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Crisis del coronavirus

La vida secreta de los museos cerrados por el coronavirus

  • El Reina Sofía lleva más de dos meses clausurado. De sus más de 5.500 visitantes diarios, solo quedan los escasos trabajadores que velan por la seguridad de las obras
  • Los departamentos de restauración han seguido cumpliento con su labor de protección y preparan ya protocolos para que también las piezas expuestas queden a salvo del virus
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Publicada el 21/05/2020 a las 06:00 Actualizada el 26/05/2020 a las 16:11

Jorge García del Museo Reina Sofía: "Las condiciones de reapertura facilitarán la conservación"

infoLibre entrevista a Jorge García Gómez-Tejedor, Jefe de Restauración del Museo Nacional Reina Sofía en los días previos de la reapertura de los museos.

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Museo Reina Sofía.

"Hay que entrar por el muelle, el resto de accesos están cerrados". La cita es, en sí misma, misteriosa: un muelle en el centro de Madrid, sin olor a salitre ni sonido de olas, que da paso a un espacio vedado. Es el muelle de carga del Museo Reina Sofía, la más desconocida de sus entradas y su verdadera puerta grande: por este acceso de aspecto industrial, en las traseras del Edificio Nouvel, pasan las obras de arte, las que se disponen a viajar a otros museos o las que llegan como inquilinas temporales. Para ellas son estos pasillos altísimos y este ascensor gigantesco en el que fácilmente cabrían 15 personas manteniendo entre sí la distancia de seguridad. Y por aquí pasan ahora los pocos trabajadores que recorren los pasillos del museo, vacío y silencioso desde que el pasado 11 de marzo el Ministerio de Cultura ordenó el cierre de sus centros para hacer frente a la crisis sanitaria originada por el coronavirus. 

Los mostradores de las taquillas y las estanterías de las tiendas están cubiertos de un plástico transparente. En las bóvedas del Edificio Sabatini, antiguo Hospital San Carlos, reverberan los ecos de los solitarios paseantes —los vigilantes de seguridad, el equipo de restauración, los medios—, de forma que el sonido anticipa por varios segundos la presencia de quien lo emite. Nadie atraviesa el pasillo del claustro, normalmente lleno de turistas, de grupos escolares, de jóvenes amantes del arte, y nadie disfruta del sol que cae sobre el cuidadísimo césped del jardín, entre los árboles. Todo el edificio tiene un aura de mansión encantada. Y por allí se acerca, como un fantasma enmascarado, Jorge García Gómez-Tejedor, jefe de restauración del museo. Guantes, mascarilla, bata blanca. "Lo que da pena es que el museo está cerrado, pero también para los trabajadores. Estamos muy poquitos, servicios mínimos", dice, con la voz apagada por la mascarilla. "Tenemos ganas de que haya de nuevo vida en los espacios". 

No hay fecha todavía para ello, aunque se apunta a la primera quincena de junio. Solo el Guggenheim y el Bellas Artes de Bilbao han anunciado el día de su apertura, el próximo 1 de junio. Con Madrid en fase 0, los grandes museos nacionales, el Prado, el Reina Sofía y el Thyssen, tendrán que esperar aún para reencontrarse con el público. ¿Y qué es un museo cerrado? Entre otras cosas, un museo cerrado es un enorme departamento restauración y conservación. "Hemos creado unos servicios mínimos de cuidado y mantenimiento de las obras", cuenta García Gómez-Tejedor. "Hemos estado atendiendo semanalmente, hemos hecho revisiones en todos los espacios, comprobando las condiciones medioambientales, los estados de conservación...". Ubaldo Sedano Espín, jefe del Área de Restauración en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, lo llama "mantener vivo el museo". Asegurarse de que todas las obras están en las mejores condiciones, continuar trabajando en aquellas que requirieran especial atención. Un trabajo silencioso, invisible, pero absolutamente fundamental. 

Y una labor, por cierto, más sencilla ahora. Igual que la ausencia de paseantes ha permitido que crezca hierba verde entre los adoquines o que los animales salvajes campen a sus anchas, también las obras del museo encuentran cierto confort en la desaparición de esos molestos humanos. "Al estar cerradas las salas y no haber trasiego de público", señala el responsable del Thyssen, "las condiciones de conservación han sido estupendas". En el Reina Sofía, las luces de las salas se pueden mantener apagadas, por una vez, para que ni siquiera la cuidada iluminación del museo pueda dañar las obras. Los motores del aire acondicionado ronronean en todo el edificio sin que ninguna puerta abierta ni ningún grupo de acalorados visitantes perturbe su temperatura perfecta. "Es verdad que en todos los espacios en los que entre público", dice su homólogo en el Reina Sofía, "este crea flujos de aire, modifica las condiciones medioambientales... En ese sentido, es mejor. Pero no se tiene que desatender, hay que tener siempre un ojo puesto".

Y no hay que desatender tampoco las obras prestadas, las de las exposiciones temporales que, debido a la crisis sanitaria, se han quedado a vivir más tiempo del previsto en los museos españoles. Ubaldo Sedano Espín las considera "invitadas de honor" o "hijos adoptados". En su centro pernoctan, por ejemplo, varios retratos de Rembrandt llegados desde el Hermitage en San Petersburgo o de la Royal Collection en Londres. En el Reina Sofía, alargan su estancia los vídeos del colectivo feminista francés de los setenta Las Insumusas. De todas formas, con la incertidumbre del transporte internacional, ni unos ni otros pueden volver a sus hogares. Cuando lo hagan, explica el jefe de restauración del Thyssen, tendrán que fumigarse las cajas en las que viajen las obras, para asegurarse de que el virus no se cuela en ellas. Quizás sean estas piezas prestadas las últimas que puedan viajar durante un tiempo: "Se va a ralentizar el tema de los préstamos, habrá que acercarse a las colecciones permanentes con cierta imaginación". 

En el Reina Sofía, la sala 206, la más famosa del museo, deja una estampa inusual. El Guernica, que reside en el centro desde 1992 —antes estaba en el Museo del Prado—, no tiene quien le mire. Normalmente, el enorme lienzo de Pablo Picasso es el punto caliente del centro: en esta pequeña sala dedicada exclusivamente a él se amontonan a menudo los visitantes bajo la nerviosa mirada del personal de sala. Hoy no hay flashes ni murmullos, ni siquiera vigilantes. Tampoco ante El gran masturbador, de Salvador Dalí, ni ante los Miró ni ante los Picasso. Por aquí solían pasar diariamente una media de más de 5.500 personas. Cuando el centro reabra, lo harán muchos menos. Según las previsiones del Ministerio de Sanidad, los museos volverán solo con un tercio del aforo, procurando que se mantenga siempre la distancia de al menos dos metros de seguridad. A falta aún de protocolos oficiales, hay ya algunas medidas que parecen seguras: mascarillas para los visitantes —ya son obligatorias en espacios cerrados desde este 20 de mayo—, aforos muy restringidos por salas y control de accesos para evitar aglomeraciones en las horas puntas.

Las áreas de conservación y restauración tendrán que tener también su propio protocolo. El Ministerio de Cultura ya ha publicado el suyo, en el que se desaconseja, por ejemplo, las piezas de "uso táctil" —aquellas basadas, justamente, en que el visitante interactúe con ellas— y obliga a instalar dispensadores de solución hidroalcohólica. Pero el Instituto del Patrimonio Cultural de España también ha elaborado su propio informe sobre los procedimientos de desinfección en los bienes culturales. En él se prioriza el aislamiento de las obras "durante tiempos que varíen de 3 a 9 días según la bibliografía consultada" sobre la desinfección, que sería demasiado agresiva, y se recomienda extremar la ventilación para que los vapores de los productos no queden condensados en las salas. 

Para evitar que las superficies de las obras puedan verse contaminadas, Ubaldo Sedano Espín considera que sería recomendable disponer de "un poco más de espacio entre las obras y el público", que en condiciones normales ya considera "excesivamente pequeño". En el Thyssen, su departamento trabajará por seguir instalando pantallas protectoras en las obras que no los tengan ya, para extremar precauciones. "Lo que pasa es que la obra tiene una distancia de contemplación", añade Jorge García Gómez-Tejedor, "hay que valorar que el visitante va a venir con mascarilla, y muchas de las obras están protegidas. Esa interconexión es muy difícil, o imposible, que suceda. Pero aun así haremos una valoración para ver si tenemos que tomar una medida extra". En las salas desiertas, sin una sombra más que las de las esculturas, parece casi de ciencia ficción pensar en visitantes díscolos que puedan acercarse demasiado a los cuadros. Y esa visión, antes temida, ahora parece casi, casi deseada. 

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