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'Del fascismo al populismo en la historia'

Del fascismo al populismo en la historia, de Federico Finchelstein.

Federico Finchelstein

infoLibre publica un fragmento de Del fascismo al populismo en la historia, de Federico Finchelstein. En este ensayo editado por Taurus, este historiador argentino analiza las conexiones y diferencias entre dos fenómenos que tienden a confundirse. Profesor de Historia del New School for Social Research y el Eugene Lang College de New School de Nueva York, el autor se ocupa aquí de analizar cada una de estas dos corrientes para ir desgranando cuáles han sido sus similitudes históricas, mirando principalmente a la Europa occidental de la primera mitad del siglo XX y la Latinoamérica de la segunda. Desde el prólogo, Finchelstein señala ya una similitud y una diferencia fundamentales: el nacimiento del populismo tiene una clara inspiración fascista, algo que se ve en las "propiedades antiliberales" de ambos o en la figura central que el líder tiene en ambas; pero mientras que el fascismo es siempre reaccionario, explica, el populismo intenta "reformar y modular el legado fascista en clave democrática". Aquí reproducimos un extracto de esta publicación. 

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Prólogo

(...)

 

¿Qué es el fascismo y qué es el populismo? Los primeros que se hicieron esas preguntas fueron algunos fascistas, antifascistas, populistas y antipopulistas que buscaban convalidar, criticar o distanciarse de lo que se percibía como rasgos comunes asociados con esos términos. Desde entonces las han repetido sus partidarios y algunos de sus críticos más acérrimos3. Tanto entonces como ahora, actores e intérpretes han coincidido en que ambos términos se contraponen al liberalismo, ambos implican una condena moral del orden de cosas de la democracia liberal y ambos representan una reacción masiva que líderes fuertes promueven en nombre del pueblo contra élites y políticos tradicionales. Pero, más allá de esas afinidades, y dejando de lado los tipos ideales y los límites de las interpretaciones genéricas, ¿cómo se han conectado histórica y teóricamente el fascismo y el populismo, y cómo deberíamos abordar sus significativas diferencias? Este libro brinda respuestas históricas a esas preguntas. Aunque el fascismo y el populismo ocupen el centro de las discusiones políticas y aparezcan a menudo mezclados, en realidad representan trayectorias políticas e históricas diferentes. Al mismo tiempo, fascismo y populismo están genealógicamente conectados. Forman parte de la misma historia.

El populismo moderno nació del fascismo. Así como la política de masas fascista llevó las luchas populares más allá de ciertas formas de populismo agrarias democráticas premodernas como la Narodnik rusa o el People’s Party (Partido del Pueblo) americano, y se distinguió también radicalmente de formaciones protopopulistas como el yrigoyenismo argentino o el battlismo uruguayo, los primeros regímenes populistas latinoamericanos de posguerra se apartaron del fascismo al mismo tiempo que conservaban rasgos antidemocráticos decisivos, no tan predominantes en los movimientos prepopulistas y protopopulistas previos a la Segunda Guerra Mundial.

Con la derrota del fascismo nació una nueva modernidad populista. Tras la guerra, el populismo reformuló el legado del «antiiluminismo » durante la Guerra Fría y por primera vez en la historia se completó, es decir, accedió al poder4. Hacia 1945, el populismo había llegado a representar una continuación del fascismo, pero también una renuncia a ciertos aspectos dictatoriales determinantes. El fascismo postulaba un orden totalitario que produjo formas radicales de violencia política y genocidio. En cambio, y como resultado de la derrota del fascismo, el populismo intentaba reformar y modular el legado fascista en clave democrática. Tras la guerra, el populismo era un resultado del efecto civilizacional del fascismo. El ascenso y caída de los fascismos afectó no sólo a quienes habían sido fascistas, como el general Juan Perón en la Argentina, sino también a muchos compañeros de ruta autoritarios como Getúlio Vargas en Brasil, o muchos miembros de la derecha populista norteamericana que en un primer momento no habían experimentado o coincidido plenamente con el fascismo. Para acceder al poder, el populismo de posguerra renunció a sus fundamentos prodictatoriales de entreguerras pero no dejó el fascismo del todo atrás. Ocupó su lugar mientras se convertía en una nueva «tercera vía» entre el liberalismo y el comunismo. Sin embargo, a diferencia de los partidarios del fascismo, sus simpatizantes querían que el populismo fuera una opción democrática. Esta intención populista de crear una tradición política nueva que pudiera gobernar la nación pero se diferenciara del fascismo, sumada al éxito que finalmente la coronó, explican la compleja naturaleza histórica del populismo de posguerra como un conjunto variado de experimentos autoritarios con la democracia. Sin duda el populismo moderno incorporó elementos de otras tradiciones, pero los orígenes y efectos fascistas del populismo tras la derrota de Hitler y Mussolini moldearon su tensión posfascista constitutiva entre la democracia y la dictadura.

'Neofascismo. La bestia neoliberal'

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En términos históricos, el populismo puede ser una fuerza reaccionaria que empuja a la sociedad a una modalidad más autoritaria, pero en sus variantes progresistas también puede iniciar o promover un proceso de democratización en una situación de desigualdad, socavando al mismo tiempo los derechos o la legitimidad de las minorías políticas ubicadas a su derecha o a su izquierda. Con respecto a la izquierda, y en particular a la pretensión de la izquierda populista a representar a la izquierda toda, no conviene mezclar la participación cívica masiva y los reclamos populares por la igualdad social y política con una situación de populismo. Ahistóricos, los expertos suelen confundir democracia social, política progresista y populismo. Uno de los objetivos de este libro es ubicar claramente al populismo en la historia y subrayar también la necesidad de distinguirlo de otras formas emancipatorias y democráticas que con demasiada frecuencia son rechazadas por populistas. Si el populismo usa la xenofobia para que la sociedad se vuelva retrógrada, como suele suceder en sus versiones de derecha, el populismo de izquierda hace posible que la sociedad se preocupe por las condiciones de desigualdad social y económica. Últimamente, esto ha llevado a poner en tela de juicio el dogmatismo de las medidas de austeridad neoliberales y la supuesta neutralidad de las soluciones de orientación mercado-tecnocrática.

En todos los casos, el populismo habla en nombre de un solo pueblo, y también lo hace en nombre de la democracia. Pero una democracia definida en términos restringidos: como la expresión de los deseos de los líderes populistas. No se puede definir al populismo simplemente por su pretensión de representar en exclusividad al pueblo entero contra las élites. No se trata sólo de que los populistas quieren actuar en nombre de todo el pueblo; también creen que su líder es el pueblo, y que debería reemplazar a los ciudadanos en la toma de todas las decisiones. Los historiales globales del populismo muestran que su comienzo constitutivo suele coincidir con el momento en que el líder se convierte en el pueblo. Pero aunque el líder en teoría personifica al pueblo, en la práctica sólo representa a sus seguidores (y votantes), a quienes los populistas conciben como la expresión de todo un pueblo. El líder reemplaza al pueblo y pasa a ser su voz. En otras palabras, la voz del pueblo sólo puede expresarse por boca del líder. Es en la persona del líder donde la nación y el pueblo pueden finalmente reconocerse a sí mismos y tener una participación política. En realidad, sin un concepto de líder carismático y mesiánico, el populismo es una forma histórica incompleta. Es difícil entender el populismo prescindiendo de su idea autoritaria de liderazgo y su propósito de acceder al poder por vías electorales. Estas afirmaciones absolutas sobre pueblo y liderazgo sintetizan no sólo la idea populista de cómo los populistas en modo oposición o en modo campaña deberían cuestionar seriamente el estado de una democracia, sino también cómo habrá que gobernar la democracia una vez que los populistas accedan al poder. En última instancia, y en la práctica, el populismo sustituye la representación con la transferencia de autoridad hacia el líder. De izquierda a derecha, esto es lo que constituye la ideología del populismo: la necesidad de una forma de democracia más directa y autoritaria. En otras palabras, cuando un populista se gana la voluntad de una mayoría electoral circunstancial, esa voluntad se funde con los deseos del líder, que actúa en nombre del pueblo «real».

 

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