La destitución de Celia Mayer

Celia Mayer: una política cultural marcada por la polémica

La alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, y la exconcejala de Cultura, Celia Mayer.

La tensión concentrada durante casi dos años en el área de Cultura del Ayuntamiento de Madrid estalló definitivamente el miércoles por la mañana, cuando la Cadena Ser informó de la próxima destitución de Celia Mayer, concejala de Cultura. La filtración cogió a los propios portavoces de Ahora Madrid por sorpresa: la alcaldesa Manuela Carmena y las distintas corrientes del proyecto municipalista estaban, efectivamente, negociando una reestructuración que afectaría a varios ámbitos del Ayuntamiento más allá de la edil, pero ni siquiera el futuro de Mayer estaba claro. Horas después de que la Cadena Ser publicara la noticia, parte de los miembros de Ahora Madrid se enteraban, por una rueda de prensa, que la concejala de Cultura pasaba a ser de Igualdad, un área recién creada, y que la alcaldesa asumía sus antiguas competencias. 

La bola de nieve sobre la filtración era la enésima polémica sobre un área que, paradójicamente, apenas había ocupado tiempo en los debates de campaña y se circunscribía a un solo epígrafe con siete puntos en el programa de Ahora Madrid. Los escándalos relacionados con la concejalía sonarán, sin embargo, mucho más allá de los límites de la M-40, aunque no siempre tuvieran que ver directamente con la política cultural: los tuits sobre los límites del humor de Guillermo Zapata, la cabalgata de Reyes, los titiriteros, la retirada de símbolos franquistas... El último se había producido la semana pasada, cuando varios creadores acusaron al consistorio de "excluir" al teatro de texto del nuevo proyecto para las salas municipales de las Naves de Matadero. 

Gestionar la cultura municipal madrileña no era, desde luego, tarea fácil. Al llegar al consistorio, el proyecto municipalista se preparaba para vérselas con Madrid Destino —o más bien Madrid Destino, Cultura, Turismo y Negocio, S.A.—, gigantesca empresa municipal resultante de la fusión de tres compañías previas: Madrid Visitors & Convention Bureau, Madrid Espacios y Congresos (Madridec) y Madrid Arte y Cultura, S. A. (Macsa). La marcha del área en estos casi dos años ha ido, sin embargo, por terrenos totalmente distintos. La polémica ha ocultado algunos aciertos del área, pero también algunos errores y olvidos. ​Esta ha sido la trayectoria del área que más dolores de cabeza ha dado al gobierno de Ahora Madrid. 

El concejal que nunca fue

La tormenta empezó pronto. Al tercer día, de hecho, cuando Manuela Carmena aceptó la dimisión de Guillermo Zapata, edil de Cultura, después del escándalo por sus tuits sobre los límites del humor. Zapata, escritor y guionista, había llegado al puesto por su conocimiento de la cultura de base madrileña... y también por su pertenencia a Ganemos, el movimiento municipalista que conforma una de las familias de Ahora Madrid. Su brevísimo paso por el cargo tiene poco que ver, como sabe el lector, con la política cultural: el edil cayó por unos tuits escritos en 2011, mucho antes de que se fundara el partido al que pertenece y mucho antes, también, de ser un personaje público.

La primera piedra en el zapato de la concejalía de Cultura eran dos chistes: "¿Cómo meterías a cinco millones de judíos en un 600? En el cenicero", "Han tenido que cerrar el cementerio de las niñas de Alcaser para que no vaya Irene Villa a por respuestos". El concejal explicaría más tarde que sus tuits formaban parte de un debate sobre el humor negro que se desarrollaba en Twitter, que por eso aparecían entrecomillados, y que por la naturaleza de la red social el contexto de aquel debate había desaparecido con el tiempo. Eso sería luego, porque el día en que saltó la polémica, apenas 24 horas después de su nombramiento, se disculpó en la misma red social: "Algunos chistes que he hecho en mi timeline están produciendo enfado. Siento si es así. El Holocausto me parece deplorable y terrible". Ante la avalancha de preguntas y menciones, borró los tuits y, posteriormente, cerró la cuenta. Fue tarde: todos los grupos menos Ahora Madrid habían pedido su dimisión. 

Cuando ese lunes —el escándalo saltó en un fin de semana de junio de 2015— Zapata presentó su dimisión, la concejalía estaba ya irremediablemente manchada por la primera gran polémica de Ahora Madrid. Celia Mayer, nueva concejala de Cultura confirmada días más tarde —miembro también de Ganemos e integrante como Zapata del colectivo okupa autogestionado Patio Maravillas—, heredaría también ese clima pastoso. Pese a que la Audiencia Nacional absolvió al edil el pasado noviembre, y pese a que el juez instructor, Santiago Pedraz, había archivado hasta tres veces la causa con anterioridad, los tuits de Zapata siguen estando en la lista de peripecias de la concejalía de Cultura. El edil es hoy delegado de los distritos de El Pardo-Fuencarral y Villaverde. 

"No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena"

"Mi hija de seis años: 'Mamá, el traje de Gaspar no es de verdad'. No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás. #cabalgatatve". Era de nuevo un tuit, esta vez de la exdiputada del PP Cayetana Álvarez de Toledo, lo que encendería la segunda gran polémica del área, que trascendió de nuevo los límites de lo local. El asunto: los reyes magos de la cabalgata madrileña no llevaban los atuendos pseudo orientales tradicionales, sino unas batas de colores vivos. La expresión de la conservadora —"no te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena"— fue repetido hasta la saciedad en las redes sociales y fuera de ellas, y sigue siendo un chiste más o menos habitual y reconocible. La alcaldesa respondió al día siguiente, también con un tuit: "Los Reyes me han traído la oportunidad de seguir trabajando por un Madrid más justo y diverso. Lo contrario no me lo perdonarían jamás". 

En realidad, el nombre de la concejala de Cultura, área responsable de la cabalgata, apenas se nombró esa noche. "Me llama la atención que los trajes de los reyes magos se hayan convertido en una cuestión de Estado prácticamente", diría más tarde en una rueda de prensa. Efectivamente, todos los periódicos nacionales recogieron la noticia, con adjetivos como "esperpento" o "cabalgata étnica y poco navideña". Al año siguiente, los titulares volvían a hacer referencia a aquellas túnicas: "Los reyes magos de la cabalgata de Madrid recuperan sus atuendos tradicionales". La decisión era leída, quizás con razón, como una rectificación con respecto a la decisión de 2016 y una forma de desautorización de la alcaldesa al área de Cultura. 

Titiriteros encarcelados 

Había pasado un mes justo de las bromas sobre los reyes de Carmena cuando Mayer tuvo que enfrentarse a un asunto mucho más serio. El caso de los titiriteros sería quizás el primer gran error de la concejalía... pero no en el sentido en que muchos pensaban. Ahora, cuando se ha dado carpetazo a las causas por enaltecimiento del terrorismo y por incitación al odio contra Alfonso Lázaro y Raúl García, los miembros de la compañía Títeres desde abajo son defendidos como mártires de la libertad de expresión. Pero el día de su detención, el 5 de febrero de 2016, el Ayuntamiento aseguró que se sumaría a la denuncia contra los artistas. Los titiriteros, a su entender, habían realizado "acciones ofensivas, completamente fuera de lugar en cualquier contexto y totalmente irrespetuosos con los valores de convivencia, respeto y diversidad propuestos por el Ayuntamiento".

Al día siguiente, el Ayuntamiento cesaba a los programadores del carnaval de Madrid y Celia Mayer declaraba que estaban "absolutamente indignados" por la representación de la obra La bruja y don Cristóbal. Aunque Ahora Madrid ya había emitido un comunicado en el que defenfían"la libertad de expresión y el derecho a la crítica social y política a través de la sátira". El PP y Ciudadanos pedían la dimisión de la concejala y Carmena lo sopesaba: "Celia cuenta con mi apoyo pero es muy importante que veamos si puede seguir, si quiere seguir". A principios de marzo, Jesús Carrillo, que había sido jefe de programas culturales del Museo Reina Sofía antes incorporarse a la concejalía como director de actividades, dimitiría "por motivos personales" que escondían desavenencias con la gestión de la polémica.

Hoy sabemos que no existía la pancarta de "Gora ETA" de la que hablaba ABC, el primer medio en dar la noticia de la detención de los creadores, sino una de "Gora Alka-ETA", que se insertaba dentro de una sátira sobre los montajes policiales que utilizarían el terrorismo como pretexto para encarcelar a elementos subversivos. Irónicamente, los titiriteros pasaron cinco días en la cárcel por representar una obra de ficción. El 8 de febrero, tres días después de la detención, Mayer pedía la retirada de la denuncia presentada por el propio consistorio. Luego vería en lo ocurrido una artimaña para "erosionar" al Gobierno municipal. Hoy el debate se reduce a si el Ayuntamiento programó o no el espectáculo para público infantil. Pero la posición de Celia Mayer ya estaba tocada, y la unidad entre los distintos sectores de Ahora Madrid se había puesto a prueba. 

La puntilla de la memoria histórica

El caso de los titiriteros se solapó en el tiempo con el tropiezo con la memoria histórica, cuyas consecuencias para la concejal llegarían a finales de marzo. A principios de febrero de 2016, el Ayuntamiento retiró la placa conmemorativa del fusilamiento de ocho carmelitas situada en el cementerio de la parroquia de San Sebastián Mártir en Carabanchel Bajo. La decisión no había pasado por el pleno, ni fue comunicada al Arzobispado o a la propia parroquia. Además, retiró el monolito al Alférez Provisional del barrio de los Jerónimos y una lápida al falangista José García Vera, en la calle Arrieta. Ante la protesta del resto de grupos del pleno, la portavoz del consistorio Rita Maestre admitió: "Los seres humanos somos imperfectos y cometemos errores". 

Una vez apagado el incendio de los titiriteros, la decisión de Carmena fue firme: las competencias sobre memoria histórica pasarían a la socialista Paca Sauquillo, una medida consensuada con el PSOE. Sauquillo dirigiría la comisión encargada de aplicar la Ley de la Memoria Histórica, formada por seis miembros que nombrarían junto al PP y Ciudadanos. El pleno aprobó el comisionado a finales de abril, con la abstención del PP, mientras la socialista Mar Espinar defendía que con Sauquillo "no habrá sectarismos ni venganzas disfrazadas de justicia ni errores de primero de preescolar en gestión política". Este era, hasta el momento, el mayor rapapolvo de Carmena a la concejala de Cultura. 

Ante ese error que ponía incluso en aprietos legales a Ahora Madrid, otras iniciativas de restitución de la memoria —o el propio hecho de que el consistorio aplique la ley que el PP se resistió a asumir— quedan naturalmente silenciadas. Lo han sido, por ejemplo, las placas en memoria de mujeres de la Generación del 27 como Maruja Mallo, de escritoras como Luisa Carnés o Gloria Fuertes —con cuyo nombre se bautizará una calle en Lavapiés—, o la que recuerda el Lyceum Club Femenino en la Casa de las Siete Chimeneas. 

Cambios en el Español

El Teatro Español, el centro más relevante de los gestionados por el Ayuntamiento, ha sido la punta de lanza del hasta ahora magro proyecto cultural de Ahora Madrid. Aquí, Celia Mayer ha tratado de poner en práctica ciertos principios presentes en el ADN de la formación: transparencia, democratización de la cultura y limitación del poder. Pero no siempre con buen resultado. El cambio, de hecho, empezó con mal pie: la concejalía decidió destituir a José Carlos Pérez de la Fuente, nombrado director del centro en 2014 por Ana Botella, y al que le quedaban más de dos años de contrato por delante. El director de escena no se fue sin hacer ruido, y el despido fue admitido como improcedente por el propio Ayuntamiento en un acuerdo de conciliación. Esto calentó los ánimos de parte del sector teatral. 

El área decidió dividir el Español en dos: por una parte, el teatro de la plaza de Santa Ana; por otra, las salas que se habían habilitado en 2014 en el centro cultural Matadero y que funcionaban como una extensión del Español. Cada una tendría un director con un proyecto artístico distinto, y este sería elegido por un jurado mediante concurso público. El proceso no tuvo mala acogida —aunque no se publicaron los proyectos de los participantes, las votaciones recibidas por cada uno ni las deliberaciones del jurado—, y el resultado no fue discutido: la directora Carme Portaceli al Español, y el gestor cultural Mateo Feijóo a las Naves de Matadero. Hasta entonces, Pérez de la Fuente gestionaba ambos espacios, además del centro Fernando Fernán Gómez, para el que se pondrá en marcha un concurso en los próximos meses. El Circo Price sería entonces la única gran sala municipal que no cuenta con un director artístico propio. 

La polémica llegó de nuevo la semana pasada, cuando se hizo pública la programación de las Naves. Como se planteaba en los pliegos del concurso, se reservarían a la performance, la danza y el teatro de vanguardia —sería el primer centro público de Madrid en hacerlo— y parte de los creadores de teatro textual dijeron sentirse excluidos. No fueron más de una decena de creadores quienes hicieron público su descontento, pero varios periódicos tradicionales dedicaron editoriales a la polémica. No se comentó tanto, sin embargo, la decisión de Cultura de volver a un sistema de caché —pagar un tanto fijo por representación a los artistas— y abandonar el sistema de taquilla —la compañía se lleva un porcentaje de la recaudación, asumiendo las pérdidas— tan criticado por el sector y que sigue vigente en otros grandes teatros públicos. 

¿Y Madrid Destino?

Madrid Destino, el gran monstruo cultural al que tendría que hacer frente Ahora Madrid, no ha sufrido grandes transformaciones. Su director de contenidos, Santiago Eraso, dejó el cargo "por motivos personales" algo más de un año después de llegar a él, esgrimiendo "cierto agotamiento en su labor". Se iba sin haber podido avanzar apenas en la reestructuración de una empresa que combinaba "sueldos muy altos y sueldos ínfimos con contratas externalizadas que no son permisibles", según sus propias palabras, y sin separar la cultura del turismo, gran propósito del área. La auditoría laboral realizada por el consistorio no parece haber llegado a ningún sitio —o al menos no hay noticias de ello—, y PSOE, PP y Ciudadanos han exigido a Ahora Madrid que se dé a conocer su gestión de personal y de subvenciones en la empresa. Si el nuevo gobierno hablaba a su llegada de graves problemas de opacidad en la empresa pública, no ha hecho grandes cambios para solucionarlo.  

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Tras la marcha de Santiago Eraso, la concejalía decidió no sustituirle y asumir directamente el control de la empresa, que pasaba a ser un brazo del área. Pero la compañía pública sigue gestionando formalmente numerosos centros como Matadero, CentroCentro, Conde Duque, Teatro Circo Price, el Fernán Gómez, el Español, las Naves, el Madrid Arena, la Caja Mágica, el Palacio Municipal de Congresos, Medialab-Prado... Algunos de ellos tienen director (ya hemos hablado del Español y las Naves), pero la mayoría no. Sin una concejalía de Cultura fuerte, todo eso pasa a depender directamente de Manuela Carmena. O más bien de los técnicos a los que encargue esa tarea. Por ahora, esa persona podría ser Getsemaní San Marcos, la directora de programas y actividades que sucedió a Jesús Carrillo. Pero el confuso organigrama que dejan los sucesivos nombramientos, dimisiones y destituciones no ayuda a hacer de Madrid Destino una entidad más transparente. 

El Ayuntamiento opta por el mismo modelo que la Comunidad de Madrid: una cultura controlada por la alcaldesa, como es controlada por la presidenta. Ada Colau, en Barcelona, prefirió ceder la concejalía a Jaume Collboni para afirmar su pacto con el PSC. En los tres casos, la política cultural real —programas, vías de actuación, prioridades...— sigue siendo una incógnita. 

 

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