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'Maternofobia'

Diana López Varela
Publicada el 26/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 25/05/2019 a las 19:52
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infoLibre publica un extracto de Maternofobia, el ensayo de Diana López Varela (autora de No es país para coños) que la editorial Península lleva a las librerías el 28 de mayo. En él, la periodista y guionista analiza de qué manera la maternidad marca la vida de las mujeres a partir de los 30 años, ya sea porque es deseada pero no se tienen recursos para hacerlo posible o una pareja que también lo quiera, ya sea porque no es deseada —nunca, o no en ciertas condiciones— y la presión social resulta asfixiante, ya sea por las imposiciones del mercado laboral o de ciertas visiones de la crianza una vez que el bebé nace. 

_______________
 
Y tú, ¿para cuándo?
 

Finales de verano de 2018. Voy a la panadería que está cerca de mi casa, en una pequeña población al lado de Santiago. En la puerta, los típicos carteles de publicidad, eventos del pueblo, esquelas y misas semanales por difuntos. En Galicia los muertos nunca descansan en paz. Entre tanta información, algo llama poderosamente mi atención. Estamos en época de bodas y no es inusual observar pancartas que anuncian enlaces a golpe de intimidades sobre los contrayentes. Se trata de la foto de una pareja a punto de casarse, incrustada con un malísimo Photoshop sobre diferentes paisajes en los que sobresalen bocadillos de la cabeza de cada uno de los dos. Al chico le han puesto mensajes variados que dibujan al típico Peter Pan pasado de vueltas que tanta admiración causa entre sus amigotes, los del ForoCoches del WhatsApp: «Vámonos de fiesta», «¿Queda alcohol?», «¡Quiero salir!». Ella, en cambio, aparece en todos los carteles con un único mensaje, repetido una y otra vez a modo de ridícula burla para goce de todo el vecindario: «¿Y el niño para cuándo?». La frasecita está escrita en todos los carteles sobre la imagen estática de esta sonriente rubia de treinta y pocos años. Me ofendo tanto que la ira se me escapa por la boca y rebota en mi pareja, que, como era de esperar, no ve ofensa alguna en aquel cartel. «¿Y si realmente es eso lo que ella quiere?»

Ese mismo verano, tiempo después de someterme a una IVE, una señora me intercepta a la salida de la peluquería. La mujer, de unos sesenta, cristianamente casada, con hijos y nietos, parece aquel día francamente preocupada por mi fecundidad, al punto de que llega a decirme abiertamente que tengo que hacerlo más. Se viene arriba. «Yo a tu edad no paraba de hacerlo, cada vez que mi marido llegaba a casa, lo hacíamos como locos en cualquier esquina.» Pienso en su marido. Me dan ganas de decirle «¿hacer qué, señora?», pero esquivo la cuestión con elegancia y le digo que aún no sé si quiero tener hijos porque soy «demasiado joven». Mi jocoso comentario enciende a la bestia. Esta mujer considera «unas viejas» a todas las que tienen hijos a partir de los treinta y cinco, como una familiar suya, y un drama mismo el hecho de tenerlos a partir de los cuarenta. «Eso debería estar prohibido», me espeta con una aspereza que denota ganas de partirme la cara.

Voy al médico. En la sala de espera me encuentro a una conocida, madre de varios hijos, que tiene la necesidad de recordarme que no deje pasar «lo de los niños». Lleva cinco años diciéndome exactamente lo mismo cada vez que me ve. Supongo que cree que, si no lo hace, corro el riesgo de que se me olvide. En una entrevista de trabajo me preguntan si voy a tener hijos. Contesto con un «no» rotundo que, lejos de tranquilizar a mi entrevistador, acaba en una rocambolesca explicación sobre mis deseos maternales a la persona que está pensando en contratarme como guionista.

Algunos compañeros de trabajo se congratulan de la suerte de mi pareja porque voy a ser una madre «preciosa». Descubro que hay hombres a los que las mujeres les parecemos sexis en función de nuestra capacidad para gestar vida humana.

Un familiar suelta en un grupo de WhatsApp, en el que también está mi pareja, que le haría mucha ilusión que anunciase mi embarazo «de una vez».

El día de Fin de Año alguien dice que a ver si para el año somos «uno más» clavando su pupila en mi pupila color miel.

Día tras día siento la necesidad de mandarlos a todos a tomar por el culo. Pero no puedo, son solo comentarios «bienintencionados».

Mi amiga Paloma me describe una reunión de trabajo con sus socios; ninguno de ellos es padre todavía. Uno propone mejorar los horarios para poder conciliar de cara a tener hijos en los próximos años. Todos miran a mi amiga y le recuerdan que ella es la más «interesada», dando por hecho que ella será la primera en quedarse embarazada porque es la única mujer y la más mayor (treinta y seis). La mandan a la prórroga de la fertilidad con la siguiente frase: «Tú no puedes esperar mucho más».

Otra amiga va con su novio a anunciar su boda ante los padres de este. Cuando les comunican que tienen algo importante que anunciarles, el padre del novio prepara el brindis, emocionado, por el inexistente embarazo. Mi amiga corrige: «No estoy embarazada, es que nos casamos». La novia del padre de su novio mete gol en propia puerta: «Como has engordado tanto últimamente creíamos que estabas de varias semanas». Con el disgusto, mi amiga se pone a dieta y a nadie le importa ya una mierda la boda. No se casan.

A mi amiga Rebeca, su pareja le insiste mucho desde que varios de sus amigos han tenido hijos. Tienen una muy buena posición económica, pero ella sigue sin desearlo. Sus padres y suegros están convencidos de que se arrepentirá si no los tiene pronto y le recuerdan que tener perros está muy bien (tiene uno al que adora) pero «no es comparable» y que «una vida sin hijos no tiene sentido».

En un momento de crisis de pareja, a mi amiga Sofía la novia de un amigo de su novio le espeta que están mal porque se nota mucho que ella quiere tener hijos y él no.

Los padres de María la machacan para que se embarace cuanto antes de su novio de toda la vida porque está en el mejor momento y ellos aún la pueden ayudar.

Y mi amiga Delia, que nunca quiso tener hijos, recuerda la condescendencia con la que siempre la trataban en su familia con un «ya cambiarás de opinión» cada vez que le preguntaban «¿y el niño para cuándo?» en una comida familiar. Una compañera de trabajo, que acababa de ser madre, llegó a decirle que era superegoísta por no querer tener hijos. Entre tantas presiones, Delia acabó obsesionada intentándolo, sometiéndose incluso a varios tratamientos de fertilidad que la agotaban y la hacían sufrir debido a su condición de enferma crónica y que, sin embargo, no resultaron eficaces. Ahora agradece no haberse quedado embarazada.

Es el momento de decirles a todas esas personas profundamente preocupadas por nuestra fecundidad que las mujeres no necesitamos saber su opinión sobre lo que deberíamos hacer con nuestros órganos reproductores. Que sus comentarios son impertinentes, dañinos e innecesarios. Que no todas las mujeres quieren tener hijos. Y no todas quieren tenerlos en ese momento. Muchas no lo desean hasta ser «viejas». Otras no poseen los recursos económicos suficientes para ser madres. Unas cuantas llevan tiempo intentando quedarse embarazadas mientras soportan todos estos comentarios «bienintencionados». Algunas no podrán serlo nunca. Otras acaban de pasar por un aborto o han perdido a un hijo deseado. Puede que estén traumatizadas. Una parte de ellas no encuentra una pareja, o la suya no quiere tener hijos. Y la mayoría duda si quiere o no, y en todo caso, pedirá consejo a quien ellas —nosotras— consideren oportuno.

Detrás de todas estas presiones, más o menos sutiles, o directamente descaradas, subyace una idea: necesitamos niños. Las mujeres tenemos el mandato biológico de crear vida. Para algo estamos en este mundo, seres de bellas cualidades mágicas. Mujer igual a madre.
 
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