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Entrevista

Javier Krahe, la ironía como escudo

  • ¿El secreto de la convivencia? "Pues no sé... Bueno, hay una cosa: ni ella ni yo levantamos nunca la voz"
  • Un hombre que parecía un anciano que parecía un niño que por entender tantas cosas acababa por no comprender nada; de modo que parecía estar siempre pidiendo auxilio sin pedirlo, para poder cruzar la calle, con un pudor gigantesco a molestar

Miguel Ángel Ortega Lucas
Publicada el 03/09/2015 a las 06:00
Javier Krahe, en una imagen de 2012.

Javier Krahe, en una imagen de 2012.

EFE
“Hay verdades que se sienten dentro del cuerpo, como el hambre o las ganas de mear.”

La cita es de La colmena, de Camilo José Cela. Camilo José Cela no tiene absolutamente nada que ver con esto, por supuesto, y mucho menos con quien protagoniza esto. Camilo José Cela estaría en las antípodas, como suele decirse, de nuestro hombre (si bien, como solía decir nuestro hombre, “en las antípodas / todo es idéntico: / tienen teléfonos, / tienen semáforos, / con automóviles, / con sancristóbales...”). Digamos que Camilo José Cela habría vivido en un país, o galaxia, antipódica a la de nuestro hombre; si bien, claro, ambos países compartirían ciertas trazas de paralela fatalidad (“...tienen políticos / más bien estúpidos, / pero son súbditos / muy pusilánimes...”). Digamos, para decirlo todo ya, que Camilo José Cela viviría mucho más cómodo en su país que nuestro hombre en el susodicho distinto mismo.

Pero la frase –a cada César lo suyo, y ésta pareciera de Vallejo, de un Vallejo distraídamente ebrio–, esa frase de La colmena se impone firme para aludir o perfilar a nuestro hombre, a este hombre y su circunstancia. Así como a la primera vez en su vida que este hombre sintió que quería salir a cantar a un escenario: no que tenía, sino que quería; se lo susurraba el cuerpo.

“Creo que cuando llevaba como 25 actuaciones. Digo veinticinco porque creo que hice un repaso: aún podía contar las veces que me había subido. Noté algo; un hormigueo en las piernas. Siempre tenía las piernas flojas cuando salía. Y estaba esperando para salir, detrás de una cortina, en un auditorio, y de pronto noté un hormigueo y dije: Uy, esto es que me apetece salir. El día anterior no me apetecía; o sea, teóricamente sí, en la práctica no... Pero me emperraba. También porque estuve muy apoyado siempre; yo nunca estuve solo cantando. Al principio estaba con Chicho [Sánchez Ferlosio], y luego con el Sabina [Joaquín Ramón Martínez]: yo hacía tres canciones, y él otras tres, y así... Y me tenía calado, me miraba con angustia... Y a lo mejor a la segunda mía ya salía él... Porque se me paralizaba la mano. Pero paralizada. Y era, joder... No podía tocar la guitarra. Y claro, es que el enemigo era la guitarra; no era mi aliado, era mi enemigo... Pero ese día sí, lo sentí en las piernas [las ganas de cantar, no de mear]. Lo llamo hormigueo porque no se me ocurre cómo llamarlo; era algo. Que quería subir al escenario. Mientras que las otras veces lo hacía por convencimiento; era lo que me había propuesto y por lo tanto tenía que hacerlo. Pero no me gustaba”.

Javier Krahe de Salas (Madrid, 1944 – Zahara de los Atunes, 2015) me está contando todo esto, desde hace un rato, en torno a una mesa, en la calle, tratando de elevar caritativamente la voz por encima del estruendo de una obra cercana, los coches que pasan casi a nuestro lado, el trajín de señoras y niños y curritos de la obra misma que van de su sobriedad a sus asuntos... Porque son las doce y media, la una, de un mediodía de noviembre (2013) en Granada; hace sol, y el frío –ese frío que bajará pronto de Sierra Nevada, al norte del Muro (zirí), como una turba de bandidos, a pasar a cuchillo las calles del Albaicín– duerme todavía a mediados de este mes: puede uno sentarse en una terraza del centro, a la sombra incluso, y no sentir que tiene los pies metidos en un acuario de pirañas. La prueba irrefutable es Javier Krahe, que se ha sentado aquí, en la terraza de una cafetería cercana a su hotel en Recogidas, a desayunar imperialmente mientras lee –refunfuñando– El País. Quiere decirse que si Javier Krahe se ha sentado aquí a desayunar, es que aquí se está bien desayunando. Javier Krahe se ha sentado aquí a desayunar porque es lo que le ha sugerido su naturaleza (“¡Le pedía el cuerpo acción!”), y porque es lo que hacen los verdaderos triunfadores sociales después del mediodía (que, como reveló Sabina a Jaime Bayly en una ocasión, si uno a cierta edad no ha conseguido levantarse después del mediodía “es un fracasado total”). Se ha sentado aquí, Javier Krahe, porque Javier Krahe no acataría ese mediodía, al fichar en el mundo, más reloj que la brújula santa de su entrepierna, más capitán que su cuerpo cano, más dios que la libertad, más ley que la fuerza y el viento ni más patria que la barra (la mesa, bueno, con café escueto) de un bar...

Que por eso no llegó a extrañarse del todo, este plumilla, cuando, a las doce en punto y todo a proa para la cita, se encontró con Javier Krahe no en la recepción del hotel, que era lo acordado, sino en la terraza de marras: el plumilla reparó, mientras llegaba al sitio, en que no era cristiano pegar la hebra con Javier Krahe sin llevar tabaco encima; así que viró a estribor, dobló la esquina en busca de la hierba india... y ahí que se encontró con un señor igual que Javier Krahe, sentado a una mesa, olvidado del mundo, leyendo un periódico.

–¿Javier...? Hola, perdona... Ehh... Soy el periodista. Habíamos quedado, ¿te acuerdas? En el hotel, a las doce... ¿...Te acuerdas...?

Emergió del periódico, por encima de sus gafas de leer, entre la estupefacción y la sospecha; como un huido de la ley al que no cuadra que le llamen por su nombre en un país tropical (yo podría ser de la Interpol).

–Aaah... Bueno, bueno. Claro. Sí, sí... –trataba de ganar tiempo, taimado, con educación exquisita, sin perder la calma y calculando rápido la manera de escapar mientras me ofrecía la silla a su lado.

(“–Sólo serán unas preguntas. No se alarme.
–Todo lo que tenía que decir lo he dicho ya en los conciertos...”)

PREGUNTA: ¿Cuándo se decidió a cantar? Decía, en el documental que hicieron sobre usted [La vida privada de Javier Krahe: muy recomendable y muy accesible por ahí] que un día se levantó y dijo: ‘Pues me hago cantante...’ –Krahe se sigue pensando mucho, todavía, las respuestas; tiene miedo a delatarse:

RESPUESTA: Eso fue al cumplir los 30. Se lo dije a mi mujer [Annick, canadiense, a la que se unió desde muy pronto]: “Me voy a hacer cantante”. Y me dijo: “Javier, nunca te he oído cantar”.

P.: ¿Ni en la ducha siquiera?

R.: Bueno, sí, porque yo canturreo... Pero era canturrear. En casa o conduciendo. Canciones de otros, no mías... Y el caso es que me dijo eso, “nunca te he visto cantar”. Digo: “Ya lo sé, pero lo voy a hacer”. Dice ella: “Y cuándo”. Digo: “Bueno... Pues primero me tendré que agenciar una guitarra, y aprender a tocar algo (porque no sabía tocar ni nada)... Y, visto que tengo 30 años y va a ser difícil, pues en diez años”. Y me dijo: “Ah, vale, vale...”. La verdad es que me subí a los 35. A todas luces fue prematuro. [Nos reímos, por primera vez: quien suscribe abiertamente; él más con el humo de su segundo o tercer purito cosquilleándole en los ojos claros: a veces se pondrá a toser de manera alarmante; un tiempo que aprovechará para seguir pensando la respuesta, y retomarla en el punto exacto en que la dejó] … Porque yo no sabía tocar la guitarra ni a los 35. Se me daba fatal. Se me daba... bueno. Aun así, me acompañaba como quien tiene una cosa de percusión en las manos, no algo armónico, sino para hacer chimpún-chimpún. Además me confundía en los acordes, y era un poco desastroso.
[Se sabe, quizás por boca del compinche que cantaba entonces con él, 3-3-3 canciones, que Krahe llamaba al acorde de Fa mayor, que lleva cejilla, “la difícil”.]

P.: Por entonces, cuando empezó a componer, ¿cómo nacían las canciones? ¿Surgían solas; como remedos conscientes de otras melodías que le gustaban...?

R.: Por aquel entonces creo que no. Sonaban en la cabeza. Luego, al coger la guitarra, y entre que me equivocaba o no encontraba el acorde que buscaba, a lo mejor daba con otra manera, y la modificaba. Ahora lo que pienso lo acabo sacando siempre con la guitarra... Pero puede pasar que esté un año entero sin tocar una guitarra.

P.: ¿Literalmente?

R.: Generalmente es en el mes de julio cuando la cojo. Pero ahora ya eso también ha cambiado, porque el mes de julio lo pasaba solo, y entonces me era muy provechoso para hacer canciones. Pero ya mi mujer se jubiló, hace tres años, y también se viene en julio [a su casa de verano, en Zahara de los Atunes]. Entonces ella tiene cantidad de ideas para hacer cosas. Y no es como antes, que estaba yo solo. Por las mañanas era levantarme cuando me despertara, irme a desayunar y a leer el periódico... A veces, pocas, a la playa. Comía fuera... No hacía nada en la casa. Ni la cama. Y luego, la siesta. A las 7 me hacía un café y ya estaba en marcha; cogía la guitarra y el cuaderno, y empezaba pues por un lado o por otro, la guitarra o el cuaderno, según lo que tuviera, hasta las doce; cinco horas. Y estaba muy bien. Cada mes de julio me hacía cuatro canciones, y cada tres años tenía una docena para hacer un disco.

P.: La vida debería ser eso.

R.: Sí, debería ser. A veces un compromiso de trabajo, la presión, da buen resultado. Pero en general debería ser absolutamente libre... De todas formas eso se acabó. Es que siempre se le ocurre algo que hacer a mi mujer. ¡Y son una barbaridad de cosas! A mí me hace mucha gracia esa forma de ser que tiene. Porque además tiene previsto todo... Claro, a mí me soluciona cualquier cosa también. Me dice: “Hay que cambiar las sábanas”, y maldita la gana. Pero cuando las has puesto dices ah, pues qué bien...

P.: ¿Sabe ya cuál es el secreto de la convivencia, para que pueda durar con un cierto equilibrio?

R.: La verdad es que yo tengo muy buena relación con mi mujer... Y el secreto, pues no sé... Bueno, hay una cosa: ni ella ni yo levantamos nunca la voz. Hablamos en voz bastante baja, y eso creo que ayuda mucho. Yo no soy nada broncas, entonces... Recuerdo un día que estábamos con mi hija comiendo, y de pronto dice: “Esto está malísimo” (lo había hecho ella, que cocina muy bien). Y yo, que andaba haciendo así, apartando a los bordes del plato como los niños... Y repite: “Está muy malo, ¿no?”. Y ya digo: “Está malísimo”. Y me dice: “Mira, Javier, llevamos 18 años, y jamás has dicho nada”. Digo: “Encima que me pones de comer...”.

P.: Parece que fue un niño bastante feliz, ¿lo fue?

R.: Sí. Pero a partir de los 11 años, aun siéndolo, en el colegio [del Pilar de Madrid] era un amargado de la vida. Estudiar nunca he estudiado; yo no sé lo que es coger un libro y estudiar. Pero bueno, aun así tenía mis amigos de clase, y estaba muy bien. Antes de eso era buen alumno, pero porque no me costaba ningún trabajo. Ya luego, cuando sí que había que estudiar o hacer los deberes, pues no los hacía. Hasta los 16, que ya me echaron.

P.: Ya ni se preocupaba de ir tirando con un cinco...

R.: No... Sacaba un libro y me ponía a leer...

Suena de nuevo –ha sonado varias veces ya– su teléfono móvil: porque está de gira, promocionando nuevo disco, Las diez de últimas; mucha intriga y equívoco respecto al título –jovialmente alimentados por él– entre la prensa, aunque aludía simplemente al hecho de ser eso, diez canciones de las últimas (once: pero le gustaba más cómo sonaba diez) que tenía hechas. Le van a ir llamando por goteo, los oportunos colegas, a lo largo de las próximas horas. Generalmente en los momentos exactos en que estuviere a punto de culminar, tras silencios eternos, una reflexión fundamental para el pensamiento de Occidente. Pero se muestra animado, en esas entrevistas telefónicas (“Pues será un espectáculo de hora y media, como las películas, y se supone que con bastante humor, y que la gente se reirá, o sonreirá...”), mientras servidor aprovecha para mirar al norte y recordar su propia conversación telefónica con él, la tarde anterior, perpetrada a una hora decente, más allá de la siesta pero antes de la caída del sol.
Más o menos así:

–Hola, Javier, ¿qué tal? Soy el periodista de mañana, que me han pasado tu número para quedar.

–... ... ...

–¿...Aaaa qué hora te vendría bien? ¿Al mediodía?

–...Mmmm... Eh... Bueno... a las doce. A las doce estaría bien. A las doce.

–A las doce, perfectamente. ¿Dónde nos vemos? ¿En algún bar, cafetería...?

Entonces hubo otro silencio súbito, dubitativo; angustiado casi por momentos al otro lado de la línea.

–Es que... –se arrancó al fin: y uno ya temía que alguien le estuviera amenazando, en su habitación del hotel, a punta de pistola– … Es que no conozco ningún sitio por aquí.

–Tranquilo, hombreee; tú espérame en el hotel, y ya paso yo por ti.
Al final lo acabó encontrando él solo, el sitio, sin ayuda de nadie (y sin avisar). Pero esa hilarante estampa de Javier Krahe al otro lado del teléfono, sufriendo por no conocer ningún sitio en la ciudad al que llevar al periodista (que vive en esa ciudad) para hacer la entrevista, daba una medida bastante aproximada del ejemplar: algo clamoroso había en él de extraterrestre, de ente hipercivilizado de otra dimensión que se hubiera visto obligado a vagar un tiempo por un planeta de retrasados mentales (“El planeta más reaccionario de la galaxia”, escribió una vez García Márquez) con relojes, hipotecas y simios con bafles a las cuatro de la tarde. Aunque, quizás, era justo lo contrario: que fuese precisamente su exceso de humanidad –su humanidad rarísima, virginal, su humanidad casi monstruosa– lo que le hacía parecer tan extranjero, tan extraño a la vida y sus costumbres actuales; las diurnas, al menos. El resultado en cualquier caso era éste: un hombre que parecía un anciano que parecía un niño que por entender tantas cosas acababa por no comprender nada; de modo que parecía estar siempre pidiendo auxilio sin pedirlo, para poder cruzar la calle, con un pudor gigantesco a molestar.

En cualquier caso, y extraterrestre o no... “en las antípodas / todo es idéntico... / los hay escépticos, / los hay fanáticos; / pero en la práctica / no ves apóstatas / sino en los márgenes / o con prismáticos... / En las antípodas / todo es idéntico, / idéntico a lo autóctono...”.

P.: ‘Cuervo ingenuo no entender’

R.: “...Casi nunca tengo hambre... Ya sólo como al mediodía. Y además esto me gusta [la tapa que nos han puesto, ahora en el interior del mismo bar-cafetería]. Pero hace muchos años, como veinte o así, dejé de cenar. Simplemente porque: ¿por qué tengo que comer, si no tengo hambre ni nada? Entonces lo dejé. Cuando tengo hambre como. Además lo celebro mucho: ¡Ah, tengo hambre!... Bueno, como soy consciente de que tengo que alimentarme, pues como al mediodía, normal...”.

Los horarios de la civilización terrestre permiten ya pedir cañas y vino blanco en vez de café, así que ahí hemos entrado, a tomar algo en una mesa con taburetes antes de la comida propiamente dicha, que hoy sí tomará Javier Krahe porque tiene hambre, y esta noche actúa en el Planta Baja. Tiene hambre y tiene clarísimo lo que querrá comer una hora después: paella. Querrá paella, y buscaremos el lugar en que puedan servir paella a Javier Krahe en las calles aledañas, porque Javier Krahe quiere comer paella (“no todo va a ser follar”).

P.: Una cosa, Javier: sus obsesiones, o su manera de ver las cosas, ¿ha notado que cambiasen con los años?

R.: Bueno, sí. Pero no sé si es que ha ido variando o es que la vida a golpes te...

P.: ¿...Quita fuerza...?

R.: Sí, se pierde fuerza. Pero bueno, en fin, también lo sabía yo. Es que es así. Y hay que tomárselo con humor. No hay otra manera.

P.: Chesterton dijo una cosa con la que seguramente estará de acuerdo: “La vida es demasiado seria como para no tomársela en broma”. ¿Está de acuerdo?

R.: Sí... Sí. Siempre he dicho que el humor, o la ironía, no es un arma: es un escudo. Para defenderte del mundo. Por eso hay que tomárselo a broma... Porque claro, es imposible tomarse a broma ciertas desgracias, pero la vida más normal está llena de cosas desagradables, y si se las toma uno a broma, se defiende bien.

P.: ¿A quién admira más?

R.: Yo soy de los de El Roto.

P.: ¿Y qué le desquicia?

R.: El ruido. El ruido me desquicia. Luego, no me desquicia pero me molestan mucho los nuevos achaques. Eso que no has tenido nunca y que de repente dices, ¿y esto?

P.: ¿Cree que es el miedo el gran enemigo?

R.: Sí, eso es el miedo... Es castrador. Y claro, una sociedad asustada no es nada agradable. El que trabaja tiene miedo: si le bajan el sueldo, tiene miedo a protestar, lo pueden echar... Se aprobó una reforma laboral con despido libre, como quien dice, y están acojonados. Y... a mí estas cosas no me afectan personalmente, pero claro que me preocupa que la sociedad sea así.

P.: Usted habrá pasado por épocas muy distintas en su vida...

R.: Pero sólo en el 92 he sentido el peligro. Sí, en el 92, con la Expo y demás, el país se volvió idiota, y llegó septiembre y no había trabajado ni un día (bueno, uno, pero gratis), y no me llamaron de los garitos que yo había llenado el año anterior... En el caso de las Olimpiadas no sé cómo fue, pero en la Expo ya había corrupción por todos los lados... Pero como había mucho dinero, pues a la gente le daba lo mismo.

Le pregunto entonces si alguna vez se sintió solo en el oficio, y casi por primera vez en toda la conversación responde sin vacilar: “Sí. Cuando canté Cuervo ingenuo... Eso realmente debió haber suscitado un escándalo entre los músicos...”. Es uno de los grandes luminosos de su biografía, de ahí que él no tenga que explicarlo: en febrero del 86, su cómplice en el génesis musical de ambos junto a Alberto Pérez en el sótano de La Mandrágora (ver luminoso mayor), Joaquín Sabina, le invitó a cantar con él un tema al alimón en su puesta de largo en el Teatro Salamanca, durante la grabación de su doble disco en directo Sabina y Viceversa; el primer punto de inflexión en cuestión de repercusión comercial y mediática de Sabina. Para ello, Krahe rebuscó entre sus borradores y, entre las ganas de guerra (“Felipe González era un impostor”) y cierto documental sobre un indio norteamericano que le impresionó gravemente, el cantautor cinceló un cuchillo de obsidiana en forma de sátira anti-Felipe (y anti-OTAN, y anti-PSOE) que levantó una polvareda considerable: sobre todo porque la canción fue hecha desaparecer de la retransmisión del mencionado concierto de Sabina por TVE. Cuentan que cierto testigo dijo no poder reproducir después las palabras literales que había usado Felipe González para definir a Krahe. El caso es que nadie o casi nadie dijo públicamente una sola palabra para definir la curiosa manera de entender la libertad de expresión (y el sentido del humor, y el talento) de Felipe González. En 1986; año 11 Después de Franco, año 4 de Nuestro Señor Socialista. Y sólo José Antonio Labordeta llamó a Krahe en solidaridad, ofreciendo si era menester su hacha aragonesa.

P.: ¿Y Sabina cómo se tomó aquello? Al ser su concierto, algo tendría que decir.

R.: Bueno, sí, pero... Ese día y los siguientes, él estaba absolutamente invadido en lo suyo, porque hay que tener en cuenta que fue su salto a... –se calla un momento. Luego continúa–: Me lo dijo. Unos años después. Me dijo: “Yo estaba idiota en aquel momento”.

P.: Bueno, le invitó a cantar esa canción y la cantó con usted; no sería por cobardía... A lo mejor no se dio cuenta.

R.: Eso me dijo él. Que estaba aturdido... –sonríe, mirando a los ojos, de manera insondable.

P.: Después de eso, ¿cómo fue su relación con el mundillo? ¿Dejaron de llamarle; no pasó nada...?

R.: Bueno, de los ayuntamientos dejaron de llamarme. Pero de los garitos no, era igual. El cambio fue en el 92. No fue hasta noviembre (hablo desde enero) que volví a tocar... Pero me fue útil: fue la primera vez que me fui a la playa dos meses; como no tenía nada que hacer... Y recuerdo que tenía cinco mil pesetas. Cuando vino Annick le dije: “No tengo dinero. Tengo 5.000 pesetas”. Me dijo: “Bueno, no te preocupes, ya trabajo yo”. Le dije: “Ya lo sé, pero es que veo que no hay posibilidad de...”. Bueno, nunca he sabido hacer nada. Pero ya tenía una profesión, y ahora parecía que no la tenía. Le digo: “¿Cuánto tiempo me das?”. Dice: “Tres años. Si en tres años no te ganas la vida, te echo de casa...” [se ríe, por lo bajini]. Afortunadamente no hizo falta.

“A lucky man”

Salimos finalmente del bar, en busca de la paella prometida de Javier Krahe. Le pregunto varias veces (varias) si de verdad quiere que coma con él, si no le molesto; me responde que sí, que claro, que así “no come solo”. Además, hay que encontrar la paella. Finalmente la encontramos, en otra terraza cercana. Y antes de que nos la sirvan, ya sentados, le pregunto

P.: ¿Qué es el éxito para usted?

R.: Ganarme la vida con la canción. Eso es el éxito, para mí en concreto.

Llegarán sus músicos, un rato después, a esta terraza en la que estamos: Fernando Anguita, Javier López de Guereña, Andreas Prittwitz: tres pájaros de igual talento para el escenario y el gamberrismo (que en este caso la misma cosa es) que le acompañaron durante media vida y casi toda su obra, y que lanzarán dardos puntuales a nuestra mesa mientras terminamos de comer. Hablamos de una pasión común mientras comemos, Leonard Cohen, que Krahe conoció hace décadas, en Madrid: “...Pues fue porque mi mujer es canadiense. Hace... ¿veinticinco, treinta años?... El embajador de Canadá hizo una recepción con él, un desayuno, e invitó a la gente que trabajaba ahí, Annick entre ellos. No sabían que yo cantaba, pero el cónsul me acabó presentando a él como cantante. El francés de Cohen era bastante precario y mi inglés también, pero así hablamos... Le dije: “Pero yo no estoy aquí como cantante, sino como el marido de una”. Y dijo él: “¿Cuál es tu mujer?”. Dije: “Ésa”. Y él respondió –lo imita, mirando fijamente y agrietando la voz aún más hasta la sima de la garganta–: “You’re a lucky mannn...”.

Hay un tema que el plumilla ha evitado mencionar deliberadamente toda la mañana, por ser lo que todo cristo le plantea siempre: La Mandrágora. Ese antro del barrio de La Latina, en Madrid, en el que Sabina y Krahe velaron sus armas de maestros mayores de la canción en castellano, se grabó un disco homónimo (1981) y décadas después todo el mundo de cierta edad dice haber cerrado, como el Mayo de París (cabían treinta personas en ese sótano). Ya hemos terminado de comer, y el mutismo taciturno de Krahe indica que sólo piensa ya en volver al hotel y honrar su misa diaria, o siesta del día, antes de la actuación de la noche. Queda para después con sus músicos, pago la cuenta, y al despedirnos en la esquina no puedo evitar hacerle la puñetera pregunta:

P.: Javier: La Mandrágora, esa época, el cachondeo aquel; ¿fue tan bueno como parece, o es sólo mitología?

R.: Sí, sí que fue –responde, yéndose ya, y sonriendo francamente–... Y fue mejor.

Después desapareció por una esquina, camino de su siesta y del concierto de esa noche: un hombre afortunado.

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1 Comentarios
  • liana liana 03/09/15 09:24

    Gracias por toda esta belleza,muchas gracias!

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