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México

Que pasen buena tarde, caballeros


Alain-Paul Mallard
Publicada el 20/08/2015 a las 06:00 Actualizada el 19/08/2015 a las 20:53
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Que pasen buena tarde, caballeros.

Que pasen buena tarde, caballeros.

A.P. M
El novelista colombiano Fernando Vallejo –quien profetizara la banalización de la cultura del sicariato– no lo sabe ni sospecha pero, por un fortuito concurso de circunstancias, un joven francés que hoy lava platos en un restaurante de París le debe la vida.

Arnaud estudió hotelería en Grenoble y partió a efectuar sus prácticas profesionales en México, país del cual no sabía mayor cosa: Frida Kahlo, el guacamole, las pirámides, Cancún… Allá justamente, en Cancún, conoció a una muchacha del norte, risueña y agraciada. Se enamoraron. Ocurre. La familia de Lety le tomó aprecio. Se casaron. Gracias a unos dineros heredados pudieron montar en Torreón (Estado de Coahuila), de donde Lety es oriunda, un negocio: un restaurante de carnes, sencillo pero de calidad, en un barrio céntrico.

Tiene hoy Arnaud unos treinta y cinco años y conserva un talante optimista. Brinda al saludar una mano vigorosa, algo reseca por el contacto abrasivo de los detergentes. Si –por tallarse con índice y pulgar el puente de la naríz– se retira los lentes de pasta, le aflora en el rostro rubicundo una acusada fatiga. El cabello, castaño, circunda una calvicie consecuente. Podría pasar por mexicano. Su español, sin embargo, delata un claro acento extranjero aunque adopta también, en ciertos giros, ligeros sonsonetes norteños. Lety, su mujer, es morena, guapa, con hoyuelos en los carrillos. Menuda, Arnaud le lleva, si se ponen de pie, más de una cabeza.

Trabajaron a diario durante diez años –los seis primeros sin tomar vacaciones– hasta que el negocio levantó. Comenzó a irles bien, en los dos turnos. Pero gradualmente, y sin que sepan precisar cuándo, el ambiente nocturno de Torreón empezó a tensarse. Tiroteos, noticias de levantones, cierta paranoia vaga al esperar el pase, ante el semáforo, de rojo a verde. La gente se animaba cada vez menos a salir por la noche. La clientela prefería ordenar comida por teléfono y cenar en casa. Así que Arnaud se adaptó al nuevo tipo de demanda y sus meseros se improvisaron como repartidores. A veces él mismo entregaba, con la furgoneta, calientes envoltorios de papel aluminio.

Ya para ese momento varios negocios del rumbo estaban pagando protección. Ellos, curiosamente, no.

Una tarde de calor canicular a principios de agosto se apersonaron, terminado el servicio del mediodía, tres fulanos. Pidieron hablar con el gerente.

En las horas muertas Arnaud solía sentarse en la mesa 9, de espaldas a la caja, a hacer cuentas y llevar el papeleo del negocio, a mirar internet en su laptop. Dejó de lado engrapadora y facturas y se levantó a ver de qué se trataba.

Pretendieron amedrentarlo de inmediato: somos Zetas.
Arnaud reaccionó con unas agallas que no se conocía: que se dejaran de chingaderas, qué Zetas ni qué Zetas, que si querían negociar algo le dijeran de qué iba.

Cabreados, lo sacaron a empellones por la puerta de las cocinas.
Al callejón. Allí, entre agrios botes de basura y ronroneantes cajones de aire acondicionado empotrados al muro, lo violentaron. Nada verdaderamente grave, una calentadita: un par de jalonazos; un puño lo mantiene firmemente asido de la playera y revientan dos breves, ardientes bofetones.

Un muchacho, cuidacoches y mandadero ocasional del restaurante, mira desde la bocacalle lo que ocurre. Corre por iniciativa propia a la comandancia, que no queda ni a media manzana, sobre la misma calzada. Varios agentes están de guardia, con los chalecos puestos.

En el callejón, tras el amago, se discute.

A Arnaud le quedan más que claras las nuevas reglas: de ahí en adelante va a cambiar de proveedor de licores; el restaurante sólo ha de vender las botellas que ellos le despachen. Bebidas adulteradas, piratas, acaso de contrabando. Lo fuerzan a un acuerdo de palabra que no está en posición de rechazar.

Diez minutos más tarde, los tres sudorosos hampones, crecidos, salieron del restaurante por la puerta principal, avanzaron cien metros, y… los prendió la policía.

Lety y Arnaud durmieron esa noche abrazados. Arnaud se descubrió al despertar un moretón negruzco bajo la tetilla izquierda. No recordaba golpe alguno. Se habían salvado de una. Sentían, ingenuamente, que se había hecho justicia: con los hampones presos se refrendaba el pacto social.

Arnaud es fotógrafo aficionado y se especializa en retratos. Retratos, si se puede, de escritores famosos. Tiene a Gabo, a Elena Poniatowska, a Kenzaburo Oé, a Leñero, a José Agustín –aunque es verdad que por Torreón no pasan muchos–. El irreverente Fernando Vallejo, invitado por la Autónoma de Coahuila, estaba programado en un evento a eso de las tres, en la Infoteca. Impartiría una charla. Arnaud nunca lo había leído, pero le habían contado que Vallejo era siempre un espectáculo: a veces sus perros subían con él a la palestra.

A las dos y media, Arnaud recogió de detrás del mostrador la batería de la cámara, que había puesto a cargar, y se escapó a fotografiar al autor colombiano. Planeaba estar de vuelta a las cuatro y media, las cinco a más tardar, y comer con Lety terminado el servicio de mediodía.

El restaurante está lleno.

Un par de adolescentes de chamarra entran y, sin quitarse las gafas oscuras, piden una mesa.

Lety los sienta. Les entrega los menús.

Miran alrededor, adonde está la caja. Tras una leve señal de cejas, se levantan. Empuña cada uno una pistola, negra, cuadradota. Avanzan hacia el mostrador, uno cubriendo las espaldas del otro. En una mesa, perdido en sus papeles, un hombre de unos cuarenta años, calvo y de lentes, en mangas de camisa. Corta su arrachera y sólo alza la vista cuando se dirigen a él:

- Te cargó la verga, pendejo. Por pasado de reata.

No tiene tiempo de responder. Dos tiros se incrustan en su pecho, disparados a apenas metro y medio. La silla y el cuerpo se vuelcan del lado izquierdo. Como se aferra del mantel, los platos, el vaso de pepsi, las cazuelitas de limones y salsa zozobran y van a dar al piso.

Un disparo más, en la nuca, lo ultima.

- Aquí nadie vio nada. Ahí se me quedan sentaditos. Que pasen buena tarde, caballeros.

- Provecho, güeyes.

Salen sin prisa, las armas en la mano. Un carro viejo con el motor en marcha los espera a la puerta.

Lety se cubre el rostro con ambas manos y chilla y patalea. Una de las meseras se le acerca y le rodea los hombros. Durante un largo minuto nadie en el restaurante dice palabra. Nadie se mueve ni se levanta. Treinta pares de ojos se miran aterrados. Tratan de no mirar el cuerpo yaciente. La patrona solloza.

En un instante la vida –lo que hasta entonces era la vida– se trastoca. Un puñado de destinos se ha visto alterado trágica, definitivamente.

Vallejo estuvo brillante. Llevaba, sí, un galgo y una perrita, muy bien portados ambos. Arnaud pensó en pedirle su correo para enviarle las fotos, pero ya se había formado una fila de fans que querían libros dedicados. Arnaud se acordó de prender el celular cuando volvía por Boulevard Revolución, en la camioneta, rumbo al restaurante. Había varias llamadas. El primer mensaje, el único que oyó en ese momento, era de Lety: un incomprensible, alarmante revoltijo de lloriqueos y palabras inconexas.

Aceleró.

Algo estaba pasando.

Cuando llegó, ya encontró allí a la policía. Un agente quiere, de hecho, atajarle el paso: trae la cámara colgada en el hombro y lo toman por alguien de la prensa.

La cortina metálica está bajada a la mitad. Arnaud se dobla para entrar. El corazón le da un vuelco, pero casi de inmediato divisa a Lety, quien se zafa de una comandanta y corre a cobijarse en su abrazo: nunca había visto un muerto. Menos aún, a alguien morir.

Las declaraciones toman largas horas, el levantamiento del cuerpo todavía más. "Va para rato", se les notifica, "los peritos andan con otro crimen". Los casquillos martillados, que nadie debe tocar, están bajo las sillas. Uno parece que rodó abajo del mostrador. Se les coloca encima un vasito desechable para que, entre tanto, nadie los vaya a patear.

No fue un asalto: no se llevaron nada.

Piensan en un ajuste de cuentas, una venganza entre maleantes.
Pero pronto se elucida, del portafolios y la cartera del occiso, que es ingeniero. De fuera, de Querétaro. Trabajaba para la Comisión Federal de Electricidad y se hospedaba en un hotel cerca de la Plaza. Un hombre sin historias. Había comido en el restaurante unas cinco veces en los últimos quince días. Solo, tranquilo, mirando sus papeles. "Siempre pedía postre", aporta la mesera, "flan o natillas".

Dieron las tres y media de la madrugada antes de que Arnaud, Lety, su padre y un primo pudieran bajar la cortina frontal. Salieron por la puerta de la cocina, activaron la alarma y se fueron a acostar.

No es sino hasta el día siguiente en el restaurante cerrado que, me dice Arnaud hablando en mexicano, "les cae el veinte". A ese ingeniero de la C.F.E. lo ejecutaron enfrente de todos porque correspondía a una descripción esquemática –un cabrón güero, con lentes, calvo y grandote– ladrada probablemente a un celular. Y porque, para su desgracia, le asignaron al llegar la mesa 9.

- Lo mataron porque lo vieron parecido a mí. La verdad, ni siquiera nos parecemos. Y a mí no me tocó porque me fui, en horas de trabajo, a retratar a Vallejo y sus perros. Así de simple, así de pendeja la diferencia entre la vida y la muerte.

Esa misma noche cerraron definitivamente el restaurante y recogieron dos o tres cosas en su casa. Durmieron –trataron de dormir– en el Holiday Inn. Dos semanas más tarde Lety y Arnaud estaban ya en París, en un hotelito de la Rue Sommerard. Él trabajando de lavaplatos, ella en espera de que la abogada tramitara su nacionalidad francesa y su permiso de trabajo. Los familiares se encargarían de malbaratar los haberes del restaurante y girarles lo que saliera.

Justo en aquella sofocante semana, me cuenta Lety sorbiendo un café au lait, estaban por cerrar el traspase del negocio: un inversionista caído del cielo que ofrecía pagarles de contado. Diez años llevaban con el restaurante y era el momento de inventar algo nuevo. Claro que, con el crimen, el trato se cayó.

Arnaud nunca vertió las fotos de la cámara al laptop. Borró la tarjeta de memoria. Fue un acto consciente, deliberado, pero no sabe explicarlo con palabras. No todo puede explicarse con palabras.

Lety, aunque ha vuelto a fumar, duerme mejor desde que salieron de México. Él, no. Cuando el insomnio lo roe, piensa en ese ingeniero Gamas que murió por remedar vagamente sus facciones. Una vez se paró a las cuatro de la mañana y lo buscó por internet. Halló en Flickr fotos de él con su familia. Quería forjarse una opinión sobre si se parecieron o no. Vio dos gemelas en un parque, montadas en triciclos. Se dio asco.

Lety le toma y le aprieta la mano.

Acaso debiera, prosigue Arnaud, dejarse crecer la barba, ponerse lentes de contacto; diferenciar su cara, vaya, de la del pobre ingeniero de la C.F.E. Pero, ¿por respeto a quién, o a qué? Es una intuición absurda y opresiva; algo que, me dice, por más que le da vueltas tampoco consigue formular.


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