirar una realidad hecha a la medida de los escasos minutos de su lucidez, estaba allí porque un día su espíritu decidió que le gustaban más sus sueños y sus fantasías que las gentes con las que tenía que convivir y a los que convirtió en forasteros.

Al verse reflejado en la vidriera opaca que separaba el comedor comunitario de la parte exterior del edificio y donde se encontraba la puerta de acceso al patio trasero, también llamado por los habitantes del lugar el patio de las Acacias, pudo ver a un hombre que le recordaba a alguien, un retrato robot de un desconocido con quien le parecía que se había afeitado toda la vida, un boceto con piel de cuero cuarteado y ajado del muchacho que él recordaba en sus chispazos de luz y aunque tenía su cara y se le parecía, estaba seguro que no era él porque no tenía su coraje adolescente en la mirada, no tenía su altanería ni su porte, el hombre del reflejo caminaba tembloroso, tropezón, hacían piruetas sobre un alambre imaginario con las manos en los bolsillos, algo más encorvado, rendido, humillado de lo que en él jamás podría haber aceptado, era un hombre de muchos años en la piel, con apariencia en la borrosa mirada de haber custodiado el paso de siglos, y perdido algo en su tarea. Ese día de mediados de julio, había amanecido limpio, cristalino, luminoso, lleno de vida y de calor, casi todos los internos, hombres y mujeres viejos de diferentes añadas, pero todos añejos con fecha de caducidad tatuada, estaban saliendo al patio a lucir sus traumas, paranoias, y reumas respectivos en una competición de achaques a la luz del sol.

José no tenía prisa ni se preocupaba, pues su rincón especial, el secreto, el de la cita clandestina con su amigo el rayo de sol siempre estaba libre y a su disposición para enfrascarse en la dura tarea de repasar todos y cada uno de los episodios de su vida tal y como habían sido y tal como podían haber cambiado de tomar el una u otra alternativa a la escogida en la vida real, si es que era capaz de acordarse de alguno de ellos, tan solo de uno.

Al verla de lejos, casi acurrucada en el rincón que era de su propiedad y la del rayo solar, en el de su cita, primero pensó de golpe por instinto que era una visión angelical, luego pensó que por fin iba a ser cierto que aquello de la locura era contagioso y estaba perdiendo la chaveta que no recordaba tener. En fracciones de segundo viajó cincuenta años al pasado y le pareció recordar que aquel ángel era el suyo, un ángel al que ya había tocado y acariciado, cuando se fue acercando arrastrado por aquella mirada lejana que tiraba de él, tan despacio que parecía que las plantas a su alrededor florecían más rápido que sus pisadas y el mundo giraba a más velocidad de la normal, se dio cuenta de que no era ni un ángel ni la aparición de una virgen ni un fantasma, era sencillamente una desconocida con la que seguramente su estafadora cabeza había estado soñando, un rostro que no sabía de quien, era pero sabía con certeza que podría dibujar con los ojos cerrados, una cara amiga íntima de las yemas de sus dedos, una desconocida de cabellos dorados que coqueteaban con el ámbar del marfil que da la solera, cabellos que aun en la distancia él ya sabía que olían a lavanda y bardana, sin saber por qué lo sabía.

La mirada de la desconocida que no engañaba le invitaba a ir a ella, bañándole de melaza de caña dulce, una mirada imposible de olvidar si alguna vez te ha hecho prisionero, de las qué se tatúan en el corazón de por vida y que él reconocía como parte de su alma de su aliento de vida, pero que no sabía de quien era.

Se plantó de pie delante de ella, dispuesto a reclamar su rincón, pero algo lo detuvo, algo tan etéreo y frágil como el poder contundente de una lenta y solitaria lágrima que se suicidaba lanzándose por la mejilla de la desconocida, una mejilla qué él estaba seguro de que había acariciado miles de veces quizás en sus sueños, o quizás no. Ni las aguas cristalinas de los atolones de coral de Antigua y Bermuda, donde extrañamente recordaba que había pasado una vez tres días haciendo pesca submarina, se igualaban al verde nacarado empapado de aquellos dos ojos húmedos que lo pintaban de ternura por dentro y por fuera en una mirada que se le perdía en el recuerdo.

Pero en el fondo de su ser sabía que no podía dejarse enamorar por aquellos ojos mágicos, por qué no recordaba de quién, pero si sabía que él ya estaba enamorado de alguien y siempre sería fiel a ese amor sin memoria ni recuerdo, así qué lucho contra el embrujo cautivador del ángel triste con mirada de dulce de leche y sacando su flema catalana le señaló con el mentón y las manos aun en los bolsillos, en un gesto austero, el espacio que aquel cuerpo por el que juraría haber viajado hasta su último rincón quizás en sus fantasías, ocupaba y le señalo, - estas en mi sitio-. Ella, desconcertada se movió apenas dos pasos y sin dejar de robarle la voluntad con su mirada coralina le preguntó, - ¿no te acuerdas hoy de mí? - Entonces de pronto la sombra de una tormenta tropical de recuerdos pareció precipitarse a chisporroteos sobre él, el sonido de aquella pregunta, la voz única que le susurraba palabras de amor en los sueños, durante un segundo prendió un fuego lleno de calor, pero el instante de luz desapareció como si algún demonio hubiera cortado la corriente y lo único qué sinceramente pudo hacer fue, mover la cabeza negando en silencio.

- Ayer sí que me dejaste estar aquí, junto a ti y tu rayo de sol, lo recuerdas. - le dijo con almíbar en la voz, aquel ángel anónimo del que tenía ganas de enamorarse una y otra vez, si supiera como o porqué. - No, no lo recuerdo-. Y diciendo esto, José se situó frente al rayo de sol, cerró los ojos y se dispuso a bailar su bolero triste con el amigo cotidiano, entonces de súbito para su sorpresa y desconcierto, la desconocida con mares caribeños en la mirada y cabellos de algodón de azúcar dorado recuperó los dos pasos retrocedidos, se abrazó a él y sus manos en los bolsillos, apoyo su cabeza sobre su pecho, dejo que el olor de lavanda y bardana lo inundara todo, y le dijo en un susurro, .- no, te preocupes cariño, mañana a lo mejor si me recuerdas.- Y José con su memoria vacía y su cerebro sin razones se confió a la esperanza de que las palabras de la desconocida fueran verdad, mientras junto a su amigo el rayo de sol abrazaban a aquel ángel durante los siete minutos y medio más felices que recordaba haber tenido en su vida.

José López es socio de infoLibre

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