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Crisis del coronavirus

Cómo el brote de cólera del Londres victoriano nos demostró la importancia de los rastreadores en las epidemias

  • En El mapa fantasma, Steven Johnson narra las pesquisas del doctor Snow y el reverendo Whitehead, que lograron identificar por primera vez la transmisión hídrica de la enfermerdad
  • Sus investigaciones sentaron las bases de la epidemiología moderna, tan interesada en la ciencia como en la forma de vida de las comunidades que sufren la epidemia
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Publicada el 02/06/2020 a las 06:00 Actualizada el 02/06/2020 a las 18:41
Mapa de la distribución de las muertes por cólera durante el brote de Londres de 1854, y la localización de las fuentes de agua, elaborado por el doctor John Snow.

Mapa de la distribución de las muertes por cólera durante el brote de Londres de 1854, y la localización de las fuentes de agua, elaborado por el doctor John Snow.

John Snow / UCLA

El 2 de septiembre de 1854, la bulliciosa parroquia de Broad Street, en el Soho londinense, se quedó muda. En un solo día fallecieron de cólera 70 vecinos, mientras otros cientos agonizaban aquejados de la misma enfermedad. No era la primera vez que la ciudad se enfrentaba a un brote, pero ese parecía ser especialmente grave: la devastación que otros habían alcanzado a lo largo de meses, este la había logrado en 24 horas. El 8 de septiembre, una semana después de que el cólera se instalara en el barrio, se logró erradicar el contagio de raíz mediante una avanzadísima medida de salud pública, que sería además la materialización de la primera investigación médica de éxito sobre la entonces misteriosa enfermedad. Y todo gracias a dos rastreadores, tatarabuelos de los que hoy tratan de detectar los focos de contagio del coronavirus. 

En El mapa fantasma, recién editado por Capitán Swing, el divulgador científico Steven Johnson cuenta la historia del doctor John Snow, padre de la anestesia y de la epidemiología, y del reverendo Henry Whitehead, responsable de la parroquia del barrio de Broad Street, cuyas entrevistas con los vecinos y cuyo profundo conocimiento del barrio ayudarían a sustentar las teorías del médico. En la narración de Johnson, los dos hombres parecerían un Sherlock y un Watson improbables, unidos por el destino, la amenaza de la pseudociencia y el deficiente sistema de alcantarillado londinense. Pero leído con los ojos de hoy, este libro publicado originalmente en 2006 cuenta también la épica victoria de la salud pública, el triunfo del método científico sobre los bulos y la relevancia crucial del conocimiento profundo de la comunidad en la lucha contra una epidemia. 

Ni John Snow ni Henry Whitehead habían visto nunca, ni llegarían a ver, el enemigo contra el que luchaban. La enfermedad tenía nombre, pero nadie conocía aún la existencia de algo tan común en nuestras vidas como bacterias y virus. No podían saber que el médico italiano Filippo Pacini estaba a punto de descubrir el bacilo vibrio cholerae, treinta años antes de que Robert Koch estableciera los principios de la bacteriología. En 1849, el Times se preguntaba en un artículo sobre el origen del cólera: "Estos problemas son, y seguramente seguirán siendo, uno de los misterios inescrutables de la naturaleza. Pertenecen a una categoría de preguntas absolutamente inaccesibles para la inteligencia humana". Así que el médico y el reverendo no podían examinar al microscopio las muestras extraidas de pacientes. Pero sí podían estudiar sus patrones de comportamiento, establecer nexos entre ellos, recorrer los barrios. No podían ver a su enemigo, pero podían, como apunta Steven Johnson, seguir sus huellas

"Todo olor es enfermedad"

De hecho, John Snow llevaba un tiempo haciéndolo. Se había especializado en el estudio del éter y el cloroformo como anestesiantes, y fue el responsable de establecer la cantidad exacta de gas necesario para dormir a un paciente, evitando episodios hasta entonces frecuentes, como que el enfermo se despertara en mitad de la operación, o que no se despertara nunca. Se ganó fama como anestesista —no es extraño que los sufridos británicos apreciaran no tener que permanecer conscientes durante las cirugías— y llegó incluso a tratar a la reina Victoria. Pero su verdadera investigación, la que él consideraba más relevante y más personal, era la que elaboró sobre el cólera, el mayor misterio médico para el país desde la epidemia de 1848-1849. Cuando volvió a estallar un brote, esta vez a unas manzanas de su casa, en el vecino Soho, no lo vio como una amenaza, sino como la oportunidad de demostrar sus teorías, que no eran, por entonces, especialmente populares. 

Hoy sabemos que para contraer el cólera un ser humano tiene que ingerir entre un millón y cien millones de vibrio cholerae, y que la bacteria afecta al intestino delgado, haciendo que sus células segreguen agua a gran velocidad: algunos enfermos, en casos muy extremos, pueden llegar a perder hasta el 30% de su peso en cuestión de horas, como indica Johnson. Hoy sabemos que la muerte por cólera es, básicamente, una muerte por deshidratación, y que "la mayoría de las víctimas de cólera a las que se administra agua y electrolitos por vía oral e intravenosa suelen sobrevivir a la enfermedad". Hoy sabemos que el cólera se transmite normalmente a través del agua contaminada, a la que han llegado los fluidos que desprende un enfermo en uno de sus ataques de diarrea, debido a un deficiente alcantarillado y canalización del agua. Hoy sabemos, pero entonces no se sabía. 

John Snow tuvo que enfrentarse durante años a los defensores de la teoría miasmática, que defendían que las enfermedades se propagaban a través de unas partículas en suspensión causadas por la materia en descomposición. Se pensaba que los cambios atmosféricos o la presencia de ozono en el ambiente podían ser los causantes de brotes, y se asociaba el mal olor a la presencia de enfermedad. Las autoridades sanitarias estaban obsesionadas por los olores de Londres, una ciudad cuya población no hacía más que crecer y que se había convertido en un vertedero habitado, hasta el punto de que el salubrista Edwin Chadwick llegó a afirmar: "Todo olor es enfermedad". "Nadie murió a causa del hedor en el Londres victoriano", escribe Steven Johnson. "Sin embargo, decenas de miles perdieron la vida debido a que el miedo al hedor les impedía ver los verdaderos peligros de la ciudad". Por ejemplo, para librar a los vecinos del desagradable olor que provenía de sus pozos negros, las autoridades llevaron las aguas fecales hasta el Támesis, convirtiendo así la fuente de agua de los habitantes de la zona en un foco de contaminación. 

El peligro en la fuente

Pero sus investigaciones habían llevado a Snow a ser escéptico. ¿Cómo podía explicarse, mediante la teoría miasmática, que estallara un brote de cólera en un hotel al que acababa de llegar un marino enfermo? ¿Cómo es que en un mismo barrio, sometido supuestamente a los mismos miasmas, unos se contagiaban y otros no? Él tenía su propio protocolo, más allá de las teorías pseudocientíficas de la época: "Estableció líneas de conexión entre la patología individual y la del vecindario en conjunto; se movía con agilidad desde la perspectiva de un doctor a la de un sociólogo y a la de un estadístico". Teniendo la sospecha previa de que el cólera podía transmitirse por el agua, el doctor se fijó de inmediato en la fuente de Broad Street, que las autoridades sanitarias habían descartado como foco de la infección solo porque tenía fama de clara y de pura. No olía, a diferencia de algunas de sus competidoras. De las 83 muertes por cólera identificadas cuando Snow llegó al vecindario, 73 estaban cerca de la fuente, y de ellas, 61 eran de consumidores habituales. En el barrio, había dos edificios sorprendentemente libres de enfermedad: el de la cervecería y el del asilo, que tenían su propio pozo. 

Gracias a sus investigaciones, Snow consiguió convencer a la Junta de Gobernadores de la parroquia de que el foco de contagio estaba en la fuente, y logró que se retirara la palanca del surtidor. Parece una anécdota, pero es uno de los grandes logros de la medicina moderna. "Por primera vez una institución pública había intervenido con conocimiento de causa en un brote de cólera, basándose en una teoría científica razonable sobre la enfermedad", celebra Steven Johnson. Mientras, los responsables de Sanidad analizaban el barrio buscando olores. Paralelamente, Whitehead había estado recabando sus propios datos, realizando sus propias entrevistas, cuyos resultados no casaban en absoluto con las teorías miasmáticas. Pero el reverendo vio también lagunas en el estudio de Snow: los enfermos bebieron agua de la fuente, de acuerdo, pero ¿y si los sanos también la habían bebido, como aseguraban? ¿No invalidaba eso su teoría? 

Una colaboración pionera

La discusión entre ambos, los conocimientos médicos de Snow y el acceso a la comunidad de Whitehead, permitieron afinar las suposiciones del doctor. El reverendo volvió a realizar entrevistas en profundidad con los vecinos, comunicándose incluso por correo con aquellos que habían abandonado el barrio huyendo de la enfermedad, un ejercicio parecido a las minuciosas encuestas que llevan a cabo hoy los rastreadores del covid-19. Así descubrió que quienes dijeron no haber ingerido agua de la fuente en realidad sí lo habían hecho; que los niños a menudo consumían agua sin que sus padres lo supieran; que las viudas no tenían quienes les llevara agua fresca, y que precisamente por eso no habían enfermado. Juntos, localizaron incluso el momento en que el surtidor se infectó: encontraron un caso de cólera previo al brote en el barrio, que había pasado desapercibido por haberlo sufrido un bebé —la mortalidad infantil era altísima, y los padres confundieron la enfermedad con una diarrea común—, y descubrieron que las autoridades que habían analizado posibles conexiones entre la fuente y las alcantarillas —buscando el temible olor— habían pasado por alto un pozo negro deteriorado que quedaba solo a 80 centímetros del cauce de la fuente. Caso resuelto. 

Ni siquiera con este éxito en la mano lograría John Snow desarmar la popularidad de la teoría miasmática, y su nombre llegó a pasar inadvertido incluso cuando otros científicos comenzaron a defender la transmisión hídrica del cólera. Para difundir sus teorías, Snow dibujó un mapa en el que representaba gráficamente las muertes por cólera en el barrio de Broad Street y su cercanía de distintas fuentes de agua. Esta forma de estudiar de manera panorámica la expansión de la enfermedad y su relación con distintos elementos contextuales puede parecer hoy obvia —como los gráficos que tratan de delimitar la influenca del transporte público o de las rutas aéreas en la expansión del coronavirus—, pero entonces era verdaderamente innovadora. El reverendo y el médico, que labraron su amistad en aquellos duros meses, seguirían en contacto. "Es posible que ninguno de los dos vivamos para presenciar el día", escribía Snow a Whitehead, "y que ya no se recuerde mi nombre para cuando llegue; pero llegará el día en que los grandes brotes de cólera serán asunto del pasado; y es el conocimiento del modo en que se propaga la enfermedad lo que determinará su desaparición". No valía solo para el cólera. Y no, sus nombres no se han olvidado. 

 

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