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'El fin del armario'

Publicada el 16/02/2020 a las 06:00

infoLibre publica un extracto de El fin del armario, del periodista argentino Bruno Bimbi, que la editorial Anaconda lleva a las librerías este próximo 17 de febrero. En este libro, el autor recorre los horizontes políticos conquistados por la comunidad LGTBI en distintas partes del mundo, y advierte también de los peligros de la extrema derecha. Él mismo ha sufrido sus ataques: en 2019, abandonó Brasil, donde residía, escapando del Gobierno de Jair Bolsonaro. En este fragmento, Bimbi toma un caso real, sucedido en Gante, para cuestionar la percepción de la homosexualidad como un elemento pernicioso para los menores, algo que conecta con las críticas contra la censura en los colegios propuesta por Vox y asumida en Murcia

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Protección al menor

En la ciudad de Gante, capital de la provincia de Flandes Oriental, en Bélgica, la escuela Freinetschool De Boomgaard fue noticia a fines de mayo de 2016 por celebrar un matrimonio civil entre dos niños varones: Titus y Otto. La ceremonia, que se realizó en la monumental capilla para bodas de la ciudad, fue filmada y salió en televisión: vestidos para la ocasión y usando sombreros, los niños dieron el sí ante la funcionaria municipal Sofie Bracken e intercambiaron «pulseras de la amistad» frente a sus compañeritos y maestros, que hicieron de testigos. Después se abrazaron, mientras la clase celebraba con alegría, salieron a la calle juntos y se sacaron fotos, como cualquier pareja de recién casados. En vez de arroz, los chicos les arrojaban pompas de jabón.

El matrimonio no era de verdad. Los chicos de esa edad no se pueden casar en Bélgica y ellos no eran novios, ni siquiera con el significado que esa palabra tiene para los niños.

La escuela celebra este tipo de bodas todos los años, como una forma de que los chicos aprendan, jugando, los usos y costumbres de la sociedad en que viven, pero, hasta entonces, los novios habían sido siempre un varón y una mujer. Esa vez, sin embargo, Titus y Otto, su mejor amigo, preguntaron si podían casarse. La escuela, como muchas otras de esa ciudad, sigue la filosofía del pedagogo francés Célestin Freinet: los alumnos colaboran con los profesores para establecer su plan de estudios, toman decisiones juntos después de debatirlas en grupo y no estudian nada de memoria, sino construyendo hipótesis e investigando, planteándose objetivos y trabajando para alcanzarlos. Cuando Titus y Otto dijeron que querían protagonizar la boda de ese año, a nadie le pareció mal.

¿Por qué no?, respondió su maestra, Lies van Maldergem, y explicó a los medios que la entrevistaron que esto no tenía nada que ver con la sexualidad de los chicos, sino con el aprendizaje de una costumbre importante en nuestras vidas. Al final, las «parejas» que se habían casado en los años anteriores tampoco eran parejas de verdad y nadie sabe si, cuando crezcan, se casarán con alguien de su mismo sexo o del sexo opuesto. La boda era un juego y una forma de aprender qué es el matrimonio. Y en Bélgica, que dos hombres o dos mujeres se casen hace rato que no es novedad. En 2003, ese país fue el segundo en legalizar el matrimonio gay, después de su vecina Holanda, y también fue, entre 2011 y 2014, el segundo país con un jefe de gobierno abiertamente gay, el ex primer ministro Elio di Rupo.

Antes de Di Rupo, el primer país con una mandataria homosexual había sido Islandia, que en 2009 eligió como primera ministra a Jóhanna Sigurðardóttir, durante cuyo gobierno también fue aprobado, por unanimidad en el Parlamento, el matrimonio igualitario. Y en su primer día de vigencia, la primera ministra se casó con su pareja, la escritora y periodista Jónína Leósdóttir. Al igual que pasó con la boda simulada entre Titus y Otto en esa escuela belga, la elección de la «primera jefa de gobierno lesbiana del mundo» fue una noticia que sorprendió a todos menos a los habitantes de Islandia, donde los medios locales casi no comentaban el tema, porque para ellos, la orientación sexual de Sigurðardóttir no tenía la menor relevancia. A nadie le importaba, en ese país, si Jóhanna dormía con hombres o con mujeres; lo que querían saber era cuál era su programa de gobierno, sus propuestas, su trayectoria política, su formación, sus ideas, su conducta pública.

Con la misma naturalidad hablaron a los diarios belgas los maestros y las familias de los chicos que se «casaron» en la ceremonia organizada por la escuela de la calle Bommelstraat. «Estaban muy emocionados. No han hablado de otra cosa durante semanas –declaró la mamá de Otto al diario Het Nieuwsblad–. Fue una experiencia divertida, algo que recordarán cuando sean mayores y decidan casarse, sea con un hombre o con una mujer.»

Así de simple.

En el canal local TV OOST, que filmó la «boda» de los chicos, el título de la noticia fue: «Entrañable: dos chicos se dan el sí.» Nada de «polémico», como les gusta decir a los medios argentinos, sino «entrañable». «Una señal agradable para todos los compañeros de clase y, por extensión, para todos los seres humanos, para mostrar que los hombres pueden casarse con otros hombres», decía el breve texto que acompañaba el video. Fue noticia porque era la primera boda escolar entre dos varones, pero lo que los medios belgas destacaron fue que estaba muy bien, que era un ejemplo que la diversidad se asumiera con naturalidad desde esa edad. ¿Por qué debería ser diferente? Es probable que para algunos lectores lo sea –inclusive para algunos lectores de este libro–, por eso, hablemos de los motivos.

Estoy seguro de que la mayoría de las personas que se horroriza por una noticia como esta («¡Cómo es posible que hayan hecho eso en una escuela, con niños!») no vería nada de malo ni se horrorizaría si, como en los años anteriores, el juego hubiese sido un casamiento entre un niño y una niña. El horario de protección al menor no vale igual para todos, porque cuando piensan «homosexual», sólo piensan «sexual» y, cuando piensan «heterosexual», piensan apenas «hétero», o nada. Como dice el intelectual brasileño Tomaz Tadeu da Silva, «es la sexualidad homosexual la que se “sexualiza”, no la heterosexual»”, del mismo modo que ser blanco no es considerado una identidad racial: los blancos no tienen color, son transparentes. En palabras de Da Silva, «la fuerza de la identidad “normal” es tal que ella ni siquiera es vista como una identidad, sino simplemente como la identidad», y es, por ello, invisible. El príncipe y la princesa de los cuentos infantiles no son heterosexuales, son apenas un príncipe y una princesa, pero si fueran dos príncipes, algunos reaccionarían como si, en vez de un cuento infantil, fuera una película pornográfica gay.

Dicho de otra forma: si una escuela propone como juego que un niño y una niña se casen, lo que se está enseñando es únicamente el matrimonio, pero si el casamiento simulado es entre dos niños o dos niñas, parece que se enseñara la homosexualidad, y no digo «enseñar» en términos de definición, sino de adoctrinamiento: «inculcando la homosexualidad», con acento en el sexo, como si el juego de casarse fuera más «sexual» en ese caso.

Esto también es así porque se parte de la equivocada idea de que todos los niños son, sin excepción, futuros heterosexuales en estado puro y que cualquier información que reciban sobre la homosexualidad –aun cuando ni siquiera esa palabra sea mencionada– puede desviarlos del camino «natural», generarles una duda, influenciarlos, corromperlos. Pero no es así. Gays y lesbianas no nacemos adultos: ¡también tuvimos infancia! Y durante toda nuestra infancia fuimos sistemáticamente «influenciados» por la constante «propaganda» heterosexual, que incluía el «ejemplo» de la mayoría de nuestros familiares y amigos, el tío o la tía que nos preguntaba si ya teníamos novia, los personajes de los cuentos infantiles, los dibujitos animados, los videojuegos, el cine, la música, el teatro, la televisión y hasta los ejemplos de cada ejercicio de la escuela. Sí, inclusive las oraciones para hacer análisis sintáctico en las clases de lengua venían en la forma: «Pedrito ama a María», jamás en la forma «Pedrito ama a Rodrigo» o «María ama a Lorena». Sin embargo, todo ese silencio sobre la diversidad sexual y esa educación heteronormativa sistemática y cotidiana –y los prejuicios, chistes homófobos, burlas, ofensas, bullying, y a veces violencia física que presenciábamos o, a partir de cierta edad, sufríamos– no nos «hicieron» heterosexuales. Sólo nos hicieron sufrir, pero no nos hicieron cambiar. No podrían.

Del mismo modo, ningún chico o adolescente con orientación heterosexual se va a «hacer gay» si en algún cuento infantil el príncipe se casa con otro príncipe o la princesa con otra princesa; si Clark Kent se enamora de Jimmy Olsen y no de Lois Lane; si Batman y Robin deciden salir del armario; si ven a dos hombres o dos mujeres dándose un beso en televisión o en la parada del bus, o si en una prueba de lengua, la oración para analizar dice «Pedrito ama a Rodrigo».

Lo que sí puede pasar, si la escuela y la familia educan para la celebración de la diversidad y contra el prejuicio, es que ese chico gay –sepa o no sepa ya que lo es– no comience a odiarse a sí mismo, no tenga vergüenza o miedo, no se esconda, no sufra. Que viva su niñez, su adolescencia y su juventud como cualquier otro y llegue a la adultez sin traumas causados por la violencia y los prejuicios de los demás. Y, del mismo modo, que ese chico hétero no comience a practicar bullying contra su compañero gay en la escuela y, al crecer, no se transforme en un adulto prejuicioso y lleno de odio, miedo o repulsa contra los que no son como él, contra los que simplemente aman distinto.

Ojalá mi escuela hubiera sido así.

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