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Tres postales sobre Michi Panero

Luis Felipe Torrente (Ctxt)
Publicada el 17/03/2016 a las 06:00
El escritor Michi Panero.

El escritor Michi Panero.

1. Aquel verano del desencanto

Era el verano de 1975. O quizá del 76 y tal vez todavía primavera. Tenía ocho o nueve años. El hijo de mi medio hermana menor, rubio, tendría siete u ocho años. O quizá también nueve. Era la primera vez que me separaba de mis padres y de mis seis hermanos.

En el tren había jóvenes con pañuelos rojos al cuello, banderas también rojas y puños cerrados en alto. Si iban a Torrelodones y cantaban La Internacional, sería mayo del primer año de un tiempo nuevo. En la estación de Villalba o en la de El Escorial nos esperaba un Dodge. Espectacular. Lo manejaba, siempre divertida aunque melancólica, Anita Martín Gaite. Nos dejó en El Boalo. Aroma de bosta. Vacas por doquier. En la tienda vendían a granel aceitunas de Campo Real. Un taxista se hacía llamar El Gallo.

Al mequetrefe que se nos unió la primera tarde de correrías infantiles se lo llevó por delante, en la cuesta arriba, un Simca 1200. Lo primero fue un susto morrocotudo: el coche había seguido como si nada sin dejar atrás ni un cadáver, ni siquiera un tullido. Lo segundo fue el apoteosis del escapismo: el vehículo paró doscientos metros después y de los bajos apareció, como cualquier recién llegado, aquel chavalín. Indemne. Se había agarrado a los ejes, con la espalda a un suspiro del suelo.

La casa tenía cocina, tres habitaciones y vajilla de duralex. También salón con chimenea, sofá granate de cuero imitación y cuadros de ciervos abrevando. Sobre la cama de la habitación pequeña, desnudo y largo, con un matorral de pelos entretapando la polla, y la cabeza rizada y negra, estaba Michi. Fumaba. Entonces no sabía que se llamaba José Moisés Santiago ni que se apellidaba Panero Blanc.

Qué hacía allí aquel joven ni lo supe ni lo sé ni me importa.
Sí sé que la primera mañana de aquellas vacaciones nos quedamos solos los tres. Nos convocó en el salón. Nosotros desayunábamos sobre el sofá y la mesilla baja de cristal y hierros pintados de cobre viejo. Debajo de los ciervos. Él apareció con un vaso de duralex y una cubitera rebosante. Introdujo el brazo en el tiro de la chimenea y sacó de lo oscuro una botella de Gordons. O quizá fuera MG.
Ante los dos niños se desplegó un monólogo fascinante, interrumpido de vez en cuando por algunas preguntas de seguimiento.

Contó que había rodado una película. Una larga conversación con su madre y sus hermanos Juan Luis y Leopoldo María. Varias localizaciones. Sentados y paseando. Solos y acompañados. En espacios abiertos y cerrados. Bebiendo y hablando. El primer montaje acababa de terminar. Nueve horas que había que dejar en menos de dos. Esa parecía su tortura aquellos días.

Habló de muchas cosas durante muchas horas ante nosotros. Pasmados y fascinados. Al menos yo. Tenía una extraña forma de traer a colación a dios, la familia, el país, los nombres propios, su familia, la nuestra, el pasado antiguo o el reciente, el presente, la vida misma.

No hubo tiempos muertos. Su aliento se iba cargando de alcohol y tabaco. Sus ojos cogían brillo. Su lengua se afilaba. No había gestos ni silencios ni palabras baldíos. Todo encajaba en aquella escena. Su cerebro hervía a 40% Vol.

La película trataba de su padre, de su madre. De sus hermanos. De él. De su familia. De todas las familias. Una pelea de gallos. Hablar, beber, amar. Hablar, beber, amar y blasfemar. Un beso y una hostia. España. Patria y poesía. Una ensalada de palabras aliñada con ginebra y nicotina.

Aquello duró varias horas. Avanzada la tarde se acabaron los cigarrillos, la botella, el hielo y la conversación.

Apareció mi medio hermana y él desapareció minutos antes de que un Dyane 6 naranja apagara su motor al pie de la casa, junto a las vacas estabuladas. Lo conducía el padre de mi sobrino. Mi medio hermana menor había tenido tiempo de aleccionarnos mientras lavaba el duralex, secaba la cubitera y tiraba aquel casco de MG, o quizá de Larios: hemos estado solos. Nosotros tres. Nadie más.
Ni sé por qué ni me importa. Obedecimos.

2. Ajo, duralex y ginebra

Superaba la tardoadolescencia y el acné insistente paseando por los acantilados de la playa de Ajo. Entonces aquello era un desierto de arena, rocas, viento, llovizna y espumarajos marinos. Tres o cuatro construcciones anunciaban la inexorable destrucción del paisaje. Aquella primavera invernal se cernía sobre el anuncio de un verano desde el que se veía, al fondo del horizonte, el final de la década de los 80.

No era todavía mediodía cuando dejamos atrás, entre los juncos, la minúscula tienda de campaña que nos había facilitado dormir lo justo. A mí y a ella.

Subimos el promontorio hacia la playa Antuerta.

Entonces aparecieron allí abajo. Eran tres. Dos hombres y una mujer. Caminaban por la playa siguiendo el curso final del arroyo de la Bandera hacia la orilla del mar. A media playa uno de los hombres se desvió hacia su izquierda y caminó solo los cincuenta metros que le separaban del chiringuito de listones azules y blancos.

Su forma de caminar entre la arena me dio la pista.

Inmediatamente llegó la confirmación: aquel hombre cruzaría con el camarero las palabras necesarias para que segundos después ocurriera lo que, desde lo alto de mi miopía, divisaba con nitidez de adivino: un vaso de duralex, rebosante de hielo, iba siendo colmado de ginebra hasta el mismo borde.

3. El difunto Hispano

Sería un mediodía del año 96. No estaba Anita Martín Gaite pero todavía estaba Carmiña. Y Hermann, con pajarita. Mi medio hermano mayor presentaba un libro con doce de sus cuentos ejemplares.

Al final de la escalera del difunto Hispano, contra la pared, arrellanado en una silla de ruedas, recibía Michi. Aún vivía y fumaba. Pero ya no caminaba. Sorteando la bulla me presenté ante él.

Soy aquel niño. Lo recuerdo todo como si acabara de ocurrir. El vaso de duralex, los hielos, la ginebra, El Boalo. Por cierto, aquel de la playa de Ajo, ¿eras tú?

Anda, pídeme una copa y hablamos.

Y hablamos. Y le dije que recordaba aquel día de verano, o quizá del ocaso de una primavera, como el del fin de mi inocencia.


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Michi Panero nació en Madrid el 14 de septiembre de 1951 y murió en Astorga, León, el 16 de marzo de 2004.



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