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'Breve historia de Esquerra'

Publicada el 05/09/2020 a las 06:00

La principal pregunta que hay que responder cuando hablamos de ERC es cómo un partido casi centenario —pero minoritario hace tan solo una década– está hoy en condiciones, según las encuestas, de alcanzar la Presidencia de la Generalitat. infoLibre publica un fragmento de Breve historia de Esquerra (Catarata), de Manel Lucas. La obra intenta responder a varios interrogantes. ¿Cuáles son las almas, las tradiciones de ERC y cómo han convivido con debates internos y escisiones durante tantas décadas? ¿Qué tienen en común personajes históricos de la formación como Lluís Companys o Heribert Barrera con Gabriel Rufián o Pere Aragonés? ¿Cómo puede ERC cogobernar un país tan complejo como Cataluña con su principal rival electoral? 

 

CAPÍTULO 2: Esquerra después de la Declaración Unilateral de Independencia (2017-2020)

“Los avances irreversibles son los que se forjan sobre sólidas mayorías, y estas mayorías se construyen con la mano extendida a todo el mundo. Conscientes de que ninguna posición democrática es más digna que otra y que con todas las miradas hay que construir nacionalmente”. Este fragmento pertenece a un artículo que Oriol Junqueras publicó en el periódico Ara, de tendencia soberanista, el 28 de noviembre de 2017. En ese momento el líder de ERC ya estaba en prisión preventiva por la querella judicial tras el referéndum no autorizado del 1 de octubre y la posterior —y retórica— declaración unilateral de independencia (DUI). El artículo lo firmaban, junto a Junqueras, otros tres dirigentes políticos afines a ERC pero procedentes de otros partidos. La elección de los coautores era significativa, porque simbolizaba esa voluntad de ampliar el espectro del soberanismo, ese reconocimiento de que lo que había venido ocurriendo desde septiembre de 2015 —la aceleración del procés independentista— había fallado, en parte, por falta de apoyo, porque había prescindido de la población que no quiere la independencia.

El artículo planteaba: “La cuestión es […] cómo seguimos creciendo, cómo seguimos sumando ciudadanos al proyecto de construcción nacional. Cómo superamos el frentismo, sumando y agregando personas con miradas y tradiciones diferentes en un proyecto compartido”. Y, de manera reveladora, a la vez que elogiaba el papel de la población independentista en el referéndum, agregaba: “De nuestras fortalezas hay que aprender; de nuestras debilidades, aún más”.

Era una reflexión fundamental que, sin llegar a expresarlo del todo, admitía errores en la gestión del procés independentista, sobre todo en su parte final. Es cierto que ponía el acento en atacar la actuación del Estado —básicamente las cargas policiales durante las votaciones del 1 de octubre—, pero ese reconocimiento de que los independentistas no eran aún suficientes para proclamar nada no dejaba lugar a dudas. Había un cambio de rumbo en ERC, que se alejaba de la dinámica unilateral y proponía buscar mayores consensos. Las prisas habían resultado letales, y el menosprecio de la capacidad del Estado para defender su integridad, peor. Varios miembros del Govern estaban en la cárcel, otros habían huido al extranjero, y otros más irían a parar a prisión en las siguientes semanas. Y no había independencia, sino al contrario: el Gobierno central había suspendido la autonomía en aplicación del artículo 155 de la Constitución. De hecho, no había habido independencia ni un solo minuto, ni la bandera española se arrió del palacio de la Generalitat. Junqueras, en ese artículo, hacía acuse de recibo de la situación. En los días siguientes empezó a hablar de pensar en “el medio y el largo plazo” y poner “luces largas”, según comenta en un libro testimonial y doctrinal su mano derecha, el periodista Sergi Sol (Oriol Junqueras: Fins que siguem lliures, [“hasta que seamos libres”]). En sus propias palabras, Sol afirma en ese libro que la celebración del 1-O pese a la acción policial fue “una victoria democrática” que generó “un alud de simpatía internacional” pero que no daba derecho a la independencia, y considera inviable la opción esgrimida por sectores radicales de atrincherarse en las instituciones y ocupar la calle. A toro pasado, los dirigentes más prudentes del partido evitan hablar de errores en aquellas fechas, pero sí confiesan haber “aprendido” la lección. Una durísima lección. Uno de ellos reconocía: “Si pudiésemos hacer marcha atrás de algunas cosas las haríamos distintas, pero la máquina del tiempo no existe”.

En cambio, el otro líder del procés, el presidente destituido Carles Puigdemont, mantenía una opinión en las antípodas de Junqueras. Desde Bélgica, donde se había refugiado, Puigdemont abanderaba ya en este momento una corriente más “legitimista”, partidaria de la restitución sin más de todo lo que había liquidado el 155. Rechazaba reconocerse como expresidente y defendía que el referéndum del 1 de octubre tenía valor suficiente para proclamar la independencia. Puigdemont formaba parte del Partit Demòcrata Europeu de Catalunya (PDeCat), el nombre que adoptó Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) en 2016 para intentar alejarse de los casos de corrupción que la atenazaban, desde el llamado 3% —presuntos cobros de comisiones por obra pública— al escándalo de evasión de impuestos y supuesto enriquecimiento ilícito del fundador del partido, Jordi Pujol, y su familia. El PDeCat se había definido como independentista, y la mayoría seguía a Puigdemont en su estrategia, aunque algunos de los militantes más antiguos recelaban de la deriva unilateral (1). Poco a poco, Puigdemont también había sumado a su causa a un grupo de personas sin adscripción partidista, algunos con experiencia política y otros no, que adoptaban al cien por cien el discurso de la independencia sin más y de aplicación inmediata. También se podría incluir en esa corriente partidaria de la resistencia a ultranza a la CUP; una curiosa coincidencia de la centroderecha y los llamados anticapitalistas.

Se rompió del todo, pues, la confianza entre Junqueras y Puigdemont, que había sido ya muy frágil durante los casi dos años que compartieron gobierno (Puigdemont fue investido president en enero de 2016 en un Govern que tenía a Oriol Junqueras de vicepresidente y conseller de Economía. Sus dos partidos se habían presentado a las elecciones en una lista conjunta llamada Junts pel Sí). Y el primer momento en que las dos personalidades se enfrentarían directamente serían las elecciones del 21 de diciembre de 2017, que habían sido convocadas por el presidente del Gobierno central Mariano Rajoy tras aplicar el 155.

Nunca hubo duda de que, a pesar de la anormalidad de la convocatoria, todo el independentismo iba a concurrir a las elecciones. Junqueras argumentó a sus colaboradores que no presentarse era ceder indefinidamente el gobierno de Cataluña al Gobierno central. Incluso la CUP, tras ciertas frivolidades testimoniales en las redes sociales (una de sus diputadas ironizó con convocar una “paella insumisa” para el día de las elecciones), acabó acatando y presentando lista propia. Tal como estaban las relaciones personales y las estrategias, era impensable una lista única (ERC ya la había aceptado a regañadientes en 2015, y no pensaba reincidir).

Esquerra partía con ventaja en las encuestas sobre Puigdemont, que montó una lista con pocos miembros del PDeCat y bastantes independientes bajo el nombre de Junts per Catalunya (JuntsxCat), “juntos por Cataluña”. Pero Junqueras, encarcelado, quedó fuera de la campaña, y la número dos del partido, Marta Rovira, no tenía el mismo carisma que el líder (un ejemplo revelador fue el pinchazo en un cara a cara con la presidenciable de Ciudadanos, Inés Arrimadas, en el programa de televisión Salvados, del periodista Jordi Évole).

Puigdemont, en cambio, capitalizó la imagen de presidente agraviado y acabó superando a su rival: JuntsxCat obtuvo 34 diputados y ERC, 32. La CUP, que había obtenido 10 en las anteriores elecciones, se quedó en 4. Aunque la campanada la dio Ciudadanos (C’s), el partido anticatalanista, que quedó en primer lugar con 37 diputados. La candidata más votada, por tanto, era Inés Arrimadas.

Sin embargo, C’s no estaba en condiciones de formar Gobierno porque no tenía opciones de pacto. El PSC, con 17 diputados, ni era suficiente ni estaba dispuesto a alinearse con un partido situado ideológicamente más a la derecha y que defendía la mano más dura contra los independentistas. El PP se había quedado en unos míseros 4 diputados. Y los comunes (8 escaños) estaban bastante más a la izquierda que C’s y rechazaban los bloques de españolistas e independentistas.

En cambio, JunstxCat, ERC y la CUP sí sumaban mayoría absoluta, es decir, el independentismo en conjunto había mantenido su fuerza. JuntsxCat y ERC acordaron formar Gobierno, con el apoyo externo de la CUP. El presidente de la Generalitat iba a ser de los exconvergentes y el del Parlament, de los republicanos.

Pero los resultados presentaban anomalías: había diputados electos que estaban en la cárcel y otros fuera de España. El Tribunal Supremo se negó a permitir la presencia de los presos preventivos para tomar posesión del escaño, y los que estaban en el extranjero se arriesgaban a la detención si venían. Todo esto dificultó tanto la elección de un president de la Generalitat como la aplicación de esa teórica mayoría absoluta.

La primera votación sí fue sencilla: Roger Torrent, un dirigente de ERC en Gerona, de 38 años, presidiría la cámara. Pero la investidura del presidente del Govern se envenenó, y desencadeno el primer enfrentamiento público entre JuntsxCat y ERC. Los fieles de Puigdemont intentaron que le eligieran por vía telemática, lo que no estaba previsto en el Estatut ni en el reglamento del Parlament. Torrent dejó claro desde el primer momento que no estaba dispuesto a tomar decisiones fuera de la ley que le pusieran en riesgo: ERC empezaba a aplicar su estrategia posibilista mientras rechazaba medidas de resistencialismo que consideraba poco efectivas.

Descartado Puigdemont, sus seguidores intentaron otras investiduras improbables: la de Jordi Sánchez, líder de la ANC, también en la cárcel, y la del exconvergente Jordi Turull, que no logró los votos de la CUP y al día siguiente también fue detenido por orden del juez instructor de la querella del procés. Todo en vano. Tras más de cuatro meses desde las elecciones, no había aún presidente de la Generalitat. En consecuencia, tampoco se había levantado la aplicación del artículo 155. ERC exigía públicamente que JuntsxCat decidiera un nombre factible, que pudiera presidir el “Govern efectivo”. Un Gobierno que gobernara.

Entonces, Puigdemont acudió a un diputado y amigo suyo, el editor Quim Torra, una figura del independentismo más rocoso, católico, y autor de algunos artículos muy agresivos contra España y las personas de cultura castellana en Cataluña (“España, esencialmente, ha sido un país exportador de miseria, material y espiritualmente hablando”, “No es nada natural hablar en español en Cataluña. No querer hablar la lengua del país es el desarraigo, la provincialización, la voluntad persistente de no querer asumir las señas de identidad de donde se vive”). Torra había formado parte brevemente del partido Reagrupament, una escisión de ERC por la derecha, que había acabado colaborando con Convergència. A pesar de eso, los republicanos lo aceptaron y logró la investidura el 17 de mayo de 2018. El vicepresidente del Govern y conseller de Economía sería Pere Aragonès, líder de facto de ERC al encontrarse Junqueras en la cárcel y después de que Marta Rovira huyera a Suiza para no presentarse ante el Tribunal Supremo, que también la quería imputar y, tal vez, encarcelar. El resto del Gobierno estaba repartido entre las dos formaciones, y desde el minuto uno vivió en un recelo mutuo. Mientras JuntsxCat trataba por todos los medios de forzar la ley para que los presos y los expatriados mantuvieran su presencia tácita en el Parlament, Esquerra acató que Junqueras y Raül Romeva delegaran su voto sin más, y los otros republicanos imputados renunciaron a sus escaños. Excepto uno, Toni Comín, que, alineado definitivamente con Puigdemont, copió su decisión de no delegar ni renunciar, con la consecuencia directa de que los independentistas perdían la frágil mayoría absoluta: a cambio de una actitud testimonial, se complicaban la gestión del día a día.

ERC trató de corresponder en su acción política a la estrategia de “gobierno efectivo”, gradualismo, posibilismo, y lo que ellos definen como “ensanchar la base”, esa voluntad expresada por Junqueras en su artículo de noviembre de 2017 de llevar al independentismo a sectores que aún no lo son o tejer complicidades con soberanistas que consideran insuficiente la autonomía actual pero no aspiran a la independencia. Se trata, según su ideal, de alcanzar un 70 o un 80% de partidarios de un referéndum de autodeterminación para forzar al Estado a aceptarlo, y que se haga con garantías y con reconocimiento general, y no como lo que ocurrió el 1 de octubre.
Esta teoría se opone a lo que los republicanos denominan “independentismo mágico”, que sería el que cree que la simple voluntad de los independentistas actuales logrará doblegar al Estado y formalizar la República catalana, o aún más allá, el que cree que, de hecho, la DUI fue real y solo hay que actuar en consecuencia, rechazando toda disposición que llegue del Estado español.

En julio de 2018, una asamblea de ERC (“Conferència Nacional”, una reunión entre congresos) ratificó la estrategia posibilista con un documento de 80 páginas en el que se establece “la necesidad de diálogo” con el Estado como la mejor vía para desbloquear la situación en Cataluña. Pero ya dijimos en el anterior capítulo que ERC es un partido muy celoso de su carácter asambleario, y los militantes forzaron que el documento incluyera la expresión “sin renunciar a la unilateralidad que se encuentra en la base del ejercicio de la soberanía”. La dirección habría preferido evitar toda alusión a la unilateralidad tras la amarga experiencia de la DUI de octubre.

(1En junio de 2020, dirigentes de este sector abandonaron definitivamente el PDeCat y fundaron el Partit Nacionalista de Catalunya. Semanas después, el propio Puigdemont rompió con el PDeCat para crear otro partido, puramente independentista, al que quiso llamar Junts per Catalunya, un nombre en disputa con sus excorreligionarios. En este nuevo partido quedaba subsumida la Crida Nacional per la República, también creación de Puigdemont en 2018.

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2 Comentarios
  • Paco b. Molina Paco b. Molina 05/09/20 20:31

    No les deis tantas vueltas, porque esto es mas simple de lo que parece, ERC han sido siempre unos trileros. Yo asistí a los primeros actos electorales de la transición, uno de ellos en la plaza de toros monumental, donde Esquerra se presentaba acompañando a partidos de izquierda, como el PT, y recuerdo perfectamente al supremacista Eribert Barrera, convenientemente oculto con una pátina de izquierdista, engañando descaradamente a la gente con un discurso de izquierdas, para después, poner los votos conseguidos a disposición de Pujol a cambio de poltronas, para toda su banda, generosamente remuneradas. Después, podeis adornarlo con toda la literatura que os parezca bien, pero la historia se ha repetido una y otra vez, votos conseguidos mediante engaño en un electorado de izquierdas, y puestos a disposición de la derecha de Catalunya a cambio de poltronas. Repasad la miriada de altos cargos y mandangas con sueldos de escándalo, y veréis cuanto da de sí, la postura patriótica de ERC.

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    • jorgeplaza jorgeplaza 07/09/20 11:43

      Totalmente de acuerdo con su comentario, en particular porque Heribert Barrera, un racista asqueroso, me repugnaba profundamente. ERC puede que tenga algo de R y el resto, de C. De lo que no tiene absolutamente nada es de E, salvo que los abades hipócritas (valga la redundancia) como Junqueras puedan ser izquierdistas, que no lo creo.

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