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'Antifa'

Publicada el 04/05/2019 a las 06:00
infoLibre publica un extracto de Antifa, ensayo de Mark Bray, historiador especialista en derechos humanos y anarquismo, editado por el sello Capitán Swing. El autor, que visitará Madrid, Valencia y Barcelona la próxima semana, analiza en este ensayo la historia y los métodos del movimiento antifascista, lo que le permite extraer ciertas conclusiones que aplicar frente al actual auge de la extrema derecha. Este fragmento explica dos de las "cinco lecciones básicas para antifascistas" que recoge en el capítulo cuatro, a saber: 

1. Las insurrecciones fascistas no han triunfado nunca. Siempre han accedido al poder por medios legales. 
2. Unos más que otros, muchos dirigentes y teóricos antifascistas del periodo de entreguerras asumieron que el fascismo no era más que una variante de las posiciones contrarrevolucionarias tradicionales. No se lo tomaron suficientemente en serio hasta que fue demasiado tarde. 
3. Por motivos ideológicos y organizativos, a menudo las cúpulas socialista y comunista tardaron más que sus bases en evaluar de forma correcta la amenaza que representaba el fascismo. Y más todavía en apoyar una respuesta antifascista militante. 
4. El fascismo le roba a la izquierda la ideología, la estrategia, la imagen y la cultura. 
5. No hacen falta tantos fascistas para que haya fascismo. 

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Unos más que otros, muchos dirigentes y teóricos antifascistas del periodo de entreguerras asumieron que el fascismo no era más que una variante de las posiciones contrarrevolucionarias tradicionales. No se lo tomaron suficientemente en serio hasta que fue demasiado tarde
  Desde que ha existido le revolución, ha habido contrarrevolución. Todo asalto a la Bastilla ha tenido su Termidor. Tras la Comuna de París, cientos de comuneros subieron al cadalso. Miles más fueron encarcelados o tuvieron que partir al exilio. Después de la fallida Revolución rusa de 1905, más de 5.000 prisioneros políticos fueron ejecutados y se mandó a la cárcel a 38.000 personas. En este mismo periodo, se vivieron 690 pogromos antisemitas, en los que se asesinó a más de 3.000 judíos.1 Los revolucionarios europeos y las minorías étnicas han vivido en carne propia la violencia de la reacción tradicional.

No obstante, el fascismo era algo nuevo. Sus innovaciones ideológicas, tecnológicas y burocráticas dieron forma a un mecanismo con el que llevar a la metrópoli las guerras de exterminio que el imperialismo y el genocidio europeos habían exportado por todo el mundo.

Por ello, no es sorprendente que al principio muchos analistas de izquierda interpretaran el fascismo dentro de los parámetros de las fuerzas contrarrevolucionarias existentes. Según la Federación de Trabajadores Socialistas, los Fascistas italianos eran, «en el sentido más literal, una Guardia Blanca». Con ello se referían a los contrarrevolucionarios de la Revolución rusa. El Partido Comunista de Gran Bretaña les llamaba «los Black and Tan italianos», en referencia a las unidades contrarrevolucionarias británicas de la guerra de Independencia de Irlanda. En la década de 1920, algunos marxistas emplearon el análisis del comunista húngaro Géorg Lúkacs del «terror blanco». En consonancia, defendían que los squadristi de Mussolini no eran más que una avanzadilla de la clase dirigente, sin ideología propia.2

Por otra parte, una serie de analistas pusieron de relieve las características exclusivas del fascismo. Reconocieron la novedad de sus guiños nacionalistas al socialismo, su elitismo populista. Observaron que ciertos sectores anteriormente enfrentados, como los terratenientes tradicionales y los capitalistas burgueses, podían formar un movimiento contrarrevolucionario unido.3 El enfoque marxista en la dinámica de clase que subyace al fascismo sacó a la luz partes de esta nueva y sorprendente doctrina, que los observadores de centro no llegaron a detectar. Sin embargo, esto también tendía a confinar el peligro potencial de esta ideología en los límites de su supuesto papel como guardaespaldas de la clase dirigente. De ese modo, los marxistas y muchos otros no consiguieron prever que el ámbito de su violencia se iba a extender mucho más allá de lo estrictamente «necesario» para salvaguardar la empresa capitalista. Es cierto que los fascistas del periodo de entreguerras se desarrollaron a partir de una base de clase media, con el apoyo de las clases dirigentes. Pero a menudo, aunque no siempre, al crecer conseguían atraer a elementos obreros. Este es un hecho que los marxistas tardaron mucho tiempo en asimilar del todo.

Independientemente del contenido de sus análisis, muchos políticos de la izquierda no se comportaron como si realmente estuviese en juego la supervivencia de sus movimientos. Los socialistas italianos firmaron el Pacto de Pacificación con Mussolini en 1921. Para ellos, igual que para los comunistas, la llegada del fascismo al poder no representaba nada más grave que el enésimo giro a la derecha en la perpetua oscilación pendular de la política parlamentaria burguesa. En este aspecto, no fueron diferentes del todo de la mayor parte de los socialdemócratas españoles. Estos colaboraron con el Gobierno militar de Primo de Rivera, a pesar de sus tintes fascistas, en la década de 1920. En Alemania, los comunistas pensaban que el fascismo había llegado ya cuando los «Gobiernos presidenciales» de principios de la década de 1930 empezaron a legislar por decreto. Sin embargo, ni los supuestamente fascistas «Gobiernos presidenciales» ni la llegada a la cancillería de Adolf Hitler convencieron a los líderes del partido de que se enfrentaban a una amenaza existencial. Para la cúpula del KPD, el nazismo no requería una oposición por todos los medios posibles, sino paciencia. Su lema era: «Primero Hitler, luego nosotros». A principios del siglo pasado, los izquierdistas tenían motivos para pensar que las etapas de represión más intensa iban y venían. El fascismo cambió las reglas del juego.

La primera vez que se reconoció de manera sustantiva el peligro del fascismo fue en el «Levantamiento de Febrero» de 1934. En él, los socialistas austriacos se defendieron de los asaltos de las fuerzas del autoritario canciller Dollfuss contra sus centros de reunión (a su vez, estos ataques estaban espoleados por Mussolini). El levantamiento fue brutalmente reprimido. Dejó 200 muertos, 300 heridos y resultó en la prohibición del partido.4 No obstante, su valentía animó a los mineros socialistas en España. Estos se sublevaron más tarde ese mismo año en Asturias. Su lema era: «Mejor Viena que Berlín». Hacía referencia a la llegada de Hitler al poder, a la que nadie se opuso por la fuerza. Cuando estalló la guerra civil en España, el antifascismo se entendía ya como una lucha desesperada para evitar el exterminio.

Teóricos y políticos marxistas tendían a interpretar el fascismo basándose demasiado en el paradigma de la contrarrevolución tradicional. Esto limitó la capacidad de la izquierda en su conjunto para reaccionar ante esta nueva amenaza. La forma de la resistencia debe adaptarse siempre a aquello contra lo que se resiste. Por eso, es tarea de los antifascistas reevaluar de forma continua sus arsenales teóricos, estratégicos y tácticos, en base a los cambios en la ideología y la práctica de sus adversarios de extrema derecha. Matthew N. Lyons ha puesto esta lección en práctica. Critica a los autores que dicen que a la «derecha alternativa» no se le debería llamar otra cosa más que neonazis. Para Lyons no cabe duda de que muchos en la derecha alternativa lo son. Pero defiende que esta actitud «representa la idea equivocada de que los supremacistas blancos son todos iguales […], de que no necesitamos conocer a nuestros oponentes».5 A los antifascistas de entreguerras les costó muy caro interpretar a su enemigo en virtud de un paradigma desfasado. En cierto momento, la evolución de la extrema derecha va a implicar que habrá que abandonar el marco del «fascismo» por completo, conforme nos alejemos más y más del siglo XX.

Es crucial que los militantes desarrollen una comprensión clara y precisa del fascismo. Para poder entender la naturaleza flexible y sólida de las propuestas políticas del antifascismo, debemos reconocer la relación que hay entre dos de sus muchos aspectos: el analítico y el moral.

El aspecto analítico consiste en poner en juego definiciones e interpretaciones históricamente informadas del fascismo. Se busca dar forma a una estrategia de oposición a este adaptada a los retos concretos que plantea el enfrentarse a grupos y movimientos con esa ideología. Por ejemplo, ciertos métodos válidos para enfrentarse a colectivos neonazis pueden no ser aplicables a otras organizaciones de extrema derecha. Deben entenderse bien las diferencias que hay en la ultraderecha para tenerlas en cuenta en la toma de decisiones estratégicas y tácticas.

El aspecto moral se desarrolló durante el periodo de entreguerras a partir de la potencia retórica asociada al término «fascista», cuando se califica así a alguien o a algo. Entra en juego cuando la óptica militante se aplica a fenómenos que pueden no ser fascistas, hablando de forma estricta, pero que presentan ciertos rasgos que sí lo son.

Por ejemplo, ¿se equivocaban los Panteras Negras al llamar «cerdos fascistas» a los policías que asesinaban a personas de raza negra con impunidad? Puede ser que los agentes no tuviesen opiniones de este tipo, personalmente. Además, el Gobierno de Estados Unidos no era literalmente fascista. En una manifestación del movimiento en Madrid pude ver una bandera del arcoíris con el lema «La homofobia es fascismo». ¿Acaso el hecho de que haya muchos homófobos que no son de ultraderecha invalida esta afirmación? Las guerrillas que se enfrentaron a Pinochet en Chile o el maquis contra Franco en España ¿estaban equivocados al decir que su lucha era «antifascista»? Según muchos historiadores, estos regímenes no eran fascistas, en un sentido estricto…

Es importante analizar cada uno de estos casos y muchos más para poder desarrollar un análisis bien afinado. Sin embargo, el aspecto moral del antifascismo permite comprender cómo el término «fascismo» ha llegado a constituir una categoría normativa. Quienes se enfrentan a un conjunto de formas de opresión lo utilizan de este modo. Ponen así de relieve la ferocidad de sus oponentes políticos y los elementos de continuidad que tienen con el fascismo en sí. La España de Franco puede haber sido un régimen militar católico y tradicionalista, más que fascista como tal. Pero estas distinciones no tenían mucha importancia para las personas perseguidas por la Guardia Civil.

Las dificultades a la hora de definir el fascismo hacen que la línea divisoria entre estos dos aspectos se difumine. Es más, el aspecto analítico contiene una crítica moral. Al igual que el aspecto normativo implica un análisis, aunque sea impreciso, de las relaciones que hay entre una cierta forma de opresión y el fascismo. Es verdad que a partir de cierto punto el uso de este calificativo pierde su eficacia, cuando se repite en exceso. Pero una parte integrante fundamental del antifascismo es la necesidad de enfrentarse tanto a propuestas explícitamente fascistas como a otras similares, en solidaridad con todos los que las sufren y luchan contra ellas. Las cuestiones terminológicas deben afectar a nuestra estrategias y tácticas, no a nuestra solidaridad.
 
Por motivos ideológicos y organizativos, a menudo las cúpulas socialista y comunista tardaron más que sus bases en evaluar de forma correcta la amenaza que representaba el fascismo. Y más todavía en apoyar una respuesta antifascista militante

Muchos socialistas y comunistas consideraron en un principio que el fascismo era una forma más de las actitudes contrarrevolucionarias clásicas. Se centraron mucho más en enfrentarse entre sí que en oponerse a sus enemigos fascistas. Ambas facciones marxistas argumentaban que si lograban unir al proletariado bajo su liderazgo, los obstáculos que opusiese la extrema derecha no tendrían importancia.

Algunos militantes socialistas de base siguieron en los Arditi del Popolo para luchar contra los camisas negras en Italia, a principios de la década de 1920. Pero los líderes del partido ordenaron abandonarlos, para proseguir una senda electoral y legalista. Cuando esta se vio definitivamente bloqueada, fueron incapaces de cambiar de rumbo.

Lo mismo ocurrió en otras partes en esa época. Los socialdemócratas alemanes se mantuvieron estrictamente dentro de la legalidad a lo largo de las décadas de 1920 y 1930. a pesar del creciente descontento entre los miembros del partido. Sus militantes de base participaban en la milicia Reichsbanner, después en el Frente de Hierro, y proponían medidas más agresivas. Pero el letárgico aparato del partido no estaba preparado para plantearse estrategias alternativas. Del mismo modo, a las bases del socialismo austriaco les costó mucho llevar a los líderes de su partido a posiciones de autodefensa militante frente al asalto de la extrema derecha, en las décadas de 1920 y 1930. En Gran Bretaña, los militantes del Partido Laborista y del Congreso de Sindicatos se enfrentaban físicamente a los fascistas en las calles. Sus líderes les advertían de que no lo hicieran. La cúpula del laborismo condenó incluso la participación de algunos de sus afiliados en la batalla de Cable Street, en la que varios colectivos se opusieron a los camisas negras de Oswald Mosley que querían desfilar por un sector judío del East End de Londres. También se negaron a apoyar a los muchos miembros del partido que se unieron a las Brigadas Internacionales en España.6 Como ha dicho el historiador Larry Ceplair, los socialdemócratas «habían jugado al juego parlamentario demasiado tiempo y sus líderes se habían vuelto ideológica y psicológicamente incapaces de organizar, ordenar o aprobar la resistencia armada o una revolución preventiva».7

Muchos socialistas a nivel individual no estaban tan preocupados por la ideología legalista del partido ni por su estrategia de planes maestros electorales. Percibieron mucho mejor la cambiante situación que se daba sobre el terreno y estuvieron mucho más dispuestos a plantar cara al fascismo.

A principios de la década de 1920, la Internacional Comunista creía que la tarea más inmediata de los revolucionarios era dejar clara la distinción que había entre el marxismo-leninismo y la socialdemocracia y el enfrentamiento entre ambos. De ese modo, serían ellos quienes liderasen la oleada insurreccional que parecía que iba a engullir el continente. Este objetivo volvió a plantearse con el inicio de la «tercera etapa» de la Komintern, a partir de 1928. El modelo de organización leninista de «centralismo democrático» dictaba una cadena de mando muy disciplinada. Descendía desde la Komintern en Moscú, a través de los partidos nacionales, hasta las secciones locales y los cuadros militantes en los barrios. Esto permitía al movimiento comunista internacional actuar de forma concertada a lo largo de vastas zonas geográficas. Pero también implicaba a menudo que las rencillas internas entre la élite del partido en Moscú tenían una mayor influencia sobre las decisiones políticas que la situación sobre el terreno.

El calificativo de «socialfascistas» es un ejemplo de ello. Muchos líderes nacionales lo adoptaron a regañadientes y lo abandonaron gustosamente cuando la Komintern pasó a la postura del Frente Popular, en 1935. Generalmente, entre los militantes de los partidos no había ni de lejos tanta animosidad como la que existía entre sus líderes. De hecho, las primeras iniciativas de unidad entre socialistas y comunistas en Francia y Austria, por poner dos casos, se desarrollaron desde la base.8 Estos ejemplos ilustran algunos de los inconvenientes de las formas jerárquicas de organización.

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1. Orlando Figes, A people’s tragedy: the Russian Revolution: 1891-1924, Nueva York: Penguin, 1996, pp. 197, 201 [trad. cast.: La Revolución rusa (1891-1924), Barcelona: Edhasa, 2001].
2. Hodgson, Fighting fascism, pp. 51, 55.
3. Ibid., pp. 27, 36.
4. Paula Sutter Fichtner, Historical dictionary of Austria [Diccionario histórico de Austria], 2.ª edición, Lanham: MD Scarecrow, 2009, pp. 96 y 97.
5. Matthew N. Lyons, «Calling them “alt-right” helps us fight them» [Llamarles «derecha alternativa» nos ayuda a enfrentarnos a ellos], threewayfight, 22 de noviembre de 2016.
6. Hodgson, Fighting fascism, pp. 105-106, 138, 140, 160-161.
7. Ceplair, Under the shadow of war, p. 6.
8Ibid., p. 86.
 
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