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Alfonso XIII, Eduardo VIII y Víctor Manuel III: tres huidas reales que marcaron la historia de las monarquías europeas

  • El monarca español, cercano a las dictaduras de Primo de Rivera y luego al golpe del 36, marchó entre acusaciones de corrupción y con una abultada fortuna
  • El rey inglés cambió corona por amor, arriesgándose a causar una crisis constitucional, y al italiano jamás se le perdonó su connivencia con el fascismo

Publicada el 11/08/2020 a las 06:00
El rey Alfonso XIII en 1916.

El rey Alfonso XIII en 1916.

MNAC

La marcha de Juan Carlos I, rey emérito, de España, ha agitado un verano que se pensaba ocupado solo por las noticias sobre la crisis sanitaria. Las implicaciones de su partida para el futuro inmediato de España aún son inciertas, pero ya es seguro que la decisión le acompañará en los libros de historia. No es la primera vez que un rey, o un exrey, abandona el país sobre el que ha reinado. Las monarquías europeas están marcadas por huidas de monarcas que han acabado marcando su historia. Entre ellas, las de Alfonso XIII de España, Eduardo VIII de Inglaterra y Víctor Manuel III de Italia quizás fueran de las más sonadas. 

Alfonso XIII: "¡Alirón, alirón, el rey es un ladrón!"

Cuando la multitud republicana, el 14 de abril de 1931, celebraba el triunfo en las municipales, y mientras el todavía monarca hacía las maletas para salir del país, un cántico se repetía en las calles según el diario El Sol, además del de "¡Viva la República!": "¡Alirón, alirón, el rey es un ladrón!". La opinión pública estaba clara: se "echaba" orgullosamente a Alfonso XIII no solo porque se prefiriera el modelo republicano, sino porque ese monarca en concreto se había enriquecido ilícitamente, según le acusaban sus detractores. A su imagen pública no ayudó que, una vez fuera de España, se paseara por los hoteles parisinos y romanos convertido en una especie de dandy real, que su fortuna se hubiera multiplicado por tres, de 8 a 21 millones de pesetas, desde su llegada al trono o que, antes de su exilio, la familia se hubiera asegurado de que buena parte de este capital quedaba a buen recaudo en el extranjero. 

¿Qué había de cierto en las acusaciones contra Alfonso XIII? No es tan sencillo. Y la historia tiene mucho que ver con el escritor Vicente Blasco Ibáñez, escritor de enorme éxito en la época, comprometido republicano y finalmente exiliado a Francia con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera, que el monarca apoyó. No es extraño que allí publicara un folleto llamado Alfonso XIII desenmascarado. El terror militarista en España, donde detallaba pormenorizadamente la connivencia del rey con las corrientes autoritarias, algo por otra parte conocido —y que repitió cuando apoyó sin reservas el golpe de Estado de 1936—. Pero en la publicación, que fue prohibida en España y que quizás precisamente por ello corrió como la pólvora, también abordaba otro asunto, en el capítulo "Los pequeños y grandes negocios del Rey". 

En él, el escritor le acusaba primero de enriquecerse gracias a su asignación pública, y luego de participar en negocios turbios: "El Rey", decía Blasco Ibáñez, "ha expuesto en numerosas ocasiones el prestigio de la monarquía comprometiéndose, con la ligereza de su carácter, en todos los negocios que le han propuesto. Pero se trata de negocios en los que el Rey no arriesga fondos particulares y en los que no aporta más que su influencia personal". Lo cierto es que habría ocasión de comprobar si estas acusaciones eran ciertas: en 1931, el Gobierno republicano puso en marcha una Comisión Dictaminadora del Caudal Privado de Alfonso XIII, que estudió minuciosamente la contabilidad del Palacio Real, a la que tuvieron acceso. Conclusión: "Refiriéndose los datos existentes solamente alas entradas y salidas de numerario, no hay rastro de aquellas operaciones que se hiciesen sin contrapartida en metálico". Es decir, según las pruebas disponibles lo que el rey acumuló, fue comprado, no regalado a cambio de favores. 

El historiador Gonzalo Gortázar, autor del libro Alfonso XIII, hombre de negocios, ha sido muy crítico con el Gobierno de la República en su relación con el monarca. El autor argumenta que, pese a que el resultado de la Comisión fue claro, el Ejecutivo no solo no lo publicó, sino que mantuvo la acusación de enriquecimiento ilegítimo y no revertió la confiscación de los bienes de la Corona. Otro aspecto mucho más ambiguo es si para sus numerosísimos negocios —invirtió en bancos, seguros, hoteles, construcción, cine, acero, industrias químicas...— usó su posición como monarca o la información privilegiada que pudiera recibir como jefe de Estado. Algo que quizás en la época no interesara especialmente y se diera casi por supuesto pero que hoy, como deja claro el caso Nóos y el propio debate en torno a la fortuna de Juan Carlos I, constituiría un escándalo.

Eduardo VIII: el exrey incómodo

La historia es de sobra conocida, y como para no serlo: el nuevo rey de Inglaterra renuncia al trono para poder casarse con una actriz que se encuentra inmersa en un segundo divorcio. La abdicación de Eduardo VIII en favor de su hermano Alberto, que accedería a la corona como Jorge VI, parece la trama de una comedia romántica. Eduardo VIII permaneció solo unos meses en el trono y ni siquiera llegó a ser coronado: su padre, Jorge V, murió en enero de 1936; el nuevo monarca expresó sus deseos de casarse con la estadounidense Wallis Simpson en noviembre, y, temiendo la dimisión del Gobierno y una posible crisis constitucional si seguía adelante con sus planes, abdicó antes de que terminara el año. 

La renuncia del después conocido como duque de Windsor no era solo un encontronazo entre distintas percepciones morales del valor del matrimonio. El rey británico es también cabeza de la Iglesia de Inglaterra, y por entonces esta se oponía a las nuevas nupcias de los divorciados si el cónyuge anterior seguía con vida. El matrimonio con Simpson hubiera supuesto un desafío a las normas sociales, pero también a la misma naturaleza de la corona. El Gobierno del conservador Stanley Baldwin opuso a la boda y, ante la disyuntiva, Eduardo VIII eligió el amor. Pero este movimiento supuso un duro golpe para la Corona, para su relación con el Gobierno, para su imagen pública e incluso para las relaciones con el entonces Estado Libre Irlandés, que aprovechó para eliminar las referencias al rey de su constitución, entrando en un extraño periodo a caballo entre la monarquía y la república antes de que se proclamara formalmente la segunda. 

Pero lo peor vino después: había que buscar acomodo para el exrey, una figura que la Casa Real no contemplaba. Eduardo VIII volvió a ser el príncipe Eduardo, antes de que su hermano le otorgara el título de duque de Windsor y el tratamiento de alteza real —tratamiento del que se excluyó específicamente a su esposa y descendientes—, y marchó a Austria al día siguiente de su abdicación. En 1937, con Wallins Simpson ya divorciada, contrajeron matrimonio en Francia, donde se instalaron. Al nuevo duque se le prohibió regresar a Inglaterra sin permiso previo de su hermano, que negoció directamente con él la asignación de una paga. La ingresaría finalmente el mismo monarca, desde sus propios fondos, después de que la Casa Real, muy molesta con el exrey, se negara a incluirle en sus cuentas. 

Las relaciones con el antiguo Eduardo VIII no mejoraron. Las personales con su familia, ya fuera con su madre o con su hermano, se hicieron cada vez más tensas. Y tampoco tuvo gran sintonía con el Gobierno: en 1937, poco después de haber salido del país, viajó junto a su esposa a la Alemania nazi contra la voluntad del Ejecutivo, donde se encontraron con el mismísimo Hitler. Las fuerzas fascistas incluso llegaron a proponerle devolverle el trono si Alemania lograba invadir las islas. La sombra de su cercanía con el fascismo le perseguiría durante toda su vida.

Víctor Manuel III: el rey del fascismo

Mucho más que una sombra es lo que cae sobre la memoria de Víctor Manuel III, el penúltimo rey de Italia —su hijo, Humberto I, reinaría solo un mes antes del referéndum republicano—. En 2018, los restos del monarca de la casa Saboya, muerto en el exilio en 1947, regresaron a Italia en medio de un fuerte debate. Como jefe del Estado, no solo permaneció impasible ante el ascenso del fascismo, sino que reinó con Mussolini y firmó de su puño y letra las leyes racistas y antisemitas que se han convertido en unas de las marcas más oscuras de la historia del país. Pietro Grasso, presidente del Senado cuando se produjo el traslado, fue claro: "Su responsabilidad antes, durante y después del fascismo no permiten ningún revisionismo de la figura de Víctor Manuel III".

Quizás las palabras más conocidas del rey sean: "Estoy sordo y ciego". No eran palabras literales, sino una respuesta a quienes le echaban en cara su inacción frente al secuestro y asesinato de Giacomo Matteotti, diputado y líder socialista, a manos de los fascistas en 1924. El rey se refería a que, sin la iniciativa del Congreso y el Senado, él no podía tomar ninguna iniciativa frente al ascenso fascista. Sin embargo, previamente, en 1922, cuando la Marcha sobre Roma amenazaba la ciudad, el rey se había negado a firmar la ley marcial planteada por el presidente Lugi Facta, que pretendía movilizar las tropas contra los grupos paramilitares, por supuesto miedo al estallido de una guerra civil. Lo que hizo en cambio fue aceptar la dimisión de Facta y encargar a Mussolini formar Gobierno

Víctor Manuel III continuó firmando todas y cada unas de las leyes que permitían el establecimiento del Estado fascista, como la aprobación del partido único o la porhibición de la libertad de expresión o de prensa. En 1936 aproyaría incluso con su presencia la invasión de Etiopía, asumiendo el rango de emperador, y lo mismo sucedería en Albania. En 1938, firmaría también las conocidas como leyes raciales, por las que se prohibirían los matrimonios entre italianos y judíos —entendiendo que era imposible ser ambas cosas—, la sistencia de los niños judíos a la escuela, el empleo de judíos en las administraciones públicas, su acceso a ciertos sectores privados, como la banca o el periodismo, la propiedad de tierras o negocios por encima de un cierto valor... 

En 1943, con la evidencia de que se avecinaba la derrota frente a los Aliados, el rey comenzó a negociar un armisticio en el que pretendía incluir la garantía de que él mismo permanecería en el trono. Con la invasión de las tropas alemanas, poco dispuestas a aceptar la rendición, el monarca huyó a Brindisi, en el sur, quizás la última estocada para su imagen pública. La abdicación en su hijo fue un movimiento desesperado para tratar de mantener la corona italiana, pero era tarde: un año después de la liberación de Roma, los italianos votaron la forma de Estado. Recordando la connivencia durante décadas entre el rey y el fascismo, un 54% eligió la república. Víctor Manuel III murió en Egipto poco después. 

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9 Comentarios
  • Alfonso J. Vázquez Alfonso J. Vázquez 11/08/20 19:39

    No olvidemos a todos los demás reyes de todos los reinos que ya no existen en Europa. A todos se les puso en la calle sin necesidad de referendum. ¿Por qué nadie pide el referendum para recuperar la monarquía? Por la misma razón por la que nadie pide un referendum para recuperar "el derecho de pernada". Votar el derecho a atropellar los derechos no es democrático; es una irracionalidad. Por eso al heredero de Franco, empeñado en seguir siéndolo, lo que hay que decirle es que coja las maletas y se vaya y que disfrute de la herencia de su padre a la que falsamente renunció con esa mascarada que aplaudieron todos los mentecatos. O que acepte ser democrático y se presente a las elecciones a Jefe del Estado renunciando al "derecho que le dio Franco". Y hasta estoy seguro que sería elegido, ¡al menos una o dos veces! Y pasaría a la historia de un modo digno. De lo contrario pasará de un modo indigno. ¡Como todos los reyes!

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  • EAJ49radio EAJ49radio 11/08/20 17:27

    Tengo entendido que la renuncia al trono de Eduardo VIII fue más por sus veleidades y colaboraciónismo con los nazis. Hacía un mal papel porque Inglaterra era enemigo declarado de Alemania y aparte fue muy castigada, con lo cuál no era muy presentable que, precisamente su su rey, tuviera simpatías filonazis, y si encima tenía intereses amorosos pues ahí se agarraron tanto el gobierno como su familia para apartar a un personaje de esa catadura en aquellos momentos.
    La realeza inglesa ya cambió su apellido en aquellos tiempos precisamente por su ascendencia alemana. También hay que decir que "siguen una tradición" y es que el segundo de la princesa Diana también tuvo su momento de gloria "disfrazándose" con el añorado, por algunos miembros de esa casa, uniforme Nazi. Cuándo ocurren este tipo de cosas hay alboroto, se van olvidando, pero el poso queda, no nos olvidemos. Todas las monarquías, valga la expresión, por narices son de origen autoritario, por decirlo de forma suave y quién se llame a engaño allá el mism@

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    • Montse80BorrokaHippie Montse80BorrokaHippie 29/09/20 00:36

      Efectivamente, a Eduardo VIII le obligaron a abdicar, no por su obsesión con Mrs Simpson, sino por ser un filonazi repugnante, un traidor a su país y un chivato asqueroso, que contaba secretos de estado a von Ribbentrop, e incluso planeo, en connivencia con los nazis, derrocar a su hermano Jorge VI y liderar un estado fascista inglés, títere de Alemania. Una joyita.
      "El rey Traidor", de Martín Allen.

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  • Alardrey Alardrey 11/08/20 16:43

    Nos olvidamos da Isabel II?.

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  • Fernandos Fernandos 11/08/20 13:27

    Para Jorgeplaza, los presuntos delitos fiscales y malversación de caudales publicos, son una tonteria,nada menos que del jefe de gobierno, no estoy nada de acuerdo con sus planteamientos y no creo que la mayoria de la gente le da mas importancia el puterio del rey que sus manejos financieros y mas apoyandose en su involabilidad.

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  • Antonio LCL Antonio LCL 11/08/20 12:57

    El mantenimiento de las coronas en los países y gobiernos que las apoyan y han apoyado tiene sus orígenes en los extremos más alejados de la acción democrática y republicana. El desarrollo de los pueblos y el acceso de los ciudadanos al ejercicio de la libertad y los derechos que les son inherentes como seres libres en una sociedad diversa, deja de lado, totalmente al margen, la vigencia de la monarquía como forma de gobierno por encima del bien y del mal, avalada por uniformes militares golpistas y eclesiásticos medievales. Sencillamente es incompatible con las instituciones sociales y políticas de una sociedad moderna. Si desean mantener sus principios y ornatos que lo financien con sus actividades privadas sometidas al estado de derecho, como todo ciudadano y ciudadana. Sólo un par de detalles, sin ser militarista ni afín a ningún grupo religioso. Reconozco que los ejércitos europeos y el español en particular, han experimentado un cambio sorprendente en pro de un desarrollo social adecuado a las necesidades de una sociedad civil. La iglesia, en cambio se encuentra paralizada en el tiempo, en un tiempo en el que las bestias salvajes de la sociedad se alzaban con el poder y sus riquezas a costa de la bota militar y la bendición papal. Y la monarquía siempre a su vera.

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  • jorgeplaza jorgeplaza 11/08/20 08:39

    Alfonso XIII y Víctor Manuel III acabaron con sus dinastías por sus acciones políticas: connivencia con sistemas dictatoriales en los dos casos. La corona inglesa no se alteró lo más mínimo por la historia de su heredero con la divorciada. Ninguno de estos supuestos precedentes tiene que ver lo más mínimo con la situación actual de Juan Carlos I, que ni era rey en el momento de producirse la crisis ni tiene ningún crimen político en su debe: al revés, su historial político es su gran mérito justamente por haber hecho lo contrario que su abuelo y que Víctor Manuel. Las culpas de Juan Carlos, presuntas de momento, son exclusivamente delitos fiscales. Porque tenía entendido que, por ridícula que sea la historia amorosa con Corinna Larsen, que lo es, no es constitutiva de ningún delito. Claro que, en estos tiempos en que impera el criterio moral de los amantes de las telenovelas, cualquiera sabe...

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    • EAJ49radio EAJ49radio 11/08/20 17:34

      No diga éso Jorge Plaza que a la mayoría nos hace llorar. A mí no me gustan los puteros y menos si nos quieren hacer ver que son modélicos, es pura hipocresía o doble moral, allá ellos y a quienes se dejan engañar. Pero lo que no es de conciencia és que con todo lo que le pagamos a la casa real de nuestros sudores, digo, no tiene ningún derecho a robarnos evadiendo al Fisco=Herario Público., no es perdonable, nos lo quita de nuestro bienestar

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      • EAJ49radio EAJ49radio 11/08/20 17:39

        Y se me quedaba en el tintero: éso sí es delito y no el que se acueste con quién le venga en gana, siempre que sea consentido, el sexo digo

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