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Cultura

Carlos Zanón: "Para Carvalho, la verdad resulta siempre decepcionante"

  • El novelista se embarca en su primera novela policial resucitando al legendario detective creado por Manuel Vázquez Montalbán
  • Problemas de identidad dibuja a un detective enfermo, sin apetito, algo más oscuro y con un nuevo mapa de Barcelona

Publicada el 22/01/2019 a las 06:00 Actualizada el 21/01/2019 a las 20:57
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El escritor Carlos Zanón.

El escritor Carlos Zanón.

EFE
Insiste Carlos Zanón (Barcelona, 1966) en que escribir un libro protagonizado por Pepe Carvalho, el legendario detective creado por Manuel Vázquez Montalbán, es "como donducir un Ferrari". Se trataba de no hacerle demasiados rozones y de llevarlo a buen puerto. Es una imagen solo relativamente lúdica. Desde que recibió el encargo de la editorial Planeta, en connivencia con la familia del novelista, ha podido disfrutar del viaje —eso sí, con algún sobresalto que alargó el proceso de creación—. Pero ahora, con Problemas de identidad en las librerías, llega la hora de rendir cuentas, y el escritor barcelonés conoce la tensión del que espera a que el empleado de la empresa de alquiler compruebe el estado del vehículo. 

Pregunta. El libro tenía una fecha prevista, principios de 2018, y luego se fue retrasando. ¿Qué dificultades se encontró durante la escritura?

Respuesta. Yo nunca había hecho una novela policial, no sabía cómo hacer aquello de ir explicando la historia y engañando un poco al lector. Por lo demás, no me agobié mucho. Me he ido agobiando más cuando me han ido preguntando cosas. Quizás fui un poco naif, porque no pensé tanto en la repercusión o en tratar un personaje que era de otro autor. Tampoco era una propuesta mía, ¿no? [Se trató de un encargo editorial.] Entonces…

P. Cuando le plantean continuar con Carvalho, ¿hubo un análisis de cuál era la esencia del personaje, qué se podía quitar y qué había que dejar?

R. Sí, desde el principio pensé que quería personajes nuevos que se ensamblaran con los antiguos, a ver si podían dialogar. Y luego estaba el personaje de Charo, que para mí era muy complicado explicar…

P. ¿En qué sentido?

R. Charo es una prostituta, tiene una relación con un detective… En 2017 [cuando comenzó la escritura], no digo que no se pueda hacer, pero con lo que tenía… No sabía gestionarlo.

P. ¿Releyó los Carvalho?

R. Sí, releí. Al principio, todo el mundo se me ofrecía: la policía, que me invitaron a comer, me enseñaron las técnicas de investigación, los cocineros, estudiosos de Vázquez Montalbán… Pero me di cuenta de que todo eso me iba paralizando y que tenía que dejarlo, dar las gracias a todo el mundo, e inventarme una novela y un personaje. Entonces fue leerme los Carvalho, de manera cronológica. La esencia, aparte de sus tics, es que Carvalho es conocimiento y decepción. Carvalho siempre busca la verdad, la encuentra, y la verdad resulta siempre decepcionante. Y luego es un tío leal, que cuida a su tribu: no es un patriota, es un tipo que da golpes para todos lados pero que sabe que tiene que cuidar a los suyos y conservar su respeto a sí mismo. Y el sentido del humor: intenté pillar el respirar de la novela, los diálogos, ese humor de Barcelona muy socarrón y de segundas intenciones. A partir de ahí, edificar el personaje teniendo en cuenta que tenía que hacer cosas que tú sintieras como propias, que ese personaje también tenía que ser yo, porque yo no concibo la literatura si no es también una manera de conocer quién eres, y tus miedos, y tus fantasmas.

P. ¿Qué puntos en común encontró entre Carvalho y su Carvalho?

R. El escepticismo que lleva cierta lucidez. No estar de vuelta de todo, pero sí eso de que ya te lo sabes. O el sentido del humor, un poco de autolesión. Carvalho tiene otra cosa con la que me identifico mucho: no es nada gregario, es solitario, y una idea que compartan más de cuatro personas ya para él es sospechosa. En eso sentía que podía entenderle y seguirle.

P. ¿Y qué hacer con el estilo, que también hace al personaje, para evitar caer en la imitación? ¿La primera persona fue una respuesta a esta pregunta?

R. Sí, sí. Cuando yo leía a Vázquez Montalbán, pensaba: “¿Por qué no lo hace en primera persona?”. Porque usaba una tercera persona que era muy primera. Si lo hacías desde la primera y creabas el artificio de que Vázquez Montalbán fuera un personaje, ya te permitía otra mirada al personaje y a la ciudad. Desde una tercera, me habría sido muy complicado. No hubiera funcionado: imitar el estilo de otro escritor… Bueno, Banville lo hizo con Chandler [al resucitar al detective Philip Marlowe], pero Chandler sobre todo es estilo. Yo hubiera naufragado, seguro, seguro, seguro.

P. ¿Por qué le pareció necesario el artefacto de introducir a Vázquez Montalbán como un personaje, El Escritor?

R. Era un juego. Que nadie olvide que este protagonista tiene un autor. Era respetar los galones y respetarme a mí. No vengo a ponerme en los zapatos de nadie. Luego, en el fondo es una reflexión del escritor… Durante muchos años, tú escribes y nadie lo sabe. Vives de una determinada manera y la gente te ve de una cierta manera. En el momento en que la gente te lee, eso cambia un poco. La gente no te ve igual, y tú intentas ser el mismo, pero también has cambiado. Hay un problema de identidad de que uno ya no sabe si es ese al que ven en los libros o quien eres tú... Es una chorrada, pero cuando publicas libros, en cualquier conversación parece que tienes que saber de algo. Hace 15 años igual hablaba de fútbol y mis amigos me decían: “¡Cállate, qué vas a saber tú!”. Ahora digo que el Barça a lo mejor tiene que jugar más por los extremos y me escuchan. Pero soy el mismo idiota. Y la gente a la que le gusta mucho escribir, o a la que le gusta mucho leer, tendemos a descifrar la realidad como si fuera un libro. Queremos que nos expliquen mucho las cosas, que los finales sean perfectos, que todo tenga su porqué… Y la vida no, la vida no tiene sentido. Carvalho se mueve porque tiene la sensación de que El Escritor [Vázquez Montalbán, a quien nunca se nombra] le ha robado la vida, pero que por otro lado le daba verosimilitud y coherencia.

P. Leía que se lo había permitido, en parte, porque Montalbán ya había usado ese recurso en unos textos publicados en Interviú

R. Él había sacado dos novelas: Yo maté a Kennedy, que era una marcianada, y Tatuaje, que había sido como un juego. Él publicaba en Interviú y cada mes tenía una crónica ficcionada. Contaba que en el piso de arriba vivía un detective, que se llamaba Carvalho, y dependiendo del tema de la columna, subía a hablar con el detective, cenaban o comían, y casualmente el detective siempre investigaba algo que tenía que ver con la columna. Cuando descubrí eso, pensé: “Genial”. Si lo hizo él, no era una herejía tan herejía.

P. ¿Tuvo claro desde el principio que Carvalho tenía que seguir envejeciendo?

R. Era una de las cosas que había que respetar, porque Vázquez Montalbán quería ese tipo de investigador. Pero… A veces aquí, en la literatura que hacemos en España, somos muy cuadrados. Si hubiese tenido la edad que tenía que tener en 2017, tendría 80 años y no podría hacer nada. Entonces la decisión fue ponerle menos edad de la que le correspondía. Le he hecho más viejo que yo, pero es un niño de los sesenta aún, no de la posguerra, porque yo no podía conocer los sentimientos que puede tener un niño de la posguerra con la ciudad o con la política.

P. ¿Qué le aportaba al personaje el hecho de estar enfermo?

R. Me permitía varias cosas: yo quería que fuera un héroe injusto, no un héroe ecuánime. Y cuando estás enfermo tienes poca paciencia con tu entorno, podía ser un borde, un jefe con mala leche. Y no quería que cocinara, porque cuando leía las novelas de Carvalho yo las partes de las recetas me las saltaba. Era una manera de hacer algo distinto: un Carvalho que no cocina. Pero la editorial me dijo que, de todo lo que les había propuesto, eso no. Y me di cuenta de que es verdad, que algo que ha marcado la novela negra mediterránea es eso. Es como una parodia de los detectives hard-boiled americanos, que beben whisky y comen fatal. Él es un detective que vive en un mundo muy ingrato pero que de pronto disfruta. Entonces pensé que ese hedonismo me interesaba. El otro reto era meter recetas… Pero quería hacer algo distinto. La idea de que esté enfermo, no pueda comer y lo tire. Y luego… Estaba esa idea de que, tanto en lo físico como en lo emocional, él en un momento dado decide no protegerse más. La cita de Juan Gelman, “Ser uno es no tener nada”. No me han hecho mucho daño, pero estoy solo: igual me hubiera venido mejor no protegerme. Era algo que necesitaba para sentir que la historia me interesaba.

P. ¿Cómo se planteaba la relación con la ciudad? ¿Iba a recorrer Carvalho los mismos sitios?

R
. Al principio le había cambiado hasta de domicilio. Barcelona tiene al Pijoaparte de Marsé en Carmelo, y a Carvalho en Vallvidrera. Pero entonces me di cuenta de que los lectores les gusta que Sherlock Holmes siga viviendo en Baker Street. Eso lo dejé igual, pero no quería que fuera a los mismos sitios para ver su decadencia o no. Tenía que haber otro mapa de la ciudad, y un mapa que a mí me gustara. Va a barrios fuera del centro, va en coche, le llevan, va en taxi… El mapa es otro. Otros bares, otros restaurantes… Está esta ruta de bares chinos [que preparan tapas típicas españolas]. Tenía que hacer lo mío, ni me lo planteé.

P. Si en la Barcelona de Carvalho veíamos la Barcelona de Montalbán, ¿cuál es la Barcelona de Zanón que se ve en Problemas de identidad?

R. Yo no soy una persona que esté enamorada de su ciudad. Me crie en un barrio [Guinardó] en las afueras, con lo cual… Mis abuelas, cuando iban al centro, decían que iban a Barcelona y se ponían guapas. Sabías que tú no eras Barcelona. La mía es una mirada desde fuera, y hay muchos autores ahí: Pérez Andújar, Kiko Amat… Muchos miramos desde fuera. Mi relación con Barcelona… Nos llevamos bien, nos soportamos. Lo que pasa es que, a medida que haces novelas, sí que tienes una relación con la ciudad, y la explicas. Hay una Barcelona que me gusta más, y es de cuando vuelves a casa por la noche, después de haber estado con amigos, de haberlo pasado bien, es esa Barcelona que no se vende como una señora guapa sino como lo que es, una mujer o un hombre que se va a dormir. Barcelona es una ciudad acogedora y humana, pero tiene un punto de vanidad.

P. Teniendo en cuenta que Carvalho anda entre Madrid y Barcelona, que resulta que uno de los personajes femeninos está casado con un dirigente del PP, que está de fondo en el procés… ¿Le daba miedo que la cuestión catalana le pesara al protagonista?

R
. Al protagonista y a mí. En eso sí que tenías que ir con cuidado. La gente está muy susceptible en todos sitios. El personaje siempre está en medio, pero no es benévolo con ninguno de los dos lados. Tenías que ir con pies de plomo, pero también porque era una realidad tan loca que podías hacer el ridículo perfectamente. Pero sí, Carvalho y yo teníamos que ir con tiento con este tema. Dicho esto, también es verdad que piensas que, bueno, si tienes miedo, el miedo se agranda; a la larga te vas soltando y piensas que la creación es riesgo y que a veces hay que enfadar a la gente.

P. Da la sensación, por momentos, de que Carvalho bordea una postura… y luego sale por la tangente.

R. Sí, porque a excepción de los dos bandos que comulgan a tope con las directrices, la mayor parte de la gente no lo vive así. Allí lo que pasa es que amigos con los que te entiendes y tienen contrarias distintas a ti siguen estando en tu vida, y sigues haciendo el esfuerzo de entender cómo ven ellos las cosas. No es una situación maniquea, y él lo ve así. Tú podías estar a favor o en contra del 1 de octubre, pero cuando viste las cargas pensabas, “joder”. Que era gente que iba votar. Entonces en ese momento, igual tú, que no pensabas salir a votar, salías a votar. Es complicado. Yo tenía claro que el personaje no podía decantarse. Hay un momento en que dice que lo mejor sería quitar el cupo vasco, hundir España y que solo quede Portugal. Ese era el punto en el que me sentía más cómodo.

P. Al principio se advierte de que “esta es una novela de ficción” y que cualquier parecido con la realidad “es pura coincidencia”… Que es lo mismo que decir que se ha inspirado en casos reales. ¿Cómo fue la caza de la trama policial en los periódicos?

R. La parte de la trama de las prostitutas la leí en el periódico, que la llevaba una periodista de Barcelona, y la empecé a trabajar para mi anterior novela, Taxi. Pero me di cuenta de que la historia era muy potente y violenta, y que se me comía la novela. Entonces la tenía ahí.  Y luego tengo una amiga periodista, Rebeca Carranco, de El País, y la llamé un día: “Mira, necesito una historia”. Ella me dijo: “Tengo una que es muy tú”. La ley, había salido mucho… Y lo típico: lo coges, aprovechas lo que puedes. El tema de los narcopisos también me pareció muy interesante. O una anécdota muy tonta: en el libro hay, sin hacer moralina, una serie de personajes masculinos que lo que hacen es abusar y maltratar desde su condición. Entonces vi la historia de una mujer en la Rambla que llevaba un burka o algo similar y se paró para que la retrataran. El marido le dijo que no, y ella se enfrentó a él. Me pareció una historia súper buena. Esa anécdota era un poco el libro: estoy puteada, pero aquí me planto.

P. El género policial tiene el cliché del detective hard-boiled con un punto misógino, que no duda en tratar mal a las mujeres, los casos tienen a mujeres como víctimas… ¿Cómo relacionarse con todo eso hoy?

R. Por un lado, le das una vuelta; por otro, te planteas que trabajas en 2017. Carvalho no deja de ser un hombre ahora, con las contradicciones que puedo tener yo. Por ejemplo, en la novela hay muchos personajes femeninos que, en el fondo, son los que gestionan la trama: la periodista, Estefanía, Amelia, incluso Novia Zombie, que es una persona que tiene un cierto poder. En algún momento, el abogado le dice: “No sé qué buscan las mujeres en nosotros”, y él responde: “No buscan nada”. Solo estamos en su mundo y ya está. No me parecía que ni yo ni la gente pudiera conectar con él si era un matador o un misógino. Es que eso ya es ciencia ficción, yo ya he crecido en otro mundo.

Y luego, decimos que en el género negro la mayoría de víctimas son mujeres: es que en la realidad la mayoría de víctimas son mujeres. No puedes hacer la igualdad en eso, meter una víctima masculina porque sí. Y, como hombre, te planteas que la mayoría de estos hijos de puta son de tu partido, tú has comido lo mismo que ellos, te has alimentado de los mismos mitos. Lo que pasa es que ellos han puesto un turbo hacia un sitio y tú no. Pero no dejas de sentirte, en el fondo, no responsable, pero sí... que ese es uno de tu equipo. Eso crea una sensación muy incómoda, porque todos esos roles que te han puesto de “ya te explico yo”, o “te arreglo la vida”… Pues te lo replanteas, porque llevados al extremo son un “no salgas vestida así”. Y Carvalho se mueve también en ese mundo en el que uno se plantea cómo ser hombre ahora.

P. ¿Y qué es lo que le ha costado más trabajo dentro del género policial?

R. Que no se me viera en seguida quién era el malo. Nunca había trabajado eso. Y en mis libros su punto fuerte nunca son las tramas. Pueden ser las atmósferas, los personajes, pero no soy tan imaginativo con las tramas. Y no quería que se resolviera de una manera tópica.

P. Al inicio del libro, con Carvalho enfermo, se puede temer por su vida, pero finalmente el personaje continúa. ¿Por qué esa decisión? ¿Tenía que ver con que ese personaje tuviera que usado más tarde, o por respeto…?

R. Me veía capaz de dejarlo muy enfermo, pero no tenía derecho a matar a Carvalho. Eso está claro. Y yo sabía que el personaje lo tenía que dejar de tal manera que si la editorial quisiera seguir con él pudiera hacerlo. No podía meterlo en un callejón sin salida.

P. Pero usted sabe que no va a seguir.

R. En principio, el planteamiento era uno. Lo he pasado bien y no sé el futuro. Pero el miedo que me daba es que eso se te coma la carrera. A mí me costó mucho empezar a publicar, publiqué muy tarde, he trabajado mucho, he tenido que picar piedra, y no quiero ser “el de Carvalho”. Lo que tengo claro es que el siguiente libro será para Salamandra y será una novela mía. De aquí a equis años, veremos, pero en principio… Además, hay cosas que si pasan una vez son bonitas, y si pasan dos, se estropean.
 
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