Cultura

La polémica en torno a 'Antidisturbios' y 'Patria', entre la "polarización política" y la "falta de empatía"

Escena de 'Antidisturbios', creada por Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña.

“La serie Antidisturbios es una auténtica basura”, tuiteaba el sindicato de la Policía Nacional Jupol, que acusaba a la producción de “manchar” la imagen de los agentes. “No es una serie, es un documental”, decía en cambio sobre ella Gabriel Rufián, diputado de Esquerra Republicana. Mientras, otras lecturas aseguraban que la producción de Movistar+, creada por Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña, “blanquea” al cuerpo de antidisturbios.

Con el estreno de Patria, adaptación de HBO de la novela de Fernando Aramburu, ocurría algo similar. Algunos la acusaban de ser demasiado benévola con las fuerzas de seguridad del Estado y de tratar como estereotipos a los personajes abertzales, mientras otros aseguraban que la serie se mostraba demasiado empática con la banda. Cuando la cadena lanzó un cartel promocional en el que se veía, frente a frente un asesinato terrorista y una escena de torturas policiales, el propio Aramburu saltó a la palestra para decir que le parecía “un desacierto” y figuras políticas como Ana Beltrán, presidenta del PP de Navarra, acusó a la cadena de “humillar a los asesinados”.

¿Se puede criticar y blanquear a la vez? ¿Por qué dos obras de ficción han conseguido generar un debate público de esta temperatura? ¿Qué ocurre, socialmente, cuando alguna obra cultural se atreve a tratar temas como el terrorismo de ETA o la actuación de la policía? Conversamos con la escritora Edurne Portela, el sociólogo César Rendueles, el escritor Iban Zaldua, el cineasta Marc Crehuet y el novelista Lorenzo Silva, que tienen sus propias experiencias con todo lo anterior.

Un caso de "polarización política"

Hay un motivo obvio, señalan, por el que Patria y Antidisturbios han encendido las redes y el debate mediático más de lo que lo hicieron otras obras: su popularidad. “Estos temas ya se han tratado en la literatura vasca”, dice Iban Zaldua sobre Patria, “lo que pasa es que la literatura vasca es pequeña, más bien minoritaria, y el audiovisual llega a mucha más gente”. El autor ha abordado el conflicto vasco desde la ficción en libros como Como si todo hubiera pasado, y señala que es mucho más probable que los medios se hagan eco de la polémica en torno a un cartel de la internacional HBO que en torno a Letargo (Bizia lo), de Jokin Muñoz, Premio Euskadi de Literatura en 2004 y una de las obras clave de la última literatura vasca. Que se lo cuenten al dramaturgo y cineasta Marc Crehuet, que en 2013 estrenó la obra de teatro El rey tuerto, una comedia negra que enfrentaba a un mosso antidisturbios y a un manifestante que había perdido un ojo por una pelota de goma lanzada precisamente por ese cuerpo. Aunque se llevó al cine en 2016, la película tampoco suscitó grandes polémicas, aunque trataba temas similares a los que aborda Antidisturbios y, gracias al humor, en ocasiones de manera más brutal. “Éramos una película independiente con ningún dinero para publicidad”, cuenta a este periódico. “Seguro que hubiese habido polémica de tener más repercusión. No creo que sea algo que se pueda achacar solo las obras, sino también a la repercusión”.

Sin embargo, no es casualidad que estos debates caldeados se den a menudo en torno a ciertos temas, como son el terrorismo, los cuerpos de seguridad, la Guerra Civil... Responde Edurne Portela, autora entre otros títulos de El eco de los disparos, que analiza el tratamiento de la violencia de ETA en el cine y la literatura: “Creo que son temas en los que existe una polarización política y social grave, bien porque tratan un presente conflictivo (como puede ser Antidisturbios), bien porque la historia a la que refiere no pertenece sólo al territorio del pasado: sigue estando presente porque las heridas de las víctimas siguen abiertas. Además son temas que se utilizan políticamente, que se manipulan para crear polarización”. Lo mismo opina Marc Crehuet, que ve en el tono de estos debates la evidencia de “un encierro en la propia ideología y el propio discurso de uno”. Y Lorenzo Silva, que en su literatura ha tratado de múltiples maneras la actividad de distintos cuerpos policiales, como hace en su última novela, El mal de Corcira, donde está muy presente el terrorismo: “Son temas que se instrumentalizan, no siempre desde la honestidad política y artística. Hay a quien le interesa que estemos viendo todo el rato cierto sufrimiento, pero no veamos otro. Y eso está ambos lados del espectro ideológico”. Esa instrumentalización, argumentan ambos, incita al análisis maniqueo y no se lleva bien con la complejidad y el matiz, creando en palabras de Portela “un problema grave de falta de imaginación y de empatía”.

Pero eso no quiere decir que no deba darse el debate, objeta Silva. “La polémica es lícita: ¿es que la gente no puede discrepar sobre cómo se tratan temas como estos? Son delicados, pero hay que abordarlos. Y el autor tiene que tener libertad para abordarlos, de la misma manera que el público tiene que tener libertad para criticarlos”. Si ambas cosas son relevantes es en gran medida por el peso que los entrevistados otorgan a la capacidad de la ficción para influir en la realidad. Una de sus funciones, dice Iban Zaldua, es “tocar problemas que están soterrados y de los que no se habla, llevarlos a un primer plano de manera más directa que la labor histórica, periodística y documental”. Aunque tradicionalmente se ha considerado que la investigación y el ensayo influyen de manera más determinante en el debate político que la ficción, el escritor defiende que esta “llega a muchísima más gente” y es de “digestión más fácil”, por lo que su capacidad de “hacer que pique la herida” es mucho mayor. Así, los debates generados en torno a la ficción tienen un mayor calado, sin dejar de ser una sublimación y un desarrollo de los conflictos políticos y sociales existentes. 

Asomarse a las sombras policiales

La idea de Antidisturbios surgió, contaba Rodrigo Sorogoyen, a raíz de las cargas contra las protestas del 15M, sobre las que conversaba entonces a menudo con la guionista Isabel Peña. La serie sigue a los miembros de la unidad de la Policía Nacional Puma 93, en actuaciones como la ejecución de un desahucio o el control de una batalla campal entre ultras del fútbol, pero también en sus contactos más o menos azarosos con la corrupción policial y política. “No es nuestra intención salvarles ni blanquearles”, decía el director en conversación con este periódico, “sino ver todas las partes: el exceso de violencia a veces, pero también la depresión a veces, o el compañerismo”. Huyendo de “ser maniqueos”, consultaron con sindicatos policiales como el Sindicato Unificado de Policía o el Sindicato Profesional de Policía (no con Jupol, precisamente). Nada de eso impidió que se desatara la polémica, en términos mucho menos sutiles que los pretendidos por el equipo.

Tanto Iban Zaldua como César Rendueles, profesor en la Universidad Complutense y autor de títulos como Contra la igualdad de oportunidades, apuntan a que una de las razones de esto es por el “corporativismo” de la policía, que explica que la serie haya sido criticada por el sindicato Jupol, a quienes se ha sumado el Sindicato Unificado de Policía (SUP) y la Confederación Española de Policía (CEP). “No creo que todos los policías sean de ultraderecha ni colaboren en las agresiones y delitos de algunos de sus compañeros pero la inmensa mayoría calla ante lo que ve. De hecho, cada vez que algún policía alza la voz sobre lo que hay que cambiar en las fuerzas de seguridad se enfrenta a una auténtica persecución por parte de al menos algunos de sus compañeros”, defiende, algo que de hecho atraviesa la trama de la misma serie. Rendueles asegura que la “sobrerreacción” de los sindicatos es “una pataleta infantil”: “Lo dramático es su silencio y pasividad ante la realidad que les rodea”.

César Rendueles cree, además, que Antidisturbios rompe el relato hegemónico en torno a la actuación policial. “La serie se enfrenta a un consenso forjado durante los años más duros de ETA”, explica, “que establece que la labor de la policía es incuestionable, y cualquier crítica es vista como una traición a la democracia. Un consenso que cuenta con un amplio respaldo judicial, político y mediático: los tribunales protegen a la policía, los políticos los indultan si esa primera línea de defensa falla y los medios de comunicación callan sobre todo ello”. En su opinión, este consenso ha calado también en la ficción, que se ha quedado en “la teoría de las manzanas podridas”: los agentes corruptos existen, pero son “individuos con comportamientos aberrantes” que el sistema persigue y se encarga de extirpar. “Cuando lo cierto”, dice, “es que en este país tenemos un problema estructural de falta de supervisión de la labor de la policía”. El sociólogo asegura que le interesará la ficción audiovisual sobre estas fuerzas cuando “se emita una serie sobre el cierre del periódico Egunkaria y las torturas a su director Martxelo Otamendi en 2003” o “sobre la muerte de 15 inmigrantes en El Tarajal por culpa de una intervención de la Guardia Civil”.

De otra opinión muy distinta es el escritor Lorenzo Silva. Cuenta que cuando publicó Carta blanca, en 2004, una novela protagonizada por un legionario y situada entre la Guerra de Marruecos y la Guerra Civil, recibió varias contestaciones de militares: unos le acusaban de denigrar a la Legión, otros le agradecían su retrato empático. Pero cree que la ficción audiovisual no ha alcanzado la complejidad en el tratamiento que sí tiene la literatura. “No se cuenta, o se cuenta poco o de manera poco desarrollada, todo el trabajo de defensa de los derechos y libertades de los ciudadanos que llevan a cabo los policías españoles”, reivindica. Asegura que el cine y las series han oscilado entre la “idealización” poco realista y profunda y la “demonización” de los distintos cuerpos de seguridad. “Yo echo en falta un término medio entre ambas cosas”, dice. Un término medio donde no sitúa a Antidisturbios: “La serie bascula hacia la presentación de los antidisturbios como seres más primarios que los que yo conozco, y los únicos que aparecen con una luz favorable son quienes investigan a la propia policía, que no son tan justicieros como es aquí la protagonista”. Una de las críticas a la producción de los sindicatos policiales es que algunos agentes son representados como consumidores habituales de droga, y como violentos, racistas o machistas.

Lo cierto es que la ficción española parece haber dado un giro en sus representaciones recientes del quehacer policial. Ha pasado el tiempo desde el estreno de producciones como Policías, en el corazón de la calle (Antena 3, 2000) o El comisario (Telecinco, 1999), que se centraban en el día a día de una comisaria con un estilo similar al que usaban series como Periodistas u Hospital Central para asomarse a otros oficios, sin articular una crítica profunda sobre el funcionamiento de las fuerzas de seguridad ni aspirar tampoco al realismo absoluto. Estilísticamente, Antidisturbios sí abraza el hiperrealismo, con una extensa labor de investigación y una producción muy elaborada. Algo similar se propone La unidad, estrenada también este año por Movistar+, que se centra en la lucha contra el terrorismo islámico.

El trabajo hacia la convivencia

De más lejos vienen las polémicas que suelen rodear las obras que abordan el terrorismo de ETA. Sucedió con La pelota vasca, el documental de Julio Medem estrenado en 2004, en el que el director componía un relato polifónico sobre el conflicto reuniendo a voces enfrentadas, desde familiares de presos de ETA a familiares de víctimas del terrorismo. Aquí, el debate se abrió también incluso antes de su estreno: el PP se negó a participar en él por considerar que el cineasta no era lo suficientemente crítico con el nacionalismo vasco, e Iñaki Ezkerra, uno de los fundadores del Foro de Ermua, pidió la retirada de su testimonio tras un pase privado por considerar que el documental suponía una “justificación de la violencia”. La Asociación de Víctimas del Terrorismo llegó incluso a manifestarse contra la película en la gala de entrega de los Goya, en la que en cualquier caso Medem no fue premiado. También hubo polémica en torno al documental Asier ETA biok (Asier y yo), en el que el cineasta Aitor Merino se enfrentaba a las cuestiones morales que implicaban su amistad desde la infancia con un miembro de ETA. Merino insistía en que su posición política contra la violencia era clara, pero eso no bastó: su propuesta, una invitación a mirar de manera compleja las implicaciones de la radicalización, tuvo dificultades para distribuirse, incluso tras ser aplaudida en el Festival de San Sebastián.

Tanto Iban Zaldua como Edurne Portela señalan que el caso de Patria no es comparable: “En realidad, hasta ahora parecía que había un consenso general sobre PatriaPatria en los medios hegemónicos y saltó la polémica cuando apareció el cartel sobre la serie, que señalaba en primer plano en realidad una parte bastante secundaria de la novela: la tortura policial”, dice la autora. La polémica no viene tanto, pues, de su tratamiento de la banda terrorista, que ha sido visto mayoritariamente con buenos ojos, sino de esa representación de las fuerzas policiales. “Si hubieran puesto el cartel solo con la víctima asesinada, no hubiera pasado nada”, baraja Zaldua. “Lo que nos golpea y nos lleva a mostrar ese disenso de manera desabrida es, digamos, lo que nos toca en ciertos temas tabús. El tabú en España no es tanto la cuestión de ETA, sino la cuestión de la actuación de los grupos policiales y parapoliciales”.

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El escritor introduce aquí un elemento importante: el contexto de recepción. El contexto cambia, y hace que un cartel cause aquí aceptación y allí rechazo, o que un documental pueda escandalizar en su estreno pero no lo haga una década después. Él se ha interesado particularmente por el cambio que se produce en la recepción cuando una obra publicada y leída originalmente en euskera es traducida luego al castellano y llega al público de fuera de Euskadi. “Cuando se escribe en euskera”, dice, como suele hacerlo él mismo, “hay unos temas que tienen una gran aceptación y no molestan al público euskaldun, que es mayoritariamente nacionalista y ha podido ver con más o menos simpatía a ETA y su entorno. Ahí, hablar de violencia policial no supone nada grave, sino que estás alabando a tu público. Pero en el momento en el que aparece una víctima de ETA a la que torturan, ahí hay más nerviosismo. En España, ocurre al revés. Eso es un problema no solo la hora de exportar las obras, digamos, sino a la hora de establecer un diálogo. Pero también es muy interesante”.

A eso se suman las dificultades de traducción y difusión que siguen encontrándose muchas obras escritas en euskera, que a menudo se acaban publicando en castellano en sellos minoritarios, lo que dificulta que lleguen al gran público y pasen a formar parte del debate. Edurne Portela reivindica que en Euskadi “se lleva haciendo un trabajo importante por salir de la polarización, por dar cabida a las diferentes experiencias y vivencias en relación con la violencia, trabajo imprescindible para la convivencia”. Un trabajo “lento y difícil”, admite, porque “la ruptura social ha sido grave, las heridas son recientes, queda mucho trabajo por hacer para deslegitimar la violencia (todas las violencias)”. Este trabajo, sin embargo, no ha permeado completamente al resto del Estado, donde en su opinión “se tira todavía de tópicos sobre el tema”. Esto se debe en parte por la influencia de partidos como Ciudadanos, PP o Vox que, para Portela, “manipulan obscenamente el tema y la memoria de las víctimas”, pero también por la resistencia de “la mayoría de los partidos nacionales” a “impulsar seriamente la investigación y el reconocimiento del terrorismo de Estado”. “Es un tema delicado, por supuesto, que hay que tratar desde el respeto y la conciencia de que la herida es reciente, pero parece que cualquiera que cuestione el discurso hegemónico, que introduzca el matiz o se salga del blanco y negro, ya es sospechosa”, critica.

Lorenzo Silva también reivindica la necesidad de crear una literatura “polifónica” y “compleja” en torno al terrorismo de ETA. “En la última novela yo lo abordo”, dice, “y por ella he recibido mensajes que me dicen que he blanqueado Intxaurrondo [se refiere al cuartel, que acumuló numerosas denuncias de tortura], y hay quien me dice que estoy blanqueando a ETA, porque en mi novela salen etarras y familias de etarras”.“Yo tengo un lugar desde el que miro”, dice, “y ese lugar es siempre la compasión con las víctimas y la solidaridad con quienes se comportan decentemente. Pero yo a los personajes intento no caricaturizarlos ni deformarlos ni simplificarlos, porque los seres humanos somos complejos, los etarras, la policía, los guardias civiles...”. Si no se admite esa complejidad en la ficción, defiende, es porque el campo político la rechaza y tiende a la simplificación. Precisamente por eso, la complejidad de la ficción puede abrir la puerta a una mayor aceptación de la complejidad en el campo político. Esa es la idea optimista en la que varios de los entrevistados coinciden. “Afortunadamente no todo son las redes sociales ni los escándalos políticos”, añade Marc Crehuet, “ni podemos juzgar toda la recepción de una obra por lo que ocurre en ellos”.

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