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Inmigración

Nuestra cuestión migratoria

  • Hablar meramente de vergüenza sentida es declaración tácita de impotencia culpable
  • O afrontamos nuestra cuestión migratoria como reclama la dignidad humana de todos y cada uno, o el capitalismo globalizado nos hundirá en la indignidad y miseria de sus contradicciones

Publicada el 27/08/2015 a las 06:00 Actualizada el 26/08/2015 a las 18:54
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Nuestra cuestión migratoria.

Nuestra cuestión migratoria.

PEDRIPOL
Su ser o no ser lo va a decidir Europa según cómo afronte la cuestión migratoria que tiene dramáticamente planteada. Ciertamente son muchas las cuestiones sobre las que Europa y, concreta e institucionalmente, la Unión Europea, ha de dilucidar cómo actuar para así orientar su futuro. Pero de todas ellas es lo relativo a la inmigración lo que constituye cuestión crucial que debe ser abordada teniendo en cuenta, por otra parte, que es crucial no sólo para Europa, sino para nuestro mundo en la época de la llamada globalización.

El flujo de inmigrantes que llega a Europa es incesante y creciente. Los datos impresionan por su magnitud. Si en 2014 fueron unos 214.000, en agosto de 2015 se han computado unos 225.000, ¡sólo por el Mediterráneo! Lo dramático de esas cifras muestra su rostro trágico teniendo en cuenta que más de 2.000 han perecido ahogados en el intento de acceder desde el norte de África a las costas del sur de Europa. Desgraciadamente, hay que añadir una matización inexcusable: 2.000 ahogados, que se sepa. La triste metáfora que nos hace considerar el Mare Nostrum como un gran cementerio marino se nos queda corta, incluso para expresar ese sentimiento de vergüenza colectiva por la parálisis ante tanta desgracia. Hablar meramente de vergüenza sentida es declaración tácita de impotencia culpable.

La realidad de más de 170.000 inmigrantes que Grecia ha de atender, en medio de su profunda crisis, muestra una doble cara: de solidaridad del pueblo heleno, por una parte, mas también de abandono de las instituciones europeas, por otra. Las decenas de miles que Italia ha de acoger, siendo la isla de Lampedusa una especie de gran barco de tierra para recoger náufragos, es otra realidad que clama donde el grito deba ser oído. Las pateras  –la palabra que ha quedado reservada para precarias embarcaciones atestadas de personas y que refleja la mirada distante que el lenguaje consolida– que desde el otro lado del Estrecho llegan a las costas andaluzas, traen igualmente el clamoroso mensaje de quienes huyen a la desesperada de la pobreza o la guerra. Es el mismo mensaje que, últimamente y de forma sorpresiva, se ha hecho oír desde Calais, en la frontera franco-británica, cuando miles de inmigrantes, desde sus desvalidos campamentos por la zona, tratan de pasar al Reino Unido, sacando a luz lo que ya habría de estar claro: la cuestión migratoria es cuestión crucial para Europa.

Ante una situación como la que esos datos sucintamente describen, la urgente, necesaria e indispensable respuesta humanitaria a los padecimientos de las miles de personas que llegan a nuestros países en condiciones penosas no es suficiente. El voluntarismo cívico se ve desbordado por las dimensiones del problema y, para colmo, resulta contradicho desde poderes estatales que ponen todo su empeño en levantar nuevos muros –está el caso último del gobierno de Hungría, construyendo una valla de cuatro metros a lo largo de sus 175 km fronterizos con Serbia–, o que endurecen la legislación para castigar penalmente incluso a quienes ayuden o den cobijo a inmigrantes en situación irregular. Las respuestas humanitarias, sin las cuales sería aún mucho más grave el drama social que desencadenan estos procesos migratorios, colisionan, sin embargo, con leyes de extranjería nacionales y con normativas europeas, aparte de encontrar por el lado político una cicatería de lo más miope, amén de insolidaria, como la mostrada al hablar en la UE de cuotas de acogida para los distintos países. Si se añade al cuadro el espectáculo de Estados que quieren controlar fronteras –algo muy distinto de acoger inmigración o incluso refugiados–, pero que luego desisten de hacerlo por sus propios medios para acabar propiciando que el organismo europeo Frontex decida contratar para ello servicios marítimos privados, el panorama es para preocuparse sobremanera, además de lamentar las muchas contradicciones en las que nos vemos inmersos.

Políticamente, por lo demás, y justo para frenar con sólidos argumentos las andanadas de cínicas falacias con las que el discurso xenófobo suele armarse, hay que afrontar una cuestión de tamaña envergadura con la coherencia y responsabilidad que la problemática reclama, y si ello implica tener en cuenta los recursos disponibles en nuestras sociedades para su adecuada y solidaria administración, también ha de contemplarse todo lo que la inmigración, en sus actuales parámetros, supone en cuanto a lo que va a ser el futuro. Aunque parezca paradójico, la mirada al futuro se esclarece teniendo en cuenta también lo que nos recuerda una conciencia histórica inspirada tanto por lucidez crítica como por sensibilidad ética. Los movimientos migratorios actuales tienen que ver con malhadadas situaciones pasadas de dominio colonial, con sus huellas de expolio y desconfianza, así como de desastrosas intervenciones recientes del mismo mundo occidental en zonas de conflictos que han derivado a durísimas condiciones de guerra. Basta ver el mapa de muchas de las procedencias: Afganistán, Siria, Somalia, Libia... Todo ello exige que no se desentienda de su responsabilidad una Europa interpelada por quienes padecen consecuencias de hechos calamitosos.

Puestos a mirar al pasado que llega hasta nosotros, cabe recordar a la vez cómo en otros momentos históricos fuertes movimientos migratorios cambiaron países y condiciones de vida, conllevando retos insoslayables que hubieron de ser afrontados. Si el siglo XX fue de decenas de miles de refugiados al hilo de las sucesivas guerras –éxodo que actualmente ya es emulado en el siglo XXI–, el siglo XIX fue de grandes migraciones de Europa hacia América y, en la misma Europa, del campo a las ciudades, al hilo de la fuerte industrialización de aquel capitalismo que Lewis Mumford llamó "carbonífero". Esos inmigrantes fueron los que constituyeron en gran medida el proletariado, esa nueva clase, reverso de la burguesía, cuyas miserables condiciones de vida describió, por ejemplo, Engels en su obra sobre La situación de la clase obrera en Inglaterra. El proletariado, considerado por Marx como clase revolucionaria, emergió no sólo reclamando mejores condiciones laborales, sino como la clase que planteaba un cambio de raíz en la sociedad burguesa en tanto que era la clase que, aportando la fuerza de trabajo al capitalismo, quedaba políticamente excluida de la democracia liberal de dicha sociedad. Los derechos del ciudadano no llegaban al proletariado como humanidad concreta. La democracia o se transmutaba en democracia social, en la que la emancipación llegara a todas y a todos, o no era democracia.

Si fue gran desafío para los Estados nacionales de las etapas capitalistas anteriores resolver la demanda radical del proletariado, actualmente, en la fase del capitalismo financiero que domina un mundo globalizado, los inmigrantes plantean, a la escala de nuestro tiempo, una exigencia similar. Es cuestión de fondo que va más allá de las expectativas personales: es la exigencia de que ellos, esa "parte de los que no tienen parte" en el sistema actual, como certeramente lo formula el filósofo Jacques Rancière, sean incluidos en nuestro supuesto orden democrático.

Se plantea, pues, a nuestras sociedades una radical democratización de nuevo cuño, en torno a la cual, por otra parte, es pertinente recordar la crítica de Trotsky a Stalin respecto a la errada pretensión de "socialismo en un solo país": no la pueden acometer los Estados uno a uno en solitario. Por eso, es reto europeo, en cuya respuesta Europa decide su futuro –y mucho más–. Estamos en el momento histórico en que se generan las condiciones para un proceso de emancipación de los inmigrantes de hoy –vida emancipada que ha de ser horizonte de políticas de inclusión–, dependiendo de ello la coherencia de democracias que no pueden dejar de pretender la emancipación de todos los hombres y mujeres. No hay emancipación "por partes", sino que sólo puede ser la de todos –así lo vio Marx en Sobre la cuestión judía–; si bien esa emancipación ha de ser puesta en marcha a partir de la parte que estaba excluida –así lo vislumbró el autor de El Capital como revolución desde el proletariado para la sociedad en su conjunto si no quería llevar en su seno la injusticia como determinante componente estructural–. O afrontamos nuestra cuestión migratoria como reclama la dignidad humana de todos y cada uno, o el capitalismo globalizado nos hundirá en la indignidad y miseria de sus contradicciones.

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