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Cultura

Editor rima con revisor, también con corrector

  • Los escándalos recientes (y distintos) en torno a las obras de Naomi Wolf y Pedro Baños ponen en cuestión el trabajo de los editores
  • En opinión de Gonzalo Pontón, en los contratos debe haber una cláusula estableciendo que el editor tiene un plazo para rechazar un original por su baja calidad

Publicada el 24/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 24/06/2019 a las 13:10
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Portadas de libros de Pedro Baños y Gregorio Morán.

Portadas de libros de Pedro Baños y Gregorio Morán.

Corría el mes de mayo, faltaba poco para la publicación en Estados Unidos de Outrages: Sex, Censorship and the Criminalization of Love, de Naomi Wolf, cuando el editor, Houghton Mifflin Harcourt, pisó el freno: el libro sobre la persecución de homosexuales en el siglo XIX contenía algunas inexactitudes. Las habían detectado tras su publicación en el Reino Unido, por ejemplo, la autora afirma que se había ejecutado a hombres homosexuales por el hecho de serlo en torno a 1850, si bien la última pena de muerte databa de 1835.

Antes de que el escándalo se le fuera definitivamente de las manos, en junio, Wolf tuiteó su versión:
 

Resumiendo: se opuso firmemente a la decisión de parar el lanzamiento, y proporcionó a su editor y a un periodista (del New York Times) una declaración que no fue tenida en cuenta por uno ni incluida en su artículo por otro. “Después de una entrevista en la BBC que generó dudas sobre ciertas partes de mi libro, hice los cambios necesarios de inmediato”, admitía, y denunciaba que sus detractores también tenían de qué lamentarse: así, “el Dr. Matthew Sweet, de la BBC, proporcionó información errónea”, procedente de fuentes secundarias.

Más recientemente, en junio, The Guardian publicó esta noticia: “Penguin refuta las acusaciones de antisemitismo contra el autor Pedro Baños”. La editorial lo hacía tras realizar una revisión “exhaustiva” de uno de sus libros, Así se gobierna el mundo: si bien las opiniones de Baños, experto en seguridad, son “contundentes” pero no antisemitas.

Todo comenzó con Jeremy Duns, a quien llamó la atención la portada del libro, esos tentáculos de un pulpo, animal que ha sido asociado con el antisemitismo (Hitler alude en Mein Kampf al pulpo de la conspiración judía para la conquista mundial, y fue un símbolo frecuente en la propaganda nazi).

Comparó entonces la edición española y la inglesa, y reparó en que unos fragmentos sobre la familia Rothschild que sí están en el original han sido eliminados de la traducción. Su conclusión: Penguin había publicado a sabiendas la obra de “un teórico español de la conspiración antisemita (...) porque para ocultarlo han eliminado pasajes sobre los Rothschild. (…) Como de costumbre, se trata de verificar los hechos, la investigación, la diligencia debida y no hacerlos”.

Visto que el alboroto no cesaba, unos días después de su primera nota Ebury  (sello del grupo Penguin que ha publicado la obra) encargó una “revisión externa” a Julia Neuberger, rabino mayor (la RAE no acepta el femenino “Rabina”) en la West London Synagogue y una de las dos primeras rabinas del Reino Unido.

El trabajo está en marcha, pero Neuberger ya ha concedido entrevistas: las 30.000 palabras eliminadas de la edición española muestran que Baños tiene una “especie de fascinación” con los Rothschild, ha dicho. "No es antisemita en sí misma, pero insinúa cosas sobre las conspiraciones judías: grupos secretos, poderosos, medio ocultos, principalmente de hombres judíos banqueros. Todo eso se remonta a algo que se llama los Protocolos de los Ancianos de Sión, que es falso”.

Nos hemos puesto en contacto con Pedro Baños, quien no ha podido atendernos. Pero sí contestó a las acusaciones en su perfil de Twitter:
 
La tarea del editor

Son casos excepcionales, y de entrada no recuerdo ninguno parecido en España, aunque… “No es exactamente el mismo caso ―me dice Ricardo Artola, autor, editor e historiador―, pero sí próximo, el de Enric Marco, un supuesto superviviente de Mauthausen que fue desenmascarado por un historiador en su proceso de investigación para un libro”.

Pequeño recordatorio: el escándalo saltó en 2005. “Marco, de 84 años, ha pasado los últimos 30 años contando un dramático pasado como víctima del nazismo en el campo de concentración de Flossenburg. Tres décadas después ha confesado, para consternación de los deportados españoles, que inventó este relato en 1978 porque ‘así la gente le escuchaba más y su trabajo divulgativo era más eficaz’. La asociación que presidía, Amical de Mauthausen, le forzó esta semana a presentar su dimisión”.

Las informaciones atribuían el mérito del desenmascaramiento al historiador Benito Bermejo, quien advirtió de que el nombre de Marco no aparecía en los archivos de Flossenburg. El caso inspiró luego a Javier Cercas su novela El impostor.

Otros editores con los que he hablado sugieren episodios emparentados con los arriba expuestos.

La peripecia de Biografía de El Corte Inglés, de Javier Cuartas, que ha denunciado repetidamente “las severas dificultades, cortapisas y presiones que trataron de impedir la circulación del libro (y que consiguieron detenerla durante casi dos años)”, aunque finalmente vio la luz… y ahora se puede comprar a través de la web de esos grandes almacenes.

La polémica desatada por la publicación de Todas putas, de Hernán Migoya, en una editorial de la que era copropietaria quien a la sazón ocupaba la dirección general del Instituto de la Mujer, Míriam Tey. El libro, del que se decía que contenía una apología de la violación, fue retirado, aunque posteriormente reapareció en los catálogos de otras editoriales (al menos ésta y ésta).

O la publicación de El cura y los mandarines, de Gregorio Morán, que Crítica abortó cuando ya estaba incluso disponible en las webs de comercio electrónico. Al final, salió con el sello AKAL y la campaña de promoción hecha.

Y luego están esas pequeñas cosas, errores que el editor puede detectar o que, en traducciones, descubren los traductores (y que se corrigen, y comunican a la editorial primigenia y, a veces, al autor).
“Yo creo ―afirma Artola, volviendo al tema que nos ocupa― que cualquier editor del mundo, digno de tal nombre, tiene la voluntad de comprobar que lo que publica es preciso y riguroso”. De hecho, coincide Gonzalo Pontón, editor, fundador de Crítica y de Pasado & Presente, “la mayoría de editoriales revisan y contrastan los originales antes de imprimir. Dependiendo de la editorial ese trabajo es más o menos esmerado. En el caso de Pasado & Presente el control de calidad es nuestra segunda preocupación, la primera es la calidad intelectual del libro”.

Asegura Pontón que él ha devuelto originales que no cumplían los estándares pactados. “Es trabajo esencial del editor decidir si un manuscrito es adecuado para su catálogo o no, por lo que, en ocasiones, un libro de perfecta realización es rechazado por cuestiones de criterio editorial, algo cada vez más escaso, y, en otros casos, se trabaja y se pule la edición de un texto con carencias porque el contenido último del libro es importante, necesario y adecuado al catálogo de la editorial”. En suma, concluye, “es ese el trabajo de un editor”.

La que se establece es, suele (me atrevo a escribir que debe serlo), una relación de confianza. “Hay que tener en cuenta que un editor contrata a un especialista para que escriba un ensayo sobre un tema más o menos especializado”, dice Artola, que admite la dificultad de enmendarle la plana a menos que se convierta, el propio editor, en especialista de cada tema que publica, lo cual es obviamente imposible. “Lo que sí existe es el olfato de editor, que puede detectar que algo falla en un texto, lo cual le llevaría a profundizar en su contenido y contrastar sus dudas con el autor”.

Todo lo hasta ahora comentado sucede antes de que el libro llegue a las librerías, porque el objetivo es ofrecer al lector un producto irreprochable. Tiene que ocurrir algo muy grave para que un editor “llame a consultas” a un autor e incluso retire un libro de circulación.

“Obviamente que detecte que lo que está publicando es un fraude en algún sentido, como, por ejemplo, que el autor narre una experiencia que no ha tenido; que extraiga conclusiones de papeles que no ha manejado o entrevistas que no ha realizado”. En general, concluye Artola, “que lo que dice que ha hecho para llegar a las conclusiones vertidas en su libro, sea falso”.

Sin embargo, la práctica editorial establece cortafuegos que deberían evitar llegar hasta ese extremo. “Un editor no debería llamar nunca a consultas a un autor ―explica Pontón―. En los contratos de edición debe haber una cláusula estableciendo que el editor tiene quince días (o un mes) desde la recepción del original para rechazarlo por su baja calidad. Debe tomar una decisión meditada y actuar en consecuencia”.

Ésa es la tarea.
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