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'Las conspiraciones del 36'

Roberto Muñoz Bolaños
Publicada el 09/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 08/06/2019 a las 20:12
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infoLibre publica un extracto de Las conspiraciones del 36, del historiador Roberto Muñoz Bolaños, publicado por la editorial Espasa. En este volumen, el profesor de las universidades Francisco de Vitoria y Camilo José Cela analiza las confabulaciones que precedieron al golpe de Estado del 18 de julio, analizando primero las tramadas entre 1931 y 1935, pasando luego a la conspiración militar y carlista de los primeros meses del 36 y centrándose finalmente en la de Mola que llevaría al levantamiento fascista. Cuando aborda esta última, el autor analiza también las implicaciones en la misma de las distintas facciones políticas. En este fragmento, se ocupa de la relación de los partidos republicanos moderados con los sublevados. 
________

 
Partidos republicanos moderados
 
A este grupo de partidos se adscribían ideológicamente los cinco generales que integraban la plana mayor de la sublevación. Estaba formado por los partidos de Lerroux (Partido Republicano Radical), Melquíades Álvarez (Partido Reformista) y Miguel Maura (Partido Republicano Coservador); el centro, ligado a Niceto Alcalá-Zamora (Partido de Centro Democrático), y los «agrarios» de Alcázar de Velasco (Partido Agrario Español). Se trataba de organizaciones minoritarias y carentes de masas. Sin embargo, sus líderes —salvo los «agrarios»— todavía conservaban un importante prestigio entre las clases medias republicanas liberales y conservadoras. Por esta razón, Mola, Cabanellas y Queipo de Llano —con el conocimiento de Goded y Sanjurjo— los mantuvieron informados de lo que se tramaba con objeto de incorporarlos a la sublevación, pues pensaban que con su apoyo podrían presentar la rebelión como una operación contra un Gobierno revolucionario y no contra la República, evitando así que fuera tildada de «reaccionaria» y «monárquica».


El Partido Republicano Radical había quedado destruido tras los escándalos Straperlo y Nombela, provocando su práctica desaparición del espectro político tras las elecciones de febrero de 1936. Sin embargo, Lerroux, a pesar del desprestigio de su organización política, seguía conservando un halo de legitimidad por su impecable trayectoria republicana a lo largo de su dilatada vida política. Además, Sanjurjo, Cabanellas y Queipo de Llano1 habían tenido en algún momento de su vida una vinculación estrecha con él. En este sentido, Townson escribió que «todos los militares destacados vinculados con los radicales se unieron al levantamiento»2. Por su parte, Mola había desarrollado una relación de confianza con el veterano líder y le profesaba cierta estima, desde que le había nombrado para encabezar el mando de las Fuerzas Militares de Marruecos3. Esa confianza con los generales que lideraban la conspiración explicaría por qué el 17 de julio fue informado por un hombre de confianza de Mola, el comisario Santiago Martín Báguenas, de que el «movimiento que se anunciaba se iniciará esta noche en Marruecos y mañana en la Península […]. Debe usted tomar precauciones. Haría bien en ausentarse de Madrid»4.


Aunque el político republicano proporcionase poco datos sobre su relación con los conspiradores, queda explicitado que tuvo conocimiento de lo que se preparaba a través de Báguenas. Además, el hecho de que se le pidiera que tomara «precauciones» demostraba que «El Director» no confiaba en que la sublevación triunfase en Madrid.
Lerroux
marcharía a Portugal, desde donde «se adhirió formalmente al Movimiento»5. Sin embargo, tras la muerte de Cabanellas, Mola y Sanjurjo, su vida no iba a ser fácil en la España de Franco. El Tribuna Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo le condenaría el 1 de diciembre de 1945 a dos años y un día, aunque la sentencia fue suspendida por «los servicios del acusado al orden e integridad de la Patria»6. Sin embargo, no se le permitió volver hasta 1947. Dos años después, el 27 de junio de 1949, murió en Madrid en el más completo olvido, como escribió Juan Ignacio Luca de Tena: «¡Quién le hubiera dicho a don Alejandro el 14 de abril de 1931 que en la comitiva de su entierro solo le seguirían muy pocos amigos, adversarios, la mayoría de aquella forma de Gobierno que habían sido ilusión y meta de toda su vida!»7.

La mayoría de los principales líderes y militantes radicales, más detestados por la izquierda que por la derecha, también se pusieron al lado de los sublevados. Fue el caso de Diego Hidalgo, Emiliano Iglesias y Juan Pich y Pon. Rafael Salazar Alonso sería fusilado por los republicanos. Por el contrario, Basilio Álvarez y Rafael Guerra del Río apoyaron a la República8. Si Lerroux podía presumir de su trayectoria republicana, Melquíades Álvarez había defendido el sistema democrático desde los días del Partido Reformista, conservando un gran prestigio entre el republicanismo conservador, especialmente en Asturias, su provincia natal. Era también el mentor político de Goded y mantenía una relación muy estrecha con Sanjurjo desde los días de la fracasada intentona golpista de 1932, como reconoció el propio Franco. Además, no había dudado en aceptar la defensa de Primo de Rivera tras ser detenido9. Esa posición política hizo que fuera informado por Jiménez Coronado de lo que se tramaba10:
 

Tenía referencia de los trabajos conspiratorios comenzados en el mes de marzo por algunos jefes militares, para suscitar un levantamiento del Ejército. Según pasaban los meses, las informaciones parecían más precisas en relación con el volumen del presunto alzamiento y, paradójicamente, cada vez eran más vagas sobre los fines políticos que los militares y sus heterogéneos aliados civiles perseguían. Lo único que parecía tener nitidez era el propósito de derribar al Gobierno del Frente Popular, disolver las Cortes y suspender la vigencia de la Constitución de 1931. Buena parte de las informaciones le era suministrada a Álvarez por un ex pasante suyo, quien según declaraba a su antiguo patrón tenía amistad muy estrecha con significados conspiradores.


A semejanza de Lerroux, el 17 de julio los conspiradores le advirtieron, a través de sus yernos Ramón Argüelles y el capitán de Ingenieros retirado Eusebio Álvarez Miranda, de que debía abandonar Madrid. Sin embargo, el veterano político se negó11. El resultado de esta decisión fue su asesinato el 22 de agosto en la Cárcel Modelo de Madrid a manos de milicianos socialistas y anarquistas.

Miguel Maura era el político más importante de este grupo por cinco razones. La primera, por sus antecedentes familiares, que convertían su persona en muy atractiva para amplios sectores conservadores. La segunda, porque como firmante del Pacto de San Sebastián que había traído la Segunda República, es taba dotado de legitimidad de origen. La tercera, por haber sido uno de los máximos defensores de una coalición antimarxista para las elecciones del 16 de febrero, lo que le convertía en una persona de consenso dentro de la «Gran Coalición» que apoyaría la sublevación12. La cuarta, por ser el ideólogo de la «Dictadura Nacional Republicana», base del programa político de la conspiración. Y la quinta, por su positiva visión de FE de las JONS, cada vez más importante entre la juventud civil y militar que apoyaba a los conspiradores. Por estas razones, Mola, Cabanellas y Queipo de Llano pensaron que debería ser la persona que presidiera el Gobierno de coalición que sustituiría al Directorio Militar 13. Goded aceptó esta decisión14 y Sanjurjo también lo hizo, como refleja en una misiva enviada por González de Gregorio a Fal Conde: «Ha aceptado […] a Maura en el Gobierno»15. Su nombre también recibió la aprobación de los principales partidos que participaron en la conspiración: CEDA, Renovación Española y Falange. De hecho, el líder de esta última —amigo personal de Maura—, le escribiría una misiva desde la prisión de Alicante el 28 de junio, donde, tras felicitarle por sus artículos sobre la «Dictadura Nacional Republicana» y su visión positiva de FE de las JONS, le animaba a unirse a la operación en marcha16:
 

Lástima que aún no te atrevas a llamarla por su nombre. Cuando analices en frío esto de la «Dictadura Nacional Republicana» verás que lo de republicana, si quiere decir algo más que no monárquica (nota negativa en que todos ahora, menos los insensatos, tienen que estar conformes) ha de aludir a su contenido institucional incompatible con la idea de dictadura. De ahí que para salvar la contradicción tendrás que concluir aspirando a un régimen autoritario nacional capaz de hacer (¿recuerdas?) la revolución desde arriba, que es la única manera decente de hacer revoluciones.

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