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Festival de Almagro

Almagro recibe al festival de teatro entre la ilusión por la reapertura y el miedo a los rebrotes

  • La restauración y el turismo agradecen el aire que insufla la cita tras meses de cierre, pero algunos ciudadanos tienen miedo: "Ha muerto mucha gente, no es el momento"
  • El festival ha querido convertirse en referente del sector con un protocolo estricto, con espectáculos al aire libre, distancia de seguridad y control en accesos y salidas
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Publicada el 16/07/2020 a las 06:00
Protocolo de higiene a la entrada del Teatro Adolfo Marsillach durante el Festival de Almagro, el 13 de julio de 2020.

Protocolo de higiene a la entrada del Teatro Adolfo Marsillach durante el Festival de Almagro, el 13 de julio de 2020.

Pablo Lorente (Festival de Almagro)

Son las doce de la noche de un martes y la Plaza Mayor de Almagro está vacía. Algunos bares han cerrado ya, después de haber perdido la esperanza de que los viajeros vayan a ingresar hoy unos euros más en sus cajas registradoras. Otros sirven la cuenta a los escasos rezagados grupos, últimos de una noche breve. Esta estampa podría parecer normal —al fin y al cabo, es martes— si no fuera porque hablamos de la noche de la inauguración del Festival de Almagro, que normalmente supone el pistoletazo de salida de uno de los mejores meses del año para la hostelería y los comercios turísticos de la localidad, y una auténtica fiesta para la zona, que ha construido su identidad en parte sobre sus raíces teatrales y su atractivo cultural. En la primera noche del certamen, las compañías, autoridades y espectadores suelen llenar las habituales 800 o 1.000 sillas de la plaza, que estrena a partir de ese momento cuatro semanas de bullicio y arte. Pero este año todo ha cambiado, y esto también. 

En 2019, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro reunió a 55.000 visitantes en sus distintas actividades —40.000 de ellos solo en las obras teatrales—, una cifra que sextuplica la población del municipio. Cuando el Patronato decidió continuar adelante con la edición de 2020, algo que confirmó definitivamente el pasado 3 de junio, se optó por reducir su duración a dos semanas, emplear solo cuatro espacios escénicos y mantener el aforo a un máximo del 50% para cumplir con el protocolo de seguridad e higiene. Así, calculan, podrán venderse este año hasta 9.000 entradas; de estas, el 70%, unas 6.300, se habían adquirido ya antes de dar comienzo el festival. En lugar de 70 compañías, que se alojan también en los hoteles del pueblo y consumen en sus comercios, este año acuden 26. Los hoteleros aseguran que la celebración del festival ha dado impulso a las reservas tras meses en dique seco, pero que quienes acuden a las funciones parecen ser también espectadores de la zona que no pernoctan, porque no se corresponde el número de entradas vendidas con el de plazas ocupadas. Secundan esa idea los restauradores: "Quienes estuvieron el martes en la inauguración, luego desaparecieron". 

"Ayer nos dio un poco de pena ver la plaza, porque no había mucho ambiente". Paco y Ángela han llegado hace poco al pueblo, a visitar a la familia, pero este domingo tienen entradas para el teatro. Se refugian del calor veraniego a la sombra de uno de los soportales de la plaza, bebida en mano, y no dudan en alabar el respeto de las medidas sanitarias: "Aquí se cumplen igual que en Salamanca o León", dicen. Incluso se alegran de que algunas casas rurales estén recibiendo reservas para este fin de semana, según les han contado, y animan a la gente a visitar el pueblo. Eso sí, son conscientes de que la celebración del festival ha creado cierto debate en Almagro: "Ha habido división, sí, la gente tiene miedo". Esa división se produce, simplificando, entre quienes consideran que los ingresos directos e indirectos del festival son necesarios, así como la imagen de cierta normalidad que ofrece, que puede ser beneficiosa para el turismo, y quienes consideran que la celebración del certamen, que reúne a compañías de siete comunidades autónomas y público de toda España, pone en riesgo la seguridad de los almagreños. Las autoridades públicas, desde el Ayuntamiento hasta la Junta de Comunidades y el Ministerio de Cultura (todas ellas gobernadas por el PSOE y todas parte del Patronato del festival), se han volcado a favor de la celebración.

De hecho, no hace falta caminar mucho para encontrar la materialización de ese debate: un poco más allá, se han encontrado por primera vez después de mucho tiempo María Isabel y Marinieves, dos jóvenes que apuran también sus consumiciones en la plaza. La primera es enfermera en el Hospital de Ciudad Real y lo tiene claro: "Ha sido muy criticado, lo de celebrar el festival. Si se han impedido fiestas tan importantes como las Fallas, no entendemos que esto siga adelante. Ha muerto mucha gente, no es el momento". La segunda añade: "Además, con dos semanas de duración tampoco va a ser tanta la ganancia para el riesgo que es". Ciudad Real, la provincia manchega más afectada por el coronavirus, sumaba este miércoles 7.247 positivos desde el inicio de la crisis sanitaria (8 nuevos en las últimas 24 horas) y 1.118 fallecidos. Según los últimos datos, 7 pacientes continúan en la UCI y 16 más están ingresados en planta. En toda Castilla-La Mancha, los positivos ascienden a 18.416, y las muertes a 3.072 desde el estallido de la pandemia. 

Consciente de la situación sanitaria, el festival ha puesto en marcha una serie de medidas de control. Todos los espacios de exhibición están al aire libre menos uno, la Antigua Universidad Renacentista, una iglesia de amplios techos recuperada en 2006. Además del uso obligatorio de mascarillas, los acomodadores dispensan gel hidroalcohólico a la entrada a todos los espectadores. Las butacas están a más de metro y medio unas de otras, y hay protocolos de acceso y salida de los recintos para evitar aglomeraciones. Todas ellas se cumplen a rajatabla en los primeros días del certamen. Las medidas aprobadas por el festival, incluyendo la limitación de aforo, son más estrictas que las aplicadas por otros festivales, y más estrictas también que las que han puesto en práctica la mayoría de los cines y las salas de teatro y conciertos. 

Y esto es lo que argumentan quienes están a favor de la celebración del festival, como Rafa y Rosana, del bar Platea: "Aquí hay discotecas que están abiertas, y se hace botellón, y está mucho menos controlado que el festival", señalan. Aunque no esperan que este año la ocupación sea comparable a la de otros, sí agradecen el aire que insuflan los visitantes. En estos días, aunque sea por la presencia de técnicos, artistas, trabajadores, estudiantes y periodistas —este medio viajó a Almagro por cortesía de la organización—, han vuelto a ver por primera vez tiques de más de cuatro euros por mesa. Entienden el miedo de los almagreños, pero piensan que en ocasiones puede resultar exagerado o que está motivado por una desconfianza injustificada hacia el visitante de otras localidades: "A veces, quienes critican el festival lo hacen mientras organizan sus vacaciones en la playa". 

Un poco más allá, la tienda de encajes Artes El Villar recibe a las dos primeras clientas del día. Sus responsables, José Antonio y Marinieves, lamentan que "la gente no compra con la misma alegría que antes". "Esto ha sido un batacazo grande para muchas familias", dice ella. Ahora están decididos a volver a la actividad, después de meses de cierre, y se esfuerzan por mantener las medidas de seguridad (mascarillas, gel, distancia) dentro de la tienda sin espantar por ello a los posibles compradores. Y, pese a las ganas de regresar y lo que supone para un comercio de este tipo la celebración del festival, confiesan que no las tenían todas consigo: "Al principio, cuando se anunció, nos sentimos un poco como conejillos de indias", admite él, asegurando que ahora están más tranquilos. El Festival de Almagro fue uno de los primeros en comunicar su voluntad de seguir adelante, y es también uno de los primeros en iniciarse: para su director, Ignacio García, es el "mascarón de proa" de la vuelta a los escenarios. Sobre la escena y en el patio de butacas, hay un optimismo unánime. En las calles del pueblo, elocuentemente vacías, se libra la misma negociación entre normalidad y miedo que se vive en el resto del país. Y tampoco aquí hay una respuesta fácil. 

 

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