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Cultura

La cultura vuelve a la vida en Madrid pese a la amenaza de la segunda ola

  • Los teatros programan nuevas producciones y los cines acogen a Allen o Sorkin, aunque el confinamiento desaconseja realizar actividades "no imprescindibles"
  • Las librerías reciben nuevos títulos como cada otoño, pero las salas de conciertos siguen cerradas: solo 5 de 54 han organizado algún concierto desde marzo
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Publicada el 04/10/2020 a las 06:00
Fotograma de 'Explota explota', de Nacho Álvarez, el estreno español de la semana.

Fotograma de 'Explota explota', de Nacho Álvarez, el estreno español de la semana.

UNIVERSAL

La rentrée vs. la incertidumbre. A esto se enfrenta el sector cultural en la Comunidad de Madrid, uno de los principales centros de producción del Estado junto con Cataluña. Otoño suele ser una época alegre para los creadores: las editoriales lanzan algunos de sus mejores títulos, los cines cambian las películas ligeras del verano por grandes apuestas (esta es la fecha que prefieren las contendientes a premios como los Oscar o los Goya), los museos renuevan su programación y los teatros regresan a la cartelera tras el cierre estival. En el año del covid-19, esto también se llena de extrañeza. La vida sigue, y pese a todo siguen llegando los estrenos. Pero con la sombra de la segunda ola, y un confinamiento que "desaconseja" realizar actividades "no imprescindibles".

En la tarde del jueves, los cines tenían dudas sobre si les atañían las nuevas restricciones acordadas por el Ministerio de Sanidad y aplicadas por la Comunidad, que incluían reducciones de aforo al 50% y cierres a las 22.00. La inquietud llegó hasta la tarde del viernes, cuando se publicó la transposición de la orden en el Boletín Oficial madrileño, y las salas observaron que no se las nombraba en ningún sitio. Eso, por una vez. Era buena señal. Y pese a todo, ahí estaban las novedades, en cartelera. Y abundan las películas españolas, ocupando el hueco dejado por el cine internacional, que ha dado un paso atrás ante la crisis. Explota explota, musical de Nacho Álvarez sobre las canciones de Raffaella Carrà, protagonizada por Ingrid García Jonsson; Una ventana al mar, de Miguel Ángel Jiménez con Emma Suárez; La isla de las mentiras, de Paula Cons con Nerea Barros...

E incluso en estas circunstancias hay grandes estrenos de películas extranjeras. Está Rifkin's Festival, la nueva película de Woody Allen, que el cineasta octogenario ha paseado por platós y medios sin moverse de su apartamento neoyorquino. La ha llevado incluso al Zinemaldia, donde está justamente ambientado el filme, y que le ha servido de principal plataforma publicitaria. Ahí estuvo también Viggo Mortensen, para recoger el Premio Donostia y para promocionar su primera película como director, Falling, donde explora las relaciones paterno-filiales y que coprotagoniza junto a Lance Henriksen. Menos preocupado por la situación epidemiológica estará Aaron Sorkin, que estrena El juicio de los 7 de Chicago, película producida por Netflix que tiene un estreno limitado en salas antes de llegar a la plataforma el 16 de octubre. 

Regreso al teatro

También el mundo del teatro estaba preocupado por las nuevas medidas. El Teatro del Barrio, una sala independiente de Madrid, por ejemplo, se planteaba volver a cerrar si confinaban a su barrio, Lavapiés, en las restricciones por zonas sanitarias aplicadas por la Comunidad. Paradójicamente, la extensión del confinamiento a todo el municipio suprime su mayor miedo: que solo pudieran acercarse las vecinas de un área muy pequeña. Ahora podrán hacerlo todos los madrileños... aunque la Comunidad recomiende no hacerlo, mientras el Ministerio de Sanidad reitera que el sector de la cultura no es una fuente de preocupación epidemiológica. Sea como fuere, el Teatro del Barrio inauguraba su temporada con La zanja, de la compañía Titzina, una obra sobre el colonialismo y la explotación de la tierra que desde su estreno 2017 cosecha alabanzas de la crítica. 

Los centros públicos están también de nuevo en pie. El Centro Dramático Nacional había iniciado el otoño con la reprogramación de obras ya estrenadas, como la dupla Verano en diciembre y Otoño en abril, de Carolina África, o Los días felices, de Samuel Beckett, con versión y dirección de Pablo Messiez. Pero también empieza a recuperar las obras que la pandemia no permitió estrenar en primavera, como Transformación, de Paloma Pedrero, en el María Guerrero a partir del 2 de octubre. La Compañía Nacional de Teatro Clásico, no cuenta con uno, sino con dos nuevos montajes: El vergonzoso en palacio, de Tirso de Molina, en versión de Yolanda Pallín y dirección de Natalia Menéndez, y Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, con versión de Carolina África y dirección de Bárbara Lluch. 

Esperando a Mondrian

Con el préstamo internacional congelado, el Museo del Prado ha preparado un otoño para tirar de archivo —tratándose del Prado, no es poco archivo—. Por un lado, ha prorrogado hasta noviembre su exposición Reencuentro, en la que muestra desde el verano algunas de sus principales obras maestras en una disposición única que favorece la seguridad ante el coronavirus pero también nuevos diálogos entre las piezas. Por otro, prepara el estreno de Invitadas para el 6 de octubre, muestra que analiza la figura de la mujer en el arte entre finales del XIX y principios del XX, a partir de obras de sus propios fondos. El Museo Reina Sofía se atrevió a inaugurar Que nos roban la Memoria, de Concha Jerez, ya en julio, y hasta marzo tendrá en salas Disonata, exposición sobre arte sonoro. El plato fuerte llegará en noviembre con la exposición Mondrian y De Stijl, asegurada por valor de 625 millones de euros. El problema será cuántos madrileños se van a acercar a verlas. Sin el público internacional, que supone buena parte de la taquilla, y sin el turista nacional, muy limitado, ambos museos tienen problemas para cuadrar cuentas. Y hay que tener en cuenta que hasta ahora el Prado dependía en un 64% de la autofinanciación y el Reina Sofía, en un 28%. 

Es mucho más fácil rastrear las presentaciones de libros: en Madrid, las librerías han suspendido, en general, la mayoría de actividades presenciales. Son estos actos, junto con los clubes de lectura, los momentos en los que los comercios obtienen buena parte de sus ingresos. Y, pese a su ausencia, la industria parece ser uno de los sectores culturales que mejor se mantiene en pie. Quizás tenga que ver con que se trata de la primera industria cultural, que en 2019 movió, según las cifras preliminares, 2.420 millones de euros en el comercio interior. Pero también tiene que ver con que la compra y el propio ejercicio de la lectura se puedan hacer en solitario, y que durante el estado de alarma la venta de libros siguiera en marcha. Igualmente fácil resulta rastrear la actividad de las salas de conciertos: de las 54 salas madrileñas que forman parte de la asociación La Noche en Vivo, solo 5 han hecho algún tipo de concierto desde marzo. El sector continúa cerrado, y los promotores temen que "la mayoría de salas estén en peligro", según Javier Olmedo, gerente de la organización. La rentrée ha llegado, pero no todos han vuelto. 

 

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