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Crisis de los refugiados

El Mediterráneo y el naufragio moral

  • Capítulo final de Los Tyrakis. Una saga familiar para entender la crisis griega (Galaxia Gutenberg)

Ana R. Cañil | Joaquín Estefanía (Ctxt)
Publicada el 31/03/2016 a las 06:00
El Mediterráneo y el naufragio moral.

El Mediterráneo y el naufragio moral.

PEDRIPOL
El Mediterráneo es la frontera más desigual entre dos mundos. La renta per cápita de la Unión Europea es 14 veces superior a la de la media de los países de la frontera sur del mar. Ni siquiera la frontera entre Estados Unidos y México es tan disímil en renta, riqueza y bienestar. En el espacio euromediterráneo, el 90% del comercio se da entre miembros de la Unión Europea, el 9% entre el norte y el sur del mar, y sólo el 1% restante entre los países árabes. Con estos datos apenas haría falta explicar nada más. A pesar de que Europa permanece, después de una colosal crisis económica, en una especie de 'estancamiento secular', los refugiados siguen llegando a ella, porque las fuerzas del terrorismo siguen avanzando y porque las diferencias, agrandadas por los medios de comunicación de masas y las redes sociales, son espectaculares.

Ninguno de los dos sectores geográficos, ni Europa ni los países árabes, han tenido una estrategia nítida para el Mediterráneo. La crisis de los refugiados es el ejemplo más claro de ello, pero ni mucho menos el único. Hace dos décadas, en 1995, 15 miembros de la Unión Europea y 12 países ribereños firmaron la llamada Declaración de Barcelona, por la que se activaba un espacio común de paz, seguridad y prosperidad en el Mediterráneo. En 2008, cuando los tambores de la crisis llegaban importados a Europa desde Estados Unidos, la Unión Europea creó la Unión por el Mediterráneo, una institución formada por 43 países que debía servir para impulsar el desarrollo y evitar las guerras que hoy han convertido el Mediterráneo “en un mar de muerte y desolación” para cientos de miles de personas en la región “más violenta, menos integrada y más desigual del mundo”, en palabras de Federica Mogherini, jefa de la diplomacia europea. De vez en cuando, alguna voz resucita la idea de financiar un Plan Marshall (dinero de Estados Unidos para la reconstrucción de los países europeos tras la Segunda Guerra Mundial y para alejarlos del fantasma del comunismo), pero es muy difícil creer tan sólo en la retórica, en declaraciones solemnes, pero vacías de contenido. El presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, defendió en más de una ocasión que había que “hacer una gran operación en África pilotada por la Unión Europea para que se luche eficazmente contra la pobreza y se respeten los derechos humanos. Porque mientras la gente no pueda comer en su país y llevar una vida digna va a venir aquí, porque usted lo haría y yo también”.

De acuerdo. Sin embargo, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) de España ha bajado entre 2012 y 2015, cuatro años de legislatura de Rajoy al frente del Gobierno, un 60%. Según el Índice de Compromiso con el Desarrollo, elaborado por el Center for Global Development, los cinco países más comprometidos con la AOD son Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia y Holanda; los cinco que menos se comprometen son Japón, Corea del Sur, Grecia, Suiza y Eslovenia. España está en el decimotercer puesto de 27 países escrutados.

Durante mucho tiempo no han existido apenas vías legales para los refugiados en Europa. Éstos no se marchan de los países en guerra con un certificado de tortura en la boca, firmado por el jefe de policía de su zona. Quiere decirse que, en la mayoría de los casos, hay pocos papeles que presentar en los países de acogida. No hay trechos legales para muchos desplazados, sean de la nacionalidad que sean. Quienes quieren pedir asilo en la Unión Europea tienen que llegar antes de forma ilegal, en barcos de contrabando, ocultos en furgonetas o en vuelos comerciales con pasaportes falsos. En muchas ocasiones, la Unión Europea ha devenido en una especie de fortaleza reactiva a la llegada de tantas personas, que multiplica las condiciones que han causado tantas muertes en sus fronteras exteriores. A pesar de ello, los refugiados escogen la peligrosísima ruta del Mediterráneo porque se van cerrando las fronteras terrestres.

En un informe titulado Miedo y vallas, publicado en otoño de 2015, Amnistía Internacional indicaba que los Estados miembro de la Unión Europea habían construido ya entonces 235 kilómetros de vallas en las fronteras de la región (y seguían construyéndose otras), siempre para dificultar la movilidad de los refugiados. Entre ellas:

– 135 kilómetros entre Hungría y Serbia.
– 30 kilómetros entre Bulgaria y Turquía (que se ampliarían con 130 kilómetros más).
– 18,7 kilómetros en Ceuta y Melilla con Marruecos.
– 10,5 kilómetros en la unidad periférica de Evros, a lo largo de la frontera entre Grecia y Turquía.

Amnistía Internacional demandaba que se establezcan rutas gestionadas, seguras y legales de entrada a Europa, así como procesos de selección justos, eficientes y rigurosos que cubran las necesidades de las personas refugiadas. Mientras haya violencia y guerra, sentenciaba la ONG, seguirá viniendo gente. “Cerrando con vallas las fronteras terrestres e intentando que los países vecinos como Turquía y Marruecos actúen como filtro, se ha negado a los refugiados el acceso a los procedimientos de asilo, se ha expuesto a refugiados e inmigrantes a malos tratos y se ha empujado a la gente a emprender viajes por mar que les pueden costar la vida”, termina el análisis de Amnistía Internacional.

El intelectual alemán Hans Magnus Enzensberger, al recibir el Premio Schirrmacher, dictó una conferencia sobre el éxodo de los refugiados y sus muros, en la que hizo la siguiente reflexión:
Elisabeth Vallet, una observadora de Montreal, publicó en 2014 una investigación sobre fronteras, vallas y muros. Pudo demostrar que, desde la caída del Muro de Berlín, el número de muros no sólo no ha disminuido sino que ha aumentado en todo el mundo. La “barricadización” no se ha frenado o atenuado desde la Guerra Fría; antes al contrario, se ha estimulado. Entre 1989 y 2014 se han levantado un mínimo de 6.000 kilómetros de construcciones de este tipo, en la frontera de Estados Unidos con México, pero también en Israel, la India y España. Arabia Saudí proyecta, al parecer, un muro de miles de kilómetros de longitud para protegerse de Yemen; Túnez planea fortificarse contra el caos libio; Estonia desea asegurar su frontera oriental con una larga valla; Tailandia quiere cerrar el paso a los musulmanes radicales malasios; y la India tiene proyectada una línea de 2.900 kilómetros para defenderse de Pakistán. También los gobiernos europeos están intentando reducir, a la vista del crecimiento velocísimo de población y sirviéndose de todas las artimañas posibles, la afluencia de inmigrantes mediante el desánimo, las normativas, los controles y las expulsiones. Los eslovacos temen las mareas provenientes del caos de Ucrania; los checos se parapetan contra la llegada masiva de emigrantes de los Balcanes; Hungría ha levantado una valla en la frontera con Serbia y su mayor deseo sería aislarse completamente, y los británicos se arrepienten de haberse dejado convencer para construir un túnel bajo el canal de La Mancha. En todas partes surgen partidos contrarios a la inmigración que quieren convertir Europa en un fortín.

Los refugiados van a cambiar Europa del mismo modo que los emigrantes europeos transformaron Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX. El papel de los líderes europeos, como en tantos otros aspectos, ha de ser guiar a los ciudadanos en la dirección correcta, no correr detrás de los acontecimientos. Habrá dos problemas que solucionar: qué hacer con los que ya están dentro y qué hacer con los que van a seguir viniendo, pese a las trabas que se les impongan. El sueño europeo, desvanecido, del comisario europeo de Inmigración es la renacionalización europea. La capacidad de absorber oleadas migratorias étnicamente diversas y convertirlas en una fuente de progreso económico requiere de una economía en crecimiento y de sociedades abiertas y predispuestas a la integración. La renacionalización es justo lo contrario.

El “emprendedor, humanitario y aventurero” (según autodefinición en su cuenta de Twitter) Christopher Catrambrone, que creó la Migrant Offshore Aid Station (MOAS) –una estación de ayuda en alta mar para salvar la vida de muchos refugiados– y que invirtió una fortuna en drones con ese objetivo, escribió un artículo en The Guardian en el que afirmaba que después de los atentados de París y del alarmismo político que los siguió volvió a ponerse en peligro a los refugiados, porque la tragedia de quienes tratan de escapar por mar del terrorismo se minimiza con acusaciones vitriólicas, la construcción de muros y el miedo de que estos refugiados vengan a matarnos. Muchos están simplemente escapando de las guerras en Oriente Medio. Pero incluso cuando están atrapados entre el enfado europeo y la violencia que los echó de sus países, los refugiados siguen surcando los peligrosos mares.

Según las estadísticas recopiladas por la MOAS, el ahogamiento de hombres, mujeres y niños que escapan de la guerra, la pobreza y de las opresiones es un hecho diario: desde agosto de 2014, esta ONG habría rescatado al menos a 12.000 personas del agua. Catrambrone terminaba su reflexión en el periódico británico recordando que la Unión Europea prevé que tres millones de refugiados e inmigrantes llegarán a su territorio hasta 2017, y que esto tendrá un impacto positivo que estimulará la economía. La realidad es que esta gente contribuirá, y no quitará, nada a nuestra economía. Sí, será difícil al principio, pero ellos se están convirtiendo en parte del futuro de Europa, nos guste o no.

Algunos han sostenido que la crisis de los refugiados ha evidenciado otra de un ámbito diferente, la de la Unión Europea: su naufragio moral. Una publicación digital (ctxt.es) lo definió del siguiente modo:

 
En esto consiste el naufragio moral de Europa. En que todo el mundo sabía lo que estaba pasando, lo que está pasando y sus consecuencias en una población civil inocente y teóricamente protegida por tratados internacionales y que, pese a ello, no se han tomado las medidas necesarias para socorrerles. Peor aún, se permitió que se extendiera en parte de la opinión pública una imagen completamente distorsionada de “asalto”, “invasión”, “desbordamiento”, completamente alejada de la realidad (3).



Según la CEAR, a finales de 2013, los países en vías de desarrollo acogían al 86% de las personas refugiadas en el mundo. Además de esa imagen se multiplicaron las alambradas, las concertinas (alambres de púas o alambre de cuchillas) y los guardas armados con porras. Europa, decía la publicación digital ctxt.es, no se dotaba de medios para acabar con su propia crisis porque impera un pensamiento único que niega que sea posible crear los recursos necesarios para afrontar y remediar situaciones crueles e inhumanas. Ese pensamiento inflexible está alentando ciegamente el nacionalismo, la insolidaridad con los más débiles y la xenofobia y [...] está llevando a Europa a un naufragio moral con millones de ciudadanos incapaces de levantar su voz ante los actos de inhumanidad y barbarie que se cometen en su nombre.

¡Acojamos a los refugiados! ¡Dejen de avergonzar a los ciudadanos!, fue el título de un manifiesto firmado por centenares de intelectuales y promovido por ctxt.es, que resume estas tesis y esta posición crítica hacia una Unión Europea, incapaz de abordar los grandes problemas políticos de nuestro tiempo:
Creemos que existe un deber jurídico de asistir a los refugiados que huyen de países en guerra o que están sometidos a regímenes violentos. [...] No se trata de un problema de bondad ni de solidaridad ciudadana (aunque sean muy valiosas), sino de respeto a las normas establecidas por tratados internacionales [...]. Exigimos al Gobierno español que deje de avergonzar a sus ciudadanos. Los refugiados se ahogan por centenares frente a las costas europeas, pero somos nosotros quienes estamos naufragando moral y políticamente, incapaces de levantar la voz ante actos de inhumanidad y barbarie como los que se cometen en nuestro nombre.

La reflexión abordada inicialmente en este capítulo –los límites de la solidaridad en la pobreza– se retoma en las últimas líneas de este libro. La austeridad y la llegada de los refugiados por centenares de miles están poniendo a prueba a la sociedad griega, convertida a su pesar en el principal laboratorio social y político del inicio del siglo XXI. Un pequeño país de 11 millones de habitantes, cuna de la democracia, sospecha que algo puede pasar y no tiene por qué ser necesariamente bueno. Europa está interpelada directamente en las soluciones. No puede abandonar a su suerte a unos ciudadanos que forman parte de ella. Que la crearon.

Lo que ocurra allí es un presagio de lo que puede suceder en otros lugares.


Los Tyrakis. Una saga familiar para entender la crisis griega. Ana R. Cañil y Joaquín Estefanía. Galaxia Gutenberg, 2016.


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