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Humor al cubo

Arturo Valls: “Yo es que he mamado un humor de trazo gordo”

  • El famoso presentador valenciano recuerda gratamente su vida vinculada al humor desde sus orígenes familiares

  • Algunos recuerdos son desgraciadamente imborrables, como su primer encuentro profesional con Fernando Tejero

  • El valenciano, de 45 años, presenta ¡Ahora caigo!, Me resbala e Improvisando. Mientras prepara el rodaje de la película de Camera Café, en sus ratos libres prepara paellas para sus amigos y avanza en su carrera tenística.

Publicada el 21/07/2020 a las 06:00

Arturo Valls | Humor al cubo

El famoso presentador valenciano recuerda gratamente su vida vinculada al humor desde sus orígenes familiares.

Pregunta. Una curiosidad personal, ¿Los cómicos profesionales cuándo se dan cuenta de que se pueden ganar la vida haciendo reír a la gente?

Respuesta. Yo creo que cuando por primera vez te das cuenta de que algo de gracia puedes hacer es en el ámbito escolar, porque el público familiar, donde a uno siempre le han reído las gracias, cuenta menos. Ya con los amigos con 12 años te das cuenta de lo que es la empatía, cuando un colega cuenta la misma broma y a uno se la ríen y al otro, no. Por suerte yo estaba entre los que sí.

P. ¿Y cuál fue tu primera experiencia en un auténtico espectáculo sobre las tablas, frente a un público real?

R. Como público real, aunque no hubiera pagado entrada, de espectáculo, de tablas es en las actuaciones en la urbanización en los veranos. Ahí ya ves que tu humor produce la carcajada. Allí, es verdad que mi público era más mainstream y yo tiraba de recursos más primarios como mi imitación de Rocío Jurado, donde cuando veía que aquello decaía entonces me sacaba una teta… humor muy sutil, muy inteligente. No vengo de los monólogos, de los bares, de un público más underground, más reducido… yo ya me lancé al público comercial y ahí noté que aquello funcionaba, sobre todo ese tipo de humor.

P. ¿El humor primario es invención tuya o forma parte de una tradición familiar?

R. Veraneábamos en el típico pueblecito del interior de montaña con los chalés cerca del pueblo y allí se montaban las fiestas de verano muy familiares, con los cuatro vecinos con cuatro disfraces. El que subía la apuesta y daba la nota era mi padre, que se ponía una falda que se levantaba y se ataba un pepino… yo es que he mamado un humor de trazo gordo. ¡Ese es el humor con el que yo he crecido!

P. ¿Tu humor es 100% denominación de origen o dirías que has tenido referentes?

R. He tenido unos referentes como muy eclécticos. Vengo de un humor muy de cabaret, muy folklórico, muy de disfraz y la peluca, pero como espectador me apasionaban Faemino y Cansado, Pedro Reyes y el humor absurdo. Y luego, de repente, me flipaba Antonio Ozores en el Un, dos, tres; o Ángel Garó y esa cosa tan sofisticada que hacía. Y luego, veo el humor manchego como una cosa muy generacional, pues he sido muy fan de La Hora Chanante y luego he acabado siendo muy amigo de Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla o Julián López; y también he conectado muy bien con el humor de José Luis Cuerda. Seguramente como gran referente citaría a Faemino y Cansado, que fue lo que más me descolocó, me sorprendió y me fascinó.

P. ¿Has conocido algún otro maestro de ese humor primario fuera de los Valls?

R. Recuerdo la primera vez que yo hice ficción, interpretación. Estaba terminando de hacer Camera Café y Nacho García Velilla me ofreció hacer Gominolas con Fernando Tejero. Yo estaba con ciertos nervios, haciendo una serie importante, con medios de cine. Me encuentro con Fernando Tejero en el primer día de rodaje en un contraplano –en el que se ruedan primero las secuencias de un actor y luego las del otro–. Cuando me toca rodar mi plano, Fernando Tejero me da la réplica y lo primero que hace el tío es sacarse la chorra. ¡Tal cual, para qué voy a andar con rodeos! Yo no daba crédito. ¡Imagínate intentar decir tus frases viendo aquello! Me dio un ataque de risa que se fue complicando porque a la tercera toma no hacía gracia, porque allí estaba el de sonido sujetando la pértiga, el foquista pendiente y todo el equipo esperando. El cabrón de Fernando, que pretendía destensar aquello, me provocó un ataque de risa que recordaré siempre porque no podía concentrarme en decir mi texto viendo semejante acción.

P. ¿Notas que la gente te trata con especial cariño por dedicarte al humor?

R. Es gracioso que a veces, cuando vas conduciendo y notas el enfado de otro conductor por alguna imprudencia o por cualquier cosa que pueda suceder, ves que empieza a soltar exabruptos y a hacer gestos. Pero cuando llega a tu lado en el semáforo se para y empieza a increparte: "Pero hombre cómo es que…", hasta que te reconoce. En ese momento su enfado se convierte en un "¡Hombre, me cago en la leche, ja,ja,ja, si llego a saber que eres tú!". Con estas cosas te das cuenta de cómo se puede pasar del enfado a la empatía en un momento. Sin embargo, con la policía a veces es contraproducente porque es el propio policía el que piensa "¡A ver si te crees tú que te vas a librar porque seas el gracioso de la tele!" y por eso se pone en un modo todavía peor y te mira hasta los intermitentes. Esto es un arma de doble filo. Aunque lo normal es que te digan: "¡Anda tira, tira pa’ lante, que contigo me paso unas buenas tardes!".

P. Te diste a conocer en televisión como reportero del Caiga Quien Caiga. Ese programa destacaba por su humor corrosivo y crítico. ¿Había espacio para explotar tu humor primario?

R. Recuerdo cuando Keith Richards, el guitarrista de los Rolling Stones, vino a dar un concierto a Bilbao. Keith Richards venía de aquella época en la que se había subido a una palmera y se había caído de un cocotero. Cuando se bajó del avión le tiré las gafas del programa al grito de "¡Ahí van las gafas del Caiga Quien Caiga!", que cayeron a su lado. No se las puso, pero porque no pudo. Miraba de un lado a otro por el suelo, se agachaba, casi se cae, las medio cogió… No pudo. Keith Richards en estado puro. No fue capaz, tal como bajaba del avión, ya dobladísimo, aunque saludó simpatiquísimo… Muy buena actitud, pero no fue capaz de ponerse las gafas. ¡Genio y figura!

P. Cuando quedáis un grupo de cómicos, ¿hay pique por ver quién es más divertido?

R. Alrededor de las ya famosas paellas que hago aquí en Madrid, convoco a amigos que he hecho durante todo este tiempo, de los cuales algunos son cómicos. Suele defraudar a la gente que viene de fuera, que no se dedican a esto, que esperan unas sobremesas en las que todos estén tirando sus chistes o cuenten su gran anécdota. Es verdad que cualquier comentario en boca de Joaquín Reyes, de Antonio Pagudo, de Carlos Areces o Raúl Cimas suelen ser graciosos, pero normalmente descansamos. A mí no me gustan los cómicos que están ejerciendo todo el rato. Lo que me gusta es más natural. Cuentan lo que les acaba de pasar con sus hijos esa mañana y puede ser gracioso, pero no ejercen de cómicos las 24 horas porque eso es bastante coñazo. Me pasó el otro día algo parecido con la intelectualidad. El otro día vinieron a casa Manolo Vicent, Ángel Sánchez Harguindey, David Trueba, Wyoming, Jordi Socías… Entonces esperas unas conversaciones de lo más elevadas y que empiecen a citar a Borges. Al final resulta que se ponen a hablar de la próstata, o de tías, o de comida, o a marujear.

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