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Festival de Cannes

El cine francés fracasa en Cannes por partida doble con Godard y Hazanavicius

  • Tanto Adieu au langage como The Search han defraudado en la competencia del Festival, donde incluso buena parte de la propia crítica francesa les dio la espalda
  • La película de Hazanavicius es bienintencionada pero desmedida y a la vez carente de fuerza, mientras que Godard queda hundido en su propio mundo de imágenes y sonidos inconexos, pretenciosos y vacuos

NOTICINE / INFOLIBRE
Publicada el 21/05/2014 a las 19:27 Actualizada el 21/05/2014 a las 19:28
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El director Michel Hazanavicius junto a su mujer, la actriz francesa Bérénice Bejo.

El director Michel Hazanavicius junto a su mujer, la actriz francesa Bérénice Bejo.

IAN LANGSDON
Dos películas de directores franceses, uno considerado maestro desde hace medio siglo, Jean-Luc Godard, y otro de reciente reconocimiento gracias a la ganadora del Oscar The Artist, Michel Hazanavicius, han defraudado este miércoles en la competencia del Festival de Cannes. Incluso buena parte de la propia crítica francesa les dio la espalda. El primero, bienintencionado pero desmedido y a la vez carente de fuerza, y el segundo, hundido en su propio mundo de imágenes y sonidos inconexos, pretenciosos y vacuos.

Tras triunfar en todo el mundo con una entrañable copia de una película muda de los 20, The Artist, el francés Michel Hazanavicius ha usado el dinero que ahora llegaba abundante para hacer toda una superproducción que nada, pero nada, tiene que ver que aquella película sobrevalorada, pero agradable de ver. No es comedia, es drama... o incluso tragedia. The Search, filmada en inglés (que vende mucho más), está inspirada por una vieja cinta de Hollywood, Los ángeles perdidos (The Search) (1948), de Fred Zinnemann, pero ha cambiado el hiperfilmado conflicto mundial por la mucho más silenciada guerra de Chechenia, la segunda, la del 99. Al fin y al cabo, todas las guerras son iguales: se sufre y se hace sufrir, no importa dónde ni cuando. La humanidad se purga y exuda toda esa pus de maldad que bulle en su interior y las buenas almas son incapaces de frenar.

Hay cuatro protagonistas e historias que se entrecruzan, una enviada de la Unión Europea (la argentino-francesa Bérénice Bejo, esposa del director y protagonista también de The Artist), un niño checheno perdido entre los refugiados cuyos padres han sido asesinados por los rusos, su hermana, que lo busca, y un joven ruso de 20 años movilizado para ahogar en sangre la revuelta de los independendistas.

Esta vez Hazanavicius, que firma él mismo el guión, no ha sido capaz de dar ritmo y sentido a sus historias. The Search tiene momentos brillantes y buenas interpretaciones (sobre todo la del niño checheno Abdul-Khalim Mamatsuiev, un descubrimiento), pero naufraga a lo largo de dos horas y media, en las que sobra bastante pero también parecen faltar elementos, y llega el desencanto, la decepción.

Una de las particularidades del mundo del cine es la dificultad que tiene la objetividad para abrirse paso. Basta que a determinados "autores" la crítica –la sesuda– les suba a un pedestal para que no lo abandonen ni a tiros, y si alguien lo intenta ahí estará el comando de críticos para salvarle, cual miembros de una secta fanática dispuesta al sacrificio en defensa de su profeta carismático. Los festivales se apuntan a esta tendencia, como no. Lo que pesa ante todo es el nombre. No importa qué infumable película haga el divino "X". Como en el pasado hizo historia con una obra maestra, la menor crítica negativa a uno de sus trabajos posteriores será considerada anatema. Se les perdona todo.

Uno de los ejemplos más preclaros (hay bastantes) es Jean-Luc Godard. Miembro casi fundador de la Nouvelle Vague, idolatrado, autor de películas que en su día fueron realmente importantes, nadie puede negarlo, se ha dejado arrastrar con los años por la indolencia y la sequía de talento. Sus películas no valen el precio de la tinta con la que se imprimió la entrada. Sólo le salva, a veces, su sentido de la ironía. Me lo imagino riéndose en la intimidad de esos críticos que andan a la caza de simbolismos semióticos en cada uno de sus planos.

Hace años, presentó en este mismo festival una cosa –¿Sería Nouvelle vague?– sobre la que en rueda de prensa dijo, en resumidas cuentas, que le habían propuesto hacer una película, cualquier película, y como no se ocurría nada, tomó extractos al azar de varios libros, e hizo que sus actores los declamaran. Los periodistas rieron, pero mi convencimiento personal fue que no era una boutade, sino que realmente había hecho eso, y de ahí el resultado.

El cineasta franco-suizo, que una vez más ha hecho el feo de no aparecer por Cannes, sigue generando devoción en algunos. Frémaux y su equipo de seleccionadores están entre ellos, a pesar de que Godard lleva décadas sin filmar una película decente, en la que existan ideas desarrolladas cinematográficamente, historia o emoción. Se ha anclado en la experimentación, en las imágenes de diferentes texturas, que se suceden en un montaje que podía haberse realizado en cualquier otro orden. Algo que hemos visto cientos de veces, y que ya hace muchos años no es ni original ni vanguardista, sino unicamente fácil. No se requiere una inteligencia o un talento fílmico. Sólo imágenes de archivo, un programa y un ordenador. Et, voilà...

Precisamente, a modo de explicación de su descortés ausencia física en Cannes, Godard envió un corto de menos de 10 minutos en el que antes de extractos de películas propias y ajenas, y con voz temblorosa explica entre otras cosas que "hace muchos años que ya no estoy en el mundo de la distribución" y "no estoy ya ahí donde ustedes creen que estoy ya". ¿Que qué quiere decir? Nadie lo sabe. Probablemente es una simple tomadura de pelo... como su película.

Afortunadamente, Adieu au Langage (Adiós al lenguaje) sólo dura 70 minutos. Con el uso –por primera vez– del 3D, mucho más sería tortura. La sinopsis oficial dice que hay tres personajes, una mujer casada, un hombre soltero, que se aman primero y se pelean después, y un perro errante entre el campo y la ciudad. El perro, por cierto, es el suyo propio, Roxy, y no actúa mal... La pareja, por su parte, está pero podía no estar. Sus cuerpos desnudos no expresan nada. Mientras, suenan los aforismos, se cuelan imágenes saturadas de color... Godard busca la poesía visual, y el espectador, al menos éste, mientras, lo único que quisiera encontrar es el pasillo para salir de la sala antes de dormirse, que aquí siempre hay mucho que hacer. Por cierto, aplaudieron al final.
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