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Independentismo

Retrato de nadie

  • Artur Mas fue picapedrero y burócrata hasta que deslumbró a Ferrusola. La pregunta del millón es si participa con la fe en su explosión retórica. ¿Cree en lo que dice? ¿Tiene células independentistas?
  • El producto Mas consistía en no sacar tajada, como sus antecesores, de actividades fraudulentas, pero permitirlas, o mirar para otro lado cuando las tuviera cerca

Guillem Martínez Publicada 23/09/2015 a las 18:29 Actualizada 23/09/2015 a las 21:51    
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l presidente de la Generalitat y candidato número 4 de Junts pel Sí, Artur Mas, durante un acto de campaña  este miércoles.

El presidente de la Generalitat y candidato número 4 de Junts pel Sí, Artur Mas, durante un acto de campaña este miércoles.

EFE
CTXT me pide un perfil de Artur Mas y yo, cuando arrastran la voz, no puedo decir que no. No obstante, un perfil siempre es complicado. Es una instantánea. De algo que se mueve: el cuerpo humano, esa cosa que, cada siete años, renueva sus células, de manera que cada siete años una persona es otra persona diferente pero parecida a la anterior, como queda patente cuando se observa a Camilo VI. En un político peninsular, ese objeto work-in-progress, la renovación celular es mayor. Puede ocurrir cada 30 segundos. Hacer perfiles, salvo en el Egipto clásico, no está chupado, en fin. Por todo ello, ante toda esta dureza del género, intentaré hacer un perfil dinámico, que aguante cierta renovación celular y que plantee dudas e hipótesis científicas sobre el estadio biológico actual de Mas, tan divertido, en el que parecen convivir células antiguas y otras no previstas. Bueno. Al turrón.

Es rotundamente falso que en la sociedad catalana sea determinante el lugar que ocupó tu padre en la pirámide alimenticia. Lo importante es, glups, el sitio que ocupó tu abuelo. Si tu abuelo no existió / no era un gran depredador, en cierta manera no existes. Es decir, hasta cierto punto eres un misterio biográfico. Lo que en francés, lengua más certera y, por lo tanto, extremista, se denominaría un parvenu.

Ese es, por ejemplo, el caso de Pujol, un tipo sin abuelo conocido, poseedor de una autobiografía en sendos volúmenes, y objeto de varios libros, y del que, no obstante, hasta que no apareció lo de la herencia de su padre no se supo quién era, en verdad, su padre –un contrabandista de divisas con negocio ubicado en Tánger–, él o sus hijos. Y ese es el caso de Mas: una biografía nebulosa en una cultura en la que las biografías de políticos, como ya sabrán los que leen necrológicas o abdicaciones, pueden soportar grandes elipsis.

Se sabe, en ese sentido, poco del padre de Mas. Tenía una fábrica de ascensores, en activo en la Barcelona de los 70's, una ciudad desaparecida, con una conflictividad laboral alta y politizada, cuya polémica social central era el reparto de la riqueza. El padre de Mas colaboró en ese debate chapando la fábrica y, al parecer, llevándose el monto correspondiente a una cuenta suiza que, posteriormente, cuando constató que la FAI no viviría una segunda edad de oro, regularizaría y clausuraría. Me temo que esa es la cuenta de la que habla El Mundo / el Ministerio de Interior periódicamente. La relación de Mas con su padre era, al parecer, íntima. Desde la infancia vivió un clima familiar positivo, centrado –en lo que es un gran remedio contrastado por la OMS contra la desestructuración familiar– en unas vacaciones veraniegas en Menorca, siempre en el mismo hotel y en los mismos días, tradición que aún se mantiene entre los Mas.

Cuando por fin, después de varios intentos –ya les explicaré–accede a Presi de la Gene, el padre de Mas le regala un símbolo familiar, un timón de barco –algo importante, supongo: los padres y los hijos se hablan a través de objetos; el fútbol, por ejemplo, es un objeto–, en el que, en vez de los vientos o de una frase de Paulo Coelho, estaban grabados diferentes valores para conducirse como President. Firmeza, templanza, honradez, valor, etc. Todo el pack, vamos, de valores protestantes de la clase media catalana, que, por otra parte, nunca suele tener en cuenta la clase media catalana cuando los necesita / le entra el sirocco.

El padre de Mas murió al poco de que su hijo llegase a President. En lo que quizá puede tener relación con su relación, Mas se pasó su primera legislatura, hasta que en 2012 cayó de la mula, explicando sus políticas –austeridad, facilidad de negocios con / en la Administración–, soltando imágenes marineras, relacionadas con timones, del tipo "la mar está incierta, pero tenemos que coger con fuerza el timón", superando el récord de imágenes náuticas por minuto, anteriormente en posesión de Popeye. Esa buena relación paterno-filial contrasta con un hecho anticatalán, extraño entre padre y primogénito, y que puede dibujar una desconfianza que, no obstante, no causó mella. Mas, el mayor de la familia, no era el hereu / heredero. O, al menos, no era el conductor y líder de los negocios familiares, guiados por un hermano menor. Pero le estoy renovando las células a Mas muy rápidamente. Vuelvo atrás.

Mas estudió en el Liceo Francés y en la Escola Aula, escuela catalana-espartana en la que coincidió el grueso del futuro centro-derecha catalán. Cursó estudios de Economía, en una época en la que en Barcelona, como recuerda en su fantástica autobiografía Armand Carabén –economista con abuelo identificado, socialdemócrata y responsable del fichaje de Johan Cruyff–, "se puso de moda que una empresa que se preciara tenía que tener un economista, no un contable". Mas hizo sus pinitos en el mundo de la empresa. Al parecer, no muy lucidos. En eso, tal vez, hay un rasgo familiar. Un hermano estaba en el consejo de administración de Panrico, cuyas inversiones dadas llevaron hace poco a una de las huelgas más salvajes de los últimos tiempos, y al posible fin de la egregia firma Donuts, a la que la media de obesidad infantil hispana tanto debe.

Primer trabajo y militancia

La dificultad para crear negocios boyantes se suele esgrimir como la razón de su entrada en el sector público y en la política. La militancia de Mas es poco romántica, por otra parte: su afiliación a CDC, y su primer trabajillo, como empleado montonero en una institución, a la que accedió por un amigo de su padre, y en la que llegó a ser Director General, coinciden en el tiempo. Fue en 1982, un año, recuerden, poco dado a las afiliaciones románticas a un partido. Fuentes cercanas a CDC defienden otro itinerario: Mas fue independiente hasta después de su primer cargo político, en los 90's. No obstante, se habla de una posterior vuelta de Mas a los negocios, ya en su etapa de político. Concretamente, a los negocios de Prenafeta –secretario general de la Presidència durante el primer Pujolato, diez añitos eternos; sus funciones nunca estuvieron muy claras, y se llegó a comentar que se centraban en la cosa business friendly; está encausado, junto con Macià Alavedra, otro peso duro de las primeras décadas del pujolismo, por el caso Pretoria–.

Esa relación mercantil Prenafeta-Mas acabó mal. Es decir, se comenta que Prenafeta perdió dinero, que no lo quería ver ni en pintura, y que Mas no perdió, sorprendentemente, su carrera política. Tal vez, incluso –ya lo verán en breve–, la intensificó. Según otras fuentes próximas a CDC, la relación empresarial con Prenafeta acabó en ruina total, pero con una amistad fortalecida. De hecho, es en este periplo con Prenafeta cuando conoce a otro miembro del staff de la empresa, Jordi Pujol Ferrusola, hijo de Jordi Pujol, un hecho determinante en su vida –llegaremos en breve–.

La llegada de Mas a la política se produce en el ámbito municipal de la Barcelona del Maragallato. Una época dura para practicar la oposición. Mas, no obstante, la practicó. Con un estilo propio. Si bien gris, sin nervio, funcionarial, era efectivo, aunque discreto y sin electricidad ni repercusión. Era el tipo que se leía las cuentas y encontraba el fallo de cinco céntimos. Maragall, una juerga, lo opuesto a esa manera de ser y de hacer, le denominaba, en la intimidad –Maragall era un político que creaba intimidad muy rápidamente– la "mosca collonera" –mosca, en catalán, significa mosca–. La ausencia de carisma y sus trabajos certeros, pero no brillantes, de alicatado político, le auguraban a Mas un futuro razonable, pero no esplendoroso. Era un político gris, en la parte más oscura y discreta de ese conglomerado de intereses que era CiU: el municipalismo barcelonés, una sucursal del negocio sin futuro mientras Maragall existiera.

Mas debía conocerse esa naturaleza y saber su recorrido como político cuando, sin rechistar, se traga los sapos que le caen desde arriba. El más llamativo fue no encabezar la lista municipal por Barcelona cuando, tras los JJ.OO., CiU decide apostar por Miquel Roca para disputar la alcaldía a Maragall. Mas no dijo ni mu. Recientemente, ha hablado en alguna entrevista del resquemor que le provocó todo eso. Lo que indica que es un hombre con un carácter sensible al resquemor, como todo el mundo, pero con cierta capacidad para que no se note. Y para no olvidarlo. Verbigracia, en 2006 no sólo negoció en secreto con ZP el recorte del Nou Estatut. Por el mismo precio, también negoció que sería el próximo President –sí, la democracia española es lo que es–, y que el PSC renunciaría a la opción presidencial –es decir, jubilaría a Maragall, esa rareza biológica– si sacaba menos votos que CiU. Y, en efecto, CiU sacó más votos que el PSC, pero el aparato del PSC –esta vez ya sin Maragall– decidió pasar de los acuerdos de sus superiores y reeditar el Tripartit. Mas se lo comió con patatas. Con esa cara de Imanol Arias que nunca cambia en el trance de modular tristeza, alegría, hambre o sueño. Rayos, he adelantado las células de Mas varios sexenios. Rebobino.

La recompensa de Mas por su trabajo de picapedrero municipal fue su entrada en la política autonómica. El primer paso fue discreto: entra como figurante en el Parlament de Catalunya. Es decir, es una recompensa, antes que en honor o en futuro, en metálico –a estas alturas no se sabe cuánto cobra un parlamentari català; tampoco, por cierto, se sabe lo que cobra un diputado; sólo se sabe que una parte no está sujeta a IRPF–. Era, en fin, una suerte de recompensa tipo PCUS.

En breve, tan solo unos meses después, en 1995, todo cambia. Le hacen, zas, conseller. Primero de Política Territorial y Obras públicas, una consellería muy agitada. Sus dos anteriores predecesores habían dimitido, en breve ínterin, por sendos casos de corrupción –uno, para situarnos, por tener en su segunda residencia la grifería de oro macizo, regalada por un constructor–. Quizás fue determinante en ese ascenso su mala relación con Prenafeta. Es decir, el hecho empírico de que fuera un tipo difícil de untar, o de relacionarse íntimamente con las cañerías de los ingresos de un partido y sus líderes. En breve, en 1997 es el conseller de Economía. En estas dos conselleries es donde, tal vez, se produce el producto Mas, que posteriormente tendrá éxito y progresión en CiU, ese partido vertical liderado por una sola persona, Pujol.

Ese producto consiste en una dualidad imposible en otra cultura. A saber: Mas es a) un tipo con cierta fama de sobrio y honesto. Me comentan compañeros que el paso de Mas por esas conselleries coincide con un giro amish en los gastos. Las comilonas con la prensa, por ejemplo, pasaron a comiditas o, incluso, menús. A su vez, b) en esas conselleries –ojo: Obras Públicas y Economía– es en las que se tuvo que tener conocimiento absoluto de la corrupción estructural de CiU. El producto Mas, tan valorado por su jefe en breve, consistía, pues, en no sacar tajada, como sus antecesores, de actividades fraudulentas, pero permitirlas, o mirar para otro lado cuando las tuviera cerca. En francés, mucho más gamberro, stur ería laissez-faire, laissez passer.

Algunas células de Mas de aquella época sobreviven en las del Mas actual, un tipo que permite fraudes, privatizaciones extrañas y beneficios a empresas vinculadas, pero que no parece participar directamente de todo ello. A modo de ejemplo de esa esquizofrenia –o de ese conocimiento certero de la naturaleza interna de un partido de la Restauración 2.0–, una fuente de CiU me comentó que, en su primera legislatura, Mas hizo una pequeña cruzada contra la corrupción, pidiendo atajar los casos de cobros de comisiones. La lucha estaba centrada en los usos de un personaje del partido, que parecía centralizar ese negociado. No obstante, en la siguiente legislatura, ese cuadro, que hipotéticamente realizaba su trabajo a pelo, fue aforado, algo que no puede suceder, en un partido vertical, sin conocimiento y decisión del líder. Pero Mas, por cierto, no siempre fue líder. De hecho, fue todo lo contrario. Retrocedamos varios ciclos celulares.

En 2001, Mas fue aupado a heredero del partido, de manera sorpresiva. Sorpresiva por dos razones. Se esperaba que el heredero fuera Duran i Lleida. Y se ignoraba, en general, quién era ese Artur Mas, un tipo que aburría a las ovejas, sin magnetismo, sin capacidades de líder. El acceso al liderato fue divertido. Es decir, ilustra el funcionamiento de un partido unipersonal, como lo era / es CiU. Mas entra en relación con el hijo mayor de Pujol, el homónimo Jordi Pujol, o Júnior, como le conocen en su casa. En ese momento, eran un secreto a voces las actividades económicas del hijo de Pujol, que al parecer –me apunta un empresario– hizo el primer duro a través de la creación de empresas homologadas por la Generalitat para inspecciones y servicios a las que obligaba, tachán-tachán, la Generalitat.

Como conseller en conselleries de alto riesgo, Mas debía de conocer esas actividades, de las que jamás, por otra parte –me dicen chicos de CiU–, se hablaba en un Consell Executiu de Govern, o en un Consell Nacional del partido. En un partido peninsular, en general, las grandes decisiones, en A o en B, no suelen pasar por sus instituciones internas. Bueno. De esa relación surgió una aproximación al clan Pujol. En una crisis familiar, la actitud de Mas por lo visto impresionó a Marta Ferrusola, esposa de Pujol y, aparentemente, otra empresaria paranormal. Para entender lo que significaba que Ferrusola se impresionara, para entender el poder y el ascendiente de esa mujer sobre la política catalana, bastan estos dos ejemplos: a) no permitía, y no permitió, que ningún político de CiU que se separara de su esposa tuviera carrera política, y b) no permitió que ningún político de CiU fuera homosexual, hasta tal punto que sólo tras la desaparición de Pujol ha habido convergentes homosexuales. Antes, eran solteros de oro con mucho autocontrol. Se dice rápido.

Mas, cuidadín, había entrado en el Pinyol –en castellano, el hueso de los frutos; el hueso de una aceituna o de un melocotón–, el mínimo común divisor de CiU: el matrimonio Pujol, sus hijos y algún escaso amigo íntimo. Pujol, que veía cercano el fin de su ciclo, y el de CiU, apostó por él. Moderadamente. Al parecer, lideraría el partido durante una previsible larga travesía del desierto. Y poco más. La idea, al parecer, era que ese tipo limpio, que permanecía limpio mientras veía sucederse la suciedad del partido y del Govern ante sus ojos, calentara el asiento de líder hasta que el cargo fuera ocupado por su sucesor natural, Oriol Pujol, hijo de Jordi Pujol, un tipo aún joven y que no se debería de quemar en los futuros tiempos duros. Nadie sospechaba que se quemaría del todo por el caso ITV, que apunta a ser un caso flagrante de venta de políticas. Su desaparición dejó a Mas como líder solitario y eterno de un partido que jamás esperó a un tipo como Mas.

Tipo como Mas, sinopsis: Mas ocupó el puesto asignado por Pujol –Conseller en Cap, una suerte de Jefe de Gobierno o de Primer Ministro; existió ese cargo durante la II República; es, tal vez, la única iniciativa o cita republicana adoptada por Pujol– sin frío ni calor, ni genio, ni aportaciones retóricas. En aquel tiempo lo entrevisté un par de ocasiones. Era un tipo fatigado. Tenía la pinta de pasarse horas y horas sentado, leyendo o escribiendo informes. Hablaba sin giros, sin imágenes, con fórmulas aburridas y espesas, sin alma. Las entrevistas eran difíciles de transcribir. Hablaba en periodos largos, repletos de subjuntivas inacabables. En ocasiones, desaparecía el sujeto o, después de fórmulas retóricas, el predicado. Zzzzzz. Era, en fin, un fruto del Pujolismo –importante: el Pujolismo consistió también en ofrecer cargos a personas que no tenían la capacidad para desarrollarlos; políticos, funcionarios, periodistas, escritores mediocres, fáciles de controlar por su terror a ser cuestionados. ¿Qué vio la esposa de Pujol en él? Seguramente, eso. Era el hombre que convenía. La esposa de Mas, por cierto, es lo opuesto a la esposa de Pujol. La conoció varios millones de células antes.

Antes, claro, tuvo otras novias. La más sonada, y si bien el amor es ciego, puede dibujar las afinidades electivas de un hijo de un fabricante acomodado en pleno Franquismo Pop, que en dos décadas acabará en el catalanismo conservador, un producto que no tenía mucha salida en la dictadura. Se trata de Margarita García-Valdecasas, hija de Francisco García-Valdecasas, Rector de la Universitat de Barcelona en los 60's, hombre del Régimen que pasó a la historia por la expulsión de 266 estudiantes afiliados al Sindicato Democrático de Estudiantes –entre ellos, Manuel Vázquez Montalbán–. Margarita, para situarnos, era hermana de Julia García-Valdecasas, diputada por el PP, Delegada del Gobierno en Catalunya bajo el Aznarato –su nombre artístico, Julia García-Vaytecasca–, y ministra.

Sea como sea, Mas conoció a su esposa, Helena Rakòsnik, en una boda. La acompañó a su casa en su 600. Tres años después, se casaron. Era maestra. Pero unos pocos años después del primer trabajo de Mas en el sector público, también empezó a trabajar como funcionaria en una institución pública, subsector marketing, esa cosa que no se estudia en magisterio. Rakòsnik no modula accesos, políticas y mandangas sobre Mas, como su antecesora. Pero es un ser importante. La actitud de ellos en público es importante, e informa sobre lo que puede pensar y sentir este hombre que verbaliza poco y que tiene un núcleo íntimo-político muy reducido, de no más de cinco personas, me dicen, de las cuales una es su esposa. Yo, siempre que me toca cubrir algo, la observo. Esa mujer, se diría, odia a CiU. No da su mano con cariño a los dirigentes, pasa de demostraciones de afecto, fulmina con la mirada a dirigentes que hablan en público o que se dirigen a ella. No exhibe poder, sino desprecio. Quizás por los sapos tragados. O quizás por los sapos que le quedan por tragar, es decir, por cosas que sabe y que le inquietan. Ni idea.

Mas, a su vez, suele hablar con ella en público, de manera imperceptible. Recuerdo un mitin en 2010. Era el mitin final de una campaña que prefiguraba la futura victoria de CiU y el fin del segundo Tripartito. En un momento dado, Mas habló de la Travesía del Desierto, ese periodo en el que CiU, por primera vez en su historia, no tuvo acceso al poder autonómico. Habló de los sufrimientos padecidos. En eso, vi que ambos dos se miraban. Su mirada establecía un puente sólido entre ellos. Hablaban en clave, o aludían a un registro íntimo. Estaban llorando, emocionados. ¿De qué sufrimientos hablaban? ¿Dinero? ¿Humillación? ¿Sapos? ¿Qué sufrimientos comparte un matrimonio cuando él no gana unas elecciones en dos ocasiones? Ni idea. Pero no mola, supongo. Adelantemos el ciclo celular. Vayamos a 2012.

Un Mas que había ganado varios enteros en retórica parlamentaria, pero que seguía siendo un ceporro en retórica periodística, o coloquial, decide adoptar el Procés como política. Es ciertamente una pirueta. Una pirueta más retórica que política, pues el Procés, en su tramo gubernamental, no se traducirá en nada, salvo en una mayor facilidad para adoptar la austeridad, y en una desvinculación de CiU respecto de su pasado e, incluso, de su presente. ¿Tenía las herramientas suficientes para realizar esa pirueta lingüística? Todo apuntaba a que no. Sí, conocía al dedillo la cultura del poder en España. Posiblemente, su conocimiento de ella era su único patrimonio. En eso, Mas no se diferencia de los líderes españoles 2.0 y 3.0 –Rajoy, Sánchez, Rivera...–, que acceden al poder interno, y se mantienen en él, con el único conocimiento de los mecanismos culturales del poder en España desde 1978, de los que deben de ser virtuosos.

Ejemplo de virtuosismo: cuando el president Maragall denuncia el cobro de comisiones del 3% por parte de CiU, Mas responde defendiendo no sólo a CiU, sino a todo un sistema de usos y reglas que implican también al PSC o al gato. "Supongo que es consciente de que ha enviado al traste la legislatura. Le exijo que retire su comentario", contestó, escuetamente Mas, diciéndolo todo sin decir nada. Maragall, en efecto, lo retiró en su siguiente turno de palabra. La respuesta de Mas no difiere en nada, salvo en su menor brutalidad, de la ofrecida por Pujol en la comisión parlamentaria que investigaba al ex-President y a su familia millonetis: "Si agitamos la rama de un árbol, no sólo romperemos la rama, sino el árbol entero".

Tradición 78

Mas, vamos, se sabe en una tradición –más amplia que CiU; podría denominarse Régimen del 78– que debe de defender. La otra tradición que domina es la del catalanismo, otra escuela retórica. Pero su dominio era sensiblemente menos afinado. Recuerden que había perdido dos elecciones: una contra Maragall, un catalán con abuelo, pero poco vinculado al catalanismo espiritual e identitario de CiU, y otra contra Montilla, su paralelo en el PSC –un tipo gris, sin retórica ni sueños; otro picapedrero–. Esos fracasos, por cierto, hubieran supuesto sendas dimisiones en otra cultura democrática, salvo la española –recuerden a Rajoy, otra vida paralela, en ese sentido–. Desde 2011, con el 15M rampante, su dominio de los recursos retóricos del Régimen ya no le son suficientes para sobrevivir. Como los de su catalanismo. Es entonces cuando realiza su ulterior renovación celular, imprevista. Mas elabora, oralmente, la centralidad del discurso catalanista, independentista a ratos. Decide cuál es el juego y cuál es el campo de juego. No es cuestionado por nadie. Y supera pruebas que nunca había superado. Las entrevistas con periodistas no acólitos no son, por primera vez, un problema. En breve, podrá torear a periodistas como Ana Pastor. Sabe lo que le van a preguntar, y sabe lo que va a responder. Sabe cómo neutralizar. Domina los marcos, vamos, y la cultura de sus entrevistadores, que es la suya. Sólo tendrá problemas con Mònica Terribas, periodista de TV3. Sí, sorprendentemente, Terribas ya no le toreará con la facilidad de antes, pero aún podrá ponerle en aprietos. Como en una entrevista de 2014, en la que Terribas le preguntó si se sentía limpio de corrupción –es curioso, pero ningún otro periodista le ha preguntado eso, tan sencillo–, y él no respondió, guardó un silencio eterno –demasiado– y luego dijo: "Yo creo que sí" (silencio). "Bueno, a lo mejor me he equivocado en alguna cosa" (silencio). "... Pero yo creo que sí".

¿De dónde ha nacido su dominio lingüístico y de ideas? Ni idea. Pero ha sido de manera rápida. Sí, se comenta que ha sido asesorado por David Madí, una de las personas de su reducido círculo íntimo. Pero contrariamente a lo que señalan sus palmeros, Madí no es un genio. Es más, fue el responsable de las dos elecciones fallidas de Mas. La última, un despropósito de campaña, calcada del PP coetáneo, en el que se hablaba del Tripartit como anti-catalán. Madí, por cierto, abandonó oficialmente la política después de la victoria de Mas. Está en el Consejo de Endesa. Hay, pues, contacto Mas-IBEX. Como los hay, por otra parte, con el PP. El mito de la falta de comunicación durante el Procés es, eso, un mito. Los medios, desde luego, han ayudado en su personal revolución lingüística. Los medios de empresas anti-Procés, publicitando un Procés que no existía. Es decir, cediendo la retórica a Mas. Y los medios del Procés buscando y encontrando significados donde no los había. Es decir, creando la retórica de Mas.

También ha habido construcciones propagandísticas imposibles en otra cultura europea. Ni siquiera en la española, que tanto ha renovado la disciplina propagandística desde 1978. Coincidiendo con momentos históricos, que lo cambiaban todo –no ha cambiado nada en Catalunya, salvo la austeridad–, Mas aparecía en la Plaça de Sant Jaume, separado de cientos de manifestantes por una valla –Mas no tiene libertad de movimientos; hay amplias zonas del territorio en las que su impopularidad le impide un desplazamiento tranquilo–, rodeado por su núcleo y algún catalonian muñozmolinette. La pregunta del millón es si Mas participa con la fe en su explosión retórica. ¿Cree en lo que dice? En esta campaña, en la que se declara abiertamente, y por primera vez, independentista, adoptando, también por primera vez en su vida, una retórica electrizante, ¿cree lo que dice? ¿Tiene células independentistas?

Cinismo humorístico

¿Miente? Es imposible verificar su cinismo. No lo emite en el Consell Executiu ni en los órganos del partido. Por lo visto, ahí sólo se ha choteado de una cosa: la facilidad con la que se llevó a Junqueras / ERC al huerto –tras emitir una carcajada, dijo que pensaba que le costaría más tiempo–. De emitir cinismo, lo hará en su núcleo. Un militante me ha hablado de golpes de cinismo humorístico –es decir, de ausencia de fe–, con Francesc Homs –conseller de Presidència, y miembro de su pinyol–. Pero si no te dicen el chiste entero, no te lo puedes creer del todo. En todo caso, la sensación es que cuando habla en un mitin, ese hombre no miente. Eso no significa que no diga mentiras. Estoy convencido de que, por ejemplo, Acebes, a media mañana del 11M, no mentía, se lo creía, se lo tenía que creer. Eso pasa mucho en políticos y, he leído también, en maridos que vuelven tarde a casa, pues había trabajo en la oficina.

¿Qué le pasa a Mas cuando, después de haber lanzado emisiones claras de que no va a haber una DUI –Declaració Unilateral de Independència–, luego coge el micro ante una masa enfervorizada y dice lo contrario? ¿Calentón? ¿Posesión del personaje? ¿La tentación momentánea de pasar a la historia como algo más que uno de los mayores recortadores y contrarreformistas europeos? ¿O es presión sobre todas sus células? Aquí cabe decir que Mas es una de las personas más presionadas del momento. Le presiona su discurso, tan alejado de sus obras, y que tarde o temprano deberá ser verificado, provocándose con ello una suerte de 11M catalán. Pero también le presionan cosas más enojosas. El IBEX, la institución que más se ha movilizado contra la propuesta, gaseosa, de Mas –mucho más que la Monarquía, el PP, el PSOE, o C's–, debe de haber presionado lo suyo. Incluso con la presión favorita del IBEX: el cargo y el regalo. El CNI también debe de hacer lo suyo. Es previsible que Mas y su entorno, esta mañana a primera hora, tengan controlado su pasado y su presente. CDC, de la que está huyendo, puede caerle encima, por otra parte, en cualquier momento. Algo peligroso para un hombre que no supo contestar a una periodista si era o no corrupto.

Mas, en fin, no tiene garantizada una estatua en cada plaza de Catalunya. Incluso ahora, en plena ola de propaganda, es más fácil prever su olvido que su reconocimiento público. Todos esos cócteles de células que han tragado sapos, que han luchado por su futuro personal, que han renovado, formalmente, el catalanismo, que quieren huir de un pasado sin cuidar mucho el futuro –algo, por otra parte, propio de las huidas hacia adelante– son unos cócteles celulares explosivos.

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1 Comentarios
  • manel 55 manel 55 23/10/15 01:00

    con este tipo es con el que quieren hacer una nacion, apañados van los catalanes, a mi como valenciano me daria verguenza intentar lo mismo con camps, barbera, fabra y compañia, vade retro

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