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Egales: un oasis LGTBI

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Publicada el 30/06/2019 a las 06:00 Actualizada el 29/06/2019 a las 18:18
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Cuando Mili Hernández abrió la librería Berkana en Madrid, en 1993, decidida a homenajear a locales míticos de la cultura LGTB como la Oscar Wilde de Nueva York o la Gay is the word en Londres, se encontró con un problema: "No teníamos libros y no teníamos lectores". Lo segundo cambiaría poco a poco, cuando las personas queer se atrevieran a franquear las puertas de la librería. Lo primero había que solucionarlo con la fundación del sello Egales en 1995. Hernández confiesa que no es editora "por vocación", sino "por necesidad". Por necesidad, también, de los demás. Gracias a esta editorial independiente, las lectoras y lectores ávidos de referentes recibieron, traducidos, textos que les servían de espejo y les permitían construir su propia identidad. De novelas románticas hasta ensayo. 

Egales trajo a España textos fundacionales como El pensamiento heterosexual, de Monique Wittig, e hizo posible que se publicaran reflexiones vitales para el colectivo como Ética marica, de Paco Vidarte. Siguen resistiendo, pese a la lucha contra gigantes como Amazon, pese a la crisis que golpeó con fuerza a las librerías y pese a la falsa idea de normalización que puede hacer pensar que este tipo de proyectos ya no son necesarios. Su catálogo contiene aún títulos que no muchos otros sellos editarían. Entre sus novedades de ensayo están Stonewall, de Carlos J. Valdivia Biedma, una narración ilustrada sobre la revuelta del 28 de junio de 1969, que daría lugar al Orgullo; o He venido a reclutaros, un compendio de textos y discursos de Harvey Milk, uno de los primeros cargos electos abiertamente gais en Estados Unidos, asesinado en 1978 por ser homosexual. Reproducimos a continuación un extracto de cada uno de estos dos títulos. 

_____

He venido a reclutaros. Textos y discursos de Harvey Milk, de Jason Edwuard Black y Cahrles E. Morris III

«Debéis tener esperanza»
Discurso, 24 de junio de 1977
 
(...)

Bueno, ninguna candidatura para un cargo público puede evitar el uso excesivo de la palabra yo y yo soy tan culpable como cualquier otro. Y ahora es el momento de que os cuente por qué me he presentado tantas veces a un cargo público.

Nunca olvidaré cómo era salir del armario.

  Nunca olvidaré las miradas de aquellos que habían perdido la esperanza, ya fuesen jóvenes gais o mayores o negros buscando ese trabajo casi imposible de encontrar o latinos intentando explicar sus problemas y aspiraciones en una lengua que era extraña para ellos.

Nunca olvidaré que las personas son más importantes que los edificios, y los vecindarios, más importantes que las autopistas.
 
He querido hacer este anuncio durante la semana del Orgullo Gay. He visto cómo millones de personas cerraban las puertas de sus armarios al salir y sé que no pueden volver atrás.

Uso la palabra yo porque estoy orgulloso de mí mismo.

Estoy aquí esta noche porque estoy orgulloso de vosotros.

He planeado durante mucho tiempo la marcha del domingo porque estoy orgulloso de mis hermanas y hermanos.

Y me presento a un cargo público porque creo que ya es hora de tener un legislador que sea gay y esté orgulloso de serlo, uno que no rehúya las responsabilidades de un legislador. He caminado entre las personas furiosas y frustradas del condado de Dade… caminé anoche entre los hermanos y hermanas furiosos y tristes con el Ayuntamiento, y también hace dos noches mientras encendían velas y guardaban silencio en la calle Castro buscando algo simbólico que les diera esperanza.

Son personas fuertes… personas cuyas caras conozco de verlas en tiendas, en la calle, en las reuniones, y personas que no he visto nunca, pero que conocía. Son fuertes y, aun así, necesitan esperanza… Y a esos jóvenes gais en Des Moines que están «saliendo del armario» y oyen la historia de Anita Bryant solo les queda la esperanza. Y VOSOTROS tenéis que darles esperanza.

Esperanza en un mundo mejor.

Esperanza en un mañana mejor.

Esperanza en un lugar al que ir si la presión en sus casas es demasiado grande.

Esperanza en que todo irá bien.

Sin esperanza, no solo se rendirán los gais, sino los negros, los mayores, los pobres, los discapacitados, los NOSOTROS. Si me ayudáis a salir elegido, esa elección —no, no es mi elección, es la vuestra— significará una luz verde. Una luz verde que dirá a todos aquellos que se sienten perdidos y sin derecho a voto que pueden avanzar; significará esperanza y nosotros… no: tú, y tú, y tú, y, sí, tú, debéis darles esperanza.

_____


Stonewall. El primer Orgullo fue una revuelta, de Carlos J. Valdivia Biedma

(...)

Todas las redadas seguían un mismo modelo: si había recibido su soborno, la policía avisaba con antelación para que pudiesen esconder el alcohol, después llegaba al bar y lo vaciaba poco a poco, pidiendo la identificación a las personas que estaban dentro. Aquellas que no tuviesen o que fuesen vestidas con prendas del género contrario eran arrestadas.

Sin embargo, la noche del 27 al 28 de junio de 1969 fue diferente. Pasada la medianoche, llegaron a la puerta del bar seis policías que habían sido informados por otros policías vestidos de paisano de que en el interior se estaba sirviendo alcohol. Encendieron las luces del local y cerraron la puerta para comenzar a evacuarlos ordenadamente. Aquella podría haber sido otra redada cualquiera, pero la clientela dijo basta y se negaron a colaborar con la policía.

  Una por una, las personas se fueron negando a identificarse, y la policía las fue sacando para meterlas en el furgón policial con violencia. Esto ocasionó un desfile de reinas que provocaban vítores y gritos de complicidad y admiración, como si fuera el photocall de alguna ceremonia de premios.

Pero la presencia del furgón alteró aún más a la multitud que se había reunido en la calle y empezó a abuchear a la policía. La mayoría de las personas que habían podido presentar una identificación, aunque fuera falsa, habían salido ya al exterior. El resto seguían dentro. Todo estaba relativamente en calma. Hasta que alguien tiró la primera piedra.

Sobre esto hay varias versiones. Unas dicen que la primera en tirar la piedra fue Marsha P. Johnson, pero ella misma aseguró en una entrevista que llegó cuando ya todo había empezado. Otras dicen que fue Tammy Novak la que golpeó a un policía que no dejaba de empujarla. Otras que fue una mano entre la multitud, al ver a una mujer lesbiana (cuyo nombre no ha trascendido) vestida con ropa de hombre resistiéndose a entrar en el furgón y pidiendo ayuda a la impasible multitud. También se dice que no fue una mujer lesbiana, sino Raymond Castro, un pastelero puertorriqueño que se defendió “con la fuerza de un animal” según el policía que lo intentaba meter en el furgón. Nadie sabe realmente qué pasó, lo más probable es que ocurrieran muchas de estas versiones a la vez, rompiendo la tensión que se mascaba en la calle, pero a esa primera piedra la siguieron monedas, latas, botellas, ladrillos, contenedores... e incluso cacas de perro.

La policía decidió resguardarse en el interior del bar. Estaban asediados por una multitud enfurecida, que empezó a entonar algunas de las consignas que se oyeron durante toda esa semana. Nadie podía salir ni entrar.

Cincuenta, cien, doscientas, mil... La protesta empezaba a ponerse cada vez más violenta, pero nadie parecía tener miedo, ya no tenían nada que perder. La fachada recibía botellazos y golpes con casi todo lo que podían coger y arrojar contra la cristalera del bar, que se hizo añicos.

Alguien aprovechó esto para meter la mano por una rendija en la madera y prender fuego a las cortinas del interior. La chispa que había volado desde Alemania hacía tan solo treinta años se mostraba ahora de la forma más aterradora: el Stonewall estaba en llamas.

Justo cuando el fuego amenazaba con descontrolarse y tragarse el bar, con los agentes, los trabajadores y algunos clientes aún dentro, llegó una brigada antidisturbios con cascos, porras y gas lacrimógeno, que poco a poco fue dispersando a la multitud, que se burlaba de la brigada imitando su formación romana y con canciones a coro.

La brigada no dudó en golpear, arrastrar, perseguir y disparar las bombas de gas contra la multitud. La sangre cubría las calles, la ropa y las caras de las que hasta hacía solo un par de horas bailaban dentro del bar. Era una lucha encarnizada por sus derechos, y no había marcha atrás.

Después de casi cuatro horas de disturbios, la brigada consiguió despejar las calles. Con el amanecer llegó la luz y la fatal evidencia: el Stonewall estaba destrozado por dentro y por fuera.

(...)
 
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