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El entusiasmo no paga el alquiler

  • Remedios Zafra, premio Anagrama de ensayo, disecciona la precariedad de los trabajadores creativos "pobres", tan encadenados a sus bajos sueldos como a su vocación
  • "En el contexto laboral, solo encuentran sitio los que tienen un respaldo económico y pueden permitirse trabajar gratis", denuncia

Publicada el 05/12/2017 a las 06:00
La escritora e investigadora sobre cultura contemporánea Remedios Zafra.

La escritora e investigadora sobre cultura contemporánea Remedios Zafra.

EFE
Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) insiste que El entusiasmo, su libro recién publicado después de hacerse con el premio Anagrama de ensayo, no es autobiográfico. El libro aborda la precariedad económica y vital a la que están sometidos los trabajadores creativos —creadores, pensadores, académicos...—. Ella confiesa que las tutorías de las que se hace cargo en la sede madrileña de la UNED, y que compagina con su docencia en la Universidad de Sevilla, casi le salen a pagar. ¿Seguro que Sibila, esa investigadora tan apasionada con su trabajo como harta de su realidad laboral, no es un álter ego? "Hay elementos biográficos, pero Sibila es un híbrido", contesta a este periódico. Eso, la multiplicidad de experiencias similares a la suya, es lo que le empujó a escribir. A su alrededor, decenas de trabajadores creativos que se enfrentan a lo que ya sabían: la vocación no se come. 

"No es algo coyuntural, es estructural y es algo que tiene que ver con ciertos cambios en el sector creativo y académico que se están normalizando", dice la teórica. Había que puntualizar, primero, que aunque Zafra hable de trabajo cultural, en realidad su obra se ciñe casi exclusivamente al ámbito universitario que tan bien conoce, aunque sus conclusiones y experiencias sean extrapolables a otros. Tampoco hay aquí un análisis de datos, cifras de entrada en la universidad según renta, una explicación pormenorizada de los criterios de evaluación universitarios —¿afortunadamente?— o un extracto bancario. Están, sobre todo, las disquisiciones de Sibila, de quien la autora habla en tercera persona, reservando los capítulos más teóricos para la primera. Y sobre ella escribe: 
 

Como cambia de trabajo con frecuencia, muchos se refieren a Sibila como joven que empieza, pero ella ya no se siente joven ni siente ese impulso del que empieza. Otra cosa es que en cada comienzo procure darlo todo. A nadie más que a ella le importa que quiera (deba o necesite, no está claro) combinar sus trabajos poco pagados con otros como voluntaria, colaboradora o activista, que ejerce de manera desinteresada o pagando por ello. No hay sueldo, pero sí entusiasmo, a veces agradecimiento y aplauso, otros símbolos que importan, satisfacción solidaria que punza, pero no alimenta. 



Pero no se trata solo de la precariedad económica. No es solo que los profesores asociados o interinos en la universidad pública no lleguen en muchas ocasiones a ser mileuristas, o que haya que pagar para participar como conferenciante en no pocos congresos internacionales. "Es sobre todo la precariedad de la vida", explica, "la vulnerabilidad de una vida donde los tiempos son ocupados casi totalmente por el trabajo, y donde el contexto se aprovecha de esa pasión que moviliza al trabajador". (Ella, paradójicamente, se encuentra al inicio de una semana de promoción por la que no recibe más que el premio que ya ha ganado, dotado con 8.000 euros, una cantidad excepcional en el contexto editorial pero que difícilmente cubre el tiempo de escritura. Esta es su incursión más evidente —junto con su plaza de titular en la universidad— en la cultura oficial, la canónica, la aceptada por todos.) Y la desigualdad: los superiores de Sibila, los jefes de departamento —pero podríamos decir los jefes de redacción, los directores editoriales, los dueños del teatro o de la productora—, tienen un sueldo mensual más que digno. Las Sibilas del mundo viven "encadenadas", dice Zafra, a esos trabajos que ni les dan de comer ni les dejan tiempo... pero que tampoco pueden abandonar. 
  No siempre fue así. Principalmente, porque durante gran parte de la historia de la humanidad solo han creado los ricos. ¿Cuántas biografías de escritores empiezan con un "Fulanito nació en una familia comodada..."? "Si el poder en Occidente tuviera voz", escribe Zafra, "habría sido un eco que atravesaría el pasado: 'No es bueno que los pobre creen". Sin embargo, dice, allí donde se han impuesto ciertos estándares democráticos y una educación pública, "los pobres estudian, los pobres acceden al mundo archivado y los pobres pueden crear". En España, esto ocurre, indica, en la Transición, con una generación que, quizás por primera vez en la historia familiar, accede a la formación universitaria. "Así que al contexto laboral nos hemos ido incorporando una grandísima masa de personas nacidas en los setenta y ochenta con aspiraciones creativas, sobre todo mujeres, y con ese plus de motivación de querer demostrar que ese es su sitio. Nos hemos ofrecido con mucho entusiasmo al sistema". Y el sistema no ha declinado la oferta. 

¿Significa esto que ha fracasado el ideal de democratización del saber? No del todo, asegura. Al final del siglo XX la educación pública "permitía paliar las desigualdades" y asegurar a las nuevas generaciones un futuro no necesariamente similar al de sus padres. "Pero el sistema es muy frágil y no tenemos los mecanismos para garantizar condiciones de igualdad. Porque en los momentos en que salimos de la formación y nos encontramos con el contexto laboral, solo encuentran sitio los que tienen un respaldo económico y pueden permitirse trabajar gratis", critica. O aquellos que tienen "redes de afectos" que respaldan su trabajo o les permiten acceder a ciertos círculos. Enchufe, nepotismo, endogamia. "Es importante visibilizar que se inició ese camino de transformación igualitaria pero que todavía no se ha asentado y que el marco liberal, además, no lo favorece". 

Porque Zafra señala también que "los pobres, y sobre todo las mujeres, se ven condenados a repetir las formas más domesticadoras y neutralizadoras del trabajo". Ella lo ejemplifica con la roca de Sísifo de los investigadores universitarios: las horas invertidas en dar tal o cual formato a los currículos, a indexar según tal criterio internacional, a completar papeleo... O peor: a hacer todo eso por un superior. Y la poca flexibilidad que muestra la academia ante formas híbridas de conocimiento. El currículum de la autora está lleno de requiebros: arte, estudios de género, cultura digital, antropología... Algo como su libro, que va del discurso de clase a un análisis de los cuerpos en el espacio digital. El sistema, dice, prefiere los caminos rectos a los sinuosos. 

El resultado es que muchos tiran la toalla. "Hay gente que no encaja o no quiere encajar. Observo cómo mucha gente está siendo desplazada fuera de la universidad, y estamos perdiendo mentes brillantísimas", se lamenta. Esos mismos, sin embargo, encuentran a menudo su hueco en la periferia, "imaginando nuevos formatos, nuevos saberes, incluyendo una crítica sin ningún tipo de complejo". Son más libres. Pero también más —todavía más— precarios. No es su respuesta. Su propósito: "Infiltrar la alteridad allí donde se desean cambios y abrir camino en las instituciones públicas". Aunque solo sea para que el conocimiento oficial, dice, no lo acaben produciendo los mismos. 

"Si Sibila fuera libre", escribe en un párrafo particularmente descorazonador, "no tendría que ser 'valiente' y diría que no sin mirar atrás. (...) Pero los pobres que han leído no siempre pueden fingir que no acumulan rencor. Las mujeres que han leído no siempre pueden fingir que enfrentarse a la expectativa familiar no les importa". Sibila no encontrará la libertad ni la valentía en un colchón económico o en una red de contactos que validen su trayectoria. Pero las encontrará, quizás, en una triada que enumera Zafra: "alianzas, imaginación, mutación". Alianzas para no ver en otros entusiastas a la competencia, sino al aliado junto al que luchar. Imaginación para tantear otras formas posibles de organización. Y mutación para transformarse a uno mismo, para resistirse a la prisa y a los estímulos y encontrar la profundidad perdida tanto en el propio trabajo como en la vida en general. "Si no tienes manera de abrir la puerta o la ventana", lanza la autora, "a lo mejor puedes cavar". 
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