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Libros

José Manuel Fajardo: “El miedo es un gran distorsionador de la voluntad política”

  • El escritor y periodista recoge en Los años del miedo sus crónicas sobre la violencia, desde ETA hasta la guerra de Irak y el terrorismo islámico
  • "La violencia organizada, exige un discurso y toda una pedagogía. Genera una gran cantidad de palabras, pero suelen ser irracionales", defiende el autor

Publicada 16/11/2016 a las 06:00 Actualizada 15/11/2016 a las 21:53    
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El escritor y periodista Jose Manuel Fajardo, en Rabat en 2011.

El escritor y periodista José Manuel Fajardo, en Rabat en 2011.

Daniel Mordzinsky
Tras los atentados de la sala Bataclan de París en noviembre de 2015, José Manuel Fajardo (Granada, 1957) volvió a escribir sobre violencia. El periodista, escritor y traductor tuvo la sensación, entonces, de que se repetía. Como la tuvo en el año 2000 cuando se hizo cargo de la columna que José Luis López de Lacalle escribía en El Mundo hasta su asesinato por la banda terrorista ETA. "Estuve durante meses escribiendo semanalmente, y al final tuve la sensación de que me estaba repitiendo, como si hubiera un núcleo de ideas y las palabras se desgastaran cuando se hablaba de la violencia", explica mientras apura un café con leche. Al escribir sobre Bataclan se dio cuenta, de repente, de que llevaba 25 años escribiendo sobre muerte, disparos y crueldad. Y pensó que era el momento de recoger todo ese material en un libro que presenta ahora, Los años del miedo. Crónica de la violencia 1990-2015 (Los libros del lince). 

Si lo hizo, fue porque encontró "coherencia" en sus palabras, defiende en un fugaz viaje a Madrid, la ciudad que le acogió durante 32 años, desde Lisboa, donde reside ahora. Para respetarla, incluso con sus "matices y contradicciones", los textos no han sido reescritos; si acaso han sito tocados aquí y allá para compensar el rigor de la escritura de urgencia y del espacio del periódico. Quedan estas crónicas aparecidas en periódicos españoles (incluido infoLibre), franceses, italianos, mexicanos, como "testimonio intelectual" de unos años duros vividos entre el País Vasco, París y Lisboa, siempre en la militancia contra la guerra y el terrorismo, y pluma en mano. 

PREGUNTA. Explica que la violencia trata de poner el punto y final a la palabra. Son muchos los que han intentado usarlas para entender, con dificultad, la crueldad. ¿Cómo ha afrontado usted este reto?

RESPUESTA. Que la violencia acabe con la palabra es un espejismo. Efectivamente, si alguien te pega un tiro, es un punto y final a tu palabra, a tu palabra viva. Pero hacen falta muchas palabras para que la violencia prospere, lo que pasa es que no son las mejores. Sin palabras, la violencia no existiría, sería solo un acto de unos individuos perturbados. La violencia organizada, que es de la que hablo en el libro, exige un discurso y toda una pedagogía, y luego se convierte ella misma en una forma de pedagogía. Y luego moviliza una cantidad inmensa de palabras, lo que pasa es que suelen ser irracionales.

P. Quiere decir que no cualquier palabra sirve.

R. No. Se nos insiste, por ejemplo, en que los libros son importantes, y es verdad, pero bueno, depende. Mein Kampf no creo que haya ayudado mucho a la humanidad, y estaba lleno de palabras. Quien asista al debate político en España, se da cuenta de que la palabra ayuda poco, porque las discusiones suelen ser ad hominem, no se discute sobre las ideas de alguien sino contra alguien. Las palabras ayudan a encontrar caminos, pero hay que cuidarlas. La urgencia no es una excusa para decir cualquier cosa. Al contrario, entraña un compromiso doble porque tienes que extremar todos los mecanismos de control de ti mismo.

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P. En las distintas formas de violencia que trata el libro, hay una que predomina, que es el terrorismo... 

R. Hay dos. El terrorismo, y la guerra como instrumento político, porque además hay una dialéctica entre ambos, se retroalimentan.

P. Hablemos del miedo que da título al libro, y que tiene que ver con ese primer tipo. ¿Qué clase de miedo infunde el terrorismo que no genere otra forma de violencia?

R. El terrorismo tiene como objetivo generar terror, como indica su propio nombre. Por lo tanto, su violencia es espectacular. Cuanto más espectacular sea, más se acerca a su objetivo. El terrorismo es una herramienta de los impotentes: quien no tiene la fuerza suficiente como para hacerse con el poder político o militar, utiliza el terrorismo como elemento psicológico para lograr una posición de fuerza que no se corresponde con la realidad. Desde que el ISIS consiguió obtener un verdadero poder militar, su uso del terrorismo como espectáculo ha desaparecido casi completamente. Ya no se ven como antes esas imágenes de ajusticiamiento, sino vídeos de combates reales que muestran su capacidad.

P. Entonces, ¿deberían los medios dejar de dar cuenta de ese espectáculo?

R. Los medios se han dejado manipular. Hay una siniestra coincidencia de intereses porque el espectáculo y lo macabro ocupan un espacio enorme en la información. Si una señora se cae por el hueco de una escalera en Pekín, y alguien toma un vídeo, eso estará después en los medios de comunicación de todo el mundo. Como si que una señora se cayera en Pekín fuera noticia de interés mundial. Lo que resulta de interés mundial acaba siendo que alguien lo retratara. “No miren esto, que es terrible. Pero aquí lo tienen”. Hay una hiperexposición de la violencia en los medios de comunicación que acaba beneficiando a la estrategia de los terroristas.

P. ¿Y el argumento de que ocultar ese horror es mentir sobre lo que ocurre?

R. No tiene sentido mostrar las imágenes tal y como los terroristas quieren que se muestreM. Puedes contar lo que ha sucedido sin hacerlo. Hay una escuela que defiende que cuando uno ve el horror, eso ya es disuasorio. Pero yo no creo que sea así. La violencia forma parte de la experiencia humana prácticamente desde que existe la sociedad, hay ejemplos más que suficientes, pero te pongo dos: las ejecuciones de la Revolución Francesa y el circo romano. Hay una complacencia de los seres humanos ante la violencia. Mostrarla con toda su crueldad, por sí mismo, horrorizará a muchos, fascinará a unos pocos, y convencerá a otros de que eso puede hacerse. Porque la violencia, lo hemos dicho, es una forma de pedagogía. Si fuera en sí mismo tan terrible lo que hacen, no tendrían cada vez más seguidores.

P. Volvamos al terrorismo de ETA. En los artículos escritos desde el País Vasco habla de miedo. ¿Cómo lo vivió usted?

R. Yo estaba en las manifestaciones de ¡Basta ya! y de otras plataformas por la paz. Todos los miércoles nos reuníamos en las plazas de los pueblos y todos los miércoles teníamos a estos señores enfrente, los mismos que ahora votan Bildu, señalándonos y gritando: “¡ETA, mátalos!”. ETA mataba, pero mataba por encargo. La respuesta a eso no fue solo de repulsa, sino de dar la cara. En Madrid a lo mejor tenías a millones de personas manifestándose, pero no tenías enfrente a otros tantos gritándoles. Nosotros éramos centenares, pero había otros centenares enfrente. Tal vez por esa pedagogía participativa contra el terrorismo, el impacto del miedo haya sido menor. En el resto del país, ese miedo no se ha confrontado; eso construye un fantasma sin rostro y ha condicionado mucho más. Es uno de los elementos que explica que el partido más corrupto de España siga gobernando, y casi por mayoría absoluta. El miedo es un gran distorsionador de la voluntad política.

P. ¿Qué materialización del miedo ve en España que no vea en el País Vasco?

R. En el País Vasco no gobierna la extrema derecha. En España sí: gobierna el PP, que es un partido de derechas, pero muy corrido hacia la extrema derecha. Dentro del Gobierno ha habido y hay miembros de extrema derecha, como el [anterior] ministro del Interior [Jorge Fernández Díaz]. Lo que parecía al principio positivo, que es que la derecha española fuera capaz de absorber la extrema derecha, porque se pensaba que iba a centralizar a la derecha franquista, lo que ha ocurrido ha sido lo contrario, que se extreme la derecha centrista. El miedo ha jugado un papel en esto: no hay más que ver cómo el PP cada vez que está en apuros invoca el fantasma de ETA y se lo echa en la cara a quien corresponda. En el País Vasco eso no ha ocurrido.

Sí ha pasado algo bien triste, que es que la segunda fuerza política sea Bildu, que proviene del mundo de ETA. Desde ese punto de vista, ahí hay una patología política que no ha terminado de resolverse. El problema de ETA es doble. Hay un problema ético, que es que haya gente que se arrogue el derecho a asesinar a quien no piensa como él, y que es además un problema criminal, de justicia. Pero hay también un problema político. Porque el problema no es solo que mataran a personas, sino que su concepción política es totalitaria. Es un movimiento con un gran trasfondo xenófobo, porque está construido con un odio grande contra el que no es vasco. Ha habido un reconocimiento del daño, pero no un replanteamiento del sustrato ideológico sobre el que está fundada la práctica del terrorismo. Han abandonado la práctica violenta, pero el discurso es más o menos el mismo. Yo no me quiero imaginar un País Vasco gobernado por Bildu, no sería un lugar donde me gustaría vivir. Ya sé que a ellos les da igual, pero yo he vivido allí durante años y me fui a causa de ellos.

P. ¿Qué hay en el programa político de Bildu en lo que vea esto de lo que habla?

R. Ellos siguen teniendo una idea redentorista del País Vasco. No es una idea como puede ocurrir en Cataluña, de si independencia sí o no, sino sobre la esencia de lo vasco. Cuando la discusión es ontológica, ahí está el germen de lo totalitario. Como quien te habla de los buenos españoles. El problema de esta derecha es también que tiene un trasfondo totalitario porque cree estar en posesión de la verdad de lo que es ser español.

Aunque también hay una cosa que no se dice y me parece injusto. Que la izquierda abertzale siga teniendo un problema de fondo no quiere decir que no haya habido un cambio de verdad en ellos. Y uno de los promotores de ese cambio ha sido Arnaldo Otegi. Todo el mundo sabe que la línea política que Otegi ha seguido es la que ha conseguido convencer a ETA para que abandone las armas. Aunque eso se consiguió el día en que se hizo la Ley de Partidos, más la negociación de Zapatero. Porque por un lado les cerró las vías del ventajismo político y por otro lado les colocó un espejo delante de la sociedad: “¿Ustedes no quieren hablar? Pues estamos hablando”.

P. Habla también de cómo el terrorista es caracterizado casi como un ser inhumano. ¿Cómo recuperar el diálogo después de la violencia?

R. Si la víctima de un atentado terrorista puede hablar con un terrorista, es una lección de que todo el mundo puede hablar con todo el mundo. Y más nos vale, porque si no los problemas se van a quedar encasquillados para siempre. El problema de la violencia organizada es que no es un loco que sale a la calle, sino una violencia que compromete a miles de personas: los que matan, y los que les apoyan, cubren, justifican o financian. O vas hacia la extrema derecha y planteas una política genocida, o tienes que hablar con esa gente y desarrollar una pedagogía para recuperar a esa parte de la población.

Y lo que sirve para el terrorismo sirve para todo. Una de las cosas que más me ha satisfecho de los últimos años es el informe Chilcot, del Reino Unido sobre la guerra de Irak de 2003, que recogía que la opción de la guerra no era la única posible, como se quiso vender al planeta, sino que hubo una búsqueda deliberada de la guerra como instrumento político. En esa época también había una vía de diálogo con Sadam Husein, como debe de haber habido una vía de diálogo siempre. El diálogo tiene dos grandes ventajas: no genera más mal del que evita, cosa que no se puede decir de la guerra; e introduce una pedagogía social, que es lo que más me importa de este tema. Igual que la guerra te enseña a detestar al que es distinto de ti, el diálogo te enseña a respetarlo.



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1 Comentarios
  • campanilla campanilla 16/11/16 08:49

    Tenemos un Muy Deficiente, un No evoluciona correctamente si no dejamos los bandos, todos somos presonas y cada uno tenemos nuestras razones. Cuando ha sido mejor no escuchar?

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