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Prepublicación

'Maldad líquida'

Zygmunt Bauman | Leonidas Donskis
Publicada el 10/02/2019 a las 06:00 Actualizada el 09/02/2019 a las 13:50
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infoLibre publica un extracto de Maldad líquida, uno de los últimos libros del sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman, escrito junto al filósofo lituano Leonidas Donskis. El libro, editado originalmente en 2016, llega por primera vez al mercado español con traducción de Albino Santos Mosquera. Ambos pensadores intercambian impresiones sobre la naturaleza del mal contemporáneo en este volumen editado por Paidós. 

"Aunque el mal como tal (...) puede considerarse un compañero permanente e inalienable de la
condición humana, tanto sus formas como sus modos de funcionamiento, especialmente en su

licuada encarnación actual, son fenómenos novedosos y merecen un tratamiento aparte en el que
sea precisamente su novedad la que centre la atención", defienden. Bauman y Donskis, que fallecieron respectivamente en 2017 y 2016, dejaban aquí una advertencia sobre ese mal "líquido", más invisible y sibilino, que "adopta la apariencia de la bondad y

el amor
".

_____

(...)

Zygmunt Bauman: Efectivamente, un fantasma recorre Europa: el fantasma de la ausencia de alternativas.

  No es la primera vez que un espectro así ha surgido en la historia, pero la novedad del momento actual es el carácter globalizado del mundo sobre el que planea. En los siglos de soberanía e independencia territoriales que siguieron al acuerdo westfaliano de 1648, la ausencia de alternativas (en sintonía con la fórmula del «Cuius regio, eius religio», de la que, tiempo después, se sustituiría la religio por la natio) estuvo confinada al espacio delimitado por las fronteras de un Estado; había alternativas de sobra en la inmensidad del mundo que comenzaba al otro lado de la línea fronteriza, y la soberanía territorial pretendía —ante todo— impedir, por las buenas o por las malas, que esas alternativas penetraran dicha línea. El derribo del Muro de Berlín, cuyo vigésimo quinto aniversario hemos celebrado no hace mucho (lo digo por si alguien recuerda aún todo el bombo de aquella celebración, pues la retentiva de la memoria moderna líquida se empequeñece a pasos agigantados), puso de manifiesto que los fantasmas de la TINA (la doctrina del «No hay alternativa») localmente delimitados se estaban fusionando en uno mucho más grande, de alcance global.

De hecho, ese proceso de fusión estaba ya bastante avanzado mucho antes de que cayera el Muro. La fusión previa, sin embargo, llevada a cabo y perpetuada dentro de bloques supranacionales territorialmente soberanos, no alcanzaba todavía a ser planetaria, porque estaba acotada por los límites territoriales mutuamente observados por esos bandos recíprocamente antagonistas, por mucho que cada uno de los dos bloques competidores aspirasen al dominio planetario. Al abrir de par en par al miembro neoliberal de tal fraternidad de fantasmas las puertas de sectores del planeta que, hasta entonces, le habían estado vedados, la caída del Muro de Berlín inspiró y propagó una mentalidad de «final de la historia» como la entonces expresada por Fukuyama. La secular rivalidad fraterna entre fantasmas, que degeneraba una y otra vez en una guerra fratricida, había llegado por fin a su término..., o eso parecía insinuarnos la situación. Y el vencedor, el espectro neoliberal, se había quedado solo en el planeta: ya no tenía rivales y ya no necesitaba hacer especiales esfuerzos por controlar, contener o convertir sus alternativas, que ya solo brillarían por su inminente ausencia. Al menos, eso era lo que creían los profetas y apóstoles del neoliberalismo. Los dos Bush (padre e hijo, en sucesión bastante inmediata), confabulados con sus respectivos amanuenses británicos (Margaret Thatcher y Tony Blair), tuvieron que aprender por las malas («malas», amén de cruentas, vergonzosas y humillantes) lo defectuosa y falsa que era aquella convicción suya.

En Europa, no obstante, el breve (aunque indiscutido mientras duró) reinado de aquel credo de la doctrina TINA dejó tras de sí unos resultados perdurables, cuya profundidad y capacidad de permanencia siguen sin haberse analizado a fondo. El desmantelamiento sistemático de la red de instituciones dedicadas a defender a las víctimas creadas por una economía cada vez más desregulada y movida por la codicia, unido a la insensibilidad pública creciente ante una desigualdad social descontrolada y a la incapacidad de un número cada vez mayor de ciudadanos —abandonados de pronto (pues ya no se consideraban un peligro potencial para el orden capitalista ni un semillero de revolución social) a sus propios recursos y capacidades privados, clara y profundamente inadecuados—, hicieron que entre los propios partícipes de la democracia (de la democracia ya existente, la de la «vieja Europa», pero también de la potencial, la de la «nueva Europa») cundiera una tenaz caída de la confianza en la capacidad de las instituciones democráticas para cumplir sus promesas, que contrastaba con las elevadas esperanzas inspiradas por el panorama de ilusión y optimismo despertado por la caída del Muro de Berlín. También causaron una distancia creciente y una ruptura de la comunicación entre las élites políticas y el pueblo llano del que las primeras se suponían guardianas, pero al que olvidaron (o no supieron) proteger. Y así, paradójicamente (o de manera no tan paradójica, a fin de cuentas), el triunfo ostensible del modo democrático de convivencia terminó acarreando en la práctica un languidecimiento y un deterioro de la confianza popular en los logros esperables de la democracia. Tan poco atractivos y deprimentes efectos golpearon —aunque en grado desigual— a todos los Estados miembros de la Unión Europea. Pero, posiblemente, se han dejado sentir de forma más aguda en aquellos países en los que el desmoronamiento del Muro de Berlín suscitó las mayores esperanzas: en los países que se emanciparon de los férreos grilletes de las dictaduras comunistas para incorporarse al mundo de la libertad y la abundancia.

No es de extrañar, pues, que, como escribió Ivan Krastev,5 la gente esté perdiendo interés por las elecciones y por todo lo que hoy en día se considera controversia política: «Existe la sospecha muy extendida de que las elecciones se han convertido en un engañabobos». Un juego de simulaciones, lo llamaría yo, en el que todos los jugadores participan de un engaño de prestidigitador. Los políticos fingen gobernar, mientras que quienes ostentan el poder económico fingen ser gobernados. Para mantener las formas, la gente se acerca a regañadientes a los colegios electorales cada pocos años, simulando ser ciudadanos. «Administrar la economía» es una de las funciones que se supone que todavía tienen los gobiernos electos, pero «administrar la economía» es una de esas ficciones a las que los políticos recurren con mayor ahínco. Y no es de extrañar, pues el inevitable fracaso en dicha gestión siempre puede ser excusado con facilidad al atribuirlo a unas recónditas «leyes del mercado» o a una igualmente misteriosa «relación de intercambio» comercial. Y, desde el momento en que todas las facetas de la vida humana quedan ya reducidas a su aspecto económico, cualquier incumplimiento de una promesa puede ser autoexonerado con explicaciones de ese tipo. Se dice que Galileo Galilei afirmó que el libro de la naturaleza está escrito en el lenguaje de las matemáticas. El libro de la sociedad elaborado por los profetas (y promocionado por los apóstoles) del neoliberalismo, esa «filosofía hegemónica» (por usar el concepto de Antonio Gramsci) de nuestro tiempo, se ha escrito en el lenguaje de la economía; es un libro que se guarda a buen recaudo en las cámaras acorazadas de los bancos, no menos escondido allí de lo que muy oportunamente está, para la mayoría de nosotros, el lenguaje en el que está escrito, no menos esotérico (si no más) que el lenguaje de las matemáticas, y presuntamente inteligible solo para los propios banqueros. Pero ¿por qué conserva su hegemonía esa clase de filosofía? J. M. Coetzee, en una carta escrita el 29 de marzo de 2010 a Paul Auster, nos da una pista: «Si nos miramos hoy día a nosotros mismos, vemos justamente lo que cabría esperar: que nosotros, “el mundo”, preferimos vivir en la miseria de la realidad que hemos creado [...] antes que organizar una nueva realidad negociada». A lo que Auster, asintiendo, responde que eso «se aplica no solo a la economía, sino a la política y a casi todos los problemas sociales que afrontamos».1 Es exactamente eso. 

 ¿Se trata, pues, de una mera cuestión de inercia innata? ¿O tal vez, por el contrario, estamos ante una novedad artificial pero firmemente arraigada en nuestro subconsciente colectivo, cuyas alabanzas cantamos cuando estamos despiertos y de la que nos declaramos enamorados porque es para eso para lo que hemos sido educados, preparados e instruidos (como los habitantes de Leonia, una de Las ciudades invisibles de Italo Calvino, cuya «verdadera pasión es gozar de cosas nuevas y diferentes», pero a quienes lo que les apasionaba de verdad, desanimados por «los restos de ayer amontonados sobre los de anteayer y los de todos los días, años y décadas», y horrorizados ante la perspectiva de que la basura «invada poco a poco el mundo», era «el placer de expulsar y desechar»)? La pregunta está, como poco, abierta a discusión, pues ambas explicaciones tienen fundamentos válidos. Sea cual sea la explicación de raíz psicológica por la que optemos para esta hegemonía persistente, lo cierto es que es la «realidad que hemos creado», como bien nos recuerda Coetzee, la que, en último término, mantiene su férreo control sobre nuestros pensamientos y nuestros actos. Esta realidad dibuja fronteras rígidas en torno a nuestra imaginación y fija así también límites a nuestra voluntad; y lo hace dividiendo nuestras opciones en verosímiles y fantasiosas. De paso, degrada y prácticamente invalida por completo nuestras preferencias. En lo que a la visión de alternativas al statu quo y a nuestra determinación para hacerlas realidad se refiere, esta «realidad que hemos creado» se impone de calle a todos los demás fármacos anticonceptivos en la competición que los enfrenta entre sí.
_____

1. Paul Auster y J. M. Coetzee, Here and Now: Letters 2008-2011, Vintage Books, 2014, págs. 136 y 139 (trad. cast.: Aquí y ahora: Cartas 2008-2011, Barcelona, Anagrama y Mondadori, 2012).
 
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