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Cultura

Dibujos de carne y hueso

  • Como los ocho artes anteriores, el noveno encuentra inspiración y recursos en las vidas reales
  • Convertirse en un personaje de cómic es una suerte de consagración al alcance de muy pocos

Publicada el 01/06/2020 a las 06:00 Actualizada el 01/06/2020 a las 17:04

Si el nombre de Stormy Daniels, en el siglo Stephanie Clifford, les suena de algo será por sus… digamos desavenencias públicas con Donald Trump, de las que sin duda tendrán noticia y que le merecieron acceder al olimpo del cómic, aunque su consagración definitiva llegará en otoño: TidalWave Productions ha anunciado la publicación de Stormy Daniels: Space Force¸ una mezcla (declaran) de comedia, acción y aventura picante, como Barbarella pasada por Star Trek pasada por Stripperella (esta última, una serie creada por Stan Lee).

Daniels es la (pen)última llegada del mundo real a las viñetas de cómic, siguiendo una senda que, voluntaria o involuntariamente, otros emprendieron antes. Francisco Marhuenda, sin ir más lejos, aunque el suyo fue un cameo no deseado: en 2015, el murciano Daniel Acuña, dibujante de Marvel, se inspiró en el periodista a la par que profesor para insertar a un tal Frank Marhuender en una serie del Capitán América. "Es el clon progre y americano de Marhuenda. No es él. Este aparece para criticar al Gobierno, un elemento casi de ciencia-ficción. Y tiene un jersey de cuello vuelto y chaqueta de pana a lo Felipe González", explicó Acuña, que justificaba su travesura: "Es un guiño al público español, aunque no esperaba que lo cazaran tan pronto".

Tampoco debió creer que le pillarían ipso facto Mike Mayhew que, años antes, se había inspirado en una fotografía oficial de Juan Carlos I para hermosear a Magneto, personaje que acabó pareciendo un híbrido entre Ted Danson y el hoy rey emérito.

Corría el año de 2005 y la Casa Real anduvo rápida de reflejos: Zarzuela se quejó, Marvel se disculpó y, para demostrar su buena voluntad, interrumpió la distribución de la obra. Manera de decir "Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir". Pero ocurrió.

En 2011, Capcom presentó los trajes descargables del juego Ultimate Marvel vs Capcom 3 y uno de ellos era… sí, ése. Misma indumentaria, mismas medallas, mismo fajín, misma banda. La compañía se vio en la obligación de retrasar el lanzamiento.

Real como la vida misma

"Si le dijera que en Tintin he puesto toda mi vida…", confió poco antes de su muerte Georges Remi Hergé a Benoît Peeters (Hergé, fils de Tintin). Y el biógrafo apostilla: "No era una manera de hablar".

En efecto, los personajes, prácticamente todos, tienen referentes en la vida real: el reportero tiene mucho de Palle Hud, que siendo adolescente ganó un concurso y dio la vuelta al mundo en 44 días; el profesor Tournesol es el vivo retrato del físico suizo Auguste Piccard; La Castafiore sale de mezclar a una tía del autor, tante Ninie, que traumatizó al pequeño Georges y le hizo odiar la ópera, y la cantante Florence Foster Jenkins, excéntrica estadounidense que debe su dudosa fama a su absoluta falta de oído; Tchang Tchang-Jen se llamó, en la vida real, Zhang Chongren y abandonó China para estudiar en Bruselas… y, si creemos a Albert Algoud, autor del Dictionnaire amoureux de Tintin, Milou toma su nombre del primer amor de Hergé, Marie-Louise van Cutsem: en un cómic donde la presencia de mujeres es residual, el foxterrier inmortaliza a aquella novia.

 

Y luego están los personajes reales que tienen apariciones esporádicas, cuya verdadera identidad apenas se disimulada. Así, Basil Zaharoff, traficante de armas conocido como "el mercader de la muerte", se cuela en convertido en Basil Bazaroff.

A este escondite a plena luz se entregan, con mayor o menor fortuna, creadores de medio mundo. Entre nosotros, el caso más celebre y celebrado es el de Francisco Ibáñez, que ha hecho desfilar por sus viñetas a toda a reyes, artistas, villanos, líderes políticos… "La gente se ríe más con los políticos que con Mortadelo", ha llegado a decir.

 

Y si nos ocupamos de personajes de cómic inspirados en personas, los ejemplos se multiplican hasta el infinito. Incluso en el universo de los súper héroes y súper villanos. Basta adentrarse en cualquier buscador para obtener listados interminables… y basta, para ilustrar nuestro caso, con citar un par de ejemplos de sobra conocidos: el actor Conrad Veidt protagonizó El hombre que ríe, a partir de la obra de Victor Hugo, y ese trágico personaje que no puede dejar de sonreír inspiró al primer Joker; para dibujar a Tony Stark, Stan Lee se basó en el excéntrico multimillonario Howard Hughes.

El viaje y sus peajes

Los cómics, los tebeos, están llenos de vida real: personajes que son el vivo retrato de personas, famosos que se dan un garbeo por las viñetas, protagonistas de la actualidad cuyas desventuras (pienso en el Bárcenas de Ibáñez) inspiran las aventuras que nos hacen disfrutar y pasar el rato... Algunos pensarán que servirse de un modelo de carne y hueso es una manera de simplificarse la vida; evidentemente, no es así.

Lolita Aldea, dibujante de cómic e ilustradora, es directora de arte de la serie de Virtual Hero: El Rubius de colorines, también la versión papel, es cosa suya. Y cosa de Cristóbal Fortúñez, igualmente ilustrador, es El Solitario, la novela gráfica que reproduce las peripecias de Jaime Giménez Arbe, el criminal que durante 14 años esquivó a Policía y Guardia Civil.

Dos trabajos distintos, dos procesos diferentes. "Antes ya había dibujado como homenaje en algún tebeo a personas reales, pero nunca había sido el centro del cómic y no había tenido contacto directo con la persona en cuestión", de dice Aldea. La idea inicial de la editorial era, al parecer, que el dibujo se pareciera mucho a la persona, pero retratado y retratista les quitaron la idea de la cabeza. "Les convencimos de que, siendo un cómic de estética manga, el personaje principal debía guardar sintonía con el resto de elementos. En ese sentido no hubo demasiadas servidumbres puesto que siempre estuvimos en gran sintonía y tenemos referencias culturales similares."

En esa tarea, Lolita empezó por analizar los rasgos más característicos de la persona: su complexión física, su gestualidad más característica, el tipo de ropa que lleva, el peinado... elementos icónicos que le hagan ser reconocible. "Luego ya es transportar todo eso al dibujo mediante un proceso de pulido, eliminando lo que no funciona en papel y creando en realidad un personaje nuevo que recuerde en cierta manera a la persona. Por las características del estilo, yo no podía apoyarme en el parecido facial para que la gente reconociera a la persona en el personaje así que tuve que valerme de la expresividad y el movimiento del cuerpo. Por eso, busqué un diseño más estilizado y que, más que un parecido en los rasgos de la cara, tuviera los elementos estilísticos que le hacen reconocible." La estética del vestuario iba marcada por el propio estilo de Rubius, y la última revisión que se hizo en la serie de animación, se realizó porque él ha cambiado de forma de vestir a lo largo de los años.

La aproximación de Cristóbal fue sustancialmente distinta. De entrada, porque su trabajo acompañaba un texto firmado por Lorenzo Silva y Manuel Marlasca, más periodístico que creativo; después, porque tenía que ceñirse al Solitario real. "Por un lado, contaba con abundantísima documentación gráfica que usé tal cual, para apoyar la historia. Por otro lado, contaba con un guion tremendamente detallado y visual de parte de los autores". Asegura que le ayudó muchísimo la forma de describir las escenas casi como si un espectador estuviera metido en medio del plano. "Las escenas de las que no tenemos imágenes, bien sean de cámaras de vigilancia o fotos de prensa, las imaginé de forma cinematográfica, apoyándome todo lo que pude en el guion sobre el que trabajé."

Escuchando sus explicaciones, imagino que su labor estuvo más cerca del fotoperiodismo que del cómic. "En muchos casos sí ―afirma―. Muchas de las imágenes que aparecen en el libro están sacadas de documentos policiales y fotos de prensa. Lo que he intentado ha sido utilizar encuadres e iluminaciones propios del cine negro para restar frialdad a las escenas. Digamos que he intentado moverme entre los dos mundos."

Las constricciones que marcan el trabajo de Fortúñez no existen en el desempeño de Lolita Aldea, lo cual no implica que no esté sometida a ciertas reglas que, además, no son las mismas para el libro y la serie televisiva. "Desde un punto de vista estilístico, el personaje en la serie de animación requiere de un diseño con mucha más concreción, cada línea importa puesto que se tiene que animar. Así que hay que diseñarlo con la economía de recursos en mente, planteándote si cada línea es relevante para el diseño del personaje". En ese sentido, añade, el cómic es mucho más orgánico y libre, "te permite improvisar y añadir detalles donde antes no había y jugar con el propio diseño" mientras que en la animación apenas hay espacio para la improvisación, "ya que tienes que tener en cuenta que tu diseño va a pasar por cientos de manos que van a dibujarlo cientos de veces y tienes que reducir el margen de error entre cada persona al mínimo".

Las puertas giratorias entre la realidad y el cómic han funcionado siempre, y siguen haciéndolo. El noveno arte es pura vida.

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1 Comentarios
  • migra migra 01/06/20 18:41

    Muy buen artículo sobre el entrañable noveno arte. A ver cuándo hay más en Infolibre.

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