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La crisis que cambió (también) la literatura

  • El volumen colectivo Narrativas precarias analiza cómo la ficción española ha reflejado los efectos del crash económico y social y sus consecuencias
  • "La forma se ve afectada por el contenido", cuenta Christian Claesson, su coordinador, "y las vidas interrumpidas resultan en un relato interrumpido"

Publicada el 25/04/2019 a las 06:00 Actualizada el 25/04/2019 a las 14:04
Manifestantes del 15-M en Madrid.

Manifestantes del 15-M en Madrid.

E.P.
En 2011, Isaac Rosa publica La mano invisible, una novela en la que un grupo de trabajadores realiza su labor delante de un público oculto en la sombra: su empleo sirve solo para ser observado. En 2012, Pablo Gutiérrez publica Democracia, la historia de un activista solitario tomado por un impulso febril de justicia y venganza. En 2013, Rafael Chirbes publica En la orilla, un relato de la ruina pantanosa en la que quedan sumidos los habitantes de Olba, un pueblo más de los arrasados por el desempleo, la corrupción y el arribismo en distintas manifestaciones. En 2014, Elvira Navarro publica La trabajadora, cuya protagonista sufre en su cuerpo, en su mente y en su lenguaje los efectos del empleo que nadie le paga. No es, por supuesto, una casualidad. 

Y en eso se fija Narrativas precarias, un libro colectivo editado por el investigador Cristian Claesson y editado por Hoja de Lata, en el que once autores estudian los efectos de la crisis en la literatura (y no solo). Porque también ahí ha dejado huella. No solo en la temática, algo que puede deducirse de los libros mencionados. También en aspectos tan dispares como la estructura, la voz y la identidad de los narradores o la misma concepción de lo que es una novela política. "Ha habido una concienciación, un cambio de rumbo en los novelistas", defiende Claesson, profesor en la Universidad de Lund, en Suecia. Si la crisis no es solo "un proceso económico, sino sobre todo social", plantearse cómo ha entrado este fenómeno en la cultura española es (¿casi?) tan útil como analizar los números del paro o las gráficas del PIB. 

  El rango de asuntos abordados por el volumen es amplio, y no se centra solo en la literatura, aunque sí primordialmente. El filósofo Javier López Alós estudia cómo la crisis ha afectado a la "subjetividad neoliberal", y cómo el individualismo, inútil ante la avalancha, parece verse agotado en favor de una nueva concepción de lo común. Cristina Somolinos Molina se centra en la representación de los cuidados y el trabajo feminizado en la narrativa sobre la crisis. La novelista e historiadora Nere Basabe se plantea cómo la experiencia de la crisis cambia también lo que se escribe sobre el pasado, ya sea remoto o reciente, con especial atención a la representación del conflicto vasco. Carolina León Vegas registra la entrada del activismo, y de qué formas de activismo, en las novelas escritas tras la caída de Lehman Brothers y tras el 15M. Etcétera, etcétera...

"Ser escritor y escribir sobre la España actual sin hablar de la crisis es imposible... o bien es una opción política", apunta Claesson por teléfono. Que la crisis, como temática, se ha expandido por toda la narrativa española es indudable: como muestra, que la novela ganadora del Premio Planeta en 2015, Hombres desnudos, de Alicia Giménez Bartlett, situada en un rincón de la industria editorial poco dado a priori al activismo político, retratara a un grupo de parados que decide dedicarse a la prostitución. Pero la influencia del crash y sus consecuencias en la literatura española no es solo temática. "Las narrativas sobre la precariedad son precarias en sí mismas, esa es la metáfora actual", explica Claesson. "La forma se ve afectada por el contenido, y las vidas interrumpidas resultan también en un relato interrumpido". 

En ese sentido, el volumen da cuenta de un gran número de novelas y relatos en los que la historia política y económica del país se manifiesta de la manera más personal e íntima en las vidas de los protagonistas. Es el caso de las ya mencionadas La trabajadora y En la orilla, pero también Clavícula (2017), de Marta Sanz, donde la narradora busca el origen de su dolor y lo encuentra (o no) en la precariedad, en la autoexplotación, en la incertidumbre. O como Asamblea ordinaria (2016), de Julio Fajardo Herrero, donde una pareja comienza a sentir en sus costuras la tensión de la escasez, algo similar a lo que ocurre en Feliz final (2018), de Isaac Rosa.

De hecho, cuando Carolina León estudia la representación de lo que llama "activismos insólitos" en las novelas, las historias que analiza tienen más que ver con los procesos mentales de sus protagonistas que con los métodos de protesta. El protagonista de Democracia, Marco, en paro, se ve presa de una especie de estado de desacuerdo con lo que le rodea que le hace emprender acciones no muy meditadas: hace grafitis de manera compulsiva, participa en bloques violentos en manifestaciones. "¿Por qué cuando en la calle se organiza una acción colectiva, como el 15-M o la PAH, la literatura reflejaba estas acciones individuales que nacen de una especie de desesperación?", se pregunta por teléfono la investigadora, profesora en la Universidad de Dalarna, en Suecia. Y no tiene respuesta. Pero León Vegas cita al editor y escritor Constantino Bértolo para apuntar que la militancia exige que el individuo abandone la idea de un "perenne yo verdadero" para abrazar la colectividad. ¿Pero qué ocurre cuando Marco ve quebrada su identidad individual, no encontrando tampoco una colectiva? Algo parecido a la locura. 

A vueltas con la identidad andan también los narradores y los personajes de los libros señalados por Basabe. Novelas como Terroristas modernos (2017), de Cristina Morales, o El anarquista que se llamaba como yo (2012), de Pablo Martín Sánchez, protestan contra los relatos unívocos del pasado y señalan vías para nuevas interpretaciones. ¿Pero por qué una crisis presente afecta a nuestra visión de la historia? "Las identidades siempre buscan enraizarse en algún lado", señala por teléfono la profesora de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid. "Ante las 'identidades líquidas' o las 'identidades migrantes', como escribe Vicente Luis Mora en otro artículo, hay que buscar nuevos anclajes".

La escritora menciona la protesta de un centenar de historiadores que hace solo unos días clamaban en un manifiesto contra la mirada nostálgica hacia una "historia simplista de Europa" que separa al nosotros de los otros. Basabe vincula esta defensa de la historia como la suma de una pluralidad de relatos también con la narrativa sobre el conflicto vasco, que aborda en su artículo. "Aquí interviene, no tanto la crisis económica en sí, sino el final de la lucha armada de ETA, que permite hablar de un proceso cerrado, aunque no lo esté del todo", señala. Ante la "batalla por el relato" y la "crisis de representación del discurso" surgen nuevas ficciones, a menudos escritas desde lo hasta ahora considerados márgenes, que, "mediante relatos no conclusivos, en vez de cerrar la historia, la abren": La línea del frente (2017), de Aixa de la Cruz; Mejor la ausencia (2017), de Edurne Portela; El comensal (2015), de Gabriela Ybarra; Los turistas desganados (2015 en euskera, 2017 en castellano), de Katixa Agirre...

Ante la abundancia y variedad del corpus usado, en el volumen Claesson admite que "es dudable que se pueda hablar realmente de una novela de la crisis", si con ello se quiere hablar de "una corriente estable y fácilmente identificable de novelas con la crisis y sus consecuencias como tema principal", como escribe en la introducción. Los autores hablan de una narrativa "sobre la crisis", "de la crisis", "en torno a la crisis", "postcrisis"... Porque la literatura se ve afectada por ella en la misma manera, plural e imprevisible, que quienes la sufren. Esta novela trasciende, en cualquier caso, el mito de la novela política plana y panfletaria, vinculada firmemente al realismo social. "Los mecanismos de la ficción van más allá del realismo, y hay una enorme variedad de experimentos", cuenta, "precisamente porque se asume la potencialidad de la ficción para imaginar otras vidas, otras formas de existencia". 

Claro, que esa mirada crítica desde la literatura a la situación política y social no nace con la crisis. Claesson lanza un dardo a Antonio Muñoz Molina y su libro Todo lo que era sólido: "¿Cómo es posible que no viéramos nada?', se pregunta él. Hombre, tu no verías nada, pero sí que había gente hablando de eso". En el volumen se nombra a Rafael Chirbes, Marta Sanz, Belén Gopegui, Isaac Rosa o el más desconocido colectivo Todoazen. "Lo que pasa es que estos eran considerados escritores comprometidos, y quienes no hablaban de ello se consideraba como ausente de ideología. No, no es que no fuera ideológico, es que la hegemonía no se ve, es transparente". ¿Y el futuro? ¿La literatura de la crisis dejará huella tras la crisis? "Bueno, cuando esto se tranquilice, si se tranquiliza", valora Claesson, "quizás sí se produzca un cansancio temático. Pero quizás también quede, o quiero pensarlo, un cambio en la mirada política". 
 
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