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Literatura latinoamericana

Mario Benedetti: geografías, cuentos y soledades

  • El prolífico escritor, oriundo de Uruguay y que este miércoles hubiese cumplido 96 años, perteneció a la Generación del 45 y tocó prácticamente todas las ramas artísticas
  • Su obra destaca por ser una fiel reverberación de la situación social y política de su tierra natal

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Publicada el 14/09/2016 a las 09:24 Actualizada el 14/09/2016 a las 10:02
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El escritor Mario Benedetti.

El escritor Mario Benedetti.

Europa Press
"Tengo un mañana que es mío / y un mañana que es de todos / el mío acaba mañana / pero sobrevive el otro". Uno de los poemas más célebres del escritor uruguayo Mario Benedetti, que el 14 de septiembre hubiera cumplido 96 años, determina de la mejor manera su vida y obra en una sola línea: la perpetuidad.

Este escritor, nacido en 1920 en la ciudad uruguaya de Paso de los Toros, conforma junto a Juan Carlos Onetti el binomio más fructífero de la poesía, novela y, en definitiva, escritura del pasado siglo XX. Junto a él y Amanda Berenguer, entre otros, conformó la Generación del 45. Su obra es tan prolífica que resulta prácticamente imposible resumirla en uno de sus fragmentos.

De hecho, su obra es tan completa que ha sido adaptada en más de una ocasión a la gran pantalla, como es el caso de La Tregua (1974), El lado oscuro del corazón (1992), Despabílate amor (1996). Lo cierto es que Benedetti ha tocado todas las ramas artísticas, de forma que algunos cantantes han incluido sus versos en sus temas, como Silvio Rodríguez o Joan Manuel Serrat.

A principios de la década de los 40, Benedetti participó en varios medios escritos, como la revista literaria Marginalia, El Diario, Tribuna Popular y el semanario Marcha, que fue clausurado en 1974 por el régimen dictatorial de Juan María Bordaberry. Es por eso que su vida se establece en dos ciclos diferentes por circunstancias de cambios sociales y políticos en su país de origen y el resto de territorios de América Latina.

Podría decirse que en la primera de esas etapas, el escritor desarrolló una literatura realista con poca experimentación formal sobre el tema de la burocracia pública, mientras que la segunda muestra una mayor preocupación por la situación de la sociedad ante la represión provocada por las dictaduras de América Latina.

El escritor propuso un nuevo punto de vista del retrato social, con una rica crítica que se pudo ver en Poemas de la oficina (1956), Montevideanos (1959)o El país de la cola de paja (1960), donde se especializó en un lenguaje sarcástico y ácido que abrirían camino a sus dos novelas más importantes: La tregua (1960) y Gracias por el fuego (1965), donde planteaba sus esbozos de denuncia de la injusticia.

Ya en los años 60, trabajó como crítico de teatro y codirector de la página literaria semanal Al pie de las letras del diario La Mañana, mientras lo compaginaba con una colaboración en la revista humorística Peloduro. Además, participó en el jurado de concursos de cine y escritura, centrándose en la parte cultural del Congreso de La Habana y fundando y dirigiendo el Centro de Investigaciones literarias de Casa de las Américas hasta 1971.

El segundo período del autor se destina principalmente a la búsqueda del socialismo en América Latina. Esta salida le llevó a vivir en diferentes países del continente, como Cuba y Perú, trasladándose también a España. Bajo el mismo concepto de audacia y atrevimiento, buceó en su propia vida privada, creando Primavera con una esquina rota (1982) y La borra del café (1993), más inclinada a su infancia y juventud.

Reflejos y memorias

La soledad, el olvido y la cicatrización de las secuelas psicológicas son algunas de sus temáticas más recurrentes, como en el caso de Geografías (1984) y otras obras anteriores: La casa y el ladrillo (1977) y Vientos del exilio (1982), unos poemarios que proponen un difícil recuerdo de lo vivido bajo el exilio.

Continuando la línea estilística de reclamo y denuncia, destaca el drama teatral Pedro y el Capitán (1979), posiblemente ubicada durante la dictadura militar argentina de 1976, bajo el régimen autoritario de Jorge Rafael Videla, en la que Pedro (de ideología izquierdista) es torturado por un verdugo de extrema derecha. Sin embargo, esta modalidad no era una de las favoritas de Benedetti.

"Para mí, el teatro quedó en el camino. El género que más me importa de lo que escribo es la poesía y luego el cuento, seguido del ensayo aunque quizá lo más conocido de lo que he escrito sea la novela", comentó el escritor en una entrevista concedida para el programa de televisión español A fondo.

Uno de los ensayos que destaca en su extensa obra literaria es El desexilio y otras conjeturas (1984), donde reflexiona sobre problemas políticos y sociales durante su estancia en Madrid como periodista. Pero, como bien dijo él mismo en el coloquio televisivo, sentía predilección por el cuento, que lo llevó a ocupar la lista de los autores del Boom latinoamericano junto a Jorge Luis Borges y Julio Cortázar.

Aunque, como también reconoció, sus novelas fueron y son algunos de sus escritos más leídos, especialmente Andamios, publicada en 1996. Éste notable relato nos cerca en primera persona el regreso del individuo exiliado a un país casi o, más bien, completamente desconocido. De carácter autobiográfico, Benedetti se ve reencarnado en Javier Montes, quien vuelve a la capital uruguaya de Montevideo tras doce años de obligada ausencia.

No obstante, regresó a la poesía con La vida, ese paréntesis un año después, una transmisión sentimental de esperanza y desengaño desde la más sincera rutina del individuo que busca en sus experiencias vitales diferentes estimulaciones personales. Con él recibió el VIII Premio de Poesía Iberoamericana Reina Sofía.

A través de esta conmemoración, Benedetti dio un pasó más hacia la influencia en otros autores coetáneos, aunque uno de sus influjos naturales más connotativos de sus escritos es Julio Cortázar, junto con el que conoció la poesía japonesa, sensitiva y minimalista, trasladada a las hojas de Rincón de haikus en 1999.

Ya a principios de este siglo, en 2001, fue galardonado con el Premio Iberoamericano José Martí en reconocimiento a su obra, que fue seguido por una serie de poemas recogida ese mismo año en El mundo en que respiro y El porvenir de mi pasado, en 2003.

Sus últimas incursiones, en las que tuvo tiempo para ser investido doctor honoris causa por la Universidad de la República de Uruguay, fueron los poemarios Canciones del que no canta (2006) y Testigo de uno mismo (2008). Un año después de dicha publicación, murió a los 88 años en su casa de Montevideo, lugar donde se decretó el duelo nacional.

Si por algo destaca Benedetti, aparte de su profunda y conocida obra, es por el brillo automático de sus escritos, una fiel reverberación de la situación social y política de su tierra natal y, en definitiva, del mundo.
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