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Teatro

"Nacer mujer es el mayor castigo"

  • Carlota Ferrer pone en escena una versión de La casa de Bernarda Alba con reparto masculino para subrayar la opresión del machismo
  • El montaje une teatro y danza con un elenco formado por Eusebio Poncela, el bailarín Igor Yebra y Jaime Lorente como Adela, entre otros
  • "Bernarda es la sociedad, una sociedad heteropatriarcal, cómplice de sostener una situación de desigualdad durante siglos", denuncia la directora

Publicada 13/12/2017 a las 06:00 Actualizada 08/03/2018 a las 12:03    
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Jaime Lorente, Arturo Parrilla y Diego Garrido en 'Esto no es la casa de Bernarda Alba', dirigido por Carlota Ferrer.

Jaime Lorente, Arturo Parrilla y Diego Garrido en 'Esto no es la casa de Bernarda Alba', dirigido por Carlota Ferrer.

EFE
Igor Yebra y Jaime Lorente en 'Esto no es la casa de Bernarda Alba', dirigida por Carlota Ferrer.

Igor Yebra y Jaime Lorente en 'Esto no es la casa de Bernarda Alba', dirigida por Carlota Ferrer.

EFE
Igor Yebra y Eusebio Poncela en en 'Esto no es la casa de Bernarda Alba', dirigido por Carlota Ferrer.

Igor Yebra y Eusebio Poncela en en 'Esto no es la casa de Bernarda Alba', dirigido por Carlota Ferrer.

EFE
"Nacer mujer es el mayor castigo". Lo pronuncia una y lo piensan las cinco hijas de Bernarda Alba, la carcelera que Federico García Lorca convirtió en símbolo de la opresión machista. Desde su estreno en Buenos Aires en 1945 —el poeta terminó el texto en 1936, poco antes de ser asesinado— esta sentencia ha sido pronunciada por cientos de Amelias distintas. En Esto no es la casa de Bernarda Alba, dirigida por Carlota Ferrer sobre una versión de José Manuel Mora (del 14 de diciembre al 7 de enero en los Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid), es distinto. Porque la voz que lo declama es la de un hombre. Los personajes femeninos están representados por Eusebio Poncela (Bernarda), Óscar de la Fuente (Poncia), Igor Yebra (María Josefa), Jaime Lorente (Adela), David Luque (Angustias), Guillermo Weickert (Criada), Arturo Parrilla (Magdalena) y Diego Garrido (Martirio). Julia de Castro, la única actriz, da vida a Amelia... pero también a Pepe el Romano junto con Yebra. 

"Estamos muy acostumbrados a ver mujeres oprimidas", dice Ferrer justificando su osadía, "incluso en las campañas de violencia de género, mujeres tristes explicando sus desgracias. Se ha normalizado. Esto pone en cuestión esa normalidad". Mora, su colaborador y cómplice en Los nadadores nocturnos, un montaje que les valió el premio Max a la obra revelación en 2015, sale al quite: "Y se pone en evidencia una opresión de la mujer por parte del hombre". El trabajo de ambos creadores, que se miran en compañías europeas como Peeping Tom o Needcompany, no va necesariamente por el camino de la racionalidad. Aquí hay, al igual que en trabajos anteriores como Los nadadores nocturnos y Fortune Cookie, danza, música en directo y una gran confianza en el poder de las imágenes. En el poder de unos hombres no disfrazados de mujer, sino vestidos con faldas de luto, soñando con la libertad de los campos que han ansiado miles de millones de mujeres a lo largo de la historia.  
 


La idea de esta Bernarda Alba que niega serlo surge de dos montajes. Por un lado, Ferrer hizo la ayudantía de dirección en la versión de El público de Àlex Rigola —director de los Teatros de Canal hasta su dimisión en octubre por la crisis catalana—, que supuso con su estreno en 2015 una renovación del imaginario lorquiano. Por otro, colaboró en el montaje de la Celestina de José Luis Gómez, en la que el actor y director interpretaba a la alcahueta. Ellos hirían un paso más allá. Aunque Ángel Facio abrió ya la puerta al juego con el género en 1976, cuando dio a Ismael Merlo el personaje de Bernarda Alba inaugurando una tradición de masculinizar tanto este personaje —una reflexión sobre el poder y la violencia— como el de Poncia —con propósitos más cómicos—. Recientemente, se ha visto otra versión masculina de la obra, dirigida por Paco Sáenz en el circuito off madrileño. 


Habla David Luque para dar la razón a directora y dramaturgo: "Como intérprete, cuando dices según qué frases dichas originalmente por una mujer, tienen una resonancia distinta. Algo que lo hace aún más chocante". Al poner a un grupo de hombres en escena, la mujer —y la construcción que asigna ciertas características a los distintos géneros— se revela como el núcleo central de la obra. Y también, indican, hay otro elemento: cuando Lorca hablaba de pasión y secreto, hablaba también de su homosexualidad. La que inevitablemente se convoca cuando Adela-Jaime Lorente baila con Pepe el Romano-Igor Yebra. "Y también queremos decir que esto ya no es la Casa de Bernarda Alba", lanza Mora. Que han basado 81 años desde su escritura. Y Ferrer debe insistir aún: "Bernarda es la sociedad, una sociedad heteropatriarcal, cómplice de sostener una situación de desigualdad durante siglos. Parece que somos unas pesadas, pero no hay igualdad, igual que no la había en 1936".
 

La obra genera sorpresa y, a juzgar por los comentarios en redes, cierta desconfianza. "Hay una especie de miedo que se pretende ejercer desde fuera", protesta la directora. "¿Qué han hecho? ¿Qué han hecho?'. Nada, representar una obra que se lleva representando desde los cuarenta". ¿Entenderá la propuesta el público? ¿Se están alejando demasiado de la obra lorquiana? "El público no existe", objeta José Manuel Mora, "existen espectadores individuales". Y Ferrer se enciende ante la pregunta de un periodista que le inquiere sobre si esto va para el "público normal": "Esto es para el experto, para el que no tiene un nivel cultural alto y para el que no, porque no hace falta".  

No es el único montaje de Lorca que, en las últimas temporadas, pone a prueba la apertura de la escena española. El público, en el montaje de de Àlex Rigola, tiraba del imaginario lorquiano hacia terrenos todavía no visitados. Julieta, interpretada por Irene Escolar, no era una figura angelical y pura, sino un cuerpo llevado y traído por el deseo. Los caballos eran bailarines aceitosos (uno de ellos, Weickert, que repite en esta Bernarda Alba, al igual que Lorente) y el Emperador era una especie de centauro violento. Pero aquello era el teatro imposible del granadino y se permitía por tanto cierta vanguardia. Las Bodas de sangre de Pablo Messiez renunciaban también al imaginario clásico de colores pardos y tragedia, y fue recibida con frialdad por la crítica. Ahora le toca a Esto no es la casa de Bernarda Alba

"No sé por qué se ha trazado algo que parece que Federico solo se puede hacer de una manera", protesta la directora. Ferrer se empeña en definirse como clásica —no le falta razón, en cierto modo: se ha formado en La Abadía y dirige ahora el Corral de Comedias de Alcalá de Henares junto a Darío Facal— mientras los demás la consideran rompedora. Eusebio Poncela, que regresa al teatro tras Una luna para los desdichados (2012) lo resume: "Carlota viene a mover un poco el cotarro, incluso a su pesar". Quizás porque es también coreógrafa, porque muestra tanto interés por la danza contemporánea como por el texto o porque apuesta por una mezcla de disciplinas. Cuando dice que quiere hacer un Lorca de hoy, se excusa: "No porque crea ser novedosa o provocadora, sino porque hoy vivo aquí".

Hay, sin embargo, varios elementos del montaje clásico de La casa de Bernarda Alba que se mantienen. El negro riguroso de los personajes, que cargan con ocho años de luto. Las paredes blanquísimas. El ladrido de los perros, como un aviso. Y, sobre todo, el fondo: "La culpa, el miedo, la lucha con el deseo soterrado y con la presión que viene de fuera". 
LA AUTORA Correo Electrónico


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2 Comentarios
  • ágora ágora 19/12/17 12:04

    Mientras que el paro de las actrices sea tan alto permitirse transformar sus papeles en papeles masculinos no me parece ina denuncia.

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    0

  • jorgeplaza jorgeplaza 13/12/17 07:39

    El mayor castigo... y el más largo, porque las mujeres viven unos cuantos años más que los hombres. A perro flaco...

    Responder

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