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'Socialismo, historia y utopía'

Publicada el 05/01/2020 a las 06:00
infoLibre recoge un extracto de Socialismo, historia y utopía, de Luis Fernando Medina Sierra, ensayo publicado por Akal y galardonado con el Premio Internacional de Pensamiento 2030. En él, el economista analiza la historia de este movimiento político y trata de medir su capacidad para materializar las utopías del presente. En palabras del jurado, Socialismo, historia y utopía constituye "una contribución crucial a la ampliación de los imaginarios políticos actuales". 
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  Más de dos siglos nos separan de los babeuvianos. El paso del tiempo ha hecho que el socialismo sea ya parte de la historia. Los babeuvianos fueron los primeros de un largo linaje de revolucionarios que creyeron ser los portadores del futuro. Pero ha habido tantas adiciones a este linaje que ya se puede decir que el futuro tiene una historia. Una tradición revolucionaria es una especie de oxímoron: una tradición de romper con la tradición. Pero esta es justamente la situación en la que se encuentra ahora el socialismo tras dos siglos.

A lo largo de su historia, el socialismo se ha acostumbrado a estar siempre bajo asedio. Todo panteón socialista incluye hombres y mujeres que, desafiando todo tipo de adversidades, lo arriesgaron todo (y con frecuencia lo perdieron) en favor de la causa. Pero ahora, tal vez por primera vez, el socialismo se enfrenta a una perspectiva acaso más aterradora que la persecución y la derrota: la irrelevancia. La caída de los regímenes comunistas en 1989 convirtió al socialismo en algo que no había sido en mucho tiempo: una utopía en el sentido literal del término de algo que no existe en ninguna parte (aunque aún hay bastiones como Cuba y China, la segunda economía más grande del mundo, liderada por el Partido Comunista, no es exactamente un sistema capitalista puro).

Sin embargo, el socialismo aún conserva un lugar en nuestra imaginación política contemporánea y aparece en los sitios más inusitados. En Estados Unidos los socialistas han mostrado una asertividad creciente. Candidatos que orgullosamente exhiben el título de socialistas se presentan a las elecciones con buenos resultados como Bernie Sanders en las primarias demócratas del 2016 o la nueva cosecha de jóvenes aspirantes al Congreso en el 2018. Las organizaciones socialistas han crecido a un ritmo sin precedentes. Entre el 2016 y el 2018 la membrecía de Democratic Socialists of America se multiplicó por ocho y hoy en día cuenta con más de cuarenta mil miembros, convirtiéndose en la organización socialista más grande de Estados Unidos desde que, en 1956, el Partido Comunista se vino abajo tras las denuncias de Khruschev contra Stalin. Bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn el Partido Laborista británico ha recuperado el programa socialista que alguna vez defendió.

Al mismo tiempo, el socialismo sirve como un buen espantajo. Recientemente el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Steven Mnuchin, se jactaba de haberle arrancado la economía norteamericana a las fauces del socialismo. El nuevo presidente del Brasil también prometía "liberar a su país del socialismo" en su discurso inaugural. Ejemplos como estos se pueden encontrar en muchas partes, no solo en las Américas. El socialismo, pues, ha vuelto al lugar en el que se hallaba a mediados del siglo XIX, buscando su propia identidad, agenda e ideas y, como en los tiempos en los que Marx y Engels escribieron el Manifiesto comunista, llevando la vida incorpórea de un fantasma que recorre, no ya Europa, sino el mundo entero.

"El dios que falló", "el pasado de una ilusión". Estos son solo algunos de los títulos más influyentes en lo que ya constituye todo un género ensayístico con un tema común: la historia del socialismo en el siglo XX es más que suficiente para enviarlo al olvido. Para antisocialistas férreos, con lo visto ya no hace falta más. Se trata, sin duda, de una línea de argumentación de innegable eficacia política.

Si nos detenemos a pensar un momento, veremos algo extraño, posiblemente acertado pero extraño, en estos retratos del socialismo. Aún si nos limitamos a los estados comunistas, estamos hablando de más de setenta años de la historia mundial y de aproximadamente un sexto de la población mundial. Pocas veces usamos el término "fracaso" para referirnos a un fenómeno tan vasto. Nadie habla, por ejemplo, del fracaso de la esclavitud.

Lo extraño de este lenguaje es su énfasis en la acción. Algo, mejor dicho, alguien o algunas personas, fracasaron. Por supuesto, muchas políticas y muchas colectividades fracasan. Pasa todo el tiempo. Pero, fuera lo que fuera, el comunismo era más que una serie de políticas y la gente asociada con él vivió durante un siglo, impulsando todo tipo de iniciativas. Algunas fracasaron estrepitosamente. El Gran Salto Adelante de China condujo a una hambruna descomunal. Otras tuvieron éxito, pero a un costo probablemente inaceptable. La industrialización soviética de los años treinta impuso enormes sacrificios sobre la población, pero sus resultados fueron genuinamente impresionantes. Otras fueron un éxito sin discusión. Muchos países comunistas lograron erradicar rápidamente el analfabetismo, a veces partiendo de niveles de atraso desoladores.

¿Qué se está diciendo, entonces, cuando todas estas iniciativas tan dispares se colocan bajo una misma rúbrica y se les declara un fracaso? Ningún intelectual se referiría la historia de ningún país que no haya estado bajo gobierno comunista como un éxito o un fracaso. Cualquier balance de un periodo de tiempo tan prolongado en, digamos, Turquía o Brasil, o incluso la pequeña potencia económica de Singapur, estaría lleno de matices, señalando todo tipo de logros y frustraciones. Llama la atención que los habitantes de los antiguos países comunistas tienden a notar mucho más esos matices a la hora de evaluar la historia de sus países. Sus percepciones del periodo comunista a veces son nostálgicas e incluso, sobre todo en el caso de los veteranos de guerra, llenas de orgullo. En ese sentido, no se diferencian de los habitantes de cualquier otro país.

Pero sí hay un sentido en el que el comunismo se diferenciaba de las demás experiencias de gobierno del siglo XX: el hecho de que sus protagonistas expresaban el propósito de construir otro tipo de sociedad. Había muchos desacuerdos entre ellos acerca de lo que estaban construyendo (como en cualquier otro país) y aun cuando se llegaba a un acuerdo entre los altos jerarcas nada aseguraba que dicho acuerdo se fuera a llevar a la práctica (como ocurre con tantas políticas). Pero la expresión de propósito era innegable, vehemente. Los políticos se pasan la vida expresando propósitos con gran vehemencia y sin embargo hemos aprendido a no tomarlos demasiado en serio. Pero en este caso, se trataba de una expresión que no se podía tomar a la ligera. Tenía un carácter ubicuo y se utilizaba como justificación de todo tipo de políticas, muchas de ellas sin precedentes y que no hubieran tenido ningún sentido si no estuvieran al servicio de dicho propósito.

No les falta razón a los antisocialistas cuando hablan de un proyecto socialista durante el siglo xx aunque a veces exageren su coherencia interna. Tampoco les falta razón cuando dicen que algunas de las peores atrocidades fueron cometidas por personas que abiertamente se declaraban partidarias de dicho proyecto. Toda la evidencia disponible indica que en ninguno de los países que estuvieron bajo gobierno comunista la población tiene deseos de repetir la experiencia en exactamente los mismos términos. En ese sentido, no está del todo descaminado usar el lenguaje de la acción política implícito en la expresión de "fracaso".

Pero por sí mismo, esto no nos dice mucho. En nuestra vida diaria tenemos múltiples fracasos y las lecciones a extraer cambian según el episodio. A veces el fracaso es tan estruendoso y convincente que simplemente salimos corriendo en dirección opuesta, para no intentar nunca más lo que sea que estábamos haciendo. Otras veces, en cambio, nos detenemos a preguntarnos si otro método hubiera sido mejor en busca de la misma meta. Incluso hay ocasiones en las que el fracaso lo experimentamos como una ocasión para aprender sobre nosotros mismos, como algo que gustosos repetiríamos si nos viéramos en las mismas circunstancias. El fracaso como tal no encierra ninguna lección específica.

En el caso del socialismo, ¿qué lección deberíamos extraer de su supuesto fracaso? ¿Deberíamos renunciar de una vez por todas a cualquier proyecto que tenga el más mínimo rasgo socialista? ¿Deberíamos intentar de nuevo, con otros métodos? Inclusive un antisocialista, si está interesado en el análisis más que en la estridencia, debe tratar de hacer un riguroso balance de la historia del socialismo.
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