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Un rayo de sol español en California

  • A través de las misiones, las costumbres españolas se mezclaron en el estado de EEUU con las formas de vida y técnicas de los pueblos indígenas
  • Se trata de un complejo mestizaje que se llamó californio, y que integró a los descendientes de españoles, mexicanos y nativos de la región

DAVID GARCÍA CASADO
Publicada el 06/09/2013 a las 06:00 Actualizada el 05/09/2013 a las 22:14
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San Juan de Capistrano, en California.

San Juan Capistrano, en California.

LEILA JACUE
Para un español viviendo en Nueva York, viajar en California supone un extraño encuentro con lugares, nombres, costumbres y climas sumamente familiares. Todo el mundo reconoce la influencia hispana en la costa Oeste pero Esta es asociada principalmente a su proximidad con México. Lo que encontramos en realidad es la extraña mezcla producida por la adaptación y fusión de los españoles en la Baja California con el entorno mexicano e indígena y cómo todos ellos empujaron costumbres y religión siguiendo el corredor occidental de los Estados Unidos. Un proceso de colonización en el que las misiones tuvieron en la región un papel fundamental introduciendo las formas de civilización de Europa del sur, la religión y la lengua obviamente pero también las formas de cultivo, la arquitectura y las estructuras de gobierno.

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Frailes españoles como Junípero Serra fueron de gran importancia integrando de un modo relativamente pacífico las costumbres europeas con las formas de vida y técnicas de los pueblos indígenas que se avinieron con los misioneros, creando una interesante mezcla que quizá hoy en día sea difícil de separar y de asociar a un lugar en concreto. Se trata de un complejo mestizaje que se llamó californioy que integró a los descendientes de españoles, mexicanos y nativos de la región y que llevan apellidos de origen español como los Pico, Sepúlveda, Verdugo… hoy nombres de emblemáticos bulevares de Los Ángeles y San Diego.

Cerca de San Diego se encuentra uno de los primeros asentamientos misioneros que Fray Junípero puso en funcionamiento en sur de California: San Juan de Capistrano. Un pueblo que es conocido destino turístico en la región porque allí se conserva y se mantiene viva la historia más antigua de una región tan relativamente reciente como lo es el oeste americano. Visitamos la misión, reconvertida en un museo, que consiste en una propiedad donde los frailes y unos pocos soldados vivían, cultivando las tierras, predicando y oficiando servicios religiosos. Una comunidad apacible en torno a la cual se desarrollaría todo un pueblo. En ese mismo asentamiento se introdujeron los primeros cultivos de la llamada “uva misión” que se consideran el origen de la cultura vitivinícola que luego se extendería a la alta California.


San Juan Capistrano / LEILA JACUE

No muy lejos de ahí a pie, cruzando las vías del tren que viaja desde San Diego a Los Ángeles, encontramos la calle Los Ríos, un barrio residencial histórico considerado el más antiguo de toda California y en la cual se sitúa la villa llamada Adobe Los Ríos, la primera residencia que data de 1794 y que fue construida por Santiago Ríos, un soldado que llegó de España en 1780 para trabajar como soldado en la misión. Se trata de una pequeña vivienda de cuatro dormitorios, sala de estar, cocina y baño hecha de adobe donde hoy por hoy sigue viviendo uno de sus descendientes, nueve generaciones después. Justo al lado, en la misma calle encontramos Adobe Montañez, casa que a mediados del siglo XIX habitó otra leyenda del lugar, Doña Polonia Montañez, matrona de la comunidad y ayuda espiritual en tiempos difíciles.

Por alguna razón se siente en ese lugar, en esa misma calle, una calma que no encontramos en ninguna otra parte, como si el emplazamiento hubiera escapado de la violencia de la historia para constituirse un ejemplo de comunidad tan profundamente arraigado y valioso como para que una misma familia permanezca en la misma casa durante nueve generaciones, las golondrinas sigan retornando cada año y la vida prosiga de un modo no muy distinto a como lo hacía en el siglo XIX. Pero lo que resulta más fascinante es que en una época donde la nacionalidad y la identidad parecen ser cuestiones de vital importancia, estas personas representan y defienden modelos de identidad propios, no vinculados a naciones sino al territorio que desarrollaron y crearon juntos y a las comunidades que los mantienen vivos, generación tras generación.

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